El asesinato de Carlo Giuliani

A esa hora Carlo Giuliani fue asesinado en la Plaza Alimonda, en Génova, durante las movilizaciones contra la cumbre del G-8.
La muerte en las calles no era una novedad. Durante los años 70 fueron demasiadas las víctimas de la violencia de Estado en Italia. Sin embargo, para la mayoría de quienes estaban en Génova aquellos recuerdos pertenecían a otra época. Nunca habían vivido esa sensación: la muerte a unos cuantos metros, la impotencia, un Estado capaz de matar y después torturar a las personas detenidas.
La memoria de Génova 2001 quedó reducida demasiadas veces a la represión, la herida y la fractura generacional. Y aunque eso resulta comprensible -porque la política del miedo se instala en el cuerpo y denunciar su brutalidad sigue siendo una obligación-, también es cierto que esa memoria parcial terminó magnificando el poder del Estado y contando, sobre todo, una derrota. Quizá fue una necesidad humana, pero terminó ocultando la extraordinaria potencia transformadora de aquellos días. El trauma acabó convirtiéndose también en una herramienta de propaganda del poder.
Algo que se hizo todavía más evidente el 15 de febrero de 2003, cuando entre 80 y 100 millones de personas salieron simultáneamente a las calles para rechazar la invasión de Irak, en la mayor movilización global de la historia. Pocos días después la guerra comenzó de cualquier manera. Muchas personas comprendieron entonces que incluso un movimiento mundial podía no ser suficiente. La represión produce miedo. La impotencia produce algo todavía más devastador: apaga la esperanza.
Pero Génova fue mucho más que la represión. Fue un extraordinario laboratorio de transformación del mundo. Quizá utópico, pero capaz de producir imaginación política.
"Otro mundo es posible", "Otro capitalismo es imposible" y "Ustedes son el G-8, nosotros somos 6 mil millones" resumían el espíritu de aquellos días. Personas llegadas de todos los rincones del planeta se encontraron para debatir, construir relaciones e imaginar campañas comunes. Cerca de mil 200 organizaciones italianas e internacionales lograron articular el Génova Social Forum, probablemente el mayor ejercicio de convergencia política visto hasta entonces en Italia. Sindicatos, ONG, organizaciones católicas, redes pacifistas, centros sociales, movimientos campesinos, colectivos ambientalistas y de DDHH compartieron un mismo espacio sin renunciar a sus diferencias.
No era la época de la mensajería instantánea ni de la conexión permanente. La política se construía cara a cara: asambleas interminables, trenes nocturnos, hospitalidad mutua, traducciones improvisadas y noches enteras de discusión. La crítica al neoliberalismo lograba conectar experiencias provenientes de África, América Latina, Europa, Asia y Oceanía.
A Génova llegaba el eco del Foro Social Mundial de Porto Alegre, de la rebelión contra la OMC en Seattle y de las movilizaciones de Praga y Gotemburgo. Seattle había demostrado que incluso una institución aparentemente intocable podía ser puesta contra las cuerdas. Por primera vez, ambientalistas, sindicatos, movimientos campesinos y organizaciones de DDHH consiguieron construir una alianza capaz de bloquear una cumbre global. Era la prueba de que el neoliberalismo podía ser desafiado y de que luchas hasta entonces dispersas podían reconocerse como parte de un mismo movimiento.
Fue ahí donde muchas y muchos nos formamos políticamente. Una generación aprendió a salir de las lógicas identitarias para encontrarse en un espacio común. Se hablaba de formas de lucha, eliminación de la pobreza, redistribución de la riqueza, soberanía alimentaria, cancelación de la deuda externa y justicia global. Se tendían puentes entonces impensables entre el campesinado latinoamericano y los pequeños productores europeos. No se buscaba eliminar las diferencias, sino construir convergencias alrededor de un proyecto compartido de transformación.
Las plazas temáticas del 20 de julio expresaban esa misma idea: ocupar la ciudad sin imponer una única forma de protesta. Cada quien participaba desde su propia cultura política, dentro de una movilización común.
Aquel movimiento no lo había previsto todo. Los movimientos no son Casandra. Las perspectivas feministas, decoloniales e interseccionales todavía no ocupaban el lugar que tienen hoy y la crítica a los privilegios imperialistas de Occidente apenas comenzaba a desarrollarse en la juventud europea. Pero fue una escuela política extraordinaria.
Veinticinco años después, es imposible dejar de hablar de Génova. También porque todavía hay personas privadas de su libertad por haber participado en aquellas jornadas. No hablamos de quienes ejercieron la violencia de Estado, asesinaron a Carlo Giuliani, irrumpieron en la escuela Díaz o torturaron en Bolzaneto. Hablamos de manifestantes.
Pero también podemos elegir recordar Génova de otra manera. No sólo como la ciudad de la represión, sino como el lugar donde, durante unos días, miles de personas imaginaron un mundo distinto y demostraron que era posible construir alianzas globales sin borrar las diferencias.
Porque si hace veinticinco años otro mundo era posible, hoy otro mundo es necesario, urgente y sin capitalismo.
La Jornada







