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Europa, Pensamiento :: 29/08/2026

Carlo Ginzburg: el arte de escribir la Historia

Maciek Wisniewski
Abrió nuevos caminos de la investigación histórica centrándose en la gente común vencida por el poder, en vez de en los grandes acontecimientos o líderes y abogando así por una "reducción de escala"

(I)

1. El célebre historiador italiano y uno de los fundadores de la "microhistoria", que falleció el 17 de junio en su casa en Bolonia a los 87 años, no sólo ayudó a abrir nuevos caminos de la investigación histórica -centrándose en la gente común vencida por el poder, en vez de en los grandes acontecimientos o líderes y abogando así por una "reducción de escala"-, sino también abrió la Historia, una disciplina acostumbrada a reconstruir y relatar secamente los acontecimientos "tal como han sido", a las nuevas maneras de narrar y escribir.

2. Lo más sintomático en el caso de Ginzburg -un gran erudito con una vasta gama de influencias- es que todo esto no fue el resultado sólo de sus predilecciones personales o claves biográficas -aunque éstas también jugaron un papel-, sino algo que "brotó" de su propio enfoque metodológico e interés por "lo marginal". Y algo que estuvo entrelazado íntimamente con los conceptos nuevos que introdujo y con su peculiar gramática de interpretación centrada en el estudio de los "indicios" -que sostiene que la verdad histórica se oculta en los detalles marginales- y en la que descifrar los mundos ocultos de las clases subalternas exigía tanto el rigor científico de un investigador de archivo como la sensibilidad literaria de un narrador.

3. El queso y los gusanos (1976) es el ejemplo paradigmático -y fundador- de este enfoque: la reconstrucción ginzburgiana de las asombrosas visiones cosmológicas de Menocchio, un molinero friulano del siglo XVI que fue juzgado dos veces por la Inquisición y quemado en la hoguera, "pegó" no sólo porque Ginzburg descubrió los expedientes judiciales apasionantes, sino porque su estilo de escribir, íntimo y profundo -como si su propia "lectura lenta" filológica metastatizara aquí de este modo-, conectó una vida singular con universos culturales amplios y permitió que la excepción y la particularidad iluminaran la regla general de una época.

4. Lo mismo aplica a su "paradigma indiciario", que, pasando por alto las grandes estructuras socioeconómicas, le permitió acercar la Historia a una novela de misterio. Y apelando al método detectivesco de Sherlock Holmes -compartido por cazadores, médicos, críticos del arte y sicoanalistas (véase: Indicios. Raíces de un paradigma indiciario, 1979)-, borrar aún más que con la sola mirada "micro" la frontera tradicional entre Historia y literatura, y convertir la investigación histórica en un relato vibrante con estructura y tensiones cuasiliterarias.

5. Algunas "pistas" (sic) para esto ya estaban visibles desde el principio. No por nada las creencias populares de los campesinos del norte de Venecia que combatían contra brujas y brujos por la fertilidad del campo, y que eran igualmente perseguidos por la Inquisición -el tema de su primer libro, Los Benandanti (1966)-, desde el principio le parecían "cuentos de hadas" y "las fábulas sicilianas que mi madre me leía de pequeño y que moldearon mi mente", algo que explica la rica presencia de elementos literarios en su primera monografía y el afán de seguir explorando el potencial narrativo de la historiografía.

6. Esta conexión temprana, más la omnipresente pasión en su infancia por la literatura y los libros, se debía, desde luego, a un legado familiar profundo: su madre Natalia (Née Levi) ha sido una de las más importantes novelistas italianas de la época de la posguerra, y su padre Leone, asesinado por los nazis en 1944, un maestro, traductor de la literatura rusa, editor y cofundador de la gran casa editorial Einaudi.

7. El modo en que su madre, en una de sus obras maestras -Léxico familiar (1963)-, desgranó y reconstruyó la historia de una familia y de la resistencia antifascista a través de sus dichos cotidianos, frases repetidas y modismos íntimos, fue igualmente crucial para Ginzburg para pensar -ya desde los archivos inquisitoriales-, en cómo lo "micro" (por ejemplo, una palabra inusual) puede servir como una llave a lo "macro" (los procesos político-sociales más grandes). Pero los modos particulares de reelaborar este legado y trasladarlo al campo de la historiografía ya han sido fruto de su propio trabajo.

8. Y aunque él mismo -como lo admitía- "aprendió mucho de los novelistas", más allá de su madre, también de Stendhal, Flaubert o Proust, e insistía incluso que el aprendizaje "debería correr de ambos lados" (siendo la competencia entre la ficción y la historia a la hora de representar la realidad un viejo rasgo en la cultura), siempre apuntaba a una rigurosa distinción entre historia y novela, viendo los alegatos a favor del "desdibujamiento de los límites entre historia y ficción", como "un mero tema de moda".

9. Así, el mayor logro del giro metodológico de Ginzburg era demostrar en la práctica que no se trataba de inventar nada que no estaba ya en el archivo -El queso... puede parecerse a un cuento de Borges, ¡pero no lo es!-, sino de tener una sensibilidad literaria para leer las huellas atrapadas entre las líneas del texto del pasado y saber comunicar los hallazgos con el arte de contar y/o escribir una buena historia.

10. Aun así, esta ha sido siempre una de las objeciones de parte de los historiadores más ortodoxos que, apuntando por ejemplo a Menocchio -igual, para ser francos, un protagonista tan literario que si no fuera verdadero, tendría que ser inventado-, acusaban a Ginzburg de "desatender los acontecimientos tal como sucedieron", "perder la distancia" y "cruzar la frontera del género hacia la ficción", una crítica a la que el propio historiador italiano bien podría contestar -una respuesta que dio en otro contexto y sobre otro tema- que "una de las riquezas de la ciencia histórica proviene de su diversidad y, al contrario, existe el riesgo de que una corriente historiográfica se identifique con la Historia".

(II)

1. Siendo (tal vez) en su momento el historiador vivo más citado y uno de los autores italianos contemporáneos más traducidos al extranjero, Ginzburg funcionaba también, más allá de la academia, como un autor popular. Gracias, ante todo, a la simultánea "excepcionalidad" y "accesibilidad" del Menocchio -el protagonista de su libro más famoso y leído, El queso y los gusanos (1976), que por ratos podía parecer indistinguible de un personaje literario-, Ginzburg había ganado un lectorado amplio más allá del hermético círculo de los estudiosos, asegurando desde hace ya unas décadas que él "no escribía la historia para sus colegas, sino para la gente".

2. Así, uno de sus principales legados es tanto haber centrado la Historia en la gente común, como dirigirla a un público amplio. El afán que encapsula bien su broma-lema "Tartufi per tutti!" (¡Trufas para todos!), que -en sus propias palabras- quería decir "que las cosas preciosas o raras tienen que llegar a todas las personas". Para esto no es que había que rebajar el nivel de la argumentación para volverla comprensible a los "lectores comunes" -una de las expresiones que Ginzburg más detestaba-, sino comprometerse con la divulgación y buscar las maneras de llevar el conocimiento a un público amplio.

3. Sus modelos aquí eran Marc Bloch, uno de sus maestros, el célebre historiador francés que abogaba "por involucrar al propio lector en la trayectoria de la investigación" -Ginzburg, de hecho, murió el mismo día que Bloch y había escrito un texto en honor a la reciente incorporación del francés al Panteón que ya no alcanzó a leer en persona- y, ya desde el campo literario, Marcel Proust y Bertold Brecht igualmente determinados a hacer accesible "lo alto".

4. El enfoque de romper las divisiones entre cultura "erudita" y "popular" -tal vez algo "muy italiano" ya que Umberto Eco, con todas las diferencias entre los dos, podría ser otro ejemplo de un autor que funcionaba dentro y fuera de la academia- se traducía igualmente en sus libros en los afanes de contar buenas historias -al abrir la historiografía a las herramientas literarias y narrativas sin comprometer nada su propio enfoque investigativo y "caer en la retórica"- y a experimentar con la forma.

5. Esto significaba que Ginzburg prefería no meter las notas a pie de página (sino las del final del texto), para facilitar la lectura y que influenciado por Sergey Eisenstein -del cual retomó también la técnica del close-up (y sí, el microscopio de su abuelo también tenía algo que ver)- tenía, emulando así las técnicas cinematográficas de montaje, la predilección a escribir en cortos párrafos numerados, divididos por espacio en blanco que daban, según él, "un ritmo diferente a la narración histórica" aunque "hicieran sudar a los editores" (por cierto, un gran abrazo a los editores de La Jornada...).

6. Obsesionado con la puntuación, las sangrías y los espacios en blanco -en un ensayo aparte ofreció un meta-análisis de la conocida exégesis que Proust hizo del célebre espacio en blanco de Gustave Flaubert en La educación sentimental (véase: Reflexiones sobre un espacio en blanco, en: Relaciones de fuerza: Historia, retórica, prueba, 2018, páginas 95-111)-, Ginzburg dividió famosamente su bestseller, El queso..., en 62 secciones numeradas (y el prefacio con secciones de 1 a 10) induciendo con estas "ediciones rápidas" al estilo de una peli, un particular modo de lectura.

7. No ha sido la primera vez. Un año antes, en una obra que escribió con su amigo Adriano Prosperi: Juegos de paciencia: un seminario sobre el "Beneficio de Cristo" (1975), Ginzburg ya había empleado esta técnica que, como aseguraba, estuvo igualmente inspirada en Theodor W. Adorno para el cual "la decadencia del pensamiento sistemático estuvo acompañada por el auge del aforismo" y en Luigi Einaudi, un conocido economista y presidente de Italia, cuyo ensayo sobre el dinero imaginario en la Edad Media escrito en párrafos numerados breves lo impresionó mucho.

8. Después de haber dedicado 15 años a escribir un solo libro -Historia nocturna: un desciframiento del aquelarre (1989)- y haber quedado "agotado mentalmente", Ginzburg se dedicó casi exclusivamente a escribir ensayos, una forma "que lo fascinaba" y "que le daba mucha libertad", permitiéndole perfeccionar este modo de escribir.

9. Tratando de figuras y temas tan diversos -como lo enumeró en un lugar Perry Anderson, otro gran erudito y por años el colega de Ginzburg en la Universidad de California (UCLA)- "como Tucídides, Aristóteles, Luciano, Quintiliano, Orígenes, San Agustín, Dante, Boccaccio, Moro, Maquiavelo, Montaigne, Hobbes, Bayle, Voltaire, Sterne, Diderot, David, Stendhal, Flaubert, Tolstói, Warburg, Proust, Kracauer, Picasso y muchos más", podía hacer así cortes y saltos (planos generales/primeros planos, etcétera) para evidenciar el carácter fragmentario del conocimiento y reflejar el recorrido real de la investigación con sus idas y venidas, hipótesis erróneas y hallazgos.

10. Así, el uso de los puntos, lejos de ser un capricho estético, era para Ginzburg -que famosamente en sus ensayos, como bien lo indicó también Anderson, después de "una cascada de referencias" no termina con una conclusión o argumento "sino con más 'pistas'" (sic)- una propuesta teórica y metodológica radical (la "reticencia") vinculada con su "paradigma indiciario" y que cumplía una función clave en su modo de escribir la Historia: romper la ilusión de la dominante en la historiografía narrativa lineal y obligar al lector a detenerse, procesar la información y cobrar consciencia de que la realidad histórica se reconstruye a partir de piezas sueltas.

(III)

1. Proponiendo tanto un nuevo plan de investigación -la "microhistoria" centrada en un examen más detallado de los fenómenos y en los individuos en lugar de los "grandes personajes", "masas" o "clases"- como nuevos conceptos y categorías para trabajar en su marco -el "paradigma indiciario", con todo su enfoque interdisciplinario que abarca la antropología, la teoría literaria, la crítica de arte y el sicoanálisis- o dedicando libros enteros para entender y/o explicar cómo y por qué se escribe la Historia, Ginzburg, influenciado igualmente por la propia literatura, refrescó, sin comprometer en nada su rigor, la escritura histórica.

2. Así, la ficción no sólo, como él mismo lo admitió, efectivamente "influenció sus preguntas históricas" (sic) -ya sea en la forma en que su modo de leer los juicios inquisitoriales "en los que hubo mucha ficción" dejó la huella en Los benandanti (1966) o en cómo Guerra y paz de Tolstói se impuso sobre El queso y los gusanos (1976), apremiando a Ginzburg a reconstruir la vida de todos ("no sólo de los generales, también de los soldados comunes"), para tener un relato más completo de toda la situación histórica-, sino también sus herramientas y técnicas narrativas.

3. El momento en que lo hizo -los años 70 y 80- igual tenía mucho que ver con el impacto y la popularidad de esta operación. Ginzburg -efectivamente- ha tenido el gran mérito de defender la Historia de las teorías del "fin de la historia" y es bastante correcto decir que lo hizo, entre otros, al "devolverle la teoría narrativa y la capacidad de contar historias, justamente en la época del final del relato y la posmodernidad, en la que seguimos", pero igual, una ligera "precisión epistemológica" estaría en orden, ya que tal vez algo se ha perdido entre líneas.

4. Más que por el "colapso" o "el final del relato", el posmodernismo se caracteriza por la expansión de la categoría de relato a la totalidad de la experiencia y el conocimiento. No marca su "muerte" -Jean-François Lyotard, que la anunció famosamente, se refería a los llamados "relatos grandes" (totalitarios, etcétera)-, sino el comienzo de la era de su multiplicación, donde la realidad misma empezó a ser cuestionada y ontológicamente tratada como "relato". Ningún choque intelectual de aquella época marcó mejor estas tensiones que el desacuerdo medular entre Ginzburg y Hayden White.

5. White y otros llamados "neoescépticos" -sobre todo en la academia estadounidense, que surfeaban intelectualmente en las olas altas del "giro lingüístico" francés- argumentaban, ganando de paso muchos adeptos, que la distinción tradicional entre historia y ficción es artificial y que todo discurso histórico es fundamentalmente un relato literario. No hay ninguna "verdad" detrás de los documentos y lo único que hace el historiador es utilizar estrategias retóricas y tropos para dar sentido y estructurar datos que, por sí solos, carecen de significado.

6. Para Ginzburg -con toda la importancia que él mismo le daba a la ficción-, la Historia, sin embargo, no era sólo un "artefacto" ni una mera "creación literaria". Y las narrativas de ficción y las históricas no eran "lo mismo". Contrario a lo que clamaba White, Ginzburg -resistiéndose a que la Historia sea absorbida por la pura retórica- argumentaba incansablemente que existen "huellas" y "pruebas" documentales que permiten al historiador reconstruir la verdad fáctica del pasado.

7. El debate llegó a su cenit por el tema del holocausto europeo y su "negacionismo", ya que para White, si bien este era "moralmente ofensivo", toda esta cuestión estaba afectada por la misma imposibilidad de distinguir si se trataba de una narrativa ficticia o histórica (sic) -como las pruebas no importaban, "no se sabía"...-, el punto del que luego desistió concediendo que el holocausto representaba "un límite en la historiografía", pero no sin antes inspirar todo un coloquio sobre el tema y a Ginzburg a escribir uno de sus más sonados ensayos: "Unus testis", en El hilo y las huellas, 2014, páginas 297-326.

8. Aun así, influido por enésima vez por Marc Bloch a separar la historia y la memoria, Ginzburg nunca era un "fundamentalista" de la segunda, como muchos estudiosos del holocausto. Y en los últimos años, frente al genocidio en Gaza -tras haber firmado varias cartas de condena al régimen israelí-, no rehuía incluso de una comparación con shoah "siempre que ésta evidenciara convergencias y divergencias", y dedicó su último libro El vínculo de la vergüenza (2026), entre otros, a la cuestión de la "vergüenza judía" por los crímenes de Israel en respuesta al ataque reivindicativo del 7-O.

9. Hasta sus últimos años, uno de sus principales frentes de batalla estuvo entrelazado con el "neoescepticismo" whiteano. Las fake news -que tienen efectos muy prácticos en la realidad- a sus ojos no sólo eran imposibles de combatir desde las posiciones de White, sino que era esta postura la que les abrió la puerta. Si bien las "noticias falsas" de una u otra forma circulaban siempre -el propio M. Bloch ya las había estudiado-, su proliferación reciente era, según Ginzburg, fruto directo de este relativismo.

10. A lo largo de toda su carrera como historiador, Ginzburg se opuso tanto a la historia cuantitativa que perseguía la "verdad histórica" mediante la pura acumulación de datos (de allí lo "micro"), como posteriormente a la historiografía del "giro lingüístico" posmodernista. Si bien White y sus acólitos también partieron del rechazo al "cientificismo", para Ginzburg -a pesar de toda la cercanía que sentía con la literatura- su "relatocentrismo" era un paso, o más bien, varios pasos demasiado lejos en escribir la Historia y la frontera allí siempre se llamaba "evidencia".

@MaciekWizz

 

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