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Asia :: 22/01/2010

El efecto boomerang de los ataques con aviones teledirigidos

Gary Leupp
[Traducido del inglés para La Haine por Felisa Sastre] Los costes reales de la guerra de Obama en Pakistán :: A más asesinatos y violaciones de soberanía, más yihad

En lo que va de año y hasta el 17 de enero, se han producido 10 ataques con aviones no tripulados contra Pakistán. En 2009 fueron 44, en uno de los cuales se asesinó a Baitullah Mehsud, de 35 años, líder de Tehreek-e Taliban Pakistan (TTP), grupo local influenciado por los Talibán afganos y constituido como respuesta a los bombardeos estadounidenses en ambos países.

Ahora, el principal objetivo es su sucesor, Hakimullah Mehsud de 30 años. Cuando se asesine a éste (junto con algunos civiles, tal como ha ocurrido anteriormente), en el caso de que esto ocurra, habrá otro líder del TTP y otro objetivo para los ataques teledirigidos. Y tras su desaparición, habrá otro. Aunque los Talibán afganos se han distanciado oficialmente de Al Qaeda, al prometer el mes pasado que darán “garantías legales” de no intervenir en países extranjeros tras la reasunción del poder, esta es exactamente la espiral de violencia que Al Qaeda quiere promover en el mundo musulmán.

Y es lo que se está haciendo con éxito desde el Valle Swat hasta el sur de Yemen y tiene un potencial infinito para diseminar la yihad por todo el mundo si Estados Unidos sigue mordiendo el anzuelo.

Todos los especialistas en Pakistán señalan que los ataques con aviones no tripulados contra el país han encolerizado a la opinión pública y perjudicado al presidente, Asif Ali Zardari. Zardari, como respuesta a las manifestaciones y protestas de los diputados y directores de periódicos, ha declarado repetidamente que “las operaciones de EE.UU. se limitarían a la parte afgana de la frontera” (es decir, que Estados Unidos respetaría la soberanía paquistaní y el derecho internacional).

Recientemente, se dirigió a una delegación de congresistas estadounidenses, entre los que se encontraba el senador John McCain: “los ataques teledirigidos en territorio pakistaní están minando el consenso nacional” contra los militantes islamistas. A lo que respondió McCain: “Esos ataques forman parte de una serie de tácticas en el marco de la estrategia para conseguir la victoria y han sido muy efectivos”. (Lo que quiere decir: Nuestra estrategia de victoria está por encima de su nimia defensa de la soberanía nacional.)

La semana pasada, Zardari le dijo a Richard Holbrooke, enviado especial para Pakistán y Afganistán, que ese tipo de ataques “producían gran preocupación" y obligaban a un replanteamiento de la política del gobierno Obama. Preguntado por la prensa en qué medida los ataque estaban afectando a las estrechas relaciones entre EE.UU. y Pakistán, Holbrooke contestó tímida y condescendientemente: “Sobre este tema poco puedo decirles, pero a veces las políticas... tiene costes y beneficios”. En otras palabras: Sí, nuestras violaciones de la soberanía de Pakistán enfurecen a su gente, lo que supone un inconveniente, pero por el lado positivo, esas violaciones han producido la muerte de algunos militantes. La misma lógica de McCain.

Altos responsable paquistaníes llevan protestando desde hace mucho tiempo. En noviembre de 2008, el primer ministro Yusuf Raza Gilani denunció ante el Parlamento el último ataque, producido en el distrito de Bannu al noroeste del país. Se trataba del primer ataque fuera de las zonas tribales fronterizas. “Estos ataque agudizan nuestros problemas, son intolerables y no los respaldamos.” En aquella época, el ministro de Asuntos Exteriores, Shah Mehmud Qureshi convocó al embajador estadounidense para protestar una vez más por las violaciones de la soberanía de Pakistan por parte de Estados Unidos, y para declarar que ese tipo de ataques no ayudaba a los esfuerzos desplegados contra el terrorismo. Durante ese mismo mes, el ejército paquistaní llevó a cabo maniobras con ejercicios de utilización de misiles y armas antiaéreas para derribar aviones no tripulados, lo que se interpretó mayoritariamente como una medida de presión al gobierno para que se plantara ante EE.UU.

Todo ello sucedió en noviembre de 2008, mes de la elección de Obama, año durante el cual el gobierno Bush llevó a cabo 17 ataque con aviones no tripulados contra Pakistán que asesinaron a 165 personas. (Entre 2004 y 2007, se habían producido siete.) Y quizás los paquistaníes esperaban que con Obama se producirían cambios.

Desde el inicio de su mandato, habíamos asociado la actitud de matón mundial con George W. Bush, considerado por una gran mayoría una persona de pensamiento simplista, que dividía el mundo en dos partes, y que tras el 11-S decía “O están con nosotros o contra nosotros”, y que pedía lealtad como garantía contra los atentados. Al líder de Pakistán, general Pervez Musharraf, aliado de los Talibán por razones geoestratégicas, se le ordenó que cortara las relaciones con ellos y cooperara con la “Guerra contra el Terror” estadounidense o “sería bombardeado hasta dejar su país como en la Edad de Piedra." El general obedeció, recibió buenas recompensas por sus esfuerzos pero pagó también un precio político. En una encuesta de septiembre de 2007, Osama Bin Laden alcanzaba unos índices de aprobación en Pakistán de entre el 38-46 por ciento.

Zardari, presidente de desde septiembre de 2008, representaba la vuelta de un gobierno civil y disponía de un apoyo popular mucho mayor que Musharraf, quien se había hecho con el poder mediante un golpe militar en 1999. Marido de la ex presidenta Benazir Butto, asesinada por terroristas durante su campaña presidencial en diciembre de 2007, podía contar con el apoyo del Pakistan Peoples Party, el mayor de los partidos del país. Pero también tenía que complacer a Washington, y Washington no ha cejado en sus exigencias ni se ha mostrado más respetuoso con la llegada de Barack Hussein Obama.

En algunos aspectos (en el estilo, por supuesto), Obama es la antítesis de Bush. Su suave discurso en El Cairo dirigido al mundo musulmán en junio de 2008, iba dirigido a contrarrestar la imagen del vaquero al margen de la ley y presentar a EE.UU. como un amigo respetuoso de los países musulmanes, capaz de la auto-reflexión y de la autocrítica. De forma significativa señaló que la invasión de Iraq había sido “una guerra oportunista” (sin llegar a la obvia conclusión de que fue una guerra que violaba el derecho internacional y cuyos responsables deberían ser procesados). Pero el párrafo clave del alabado discurso fue el siguiente, que podría haber sido pergeñado por uno de los redactores de los discursos de Bush:

Hace más de siete años, Estados Unidos persiguió a Al Qaeda y los Talibán con el apoyo internacional. No lo hicimos por simple capricho sino por necesidad. Soy consciente de que hay quien cuestiona o justifica los sucesos del 11-S. Pero seamos claros: Al Qaeda asesinó a casi 3.000 personas ese día. Las víctimas eran hombres, mujeres y niños inocentes, estadounidenses y de otros países, que no habían hecho nada que perjudicara a otros. Pero Al Qaeda eligió sin piedad asesinar a esas gentes... Esto no es opinable: son hechos con los que hay que enfrentarse.

No se equivoquen: no queremos mantener nuestras tropas en Afganistán... Estaríamos encantados de traer a todos y cada uno de nuestros soldados a casa si estuviéramos seguros que no existen en Afganistán y Pakistán extremistas violentos decididos a asesinar a todos los estadounidenses que puedan. Pero todavía no ha llegado el momento.

He aquí al candidato del Cambio (campeón de un sistema que no cambia) sacando a relucir el mismo viejo mito propagado desde entonces por otros miles de personas: la idea de que Al Qaeda es igual a Talibán. Algo seguramente “opinable” y que si se debatiera quienes separaran los dos términos serían calificados fácilmente como manipuladores y propagadores del miedo. Estados Unidos y sus aliados no luchan en Afganistán contra quienes asesinaron a 3.000 personas el 11-S, sino contra los nacionalistas pastunes indignados por la invasión y ocupación de su país. Los servicios de espionaje estadounidenses han confirmado en secreto que Al Qaeda se ha ido de Afganistán y que su presencia allí es “escasa”. A lo que se enfrenta ahora EE.UU. es a nuevos enemigos que su comportamiento multiplica día a día.

En Pakistán ocurre lo mismo. Estados Unidos con sus bombardeos de la frontera afgano-paquistaní (la “Durand Line” heredada del colonialismo británico y no aceptada por los pastunes que viven a uno y otro lado) ha ayudado al nacimiento del movimiento Talibán paquistaní. Lo que ha producido enormes problemas al Estado de Pakistán y a su ejército, hacia los que los altos funcionarios estadounidenses muestran escasa comprensión o empatía.

Desde el punto de vista de estos últimos, la ocupación por parte de la India de la mitad de la Cachemira musulmana suplantando a sus antiguos aliados Talib constituye la amenaza esencial para la seguridad de Pakistán. Pero el asunto crucial no es la legitimidad de las reclamaciones de Pakistán sobre la totalidad de Cachemira o las de India en sentido contrario, sino la arrogancia de una potencia extranjera que enseña a los paquistaníes cuáles son sus amenazas reales y les exige que cooperen en el enfrentamiento con ellas. Los gobiernos de Bush y Obama se han llenado la boca diciendo que “hay que solucionar el problema de Cachemira”, de la misma manera que Obama ha insistido, de palabra, en que los colonos israelíes deben abandonar la Cisjordania ocupada mientras siguen allí confortablemente establecidos.

Eso sí, los mismos funcionarios sugieren alegremente que el gigante indio, con el que Estados Unidos ha firmado un acuerdo para la venta de reactores y equipamiento nucleares, y está desarrollando una alianza militar (de hecho, obligándole a convertirse en una “superpotencia” para desafiar a China y controlar el océano Índico), no es un problema. Pakistán, insisten, tiene que trasladar decenas de miles de soldados desde Cachemira a la frontera afgana. El mensaje sigue siendo el mismo del gobierno Bush: O están con nosotros o contra nosotros. Únanse a nuestro proyecto; hagan de nuestra guerra la suya y dejen a un lado sus fútiles preocupaciones regionales (tan difíciles de comprender para los estadounidenses). Y si con cada misil lanzado contra su territorio soberano sin su permiso y contra la voluntad de su pueblo, exacerbamos el problema que hemos creado, compartan con nosotros las consecuencias.

O mejor aún, sufran el grueso de las consecuencias ustedes solos. Según un informe, de los 7.000 civiles muertos, el 90% de los 700 asesinados por los aviones no tripulados en 2009 eran civiles.

3.000 soldados y policías muertos, más de 13.000 (supuestos) militantes asesinados, tres millones y medio de personas desplazadas, y el islamismo fanático creciendo en todo el país. Aunque Estados Unidos asumiera en su totalidad los 35.000 millones de dólares de la guerra, las consecuencias socio-económicas han sido desastrosas. De ahí que Zardari tibiamente lo haya considerado “motivo de gran preocupación”. Los ataques estadounidenses han destruido cualquier “consenso nacional” y en su lugar han ocasionado profundas fisuras en la sociedad paquistaní (algo parecido a lo que los cada vez más frecuentes ataques teledirigidos están ocasionando en Yemen).

Y al gobierno Obama, tal como los comentarios despectivos de Holbrooke dejaban bien claro, no le preocupa en absoluto. Un presidente completamente convencional de un país imperialista con una salvaje historia de guerras contra el “comunismo” (es decir, para defender y expandir el capitalismo), guerras para extender el imperio, guerras para controlar los recursos y mercados (que defendió en su discurso del premio Nobel de la Paz como guerras que “han ayudado a preservar la seguridad mundial durante más de seis décadas con la sangre de nuestros ciudadanos y la fuerza de nuestras armas”). Obama sopesa “los costes y los beneficios” y calcula que el sufrimiento del pueblo paquistaní y las presiones impuestas al gobierno de Islamabad merecen que matemos un militante por cada 10 “civiles colaterales” (Quizás, en el caso de Baitullah Mehsud, por su alto valor, hasta 100 civiles.)

Obama es mucho más aplicado en la guerra denominada por sus consejeros “Af-Pak” que su belicoso predecesor. (Recordemos una vez más: Durante el gobierno Bush, sólo se produjeron 24 ataques con aviones no tripulados en Pakistán, mientras que desde que tomó posesión Obama, al menos han sido 54 hasta la fecha). Ahora, esta es su guerra, tan crucial para su legado como la reforma del sistema de salud. Basada en aviones no tripulados y en remotos sistemas de lanzamiento de misiles sobre objetivos terrestres, es una guerra sin víctimas estadounidenses y sin riesgo inmediato aparente. Pero estén seguros, las repetidas, públicas e insensibles violaciones de la soberanía de un país musulmán, orgulloso, densamente poblado y dotado de armamento nuclear producirá con el tiempo un efecto boomerang.

Uno no puede deliberadamente provocar odio con sus acciones y esperar que la gente se calle y quede paralizada. Los seres humanos no actúan así. Responden. Y hasta que se produzca un auténtico cambio (no en la superficie del sistema, sino en el propio sistema) el ciclo continuará.


Gary Leupp es profesor de Historia en la Universidad de Tufts, y profesor adjunto de religión. Autor de Servants, Shophands and Laborers in in the Cities of Tokugawa Japan; Male Colors: The Construction of Homosexuality in Tokugawa Japan; and Interracial Intimacy in Japan: Western Men and Japanese Women, 1543-1900. Es colaborador de Counterpunch, con crónicas implacables sobre las guerras contra Iraq, Afganistán y Yogoslavia (Imperial Crusades). Su dirección es gleupp@granite.tufts.edu

Counterpunch, 19 de enero de 2010

 

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