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19/04/2021 :: Mundo, Argentina, Brasil

El populismo contemporáneo según Enrique Dussel

x Antonino Infranca
Desde la particularidad del fenómeno populista en América Latina a la universalidad del populismo, y la especificidad que puede ser aplicada a Europa

El lector europeo no debe caer en el error de considerar el ensayo 'Cinco tesis sobre el populismo' (https://lahaine.org/cH7s) de Enrique Dussel como una curiosidad filosófico-política, es decir: como un ensayo dedicado únicamente a la realidad latinoamericana cuya lectura puede acrecentar sus conocimientos sobre aquel continente, en el fondo lejano y exótico. El análisis del populismo desarrollado por Dussel puede ser sumamente útil también para el lector europeo a propósito del fenómeno actual del populismo europeo, y tal vez sea mejor hablar de los populismos europeos.

En esta introducción intentaré indicar, a mi juicio, cuáles son los puntos para una posible transferencia del análisis de Dussel a nuestra realidad europea. Querría sugerir un sentido, una dirección para la lectura de este pequeño ensayo. Este sentido avanzará, en primera instancia, en un sentido ascendente; es decir: desde la particularidad del fenómeno populista en América Latina se ascenderá hacia la universalidad del fenómeno populista, para captar luego aquella especificidad que puede ser aplicada también a Europa.

En primera instancia, Dussel parte del análisis del fenómeno populista en América Latina, donde asume una connotación particular, al punto que es considerado un fenómeno únicamente latinoamericano. Como suele suceder, la creencia difusa no corresponde totalmente a la verdad, pero lo que me gustaría indicar es que el populismo latinoamericano surge como un fenómeno de emancipación respecto de la hegemonía angloestadounidense, es decir: fue originariamente un fenómeno de emancipación respecto del control neocolonial.

En vísperas de la Primera Guerra Mundial, Inglaterra retenía el control –si no el dominio– de la economía latinoamericana, habiendo sustituido a España durante el período de la ocupación napoleónica de la península ibérica. Las vicisitudes europeas, vinculadas con la Primera Guerra, determinaron un proceso de transición en el control europeo de la economía latinoamericana, tal como el que había ocurrido a inicios del siglo XIX entre España e Inglaterra. Esta vez fueron los EEUU los que remplazaron a Inglaterra, pero el cambio no fue repentino, sino lento y constante, con momentos de aceleración y de desaceleración.

La crisis de 1929 implicó, por ejemplo, una desaceleración, ya que los EEUU, más que Inglaterra, se resintieron de la crisis financiera y económica y se replegaron sobre sí mismos. La Segunda Guerra Mundial fue, en cambio, el momento de la definitiva aceleración del proceso de cambio. Por su parte, sin embargo, los EEUU, a causa de la guerra, no consiguieron sustituir rápidamente a Inglaterra en el control del patio trasero, como definen los latinoamericanos a su subcontinente en relación con los EEUU. El momento de traspaso del control económico permitió la ascensión de algunas naciones latinoamericanas.

Podemos, no obstante, reconocer que estos movimientos populistas eran auténticamente populares; es decir: solo se encontraban movidos por intereses auténticos del pueblo, obviamente manipulados por los líderes singulares, que en buena parte provenían del pueblo y no del exterior. Dussel menciona a los más importantes y el lector los reencontrará en el texto.

Lo que importa es que el populismo es un fenómeno periférico de reacción ante una debilidad del Centro dominante. Cuando el país dominante está distraído, la Periferia busca emanciparse del control de aquel. Luego se verá en qué dirección se mueve esta emancipación. En México y Brasil, no hubo movimientos efectivos de emancipación; en todo caso, la burguesía industrial de los dos países se volvió autónoma de la burguesía estadounidense.

En Argentina y Guatemala, la emancipación asumió un aspecto más bien social. El guatemalteco Arbenz fue desbaratado en poco tiempo; el argentino Perón fue más resistente, ante todo por la dimensión de su país, pero también por la tradición económica argentina. Téngase en cuenta que en 1938 Argentina era la quinta economía del mundo, y Perón distribuyó una parte de esta riqueza entre sus descamisados, construyendo un verdadero Estado de bienestar. La guerra aumentó todavía más la riqueza de Argentina, el mayor exportador de carne al mundo y uno de los primeros exportadores de cereales. Sobre la base de esta riqueza, Perón coqueteaba con la Italia fascista y la Alemania nazi y, después de la guerra, no se realineó fielmente de acuerdo con la política de los EEUU.

Así, los vecinos del Norte, de acuerdo con la burguesía nacional, que no soportaba la distribución de los servicios y de la pequeña riqueza entre los descamisados, impusieron, mediante un golpe, el fin del populismo peronista. Idéntico final tuvo el populismo brasileño, con el suicidio del presidente de la república, Getúlio Vargas. Podemos concluir que, terminada la crisis, el populismo latinoamericano quedó cancelado.

Permaneció la riqueza que se había construido, sacando provecho de la crisis económica y bélica de los EEUU, pero esa riqueza fue transferida a este país mediante la imposición, primero, de democracias débiles y, después de la revolución cubana, de regímenes militares que, con la excusa de la deuda externa, generada a partir del contrato para financiar la modernización de los diferentes países, trasladaron riqueza –plusvalor– de la Periferia al Centro. Aunque en forma reducida en comparación con los EEUU, también Europa usufructuó esta transferencia de plusvalor: hay que tener presente las decenas de empresas que trasladaron la producción a sus filiales establecidas en América Latina, pero que luego transfirieron a sus respectivas metrópolis el plusvalor extraído en esos lugares. Es un fenómeno que se repitió durante los últimos veinte años en relación con Europa del Este y China, así como con otras Periferias del mundo globalizado.

¿Populistas o gobernantes progresistas (incluso revolucionarios)?

En los últimos años se ha verificado la irrupción del fenómeno populista en la realidad política del mundo contemporáneo. El análisis que hace Dussel del fenómeno populista se inicia, como a menudo se inician sus ensayos, con una pregunta: ¿qué es el populismo? Y de aquí pasa a las subsecuentes preguntas: ¿qué es el pueblo?; ¿qué es lo popular?

Naturalmente, el populismo moderno es muy diferente del populismo histórico; también el actual populismo latinoamericano es diferente de su progenitor histórico. Esta transformación se debe al hecho de que ha cambiado el pueblo, que, a su vez, ha cambiado porque se ha modificado también el mundo. A esto se suma la globalización, el proceso de integración de las varias partes del mundo en una totalidad más o menos uniforme y homogénea. En América Latina, a comienzos del tercer milenio, el pueblo ha manifestado la evidente voluntad de volverse protagonista de las elecciones que son tomadas por él y sobre él, eligiendo a presidentes y gobernantes que se proponían como portadores de sus reivindicaciones de emancipación. En la práctica, el pueblo quiere ser protagonista de la propia historia.

Dussel toma de Laclau el término “plebe” y lo transforma en pueblo. El pueblo, dice Dussel, se torna actor colectivo, se torna pueblo, pueblo para sí. El nacionalismo trata al pueblo solo en su ser en sí, no le pide que crezca, sino a lo sumo que goce de una presunta superioridad respecto de los otros pueblos. El pueblo que se torna actor colectivo de las propias decisiones muestra un crecimiento político y social, reivindica las propias necesidades insatisfechas, demanda vida. Su disenso es una toma de conciencia, una autoconciencia de la propia existencia como actor colectivo. El pueblo consuma un acto de interpelación.

En virtud de este nuevo sentido de “pueblo”, también el populismo ha cambiado de significado; ha devenido en un fenómeno de crítica a la globalización. Y esta nueva toma de posición ha desencadenado las reacciones de los medios de comunicación, que usan el término populismo de manera despectiva, sin ninguna distinción dentro del fenómeno. Así, denominan “populistas” a fenómenos muy diferentes entre sí, como el lulismo en Brasil, el chavismo en Venezuela, el leghismo y el grillismo en Italia, el movimiento de Le Pen y los chalecos amarillos en Francia, los seguidores de Trump en EEUU, etcétera. El único rasgo en común detrás de estos fenómenos es la protesta antiglobalización.

Pero ¿qué tienen en común en su esencia estos fenómenos? Prácticamente nada, o muy poco. Hay que tener presente que, en América Latina, el pueblo lucha de manera unida y compacta por la propia emancipación, mientras que, en Europa o en los EEUU, el pueblo lucha por no compartir las propias ventajas con los pueblos de la Periferia; ventajas que, en buena medida, son fruto de la transferencia de plusvalor de la Periferia al Centro. En la práctica, no quieren restituir el fruto de la rapiña reunido en el curso de la historia de las relaciones Centro-Periferia; este es un modo de desentenderse de las propias responsabilidades históricas. En la práctica, el populismo del Centro es una defensa, una debilidad declarada, un repliegue dentro de los confines de la propia nación; es un fenómeno de antiglobalización conservadora en los mejores casos, y de reacción a las luchas de emancipación de los pueblos de la Periferia.

No es casual que los populismos europeos se declaren, en muchos casos, partidarios del populismo trumpista estadounidense. No se trata, por ende, de fenómenos de emancipación, como sí lo fue el populismo latinoamericano originario; son, de hecho, casi su contrario simétrico. Y, por lo demás, ¿estamos seguros de que los populismos europeos son auténticamente populares? Seguramente, lo son los líderes que monopolizan estos movimientos; pero, en el caso de cualquier fenómeno populista europeo, caen bajo la sospecha de encontrarse sujetos a una manipulación externa, algo que no existía en el populismo latinoamericano originario.

Dussel indica la diferencia entre “popular” –lo que es propio del pueblo– y “populista”, que es un término confuso, ya que indica algo que es propio del pueblo y de la comunidad política a la que aquel pertenece, es decir: a la nación. La comunidad política, en cuanto nación, es una acepción que reduce, minimiza al pueblo; de hecho, el pueblo, en cuanto actor colectivo, es un movimiento social, mientras que la nación es un hecho ontológico, de nacimiento; es decir: uno nace italiano, francés, inglés, argentino, mexicano, etcétera. La nación es un hecho comparativo: uno puede nacer catalán y español al mismo tiempo, aunque algunos catalanes no se sientan españoles, y establezcan una distinción entre nación y ciudadanía.

Tomemos el factor de confusión del “populismo” europeo: si es “populista” cualquier cosa que proviene de la comunidad política nacional, ahora bien, ¿qué es la nación? En Europa, se puede pertenecer a una comunidad política y no a una nación, y viceversa. Cito el caso de Cataluña, que es el más famoso de Europa, pero podrían mencionarse el País Vasco, Escocia, Córcega, la Transilvania húngara y otros casos aún más pequeños. ¿Son los catalanes un pueblo? Como se sabe, la sociedad civil catalana es casi en su mitad favorable a la gestación de una Cataluña independiente; ¿estamos ante el caso de un pueblo a medias? ¿O ante un fenómeno “populista”? O mejor aún: ¿cuándo un pueblo, en cuanto movimiento social, es efectivamente un pueblo?

Dussel responde que el pueblo es una parte que representa al todo; esto es, cuando una minoría inicia un proceso de lucha no violenta para emancipar la totalidad de la comunidad política. En Cataluña, alrededor de la mitad de la población local quiere emancipar a todos los catalanes de la comunidad política –España– que garantiza amplios derechos a la población catalana; entre ellos, el derecho a emplear la propia lengua; mientras que los independentistas catalanes trataron de imponer el deber de emplear el catalán, un intento que fracasó en 2010 por intervención del Tribunal Constitucional español que garantiza los derechos de los ciudadanos españoles. En Europa existe el derecho de hablar la propia lengua; aun si esta pertenece a una minoría lingüística, no se tiene el deber de emplearla.

Es distinta la situación en América Latina, donde existen pueblos/naciones a los que les ha sido históricamente negado el derecho a la existencia. Me refiero a los pueblos originarios de Bolivia, Ecuador, Perú, Colombia, México, Brasil. En este último caso, el presidente, Bolsonaro, está conduciendo una campaña de eliminación física de los indígenas de Amazonia mediante la pandemia, al no ocuparse de proveer cura y asistencia a los habitantes de los pueblos originarios, que son también ciudadanos brasileños. En los otros países latinoamericanos, lentamente el derecho a la existencia como particularidad étnica va siendo reconocido, aunque permanece el ejemplo de la movilización popular que sostiene esta reivindicación/interpelación.

Uno de los problemas típicos del populismo es el liderazgo. Los casos latinoamericanos son emblemáticos, y son grosso modo copiados también en Europa, a tal que puede afirmarse que no hay populismo sin un fuerte liderazgo personal. En Francia, el lepenismo es un acontecimiento familiar; inclusive, el viejo Le Pen intentó impedirle a su hija que heredara el liderazgo del movimiento. En Italia, el grillismo no podría haber surgido sin Grillo, que dio nombre a su propio populismo. Lo mismo vale para el trumpismo. En Alemania, en cambio, el populismo de la “Alianza por Alemania” carece de un marcado liderazgo personal. Como sostiene Dussel, con todo, el representante del pueblo, tal como el líder populista, una vez que arriba al poder fetichiza su representación política y se aleja de los representados, del pueblo. Ya no escucha las interpelaciones del pueblo.

Dussel concluye su análisis con una propuesta política, es decir: explica cómo un pueblo en movimiento debería organizar su acción política emancipadora. En primera instancia, indica cuál es el campo de acción de la verdadera política, es decir: la vida cotidiana. Es este un discurso empleado ya por el viejo Lukács, que sostenía la necesidad de una democratización de la vida cotidiana. Dussel, independientemente de Lukács, desarrolla su proyecto sosteniendo que solo las pequeñas instituciones, que están en la base de la escala política y social, pueden gestionar las cuestiones de la vida cotidiana de los ciudadanos.

Las decisiones tomadas desde abajo deberán ser llevadas a lo alto por representantes que posean una representación limitada, es decir, que sean simples portavoces de la voluntad popular. Se trata, pues, de un modelo de democracia participativa. Este modelo es una recuperación del originario proyecto de la democracia soviética, que, por su parte, es una recuperación de la originaria democracia estadounidense en su nacimiento. Fueron los representantes del poder de los EEUU los que fetichizaron la propia representación y limitaron a dos o cuatro años la expresión de la voluntad popular, transformándose ellos mismos en portavoces de la voluntad política. El modelo de los EEUU fue adoptado luego por los otros países de democracia representativa, que no es el mejor sistema político, sino el menos malo, según Winston Churchill. En realidad, ha resultado de esto una adopción selectiva, ya que la originaria democracia desde abajo ha sido eliminada.

A fin de impedir la fetichización de la representación –es decir: la escisión entre sociedad política y sociedad civil, para emplear un léxico gramsciano que Dussel utiliza en sus análisis– es necesario, pues, encontrar un equilibrio entre gestión del poder y gobernabilidad.

Según Dussel, el poder concedido a la sociedad política es el “poder de obediencia”, es decir: el poder que recae en el líder de obedecer la voluntad popular. El líder no debe ser el intérprete de la voluntad, aún menos su encarnación; debe, antes bien, obedecer a las decisiones tomadas por el pueblo, que desde abajo han de llegar a las instancias más altas del poder político, social y económico. Solo obedeciendo tiene el líder el poder de imponer decisiones que no son suyas, sino del pueblo o de la mayoría de este.

Esta es una tradición antiquísima, que se remonta a las comunidades aldeanas que existían en América Latina antes de la conquista del continente; es una tradición que ha sobrevivido, aunque relegada a las pequeñas comunidades de base, muy alejadas de la imaginación del poder central, que se ocupaba poco de la organización política de los pueblos originarios dominados, siempre que estos obedecieran a las imposiciones del poder central colonial y neocolonial. Es una organización que ha sido retomada en nuestros días por el Movimiento Sin Tierra en Brasil. De modo que la conclusión de Dussel es que un pueblo que ejerce plenamente una democracia participativa necesita de un liderazgo débil y no fuerte, a diferencia de lo que ocurre con la tradición del populismo.

Existen, pues, grandes diferencias entre el populismo europeo y el latinoamericano. Estas diferencias pueden deducirse del análisis de Dussel, aun cuando este se dedica muy correctamente al análisis del nuevo populismo latinoamericano. No es su interés, con todo, dictarles líneas políticas a las realidades sociales y económicas a las que él mismo no pertenece. En suma: no se comporta como esos intelectuales del Centro que les explican, a los actores políticos de la Periferia, cómo deberían comportarse en sus propios espacios. Deberíamos encargarnos nosotros de traducir a nuestra realidad social sus análisis, seleccionando semejanzas que deben conservarse y diferencias que habría que dejar de lado.

Herramienta. Traducción del italiano de Miguel Vedda.

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