El tema del boicot académico contra Israel

De todas las campañas a favor del boicot, la desinversión y las sanciones contra Israel, ninguna parece haber provocado tanta indignación y condena como la amenaza de un boicot académico. Incluso entre gente para la que no plantea problemas el boicot a los productos de las colonias de Israel, o contra empresas como Caterpillar que fabrica los bulldozers utilizados por Israel para demoler las viviendas palestinas, es posible encontrar un cierto nivel de disconformidad con el boicot académico. En una reciente conferencia en Toronto, por ejemplo, Susan Nathan- comprometida y activa anti sionista, cuyo libro The Other Side of Israel [La otra cara de Israel] ofrece algunas de las mejores observaciones publicadas sobre el mecanismo del apartheid en Israel- se proclamó, ante mi sorpresa, contraria al boicot académico basándose en que castigaría a inocentes y culpables al mismo tiempo.
Para mucha gente, los académicos [israelíes] simplemente no son un objetivo justo o razonable, bien porque no se les considera directamente implicados en la ocupación militar de Palestina por parte de Israel, bien porque existe la idea de que las universidades israelíes son lugares en los que se disiente contra la ocupación, o bien porque exigir de los estudiosos que, con independencia de la disciplina que profesen, pasen una prueba ideológica que recuerda al McCartismo. Algunos podrían aducir que tomar como objetivo a la totalidad de los académicos, supondría un castigo colectivo y hace que el movimiento de solidaridad no sea mejor que cuando Israel considera que todos los palestinos son terroristas. Es cierto que algunos admiten que hay académicos israelíes implicados en la investigación armamentística o en la propaganda sionista, pero ¿qué tienen que ver con ello los profesores de astronomía o de botánica,poco o nada comprometidos en la política? ¿Por qué castigarlos a ellos?
Son objeciones razonables pero, tal como confío en demostrar, infundados. El boicot académico es completamente adecuado, legítimo y justo.
¿El boicot académico es un castigo colectivo?
Dejando aparte el hecho de que Israel rutinariamente acomete castigos colectivos contra los palestinos, déjenme empezar con la inquietud de que el boicot académico supone un castigo colectivo- que, como Susan Nathan sostiene, castiga a los inocentes y a los culpables al mismo tiempo. Es cierto que hay un puñado de académicos israelíes que han elevado su crítica hacia el trato de su Gobierno a los palestinos. Baruch Kummerling, Israel Shahak, Tanya Reinhart, Ilan Pappe y Jeff Halper, se han ido de las instituciones académicas israelíes y han sido valiosísimos aliados de la lucha palestina.
De verdad, uno habría de esforzarse para encontrar media docena de gentes semejantes que trabajen hoy en la Universidad israelí- Kimmerlimg, Shahak y Reinhart han muerto; Pappe vive ahora en Inglaterra, y Halper está jubilado aunque ahora es un activista dedicado por completo [a la causa palestina]- pero aún así, un gran número, e incluso la gran mayoría, de los académicos israelíes ni son políticamente activos ni están implicados en trabajos que pudieran estar relacionados directamente con la ocupación de Israel. ¿No sería para ellos un castigo colectivo?
La respuesta es no. Y para entender porqué, resulta útil volver a una de las investigaciones más importantes sobre la cuestión de la culpabilidad colectiva, The Question of German Guilt [ La cuestión de la culpa alemana]de Carl Jaspers.
Como un alemán normal durante la Segunda Guerra mundial- y puede que, incluso, como un alemán excepcional, habida cuenta de que Jaspers fue un crítico público del gobierno nazi durante aquellos oscuros y peligrosos años-, Jaspers, después de la guerra, luchó por comprender el grado de responsabilidad que los alemanes corrientes tuvieron en las atrocidades cometidas por los nazis. La amiga de Jaspers, Hanna Arendt, ya había rechazado el concepto de culpa colectiva, aduciendo, en su célebre formulación, que “si todos son culpables, nadie es culpable”- Arendt sentía que la “culpa colectiva” diluía tanto el concepto de culpa que aquellos que fueron realmente responsables de la muerte de millones de personas, y por ello criminales reales, escaparían de ella. Jaspers estaba de acuerdo. Por ello, sintió la necesidad de distinguir entre cuatro clases de culpa: la culpa criminal, determinada por las leyes humanas y sus instrumentos; la culpa moral, que determina la propia conciencia; la culpa metafísica, que corresponde determinar a Dios; y la culpa política, que queda determinada, en caso de guerra, por el vencedor y en tiempos de paz, por las leyes internacionales.
Todo el mundo es responsable de la forma en que es gobernado”, dice Jaspers. Pero la “responsabilidad” política no es lo mismo que la responsabilidad metafísica o criminal. Tal como expone Jaspers: “existe responsabilidad en la culpa política”, de ahí que se puedan derivar consecuencias, como el pago de compensaciones o “la pérdida o restricción del poder y de los derechos políticos (del culpable)”.
Los ciudadanos israelíes de a pie no deberían ser considerados responsables criminalmente por los crímenes cometidos por sus soldados o por su Gobierno, y por ello, no deberían ser considerados objetivos legítimos de la resistencia militar, por ejemplo, de los cohetes Qassam o de los ataques suicidas. En esto disiento de Hamás. No obstante, siguiendo a Jaspers, los ciudadanos israelíes son políticamente responsables por lo que hace su Gobierno y, en consecuencia, pueden ser considerados objetivos legítimos de la resistencia política, es decir de un boicot.
El boicot es la revocación de un privilegio, no la violación de un derecho
Forma parte del propio privilegio el que quienes nacen con privilegios los confundan con derechos. La posibilidad de viajar prácticamente a cualquier lugar del mundo con un pasaporte válido es algo que la mayoría de los ciudadanos de Europa consideran garantizado pero que la mayoría de los habitantes del Sur saben que es un privilegio del que ellos nunca disfrutarán. De igual manera, la posibilidad de que las opiniones propias sean oídas, publicadas y tomadas en serio- ser considerado como un “experto”- es un privilegio del que muy poca gente disfruta en el mundo. Vale la pena señalar que, incluso entre el movimiento de solidaridad con Palestina, a las voces judías generalmente se les concede mayor autoridad que a las palestinas. The Other Side of Israel de Susan Nathan hace un gran servicio al mostrar al público los sistemas de apartheid en el interior de Israel, pero hubiéramos necesitado que Susan Nathan escribiera este libro teniendo en cuenta que hay más de un millón de palestinos viviendo en Israel que podrían habernos contado los mismos hechos y muchos más. Pero si un judío lo dice, debe ser así. El hecho de que necesitemos, y lo necesitamos, que Susan Nathan hable del privilegio que la judeidad nos confiere a los judíos, incluso a aquellos judíos extraños, judíos negros o judíos pobres, que pueden sufrir marginación en otros aspectos.
Ciertamente, hay muchos judíos y comunidades judías marginados en Israel, pero deberíamos señalar que el boicot académico no les afecta. Su objetivo, al contrario, es la intelectualidad dirigente de Israel, la elite educada cuyo historial consiste en gran medida en desinformar a los israelíes sobre su historia, en distorsionar su percepción de los conflictos actuales, en normalizar el racismo de su sociedad, y en proporcionar a los militares israelíes y al Gobierno los instrumentos legales, tecnológicos y políticos que necesitan para continuar el expolio de la tierra palestina, y tranquilizar a su inquieta población. Existen excepciones, desde luego: Unos pocos valientes que se arriesgan o comprometen en pequeños actos de rebelión pacífica- y también existen aquellos que, como las pobres almas que giran en el último círculo del infierno de Dante, se quedan sentados al margen y no hacen nada- pero a grandes rasgos esta es la situación.
Pero, la existencia de unas escasas voces disidentes no es un argumento contra el boicot académico. Es verdad que Dios dijo que habría perdonado a Sodoma y Gomorra si hubiera encontrado allí sólo a diez personas justas (desgraciadamente sólo halló a cuatro, probablemente el mismo número de anti sionistas en la actual Academia israelí), por lo que el boicot académico apenas alcanza lo exigido por la ira de Dios, y está muy lejos de la brutalidad ejercida sobre las gentes de la Palestina ocupada por el ejército israelí. El boicot sólo aspira a revocar los privilegios de una clase intelectual que no ha asumido las responsabilidades correspondientes a sus privilegios. No va dirigido a aquellos israelíes que se mantienen en la sombra y no saben lo que su Gobierno está haciendo sino a quienes deberían conocerlo mejor y forman parte del aparato de desinformación que intoxica al pueblo israelí.
Y si en sus consecuencias penaliza a los escasos académicos israelíes que apoyan a los palestinos- y veamos las cosas en perspectiva, porque no estamos hablando de muerte por el lanzamiento de escuadrillas sobre ellos, hablamos sólo de la cancelación de unas pocas conferencias como profesores visitantes-el hecho es que los judíos como nosotros, implicados en la lucha palestina, necesitamos comprender que forma parte de lo que supone ser aliado el estar preparado para renunciar a algunos de los privilegios inmerecidos de los que disfrutamos, especialmente de aquellos que son contingentes frente al silencio al que se somete a los propios palestinos.
¿Y qué decir de la libertad académica?
Uno de los mitos liberales de las sociedades constituidas sobre los ideales de la Ilustración, como la libertad de pensamiento, es que las universidades son especiales, lugares protegidos donde el disenso está permitido que se exprese libremente y donde existen la libertad de cátedra e investigación y es necesario protegerlas. Pero, la realidad es que la libertad académica total nunca ha existido en sitio alguno- ni en Canadá, ni en Estados Unidos, ni en Europa, y con toda seguridad no en Israel. Cualquiera que haya solicitado fondos para la investigación puede contarles que cierta clase de proyectos simplemente no consiguen fondos, en particular desde que las fuentes de financiación dependen cada vez más del control de las empresas y del Gobierno. En Canadá, las universidades son cada vez más dependientes de las donaciones privadas y de los convenios con empresas, que nunca se dan sin condiciones y sitúan a ciertas investigaciones fuera de los límites permitidos. (Sólo hay que preguntar a la Dra. Nancy Olivieri, médica del Hospital Pediátrico, destituida de su cargo tras publicar una investigación crítica sobre la thalasssaemia, droga producida por la compañía farmacéutica Apotex que había financiado su investigación).
Nombramientos de profesores titulares y renovaciones están todos sometidos a controles ideológicos. Intente hacer una carrera académica como especialista en las políticas genocidas de su propio Gobierno, o como crítico anti sionista de Israel y de la industria del Holocausto, y pregunten a ex profesor Ward Churchill o al reciente desempleado Norman Finkelstein qué clase de posibilidades de carrera existen.
En Israel, las cosas no van mejor. Para un país al que le gusta alardear de su robusta democracia y amplio espectro de debate, el clima ideológico en las universidades es incluso más asfixiante que en Estados Unidos y Canadá. El disenso más allá de cierto punto, en especial si cuestiona las bases sionistas del Estado en sí mismo o llama mucho la atención sobre la limpieza étnica de sus habitantes autóctonos, simplemente no se tolera. Tanya Reinhart e Ilan Pappe, dos de los más esforzados y profundos críticos de la Academia israelí, se vieron enfrentados a niveles tan intolerables de acoso mientras estaban allí que en la práctica abandonaron su país de origen para enseñar en EE.UU. e Inglaterra respectivamente. Pappe, en particular, ha sido objeto de amenazas de muerte, denuncias en el Parlamento, y de un proceso fallido para hacerle dimitir de su puesto fijo en la Universidad que, si bien al final fue retirado, le prohibieron participar en seminarios o conferencias. Cuando un estudiante graduado de la universidad de Pappe, Teddy Katz, publicó su tesina sobre la masacre de campesinos palestinos por parte de una unidad del ejército israelí durante la guerra de 1948, veteranos de guerra le demandaron por libelo. El pleito agotó los ahorros de Katz y destruyó su salud. En la práctica, se vio obligado a firman una petición pública de “perdón” por su trabajo, de la que se retractó rápidamente. [...](1)
El argumento de que un boicot a los académicos israelíes constituye una violación de alguna clase de mítica libertad académica no tiene en cuenta los diversos modos en los que la libertad de cátedra, de publicar y de investigación ya están restringidos. Todas las universidades están sujetas a controles ideológicos. El boicot académico a Israel es realmente un mecanismo para relajar esos controles al crear una presión exterior sobre las universidades a fin de que se permita la expresión de opiniones que actualmente no se toleran. En consecuencia, es posible aducir que el boicot a los académicos israelíes que no han tomado una posición pública contra la ocupación de Israel es, de hecho, una forma de darles más libertad para decir lo que ahora no se sienten libres de expresar. Ahora tienen una excusa para no hablar claro.
“Las universidades más libres de Oriente Próximo”
Cuando la sección de Ontario del Sindicato Canadiense de Empleados Públicos (CUPE, en sus siglas inglesas) el mes pasado llevó adelante una moción, en medio del ataque israelí contra la franja de Gaza, para boicotear a los académicos israelíes que no lo condenaran, los periódicos se vieron inundados de denuncias. Un aspecto común que se planteó en varias ocasiones fue que las universidades de Israel eran “las más libres de Oriente Próximo”. Un carta publicada en The Globe and Mail incluso sugería que la CUPE en su lugar ¡boicotease a las universidades árabes!
Además de ser una táctica manida de los defensores de Israel- el llamar la atención sobre otros países que no sea Israel- tales denuncias erran el blanco: ¿Por qué boicotear a estudiosos que no tienen libertad para criticar a su Gobierno? Si se aduce que las universidades de Israel son “las más libres de Oriente Próximo”, entonces se involucra a los individuos y no a las instituciones, responsables de su silencio sobre lo que su Gobierno está haciendo con el pueblo palestino, y en consecuencia, están alegando que ellos pueden ser responsables. En verdad, quienes defienden la libertad académica en Israel tienden a mostrar una indiferencia asombrosa hacia el sufrimiento de las universidades palestinas, bombardeadas, divididas por la mitad por la “verja de seguridad”, y regularmente clausuradas por orden del ejército israelí. Los puestos de control diariamente impiden a los estudiantes y profesores acudir a sus clases. Los funcionarios de inmigración y de seguridad niegan los visados a los profesores invitados. A los estudiantes que obtienen becas para el extranjero se les deniega el permiso de salida. Y esas no son universidades bajo el control de los gobiernos árabes sino bajo control de Israel, el único país cuyas universidades son supuestamente “las más libres de Oriente Próximo”.
El movimiento a favor del boicot es en realidad más generoso hacia los académicos israelíes que los propios partidarios de Israel, porque al contrario que ellos, el movimiento del boicot reconoce las coacciones a las que están sometidos y no afirma que sean totalmente libres. Esa es la razón de que sean las instituciones y no los individuos los objetivos del boicot. Supongo que se puede alegar que las instituciones están formadas por individuos y, por ello, los individuos se verán afectados, pero el boicot académico se dirige a individuos sólo en su calidad de académicos que trabajan para instituciones israelíes. No los toma como objetivo por ser padres, abuelos, hermanas o vecinos amables. Ni pretende impedirles escribir, hablar o publicar, con tal de que no lo hagan como representantes de universidades israelíes o se comporten como órganos del Estado.
Los partidarios de Israel siempre se quejan de la “desigualdad” en cualquier lugar o contexto en el que su visión del mundo no es aceptada. Reconozco que el boicotear a los académicos israelíes no va a producir un “equilibrio”, pero es así porque la actual desigualdad de poder entre Israel y los palestinos es demasiado grande. El boicot académico supone sólo un pequeño paso para restaurar algún equilibrio en este muy desigual conflicto.
Jasón Kunin es un profesor y escritor de Toronto. Se le puede contactar en jkunin@rogers.com.
1.- N.T,: En el original aparece una frase cortada imposible de traducir.
ZNet, 31 de enero de 2009







