En Alemania, la gran coalición de derecha reinventa el neoliberalismo 2.0
Bajo la presión de una extrema derecha que está en pleno auge electoral y ante una impopularidad sin precedentes, la gran coalición alemana presentó en julio una serie de reformas antipopulares
Tras un tenso seminario, la coalición ha dado a luz un paquete de reformas destinado a revitalizar una economía alemana que lleva casi una década prácticamente estancada y una industria sumida en una profunda crisis estructural. Pero los dos partidos tradicionales del país, la conservadora CDU/CSU y los socialdemócratas del SPD, han recurrido a las viejas recetas: más precariedad, menos derechos y recortes fiscales.
Entre las medidas anunciadas se encuentra una reforma fiscal centrada principalmente en el impuesto sobre la renta. La rebaja fiscal podría alcanzar los 10 000 millones de euros, pero beneficiará principalmente a las familias de clase media. Una familia con dos hijos y una base imponible de 60 000 euros debería, por ejemplo, beneficiarse de una rebaja fiscal de 600 euros al año, es decir, 50 euros al mes.
Para financiar esta rebaja, la coalición ha decidido introducir un tipo impositivo más elevado en el impuesto sobre la renta. Hasta ahora, las rentas superiores a 280 000 euros al año por persona se gravaban al 45 %. A partir de ahora, este tipo se aplicará a partir de los 250 000 euros y será del 47 % a partir de los 280 000 euros. Sin embargo, se ha rechazado la petición del SPD de aumentar el impuesto de sucesiones y de crear un impuesto sobre el patrimonio.
Esta pequeña reforma fiscal va acompañada de varias medidas que suponen ataques directos al derecho laboral. A partir de ahora, los contratos de duración determinada podrán tener una vigencia de hasta cuatro años, frente a los dos actuales, sin necesidad de justificación. A ello se suman la flexibilización del trabajo en domingo y en días festivos (que se remunerará muy ligeramente mejor) y la supresión de la necesidad de un motivo de despido para las y los trabajadores mejor remunerados.
Medidas poco ambiciosas y carentes de originalidad
La coalición también ha decidido conceder una ventaja fiscal sobre las indemnizaciones por despido que será proporcional a la duración del desempleo. Así, cuanto antes encuentre un nuevo empleo quien se encuentre en el paro , menos se gravará su indemnización. Esta lógica de incentivo busca, por supuesto, dirigir la mano de obra hacia los sectores que carecen de ella.
Por último, el incentivo no impide la humillación. Así, a partir de ahora ya no será posible obtener una baja por enfermedad por teléfono (previo aviso al empleador), sino que habrá que acudir a la consulta de un médico. Se trata de reducir el número de bajas por enfermedad para aumentar el volumen de trabajo.
Esta pequeña medida es un reflejo del resto del paquete, que pretende reducir las obligaciones de las empresas a costa de aumentar las de los trabajadores y trabajadoras. Así, se han suprimido las obligaciones de presentar informes para las empresas, lo que permite pasar por alto numerosas irregularidades en nombre de la reducción de la burocracia.
Sin embargo, lo más importante de las reformas está aún por llegar: la reforma de las pensiones. Una comisión bipartidista ha presentado un informe que prevé la implantación de un sistema de capitalización obligatorio, el aplazamiento de la jubilación sin penalización de los 67 a los 67,5 años, la reducción de las pensiones actuales, el aumento a los 63 años de la edad mínima de jubilación, así como el fin de los sistemas de prejubilación.
Esta reforma, de carácter marcadamente represivo -a pesar de que la tasa de pobreza entre las personas mayores en Alemania es enorme (el 21,3 % de los mayores de 75 años se ven afectados, frente al 16,3 % de la población total, según la asociación Die Paritätische), tomará el relevo de la reforma de 2009 -también fruto de la gran coalición-, que había retrasado dos años la edad de jubilación sin penalización. Se convertirá en ley de aquí a finales de año.
Viejas recetas ineficaces
Este paquete de reformas no tiene mucha ambición ni originalidad. Sin duda, su impacto macroeconómico será nulo, ya que Alemania ya es un país con exceso de ahorro y falta de consumo. El problema del país no es la falta de libertad empresarial, sino, por el contrario, esa misma libertad, ya que el capital industrial alemán ha acumulado graves errores estratégicos frente a un capital chino condicionado por la planificación estatal.
Esta interpretación errónea de la realidad pone de manifiesto la persistencia en las creencias neoliberales, lo que en la década de 2010 se denominaba economía vudú. Las élites políticas y económicas alemanas son incapaces de valorar la magnitud de su propio problema, ni de plantearse abandonar una ideología que las ha llevado a la situación en la que se encuentran actualmente.
Agitar palabras como flexibilidad, innovación, empleo y crecimiento, tal y como llevan haciendo todos los gobiernos europeos desde hace cuatro décadas, no permitirá reactivar el crecimiento. Las pérdidas de cuota de mercado de la industria han llegado para quedarse y el país apenas puede contar con una economía digital que, en Occidente, está ahora dominada por Estados Unidos.
En realidad, el único verdadero éxito de estas reformas fue su mera existencia. De hecho, Friedrich Merz tenía motivos para sonreír el 2 de julio. Él, que ahora es el canciller federal más impopular de la historia, ha demostrado que podía hacer funcionar su coalición para llegar a tomar decisiones. Es la primera vez en más de un año.
Queda por ver si las y los votantes se lo agradecerán a la coalición. Sin duda, es poco probable. Estas reformas solo se ajustan a los deseos de las y los empresarios, quienes, a través de Rainer Dulger, presidente de la BDA (equivalente al Medef [en Francia, la CEOE, en el Estado español]), han hablado de un «cambio de rumbo muy esperado» que «reforzará la competitividad y generará confianza». Pero está muy solo: toda la oposición ha denunciado este texto, considerado o bien demasiado tímido, o bien perjudicial. Incluso la asociación de médicos ha hablado de «catástrofe absoluta» al referirse al posible aumento de las citas para obtener bajas laborales y su impacto en la salud pública.
El suicidio político del SPD
La verdadera cuestión es política. En un mundo que está dejando atrás el neoliberalismo, Alemania se precipita hacia el abismo. El endurecimiento del régimen de pensiones y la creación de un pilar obligatorio de capitalización podrían volver a pesar electoralmente en contra de la gran coalición.
El verdadero misterio es el del SPD. Sus dirigentes, empezando por su presidente -que, por cierto, es también ministro federal de Hacienda-, Lars Klingbeil, no dejaban de felicitarse mutuamente el jueves 2 de julio por su responsabilidad y su capacidad para gobernar, así como por su apoyo inquebrantable a las empresas y a la economía. Pero es precisamente la continuación de esa política la que ha llevado al partido al abismo.
Cuando el SPD defendió la reforma de las pensiones de 2009, su apoyo entre el electorado rondaba el 35 %. Tras tres grandes coaliciones, el partido ha perdido entre 10 y 15 puntos. En 2022, alcanzó su nivel más bajo desde 1881, con un 16,4 % de los votos. Y todo apunta a que el descenso a los infiernos aún no ha terminado.
El SPD, que entre el electorado obrero fue superado por la AfD (extrema derecha) en las últimas elecciones regionales de Baden-Wurtemberg y Renania del Norte-Westfalia, y que se ve amenazado entre el electorado urbano por los Verdes y el partido de izquierda Die Linke, ha abandonado en este asunto sus proyectos de reforma fiscal, en particular un impuesto de sucesiones más estricto.
Es poco probable que recupere el interés del electorado únicamente con el aumento del tipo marginal del impuesto sobre la renta, destinado exclusivamente a financiar una reducción mínima del impuesto para las clases medias. En cambio, confirma su condición de partido auxiliar de la patronal y su fe en la ecuación neoliberal según la cual menos derechos para los trabajadores y trabajadoras significan más beneficios y, en última instancia, más empleo y riqueza.
Treinta años de fracasos económicos y desastres electorales no bastan para que los dirigentes del SPD comprendan sus errores. Este nuevo paquete de reformas parece, por tanto, una nueva etapa del lento suicidio político del partido más antiguo de Alemania. Un destino que, sin duda, no es inmerecido, pero este sacrificio no salvará al país ni económica ni políticamente.
Mediapart







