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Chile :: 17/04/2026

En la oscuridad de la Torre: la solidaridad que la salvó

Alex Fuentes
El relato de Gladys Díaz sobre la tortura y la supervivencia, sobre el momento en el que la dignidad humana se enfrenta a la maldad organizada del Estado.

Hay relatos que desafían la realidad, pero que son verdaderos en cada detalle - verdaderos como un tejido de cicatrices. Aferrada a mi balsa es uno de esos relatos. Cuando Gladys Díaz Armijo escribe sobre sus noventa días en La Torre de Villa Grimaldi, no escribe solo sobre la tortura y la supervivencia, sino sobre el momento crucial en el que la dignidad humana se enfrenta a la maldad organizada del Estado. Sus palabras atraviesan mi propia historia. Se nos condujo al mismo lugar por los mismos verdugos. El que aún estemos vivos es un misterio.
Que ella haya escrito ahora Aferrada a mi balsa es un acto de resistencia que continúa.

Apenas supe de la reciente publicación del libro, me apresuré a leerlo, ya que por diversas razones está profundamente ligado a lo que ha sido mi vida durante los últimos 51 años de mi existencia. La autora de Aferrada a mi balsa es la periodista Gladys Díaz Armijo. En febrero de 1975 era jefa de redacción del periódico El Rebelde, publicado por el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) en la clandestinidad bajo la dictadura militar en Chile. Fue detenida por la DINA, el infame aparato represivo del dictador Augusto Pinochet, y trasladada a un lugar secreto en Santiago llamado Villa Grimaldi. Fue recluida en “La Torre”, el lugar adonde eran llevados los presos políticos de la dictadura cuando se consideraba que debían ser ejecutados o “desaparecer”.

Tras un período de actividad clandestina, decidí incorporarme al MIR, a pesar del alto riesgo que ello implicaba. En una dictadura que penetraba cada rincón de la existencia y convertía la vida cotidiana en un territorio vigilado, donde la represión sofocaba toda forma de organización, la resistencia no era solo una cuestión de pose, sino una necesidad - ¿qué otra cosa podía hacer alguien de izquierda? La DINA logró finalmente dar conmigo; fui secuestrado el 14 de marzo de 1975 y, con los ojos vendados, fui trasladado por agentes de civil a Villa Grimaldi.

Mi permanencia en ese lugar ominoso duró un par de semanas antes de que - lo que más tarde resultó ser un error de cálculo interno del aparato represivo - me trasladaran a otro recinto secreto: Cuatro Álamos. Ella, en cambio, permaneció prisionera en la Torre durante tres meses y fue sometida a los métodos de tortura que la DINA había convertido en rutina. Que ambos sigamos con vida, 51 años después, es menos un misterio que un testimonio de cómo la vida y la muerte bajo la dictadura dependían del azar, de consideraciones internas y de los caprichos del poder.

He leído muchos libros que de distintas formas abordan situaciones atroces de tortura, pero Aferrada a mi balsa supera todo lo que había leído antes. En el libro, la autora quiso ser lo más fiel posible a los sentimientos y experiencias: “Creo que si mi libro aporta algo a todo lo que se ha escrito sobre los derechos humanos, es que logra representar en mayor medida la experiencia vivida.” Sí, sin duda, profundamente lúcido, conmovedor - su pluma ha escrito, sílaba tras sílaba, la experiencia vivida detrás de las secas formulaciones sobre “derechos humanos”: el miedo, el encierro, la humillación.
Aquello que miles de detenidos-desaparecidos se vieron obligados a padecer, y que durante tanto tiempo fue reducido a estadísticas y expedientes. Una contribución invaluable a la memoria - y a la justicia.

Hay que decirlo: lo que ha escrito Gladys Díaz es, sin duda, uno de los relatos personales más potentes, detallados y acusadores sobre la dictadura en Chile. Gladys advierte al lector desde el principio.
Lo que narra es una historia de crueldades, pero también de resistencia. De muerte y horrores, pero también de vida y esperanza: “Noventa días pueden parecer un tiempo breve en la vida de una persona. Apenas una estación, un invierno pasajero que termina con la próxima primavera. Pero esos noventa días en la Torre marcaron mi vida para siempre.”

La Torre era una construcción especial dentro de ese centro de tortura, y de allí, salvo contadas excepciones, se “desaparecía” para siempre.

Coroneles, tenientes coroneles, capitanes y tenientes del ejército chileno se ensañaron particularmente con Gladys porque “dominaba el mundo de las palabras, y las palabras cuentan, son más peligrosas que la pólvora”, escribe Pilar del Río, presidenta de la Fundación José Saramago, en el prólogo.

El relato de la autora es de una honestidad rara, hiriente y conmovedora, y su sufrimiento me lleva una y otra vez a reflexionar sobre el sentido mismo de la existencia. Durante todo su cautiverio, Gladys Díaz se aferró a la esperanza que los presos construían a través de su solidaridad. Por eso no se rindió, aunque hubo muchos momentos en que ella habría preferido morir antes que revelar lo que los torturadores, fieles al manual de la crueldad absoluta, intentaban arrancarle.

Debo reconocer también que me resulta difícil escribir estas líneas. Tal vez se deba a que ambos fuimos inicialmente torturados por el mismo coronel: Marcelo Moren Brito, uno de los principales responsables de la DINA. En el caso de Gladys, los altos oficiales de la DINA se turnaban para torturarla, con una manía tan cruel que resulta difícil comprender cómo logró sobrevivir.

Aferrada a mi balsa es un libro poroso, en el sentido de que permite múltiples lecturas e interpretaciones, que abre numerosas preguntas y reflexiones. Es un libro que posibilita muchas lecciones de vida sin imponer verdades.
Es un libro imprescindible para quien quiera recordar el pasado y reflexionar sobre cómo construir el presente y el futuro.

En marzo de 1975, en la oscuridad de los cajones de la Torre en Villa Grimaldi, Gladys percibió que un nuevo prisionero había sido introducido en una de las cajas contiguas. Lo describe como “un caso especial, que generaba inquietud y susurros entre los guardias. El nuevo prisionero se llamaba Mauro, pero su verdadero nombre era Carlos Carrasco Matus, 21 años, cabo del ejército y guardia en los campos de prisioneros.”

Ese “caso especial” lo conocí de cerca.
Carlos Carrasco y yo estudiamos en el mismo liceo y participamos en el centro de alumnos en 1972. Yo era presidente y Carlos vicepresidente. Cuando la DINA fue creada en secreto algunos meses después del golpe militar de 1973, Carlos fue seleccionado dentro del ejército para formar parte de esa infernal máquina de muerte.
Tras un par de meses en el mundo del terror, me contactó. Necesitaba hablar conmigo, me dijo.

Lo que ocurrió con “Mauro” - o Carlos - es el hilo conductor que me llevó más tarde a escribir el libro El gorrión blanco, después de haber logrado salir con vida de la Torre de Villa Grimaldi y de otros campos de concentración. Lo escribí tras varios años de vivir en Suecia.

Gladys tuvo la oportunidad de ver a Carlos.
En el libro escribe: “Varias veces levanté mi venda para poder observarlo: vi a un joven con rostro de muchacho bueno, alto, de tez morena, con abundante cabello rizado, con una mirada triste, abatida. Aunque parecía haberse resignado a su destino, sollozaba por las noches.”

En una ocasión, ella intentó darle ánimo y le dijo que debía ser fuerte para irradiar la energía de un futuro libre. Carlos respondió:

“No, compañera, los conozco demasiado bien. Nunca me perdonarán”, respondió con amargura. “Además, me mantienen aquí para que todos los guardias y subordinados vean cómo termina quien apoya a los prisioneros. Por eso sigo vivo.”

Cuando Gladys escribió Aferrada a mi balsa, no sabía exactamente lo que había ocurrido. La DINA tenía a Carlos en la Torre, pero no por apoyar a los prisioneros, aunque también lo hacía cuando podía.
La verdadera razón era otra. A finales de 1974, las estructuras del MIR estaban extremadamente debilitadas por los golpes del aparato represivo contra los cuadros intermedios y su dirección. De algún modo, la DINA había descubierto que Carlos filtraba información desde dentro del aparato represivo, y que esta información llegaba a la dirección del MIR. Él me informaba a mí, y yo transmitía esa información a una joven responsable del aparato de información en la dirección del MIR.

Gladys no sabía, ni en la Torre ni al escribir el libro, que habíamos logrado infiltrar a la DINA a través de Carlos.

En una ocasión, en el patio de Villa Grimaldi, un agente de la DINA le quitó la venda a Gladys. Entonces ella vio cómo uno de los torturadores más notorios del lugar, Osvaldo Romo, se acercaba a ella. Gladys escribe: “Romo levantó la mano, con un dedo simulando una pistola, apuntando a Mauro, y dijo: ‘Imagínate que si le disparo a ese pobre desgraciado le hago un favor, porque no tiene idea de lo que le espera’.”

En ese instante ella dice que sintió como un escalofrío helado le recorría la espalda.

Yo, por mi parte, me encontraba aún en uno de los cajones en otra zona de Villa Grimaldi. En la Torre, Gladys se enteró del martirio de Carlos. Lo ataron a un ombú, un árbol del noreste de Argentina, Uruguay, Paraguay y el sur de Brasil que había allí.
Allí lo golpearon hasta destrozarlo, lo asesinaron con cadenas, mientras Marcelo Moren Brito gritaba: “¡Así mueren los traidores!”

Gladys Díaz es una de las personas más brutalmente torturadas durante la dictadura. Resistió la tortura durante tres meses consecutivos y sobrevivió a dos intentos de asesinato durante su cautiverio. Pensó que si sobrevivía, era su deber como periodista escribir sobre lo que había vivido. Lo intentó durante muchos años, pero la experiencia de esos tres meses - estuvo encarcelada dos años - se lo impedía. Cada vez que intentaba acercarse a su propia historia, regresaban la amargura, el dolor y la tristeza, haciendo imposible la escritura.

A finales de 2025 se publicó Aferrada a mi balsa. Gladys cuenta que siempre ha tenido un profundo miedo al mar, que pensaba que podía ahogarse. En el mar tempestuoso de Villa Grimaldi, se aferró a su propia “balsa” imaginaria, y eso la salvó: “Sin querer dramatizar ese momento, sentí con una fuerza interior que no sabía que tenía, aunque me habían privado de libertad y me trataban como un insecto molesto y desobediente, que había una parte de mí que permanecía intacta, consciente de mi humanidad y de mi responsabilidad. Era la parte de mí que no había sido secuestrada ni aniquilada. Aún tenía la libertad de decidir si les daba lo que querían o no. La Torre era el lugar donde encerraban a quienes iban a morir, pero también el lugar de la resistencia más dura. Es allí, quizá, donde los lazos solidarios, amistosos, fraternos que pueden crear los seres humanos se vuelven más intensos, más luminosos, más profundos, más verdaderos.”

En Aferrada a mi balsa aparece con claridad el papel de la solidaridad en el fortalecimiento de lo colectivo en los momentos más terribles, cuando se sobrepasan todos los límites del respeto y de la dignidad humana. Cuando un régimen busca aniquilar a los prisioneros, tanto como individuos como colectivo, es la solidaridad dada y recibida la que marca la diferencia de valores entre dictadura y resistencia.

Tras dos meses de aislamiento de los demás prisioneros sobrevivientes, fui sacado a un pasillo en Cuatro Álamos, un recinto secreto donde también había estado Carlos. Habían decidido trasladarme a otro campo de concentración. En ese momento escuché la voz de una mujer; también iba a ser llevada al sector donde se mantenía a las prisioneras. Un policía insistía en registrarla con un nombre falso (”Renata”), pero ella alzó la voz en protesta y exigió que se anotara su nombre verdadero. Era Gladys Díaz. Parecía un espantapájaros - demacrada, como si le hubiern cortado el cabello con bayoneta. Pero estaba viva. Nunca podré olvidar ese momento. Y ahora, al leer las 318 páginas que ha escrito Gladys, no logro desprenderme de su odisea.

Infinitas gracias, Gladys.

Fuente:
https://internationalen.se/
Traducido al castellano para La Haine

 

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