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16/01/2006 :: Brasil

Entrevista con Luis Fernando Novoa: Balance de tres años de gobierno de Lula

x Sin Permiso
La compañía petrolífera Petrobras, todavía en manos del estado, se niega a invertir en Bolivia, aduciendo que los movimientos de masas a favor de la nacionalización de las reservas de gas han generado allí un clima poco propicio para las inversiones. En eso, el gobierno de Lula se comporta exactamente igual que los países industriales del Norte, que sirven a los intereses de las elites transnacionalizadas

El profesor Luis Fernando Novoa es docente en la prestigiosa Universidad Campinas de Sao Paulo. Colabora con ATTAC y REBRIP, una organización no-gubernamental brasileña que lucha contra la zona de libre comercio que los EEUU pretenden implantar en América, desde Alaska a Tierra de Fuego (ALCA). Actualmente, está desarrollando en el estado amazónico de Rond'nia, desde la sociedad civil, un plan de vigilancia de IIRSA, un programa multilateral de telecomunicaciones, tráfico y energía, aprobado en Brasilia en 2000. La entrevista corrió a cargo de Stefan Fuchs.

FREITAG: Cuando Ignacio Lula da Silva se convirtió hace ahora exactamente tres años en nuevo Presidente del Brasil, se lo celebró como portador de la esperanza en un cambio político. Entretanto, la decepción ha sido grande, porque parece haberse limitado a seguir la política económica neoliberal de su predecesor, Fernando Enrique Cardoso. ¿Por qué no se dio el esperado cambio?

LUIS FERNANDO NOVOA: La fascinación ejercida por el hecho histórico de ver a un obrero en el palacio de Planalto en Brasilia nos obnubiló un poco a todos. Hoy resulta claro que el triunfo electoral de Lula no se debió fundamentalmente a la movilización de las bases de su partido (el PT). En aquel momento, en efecto, se había hecho necesaria una consolidación del modelo neoliberal. Los mercados financieros precisaban hasta cierto punto en América Latina de elementos de democracia participativa y de la nueva izquierda política, a fin de recuperar un mínimo de legitimidad para sus políticas tras las catástrofes en Argentina, Bolivia, Ecuador y parcialmente también Brasil.

Propiamente, una condición necesaria para el triunfo del PT fue la "Carta a los brasileños" que escribió Lula antes de las elecciones y que, propiamente, era también una "Carta a los bancos". Allí se decía literalmente que no habría ruptura con el curso hasta entonces seguido por el anterior gobierno. Por lo demás, las privatizaciones, la desregulación y la política de altos tipos de interés del Presidente Fernando Enrique Cardoso habían hecho prácticamente imposible un cambio político. Todos los instrumentos de intervención político-económica habían sido ya suprimidos desde hacía tiempo; y sin embargo, la crisis económica obligaba a buscar un mayor consenso social. Esto último resultaba imposible con un gobierno dirigido por las derechas brasileñas tradicionales. La revuelta y la ingobernabilidad estaban a la vuelta de la esquina, como en Argentina o en Bolivia. Y héte aquí que estaba disponible el capital de confianza acumulado durante décadas por el Partido de los Trabajadores -y por su candidato- para reciclar las viejas recetas neoliberales.

Y la cerrazón de las elites, ¿no se debe precisamente a esas recetas?

La elites tradicionales en Sudamérica se vieron particularmente desacreditadas por la corrupción. Muchos políticos de los ochenta y los noventa se vieron involucrados en ella. Piense usted en Raúl Salinas en México, Carlos Menem en Argentina, Alberto Fujimori en Perú, Fernando Collor de Mello in Brasil. Hicieron patente para todos la relación de vecindad del neoliberalismo con la criminalidad y la corrupción. Con ese personal, no había forma de lograr un estado.

Se necesitaban, pues, gobiernos libres de esos lastres....

... y que prometieran más transparencia y, al menos retóricamente, más participación. Desde el punto de vista de las elites de poder eso no representaba un gran problema, porque los elementos decisivos que conforman la soberanía político-económica hacía ya mucho que habían sido transnacionalizados. Con la actual y manifiesta parálisis del gobierno de Lula y con su evidente incapacidad para satisfacer las expectativas de los ciudadanos, muy pronto se planteará de nuevo en Brasil la cuestión de la gobernabilidad.

Salvamento en el último minuto

¿Cómo fue posible que el mismo Partido de los Trabajadores se hundiera en este lodazal de corrupción? ¿No se había dibujado, como partido de oposición, con un perfil muy diferente?

Para empezar, una parte de la histérica campaña mediática contra los escándalos de corrupción del PT ha sido alimentada por políticos de ultraderecha, que han visto en eso una oportunidad para desacreditar a la izquierda y rebajarla a su mismo nivel de descrédito. Pero las causas objetivas de los indiscutibles y gravísimos errores de dirigentes del PT hay que buscarlos en la incipiente y sólo rudimentariamente desarrollada democracia de partidos brasileña. Tenemos aquí el irresuelto problema de la financiación de las campañas electorales, pues los medios de comunicación dominantes están privatizados y son controlados por las elites establecidas. Por eso se vio forzado el Presidente Lula a gastar cerca de 75 millones de euros para una campaña profesionalmente dirigida, cuatro veces más que su contrincante. Ese dinero resultaba muy difícil de conseguir para el Partido de los Trabajadores, tanto más cuanto que se trata del único partido en Brasil que se permite una costosa democracia interna. Las funciones y los cargos del partido son sometidos al sufragio de sus 850.000 miembros. Los costes de ese procedimiento no logran ser compensados con el impuesto de un 10% con que el partido grava los ingresos de sus cargos.

Los demás partidos son más bien asociaciones para el logro de fines, y su único fin es la participación en el poder. Lo que lleva a los inevitables codazos en pos de cargos y canonjías. Si en esas condiciones ha de formarse una coalición, la frontera de la corrupción es fácilmente franqueable. Probablemente fue error del Presidente fiarlo todo a las instituciones democráticas recibidas, y descuidar la movilización de sus bases tras la victoria electoral del 2002.

Dice usted que la política del precursor Fernando Henrique hizo imposible el cambio político pretendido por el PT aún antes de que Lula da Silva tomara posesión de su cargo. ¿por qué?

El Presidente Fernando Henrique modernizó muy rápidamente el Brasil, pero no desde dentro, sino desde fuera, y de un modo completamente insostenible. Combatió con éxito la hiperinflación limitándose a hacer depender la estabilidad de la moneda nacional, el real, del flujo exterior de capitales especulativos. Con eso, Brasil se integró sin reservas ni cautelas de ningún tipo, en el sistema de los mercados internacionales de capitales. El Banco Central se hizo autónomo, sin que siquiera se le dieran, como ocurre con el Banco Central en los EEUU, directrices generales en materia de políticas de empleo. La deuda exterior se fragmentó en una miríada de pequeños títulos a ser negociados libremente en los mercados de capitales. La consecuencia fue que el endeudamiento se multiplicó por veinte. Al mismo tiempo, las empresas públicas -provista de créditos del estado- se vendieron a precios de dumping. El resultado de todo eso no fue precisamente la modernización de nuestra economía, sino la pérdida de sectores industriales clave, estratégicamente imprescindibles: el suministro de energía, la telecomunicación, la extracción petrolífera fueron privatizados, y los circuitos industriales productivos conexos, destruidos. Lo que quedó fueron los cluster industriales sin esperanza de beneficios para los inversores extranjeros.

En resolución: la herencia más diabólica de los precursores de Lula fue una horriblemente crecido endeudamiento y una perspectiva de disminución de la inflación. Cuando se dibujó en el horizonte la posibilidad de un triunfo electoral del PT en los comicios de 2002, comenzó el terrorismo de los mercados financieros. El capital emprendió masivamente la huida, y una inconcebible histeria se apoderó del país. Como salvador de última hora apareció el FMI, con un crédito cercano a los 30.000 millones de dólares, un crédito, claro está, políticamente condicionado. Aun antes de tomar posesión, el nuevo gobierno tuvo que dar garantías de que la política económica, financiera y de gestión de la deuda del anterior gobierno sería proseguida. Todo, de acuerdo con la divisa: os ayudamos, pero por favor dejad en nuestras manos la estructura de las decisiones económicas.

Blindaje frente al cambio

O sea, la crisis como palanca promotora de los intereses de los mercados financieros.

O eso podría al menos inferirse del hecho de que el gobierno de Lula se viera obligado por la presión del capital especulativo a mantener en unos niveles astronómicos los tipos de interés. Lo que procuró a los bancos beneficios récord y asfixió toda posibilidad de crecimiento económico. Se blindaron prácticamente frente al cambio político: la democracia fue bloqueada en toda regla. En ejemplo paradigmático de cómo la globalización puede cobrar rasgos totalitarios y paralizar una democracia. La consecuencia última es la destrucción de la política.

En tales circunstancias, ¿cómo se discute hoy en Brasil sobre el recetario neoliberal?

Nuestras elites de poder tienden a explicar los déficit económicos por una supuesta desviación en la aplicación de la ortodoxia neoliberal. Por ejemplo: el curso cambiario del real brasileño se mantuvo mucho tiempo por motivos políticos anclado en el dólar, y sólo en 1999 se dejó flotar libremente. Hoy hay grupos, muy presentes también en el actual gobierno y en el Banco Central, que creen que para recuperar el éxito hasta ahora esquivo, es necesario un seguimiento aún más estricto de las prescripciones neoliberales. Una ulterior reducción de los gastos públicos y una promoción aún más unilateral de las exportaciones serían para ellos la respuesta adecuada a los problemas del país. Es lo que se halla bajo el rótulo del "Consenso de Washington II".

Un protagonista destacado de ese modo de pensar es el ministro finanzas, habilitado para el cargo por el PT, Antonio Palocci, quien ahora mismo parece hallarse un tanto debilitado por las acusaciones de corrupción. Brasil cumple un papel importante en la estrategia del FMI y de los mercados globalizados de capitales que se hallan tras él: su ejemplo tendría que servir para ayudar a rehabilitar los instrumentos del Consenso de Washington. Y eso explica también los juicios extremadamente positivos que sobre el gobierno de Lula dejan caer los expertos financieros de JP Morgan o de Merill Lynch.

¿Qué ocurre cuando los intentos de los movimientos sociales, decepcionados por Lula, fracasan a la hora de fraguar alternativas políticas? ¿Es el Presidente Venezolano Chávez un primer indicio de un nuevo tipo de caudillismo en el Subcontinente?

Seguro que esa posibilidad está abierta, con todos los peligros que necesariamente acompañan a la personalización extrema de la política, aun cuando, como ocurre con Hugo Chávez, eso vaya acompañado de las mejores intenciones. Su mesianismo no es, a fin de cuentas, sino la proyección de una mayoría de venezolanos que perdieron toda confianza en el sistema político de su país. El caudillismo es un síntoma claro de que las instituciones tradicionales de la democracia están paralizadas. Vive de la relación directa entre una personalidad carismática y la masa de los orillados. De ahí surge un poder político que permite poner en cuestión la legitimidad de los intereses de las elites transnacionales. En ese aspecto, Chávez es el exacto contramodelo de Lula, quien se apoya casi exclusivamente en las instituciones de la política tradicional.

¿Dónde radican, en las actuales circunstancias, los peligros de este incipientemente reconocible caudillismo de un Hugo Chávez?

La personalización de los conflictos conduce a una permanente radicalización del discurso. En el caso de Chávez, es la intensidad del conflicto con las viejas elites de poder y con los EEUU lo que le asegura el apoyo de las masas. Por otro lado -y de eso Chávez es completamente consciente-, el éxito depende casi en exclusiva de su propia persona. Su desaparición desencadenaría efectos catastróficos en el movimiento democratizador que anda por detrás de la Revolución bolivariana. Por eso tanto la sociedad civil venezolana, como el mismo Chávez tratan de diluir el monopolio del poder carismático y de crear nuevas instituciones políticas descentralizadas. Tal es también el propósito de la nueva Constitución de Venezuela.

Un lobby agrario montaraz y resuelto

Movilizada a partir de la sociedad civil brasileña, hay una resistencia contra la zona continental de libre comercio impulsada por los EEUU (ALCA) que amenaza con dividir a la América Latina. Los estados del MERCOSUR (Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay, lo mismo que Venezuela, la rechazan, mientras que Chile, Perú, Colombia, América Central y sobre todo México pretende llegar a la realización del ALCA. Desde una perspectiva brasileña, ¿qué habla en contra de ese proyecto?

En nuestro país ha surgido una industria de bienes de inversión sin par en los llamados países del tercer mundo. La dictadura militar que gobernó hasta 1984/85 quería convertir el Brasil en la potencia regional dirigente del Atlántico Sur. A fin de formar la necesaria elite tecnocrática, se reestructuraron las universidades con objeto de convertirlas en centros de excelencia. Se generó un visible Kow-How en la construcción aeronáutica y espacial que hoy permitiría sentar las bases de una economía independiente. La zona de libre comercio debilitaría, si no destruiría esta infraestructura -sobre todo en investigación y desarrollo-.

Eso se ha visto sobradamente en el caso de México con el NAFTA [Tratado de libre comercio en el área norte de América]. Hay un amplio consenso entre nosotros al respecto: en vez del ALCA, queremos aprovechar las formas regionales de integración como el MERCOSUR. Según se vio hace poco en la cumbre americana celebrada en la Argentina, el gobierno de Lula da Silva, a pesar de la notoria presión ejercida por la industria agrícola brasileña, está prestando una tenaz resistencia, mientras que otros países del Subcontinente parecen ya como abandonados a un destino.

Dijo usted que la presión a favor del continuar la política neoliberal no viene sólo de fuera, de los mercados de capitales, sino también de dentro de la misma sociedad brasileña. ¿De quién, exactamente?

Poderosas empresas transnacionales de nuestra industria agrícola quieren la zona de libre comercio para desempeñarse allí como Global Players, y así, quedar mejor emplazadas de cara a la conquista de los mercados septentrionales. Gracias a los ingresos de esas empresas ha logrado Lula da Silva unos superávit récord que le han permitido un brillante equilibrio de la balanza del comercio exterior. La influencia de esas empresas explica también el reciente comportamiento de Brasil en las negociaciones de la reunión de la OMC en Hong Kong. En la lucha contra las subvenciones agrícolas norteamericanas y europeas, Brasilia no está actuando como un abogado de los países en el umbral del desarrollo; se limita a seguir los intereses de su lobby agrícola, montarazmente resuelto a encaramarse al podio de los productores mundiales de alimentos.

Vale para ello cualquier medio, ya sea la plantación de semillas genéticamente modificadas, la exposición a radioactividad de los frutos, o la deforestación de la selva tropical para la plantación de soja. Esas fuerzas incitan a una verdadera reforma agraria, porque, como es natural, no están interesadas en negocios agrícolas familiares. Querrían seguir abriendo el propio mercado interior, a sabiendas de que eso traería consigo el estrangulamiento de la producción lechera nacional. Los productores aviares brasileños, con sus exportaciones masivas, han puesto en verdaderos aprietos a sus concurrentes del sudeste asiático. Incluso la compañía petrolífera Petrobras, todavía en manos del estado, se niega a invertir en Bolivia, aduciendo que los movimientos de masas a favor de la nacionalización de las reservas de gas han generado allí un clima poco propicio para las inversiones. En eso, el gobierno de Lula se comporta exactamente igual que los estados industriales del Norte, que sirven a los intereses de las elites transnacionalizadas.

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Traducción de Amaranta Süss

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