Estados Unidos, Gramsci y los otros
La extrema derecha de EEUU fracasó también en su intento de apropiarse del concepto de hegemonía para usarlo en su batalla cultural desatada contra el resto de la humanidad
La hegemonía cultural de EEUU hace agua. El paradigma de país democrático, con una constitución respetada quedó transformado en una ficción de Hollywood.
¿Qué orden mundial posible puede basarse en la brutal motivación de la fuerza? Fuerza que emplea la primera potencia militar del planeta cuando siente que perdió su hegemonía geopolítica. El problema no menor para EEUU - aún si se aceptara que secuestró con éxito al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro - es que sus injerencias históricas en el continente contaminan sus propios intereses en el mediano y largo plazo. No los consolidan, los vuelven endebles por la sinrazón del abuso de su posición dominante.
EEUU podrá apoderarse del petróleo, el gas, el oro y las tierras raras de Venezuela cuyo gobierno no le resulta dócil, pero Trump y su círculo de halcones acaban de pegarse un tiro en el pie aun cuando salgan ilesos en el corto plazo del pantano en que se metieron.
La declinación de la hegemonía cultural de EEUU en los términos que podría explicarla Gramsci, se profundizará aún más. Su liderazgo global, con moralina incluida, la gastada escala de valores y visión del mundo aceptada por la imposición de su poder militar, hace agua y entra en crisis como el sentido común de Occidente, descascarado y decadente.
La persuasión es demasiado sutil para una nación prepotente, que construyó su propia subjetividad basada en mentiras históricas o gestas donde los héroes y las víctimas los ponían otros. La operación en Venezuela alimentará el antimperialismo que camina por América Latina, como reza una consigna de las movilizaciones donde se repudia con razón la pisada de sus botas en suelo ajeno.
EEUU es una nación cada vez menos creíble por su doble estándar democrático, aplicable por extensión a las categorías en que separa a dictadores buenos y malos. Funcionales a su política o refractarios a las imposiciones que llegan desde Washington. Recordada es la frase de Franklin D. Roosevelt sobre el dictador nicaragüense Anastasio Somoza: "Es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta".
El destino manifiesto que se atribuye EEUU por la divina providencia es un credo religioso que convoca cada vez menos feligreses. La sublimación de su democracia se transformó en retórica hueca, y si no que lo diga Al Gore, al que George W. Bush le robó la elección del 2000. El primero había ganado por el voto popular y perdió en el colegio electoral. El cineasta Michael Moore lo llamó al republicano que en 2004 sería reelegido "okupa del salón oval".
No hace falta ampliar detalles sobre la toma del Capitolio el 6 de enero de 2021. Se cumplen cinco años este lunes. Trump alentó a los golpistas ultramontanos de su partido y hoy gobierna con todo el poder de fuego a su disposición para apoyar genocidios como el de Gaza o raptar presidentes como Maduro en Caracas.
EEUU ya no domina el mercado global ni impone precios o aranceles como quisiera, con bravuconadas inconsistentes de su presidente. Viene perdiendo la batalla tecnológica con China, el gigante que ya lo superó en la fabricación de semiconductores, en la expansión de los 5G en las redes móviles y con otros avances en las ciencias.
Lidera mundialmente la producción de conocimiento. Se adelantó a EEUU en 57 de las 64 tecnologías críticas que definirán el futuro económico y militar global, según el Instituto Australiano de Política Estratégica. El dato es del año que acaba de terminar.
Son muchos los terrenos donde EEUU viene tropezando y uno más es al que bajó para imponer la paz mediante la fuerza. Nuevo o gastado slogan que Trump tomó de algún asesor proclive a guiarse por las ficciones de Hollywood. Una maquinaria formidable de hegemonía cultural que delineó el estilo de vida norteamericano y estereotipó de manera negativa a ciudadanos que habitan dentro y fuera de sus fronteras. Un repaso a las grandes producciones de la Metro Goldwyn Mayer a lo largo del siglo XX sería suficiente: pueblos originarios, afronorteamericanos, hispanos, árabes, chinos, casi siempre ocuparon papeles de malvados o secundarios.
Esa usina de subjetividades que modelaron el American way of life expandió por el mundo valores como la meritocracia, la libertad individual, la búsqueda de una felicidad idílica, la concepción en definitiva de que EEUU es el paraíso en la tierra. Una idea-fuerza que ya no corre en tiempos de Trump donde cualquier país o ciudadano del mundo que quede al alcance de sus marines, sus Delta Force o sus misiles inteligentes es un blanco fácil.
La todavía poderosa nación que posó nuevamente su mirada sobre el patio trasero basada en la doctrina Monroe de 1823 tiene gastado el uniforme de gendarme planetario. Por rigor histórico y justicia con Gramsci, debe decirse que la extrema derecha de EEUU fracasó también en su intento de apropiarse del concepto de hegemonía para usarlo en su batalla cultural desatada contra el resto de la humanidad. Los estragos del llamado marxismo cultural que defenestran y al que atribuyen todos los males, son el fantasma que alimenta su filosofía destructiva. Su construcción de un otro a erradicar del planeta.







