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Europa :: 18/03/2026

Habermas: el filósofo del «consenso democrático» que legitimó la guerra y a las élites económicas

Cristóbal García Vera
La muerte de Jürgen Habermas ha provocado una avalancha de elogios en la prensa burguesa o no, que lo presenta como uno de los grandes filósofos democráticos de nuestro tiempo

¿“Deliberación racional entre iguales” bajo el dominio del gran capital?

La muerte del filósofo y sociólogo Jürgen Habermas (1928-2026), el pasado sábado 14 de marzo, ha desatado una oleada de homenajes que lo reivindican como una de las mayores figuras intelectuales de la Europa contemporánea y un referente ético fundamental”. Durante décadas, en efecto, Habermas fue el intelectual público más influyente de Alemania y uno de los pensadores más citados del mundo occidental. Intervino en discusiones sobre la memoria del nazismo, la identidad alemana, la reunificación del país y el proyecto político europeo. Con el tiempo su figura adquirió el perfil del gran intelectual público de un país con una de las tradiciones filosóficas más importantes de Europa.

Su nombre quedó asociado a una idea que ha tenido enorme éxito en la filosofía política reciente: que las sociedades modernas pueden legitimarse mediante el “diálogo racional” entre “ciudadanos libres e iguales”.

La tesis es conocida. Cuando los ciudadanos pueden discutir en condiciones de igualdad, intercambiar argumentos y deliberar públicamente sin coerción sobre los asuntos comunes, las decisiones colectivas pueden considerarse legítimas. En última instancia, la democracia sería – para Habermas – este proceso de «discusión racional».

Ese planteamiento ha tenido un enorme impacto en universidades, instituciones europeas y buena parte de la teoría política contemporánea. Pero precisamente por el alcance de ese impacto conviene preguntarse algo que los obituarios rara vez plantean: qué papel desempeñó realmente ese tipo de pensamiento en las sociedades donde surgió. Porque una teoría social puede volverse influyente no solo por su fuerza intelectual o su rigurosidad, sino también por su capacidad para encajar con las necesidades ideológicas del sistema en el que se desarrolla. Y, en el caso de Habermas, esa relación resulta difícil de ignorar.

DEL MARXISMO A LA CRÍTICA INOFENSIVA: EL GIRO DE LA ESCUELA DE FRANKFURT

Jürgen Habermas desarrolló inicialmente su obra dentro de la llamada Escuela de Frankfurt, una corriente intelectual que había surgido en el siglo XX con la promesa de renovar la crítica social europea y que, erróneamente, muchos han incluido durante décadas en la tradición marxista.

Sin embargo, en esa escuela se produjo bien pronto un desplazamiento teórico que la alejó de lo esencial de dicha tradición. Mientras Marx había situado el núcleo de su crítica radical en la economía política —la producción de valor, la explotación del trabajo y la estructura de clases—, sin descuidar por ello la crítica de la cultura o la alienación(1), la llamada “teoría crítica” de la Escuela de Frankfurt abandonó ese terreno para centrarse casi exclusivamente en el ámbito cultural, la ideología o la psicología social. Esta orientación supuso dejar de lado las relaciones materiales que organizan la sociedad capitalista y acabaría por convertir su crítica en un tipo de discurso perfectamente asumible y funcional para el propio sistema.(2)

Habermas heredó ese desplazamiento culturalista pero lo llevó todavía aún más lejos. En lugar de situar el centro del análisis en las relaciones sociales que organizan la producción y la vida material, su proyecto filosófico se orientó hacia otra cuestión: cómo puede legitimarse políticamente el orden existente. Ese cambio de perspectiva sería decisivo. Porque, cuando el análisis abandona las relaciones de poder que organizan una sociedad, la política se presenta como un problema de procedimientos, normas y comunicación, ocultando el hecho de que se trata, en realidad, de una lucha entre intereses antagónicos de clases sociales objetivamente enfrentadas.

LA DEMOCRACIA COMO “DIÁLOGO ENTRE IGUALES” EN UNA SOCIEDAD DESIGUAL

La teoría que hizo mundialmente famoso a Habermas –y que le valió entre otros muchos reconocimientos el premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales– fue la llamada teoría de la acción comunicativa. Su idea central es, como ya hemos apuntado, que las normas sociales pueden considerarse legítimas cuando resultan de procesos de “deliberación racional” entre ciudadanos que discuten en condiciones de igualdad. La política, en este modelo, deja de entenderse como una lucha por el poder y pasa a concebirse como un proceso de discusión pública.

Esta propuesta tiene una apariencia atractiva, pero cuando se confronta con la realidad queda en evidencia que sus premisas no se sostienen. Las sociedades contemporáneas no están organizadas sobre la base de individuos iguales que deliberan libremente. Están organizadas sobre enormes desigualdades económicas y concentraciones de poder.

Las grandes empresas controlan recursos económicos gigantescos, los medios de comunicación pertenecen a conglomerados empresariales, los partidos políticos dependen de financiación privada y los gobiernos toman decisiones respondiendo a las exigencias de estos poderes económicos y de los agentes que controlan los mercados financieros. Cuando esta realidad fundamental desaparece del análisis, o se sitúa en un segundo término, la teoría que enfoca así el estudio de la política revela su carácter legitimador del orden existente.

Jürgen Habermas recibiendo el premio Príncipe de Asturias en el año 2003.

HABERMAS CONTRA LA RADICALIZACIÓN DEL MOVIMIENTO ESTUDIANTIL: DEL LADO DEL ORDEN EXISTENTE

Un episodio muy revelador sobre el posicionamiento político de Habermas ocurrió, tempranamente, durante las revueltas estudiantiles alemanas de los años sesenta.

Miles de jóvenes cuestionaban por aquellos años el orden político de la República Federal, denunciaban la continuidad en el aparato estatal de élites procedentes del nazismo y criticaban el capitalismo de posguerra.

Durante un breve tiempo Habermas pareció simpatizar con algunas demandas del movimiento pero cuando las protestas comenzaron a radicalizarse y a cuestionar más profundamente las instituciones del sistema su posición cambió de forma drástica.

En 1967, el pensador acusó a algunos sectores del movimiento estudiantil de practicar lo que él llamó un “fascismo de izquierda”. Aquella expresión marcaba una línea política muy clara: cuando el conflicto social dejó de ser una discusión meramente académica y comenzó a cuestionar el orden existente, el filósofo del diálogo tomó partido por ese orden burgués.

Significativamente, la posición de Habermas coincidió con la de su antiguo maestro Theodor W. Adorno. En 1969, estudiantes ocuparon el Instituto de Investigación Social de Frankfurt para denunciar la pasividad política de la institución. Adorno, una de las figuras centrales de la “teoría crítica”, respondió llamando a la policía para desalojarlos.

De esta manera, una corriente intelectual que había nacido con pretensiones críticas terminaba recurriendo al aparato coercitivo del Estado para restablecer el orden.

Antes, Adorno ya había dejado en evidencia qué se podía esperar de estos críticos de la cultura con su respuesta a los estudiantes que, en ese contexto, le exigían “pasar a la acción”.

“Si me preguntan qué hay que hacer —respondió— solo puedo decir: desde luego, no la revolución”.

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Notas

NOTAS: (1) Como señaló el destacado marxista húngaro György Lukács, lo que distingue al marxismo no es el predominio de los “factores económicos” —como a menudo sostienen quienes caricaturizan la obra de Marx acusándola de “economicismo”— sino el “punto de vista de la totalidad”. Es decir, la comprensión de los fenómenos culturales, ideológicos o de la subjetividad en relación con las relaciones sociales y las estructuras de poder que organizan la sociedad. No se trata, por tanto, de prescindir del análisis de la cultura o de la subjetividad, sino de abordarlo estableciendo sus conexiones con esas relaciones de poder.

(2) Adorno y Horkheimer, lejos de realizar una aportación crítica a la teoría marxista desde las coordenadas de esa tradición emancipadora, desarrollaron una pretendida recusación de la misma desde un posicionamiento teórico que el filósofo español Manuel Sacristán definió como "sociología idealista dialéctica ". La crítica a Marx de los máximos exponentes de la Escuela de Frankfurt reprodujo algunos lugares comunes superficiales como el de descalificar su obra por un supuesto "determinismo histórico que postulaba leyes económicas inmanentes que llevan inevitablemente al comunismo, ignorando contingencias y la "dialéctica negativa". Como ha demostrado en sus investigaciones el profesor estadounidense Gabriel Rockhill, tanto Horkheimer como Adorno representaban políticamente lo que la Agencia Central de Inteligencia (CIA) consideraba una "izquierda compatible" con el sistema. Ambos equiparaban el comunismo con el fascismo bajo la categoría de totalitarismos, viéndolos como expresiones equivalentes de la "razón instrumental". Horkheimer llegó a calificar el comunismo soviético como un "movimiento terrorista" y apoyó intervenciones imperialistas de EE.UU. como la guerra de Vietnam, mientras que Adorno criticó ferozmente la cultura anti-guerra de Vietnam, especialmente la música protesta como la de Joan Báez, acusándola de "convertir el horror en un producto consumible dentro de la industria cultural".

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