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EE.UU., Asia, Europa :: 24/05/2026

Navegando por la niebla: de la contención a la disuasión

Alejandro Marcó del Pont
El problema aparece cuando la disuasión deja de ser una herramienta defensiva. Como cuando un imperio se da cuenta que está cayendo y acude a cualquier medio para sobrevivir.

La única forma de evitar una guerra mayor es restaurar el miedo estratégico.
(Sergey Karaganov)

Imagina por un momento que estás en una habitación oscura junto a un desconocido. Ambos sostienen un revólver cargado. Sabes que, si aprietas el gatillo, él probablemente hará lo mismo, y los dos acabarán heridos o muertos. Esa certeza incómoda, ese miedo compartido fue, durante décadas, el mecanismo que evitó una guerra directa entre las grandes potencias. Se llamó disuasión nuclear.

Puede parecer una forma extraña de paz: fría, calculada y basada en la amenaza permanente de destrucción. Sin embargo, funcionó. Nadie quería ser el primero en morir. Durante gran parte de la segunda mitad del siglo XX, el miedo racional evitó que la rivalidad económica, política e ideológica entre un EEUU capitalista y una Unión Soviética socialista derivara en un conflicto nuclear total.

Hoy, esa habitación parece más pequeña. Las luces parpadean. Los actores son más numerosos y algunos empiezan a insinuar que tal vez convenga disparar primero para recordar al adversario quién tiene la iniciativa. Estamos transitando, casi sin advertirlo, desde la lógica clásica de la disuasión hacia una dinámica más cercana a la confrontación abierta. Lo que está en juego ya no son únicamente doctrinas militares o sistemas de misiles. Es la vida de millones de personas comunes que apenas conocen los nombres de los tratados que están desapareciendo.

Para entender cómo llegamos hasta aquí conviene retroceder unas décadas. Al final de la II Guerra Mundial, el mundo descubrió el poder devastador del átomo cuando EEUU lanzó, sin justificación, sus bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Muy pronto, EEUU y la Unión Soviética comenzaron a acumular arsenales nucleares capaces de destruir la civilización varias veces. Surgió entonces una idea paradójica: las armas más destructivas de la historia servirían no para ganar guerras, sino para impedirlas.

El estratega nuclear Bernard Brodie resumió esa transformación con una frase célebre: "el propósito principal de las fuerzas militares ya no sería ganar guerras, sino evitar que ocurrieran". La lógica era brutal, pero simple. Si una potencia atacaba primero, la otra conservaría capacidad suficiente para responder con un golpe devastador. El resultado sería el suicidio mutuo.

Así nació la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada, conocida como MAD, por sus siglas en inglés. Dos gigantes se observaban permanentemente sabiendo que cualquier error podía significar el fin del mundo. Hubo crisis gravísimas: Berlín, Corea, los misiles de EEUU en Turquía y la respuesta soviética con sus misiles en Cuba en 1962. Hubo guerras indirectas en Asia, África, pero, en el último momento, el miedo al abismo terminaba imponiendo prudencia. El equilibrio del terror evitó una conflagración global.

Aquella estabilidad, sin embargo, dependía de ciertos elementos específicos: actores relativamente racionales que hoy no los hay en Occidente, líneas de comunicación abiertas, doctrinas conocidas y una estructura bipolar relativamente clara. Washington y Moscú podían tener difereencias profundas, pero comprendían los límites. Ambos sabían que cruzar ciertas líneas conduciría a la aniquilación.

Cuando cayó el Muro de Berlín en 1989, y la Unión Soviética se disolvió en 1991, gran parte de Occidente creyó que esa etapa había terminado definitivamente. Parecía el triunfo irreversible del modelo liberal occidental. El politólogo Francis Fukuyama habló incluso del "fin de la historia", entendiendo que la democracia liberal y el capitalismo habían derrotado a sus competidores ideológicos. Cuán equivocado estaba.

En ese clima de optimismo, la disuasión nuclear perdió centralidad en el debate público occidental. EEUU emergió como la única superpotencia global y comenzó a expandir su influencia política, económica y militar. La OTAN, creada en 1949 supuestamente para contener a la Unión Soviética, no se disolvió tras la Guerra Fría. Por el contrario, empezó a avanzar hacia Europa del Este y lo hizo hasta las fronteras rusas.

Polonia, Hungría y la República Checa ingresaron en 1999. Más tarde lo hicieron los países bálticos, Rumania, Bulgaria y otras naciones del antiguo bloque soviético. Para muchos europeos orientales, especialmente aquellos que habían vivido décadas bajo influencia de Moscú, el ingreso en la OTAN representaba una garantía de protección.

Pero lo que en Varsovia o Bucarest era visto como una expansión de la seguridad (sobre todo de los negocios relacionados), en Moscú se interpretaba de manera completamente distinta. Rusia percibió correctamente el avance de la alianza atlántica como una amenaza estratégica creciente. El problema no era solamente militar, sino histórico.

Rusia ha construido gran parte de su memoria estratégica sobre el trauma de las invasiones. Napoleón llegó hasta Moscú en 1812 y fue derrotado. Hitler invadió la Unión Soviética en 1941 causando decenas de millones de muertos y también fue derrotado. La profundidad territorial se convirtió, para los estrategas rusos, en un elemento esencial de supervivencia nacional. Por eso, el acercamiento gradual de infraestructuras militares occidentales hacia sus fronteras fue percibido como una reducción alarmante de ese espacio defensivo.

Durante los años noventa, Rusia carecía de fuerza suficiente para modificar ese proceso. Su economía colapsaba, el Estado estaba debilitado y el poder militar había perdido gran parte de sus capacidades, excepto las nuclerares. Sin embargo, esa situación comenzó a cambiar con la llegada de Vladimir Putin.

Especialmente después de su discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich en 2007, el presidente Putin empezó a marcar límites cada vez más claros frente al avance occidental. La guerra de Georgia en 2008, el referéndum en Crimea en 2014 y la respuesta a los ataques ucranianos a Donbás fueron señales progresivas de que Moscú estaba dispuesto a usar la fuerza para impedir una expansión adicional de la influencia occidental sobre su esfera vital de seguridad.

La invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 representó el punto de ruptura definitivo. Para Rusia, Ucrania constituía una línea roja existencial. Para Ucrania y Occidente, viendo que perdían la guerra por delegación, se trató de una agresión imperial injustificable.

En ese contexto, la disuasión nuclear regresó al centro de la política internacional. Rusia recordó repetidamente que posee uno de los mayores arsenales atómicos del planeta. Las advertencias, primero ambiguas y luego más explícitas, comenzaron a formar parte del lenguaje cotidiano del conflicto.

Uno de los intelectuales que expresó esta transformación con mayor crudeza fue Sergey Karaganov. Cercano históricamente al establishment estratégico ruso, Karaganov argumentó desde 2023 que Occidente había "perdido el miedo" a la guerra nuclear. Según su visión, la expansión de la OTAN, las defensas antimisiles y la supuesta superioridad convencional occidental erosionaron la credibilidad de la disuasión clásica.

Su planteo es radical: para restaurar la estabilidad estratégica sería necesario devolver a Occidente el temor real a una escalada nuclear. Karaganov llegó a sugerir que Rusia debería estar dispuesta a golpear objetivos en países europeos si fuera necesario para quebrar la voluntad occidental de sostener a Ucrania. Su lógica parte de una idea simple: la disuasión solo funciona cuando el miedo es creíble. Si el adversario deja de creer que existe voluntad de usar la fuerza, el equilibrio se rompe. Por eso propone reducir el umbral nuclear y contemplar el uso limitado de armas tácticas como instrumento de coerción política.

Incluso dentro de Rusia, estas posiciones generan controversias. Algunos las consideran simples maniobras psicológicas destinadas a presionar a Occidente. Otros creen que expresan una transformación más profunda de la doctrina estratégica rusa. En cualquier caso, revelan un cambio importante: el paso desde una disuasión relativamente estable hacia una dinámica de intimidación activa, ante las amenazas cada vez más creíbles de Occidente.

Las declaraciones de Karaganov también cumplen funciones políticas internas. En medio de una guerra prolongada, el Kremlin necesita proyectar firmeza ante su población. Pero, al mismo tiempo, el endurecimiento retórico puede ocultar otra realidad, una verdadera voluntad de negociar.

En política internacional, los actores suelen iniciar las negociaciones desde posiciones máximas para luego retroceder gradualmente, para eso sirven las declaraciones de Karaganov (o las de Trump hacia Irán). Moscú exige neutralidad ucraniana, reconocimiento territorial y límites a la OTAN -como lo viene haciendo desde hace años, pero ahora recordando que es una potencia nuclear-, porque intenta construir una posición de fuerza desde la cual obtener concesiones. Lo mismo hace Occidente con sus reiteradas amenazas de atacar Rusia y la entrega de armas cada vez más destructivas al régimen neonazi de Zelenski.

Mientras tanto, el sistema global de control nuclear se debilita. El tratado New START, último gran acuerdo de limitación de armas estratégicas entre Washington y Moscú, expiró en febrero de 2026, porque EEUU no respondió a los pedidos rusos de renovarlo, sin reemplazo claro. Eso deja abierta la puerta a una nueva carrera armamentista. Tanto Rusia como EEUU modernizan sus arsenales, aunque Moscú supera cada vez más a Washington. Aparecen misiles hipersónicos rusos, sistemas de inteligencia artificial aplicados a defensa, capacidades cibernéticas y armas de precisión cada vez más sofisticadas. El tiempo para tomar decisiones también se reduce dramáticamente. Donde antes había horas para verificar alertas, ahora pueden existir apenas minutos.

Europa no es el único escenario donde la lógica de la disuasión se vuelve más inestable. En Asia meridional, India y Pakistán ofrecen otro ejemplo alarmante de cómo el equilibrio nuclear puede coexistir con conflictos permanentes. Ambos países realizaron pruebas nucleares en 1998 y desde entonces mantienen una rivalidad marcada por disputas territoriales, terrorismo y guerras limitadas. La región de Cachemira sigue siendo uno de los puntos más peligrosos del planeta. A diferencia de la Guerra Fría, aquí dos potencias nucleares comparten fronteras militarizadas y tiempos de reacción extremadamente cortos.

Pakistán, más pequeño y vulnerable económicamente, percibe la amenaza india como existencial. India, por su parte, intenta consolidarse como potencia regional y global sin quedar atrapada por la estrategia nuclear paquistaní. El resultado es una tensión permanente donde cualquier atentado terrorista o incidente fronterizo podría escalar rápidamente.

Para las poblaciones civiles, estas tensiones tienen consecuencias concretas. Millones de personas viven bajo la posibilidad permanente de una guerra mayor. Un conflicto abierto afectaría el suministro de agua del Indo, provocaría desplazamientos masivos y podría desencadenar una catástrofe humanitaria regional.

China observa atentamente esta dinámica mientras expande y moderniza su propio arsenal nuclear, también superior tecnológicamente al de EEUU, aunque mucho menor. Pekín entiende que el sistema internacional atraviesa una transición hacia una estructura multipolar mucho más incierta que la bipolaridad de la Guerra Fría.

En Asia oriental, la situación tampoco es estable. Corea del Norte continúa desarrollando capacidades nucleares y misilísticas, con el apoyo de China y Rusia, mientras Corea del Sur y Japón refuerzan sus sistemas militares y sus amenazas bajo el paraguas estratégico estadounidense.

En Medio Oriente, las más de doscientas bombas nucleares de Israel sigue siendo un factor central de desequilibrio y tensión regional. Al mismo tiempo, las discusiones sobre el rol del Organismo Internacional de Energía Atómica reflejan las dificultades de aplicar mecanismos de control nuclear de manera uniforme y creíble, ante la oposición de EEUU a que revisen el arsenal del régimen israelí.

La paradoja central de nuestra época es que el miedo continúa siendo necesario. Durante décadas, el temor compartido evitó que las superpotencias cruzaran ciertas líneas. El problema aparece cuando la disuasión deja de ser una herramienta defensiva y comienza a transformarse en intimidación ofensiva. Como cuando un imperio se da cuenta que está cayendo y acude a cualquier medio para sobrevivir.

eltabanoeconomista.wordpress.com

 

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