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21/09/2019 :: Pensamiento, Mundo

¿Para qué la antropología? ¿Para quién?

x Gilberto López y Rivas
¿Cómo enfrentar, con responsabilidad y coherencia éticas, los retos de una ciencia social comprometida con los desposeídos?

Lejos estamos los practicantes de la antropología y otras disciplinas afines de sustraernos a los imperativos éticos que como ciudadanos y científicos sociales nos determinan en un mundo que no avanza en la solución de los problemas seculares que asolan a la mayoría de los seres humanos. Por el contrario, la mundialización capitalista, militarizada y necropolítica, ha agravado a tal grado las condiciones de la vida en el planeta, que muchos analistas consideran que estamos al borde de un colapso civilizatorio que pone en riesgo la existencia misma de la especie humana. Esto es, vivimos una crisis integral, multidimensional, cuya duración, profundidad y alcances telúricos, el tiempo y la ciencia misma se encargarán de demostrar si es de mayor envergadura que las precedentes.

A partir de ser conscientes –desde las clases subalternas– de este horizonte de colapso, la pregunta que hacemos los antropólogos es: ¿cómo enfrentar, con responsabilidad y coherencia éticas, los retos de una ciencia social comprometida con los desposeídos, la democracia participativa, la autodeterminación de pueblos y naciones dominados, las luchas contra el imperialismo, la explotación capitalista y contra toda forma de patriarcalismo, racismo y discriminación?

Estos desafíos de la ciencia social están relacionados con las transformaciones que por más de cuatro décadas ha provocado en el ámbito mundial la trasnacionalización neoliberal capitalista. Muchos de los procesos, sujetos y actores sociales de estudio de la antropología: la desigualdad y exclusión; los pueblos indígenas y sus autonomías; las dinámicas e identidades socioculturales; la relación entre lo local y lo global; la violencia, racismo y xenofobia contra los migrantes; la cuestión agraria-campesina, han sido marcados por esta mundialización, que también ha significado un cambio en la naturaleza del Estado-nación y una verdadera transformación geopolítica del mundo.

El desmantelamiento del Estado benefactor y su trasnacionalización, ante la crisis de acumulación de la década de los años 70, marca el inicio de las políticas neoliberales, junto a las transformaciones tecnológicas en la informática y las comunicaciones, así como la posterior apertura de los mercados del antiguo bloque socialista, incluyendo China y Vietnam, por lo que no debe extrañarnos que la globalización misma se convierta en objeto de investigación por estudiosos como Marc Abélès, Arjun Appadurai o Isidoro Moreno, quienes desarrollan temas como: Estado-nación, ciudadanía, sociedad civil, terrorismo, violencia etnocida, memoria colectiva, y, añadiría, militarización, contrainsurgencia y terrorismo global de Estado. Nuestros vecinos sociólogos refieren, incluso, a una mutación de las ciencias sociales.

Teniendo un sustrato económico que abre las fronteras nacionales al capital trasnacional, particularmente a su fracción financiera especulativa, para garantizar condiciones óptimas de rentabilidad, la recolonización capitalista neoliberal se manifiesta como una guerra contra la humanidad en los espacios políticos, ideológicos y culturales de nuestras sociedades por la intervención permanente y decisiva del Estado. Contrario a lo que afirman los ideólogos neoliberales, el actual Estado nacional de competencia, término introducido por Ana María Rivadeo, no se debilita; se fortalece en sus funciones y aparatos represivos para garantizar la estabilidad social a través del control autoritario y coercitivo de la fuerza de trabajo, y la criminalización de la protesta social.

Tiene razón Atilio Boron en que la globalización neoliberal no ha hecho desaparecer los estados nacionales y en que seguimos viviendo en un mundo de ellos. Para los estudiosos de la cuestión nacional queda claro que, si bien la explotación y el despojo se mundializan, la dominación es mediada por estados nacionales. Esto es, el imperialismo, que Michael Hardt y Antonio Negri diluyen en su noción de imperio, pasa inexorablemente por estructuras nacional-estatales de mediación, no es un factor externo, sino que opera a través de una articulación entre la clase dominante en el ámbito global, la burguesía imperial, y las clases dominantes en la periferia del sistema, a las cuales dicta sus condiciones.

Hace cinco décadas, la antropóloga estadunidense Kathleen Gough expresó: “la ciencia social, como toda ciencia, deviene moral y socialmente sin sentido o dañina, si sus habilidades y conocimientos no son periódicamente referidos a la pregunta: ‘¿con qué propósito la ciencia y para quién?’ Si nosotros dejamos de lado este interrogante, abandonamos la búsqueda de sabiduría y renunciamos a ser intelectuales en el sentido significativo del término. Con la pérdida de responsabilidad para nuestro aprendizaje, dejamos también de ser sociales y por consiguiente humanos” (Theodore Roszak (Editor). The dissenting academy. Pantheon, 1967).

¡Esta interrogante está más vigente que nunca!

La Jornada

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