¡Que se jodan! (o mis palabras dedicadas a los caídos en la lucha contra el terrorismo internacional)

Como sabíamos que ocurriría, no nos oyeron. No gritaba yo para que me escucharan ellos, los que enviaban las tropas. No gritaba para que me oyesen los "otros", los que las habían enviado antes y a otros sitios, por razones parecidas -aunque ahora pretendían sumarse a nosotros con mueca de disimulo-, ni tampoco pretendía llamar la atención de los "terceros", que con su "tibieza", falta de entereza y de principios participan de la orgía grotesca en donde se da legitimidad a las más grandes aberraciones, llámense invasiones a países ya devastados y/o expolio de sus riquezas , llámense merma continua de los derechos más elementales a los trabajadores, o leyes represivas y antipopulares.
Yo en realidad alcé mi voz para encontrarme con mis hermanos, y en ese grito creo tuve la suerte de coincidir con millones en el mundo. Quizás lo único gratamente memorable en este episodio salvaje de esta podrida prehistoria.
He llorado de rabia y dolor al ver las imágenes expuestas cínicamente por los mercenarios periodistas, mostrando la facilidad con que los cuerpos humanos se fraccionan gracias a la acción democratizadora de los bombardeos. He llorado también de impotencia, viendo a niños mutilados por la estrategia pacificadora de los imperialistas yanquis, británicos, españoles y toda la mierda que jugó su lamentable papel valientemente occidentalizador.
En fin, qué puedo decir... No creo que esto le sea ajeno a nadie.
Quiero, sin embargo decir una cosa, decirla bien alto y claro, y prevenir a cualquier mente ingenua y a demócratas de cualquier color o signo de que no he meditado poco, ni es este mensaje un exabrupto.
No he llorado con la muerte de ninguno de los marines invasores. He disfrutado el conteo de bajas, del mismo modo que he celebrado los esperpénticos "accidentes" que los invasores se han regalado a sí mismos. Me alegré profundamente con los carabinieri y militares italianos caídos, aunque según la prensa fueran el cuerpo "más querido" de represores en Italia.
Mi alegría no fue menor cuando el primer agente del estado fascista español cayó, y ahora se ve multiplicada por siete al contemplar los cajones de los agentes españoles abatidos, ahora disfrazados con la bandera fascista, y coronados con una medalla depositada amablemente por el "bobón" heredero de Franco.
Me alegra tanto todo esto como el evocar las derrotas del ejército realista en Sudamérica, los nazis en la Unión Soviética, los gringos en Vietnam, y cualquier otro capítulo heroico de la historia de liberación de los pueblos.
Me alegra, porque no habrá ningún civil iraquí cuya muerte quede impune. Me alegra porque cada niño mutilado será justamente vengado por sus padres y hermanos, y su pueblo liberado finalmente, permitiéndoles así un futuro. Me alegra, porque los que se cargan el mundo en nombre de las libertades, deberán pensar que pisotear los pueblos tiene un precio, y que en este caso no están en condiciones de fijarlo.
Habiendo dicho esto, no seré hipócrita: A los familiares de los militares españoles les diría que había otras profesiones que además de ser dignas, no mataban ni desgraciaban a nadie. Que la labor que sus seres queridos realizaban en Irak, era de exterminio de un pueblo pobre y no de ayuda humanitaria. Que la ayuda no se da después de las bombas y las balas. Que si tienen otros hijos o hermanos que perder en otra invasión militar contra un pueblo inocente, hagan un esfuerzo mayor a la hora de aconsejarles.
Grito ahora para todos, y que se indigne y enoje el que desee (que, como llorar frente al horror, eso también es gratis):
¡QUE SE JODAN! ¡QUE SE JODAN! ¡QUE SE VAYAN O SE MUERAN!
¡VIVA LA RESISTENCIA HEROICA DEL PUEBLO IRAQUI!







