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EE.UU., Medio Oriente :: 24/03/2026

La caída del imperio comienza con la pérdida de su legitimidad

Auguste Maximo
Cuanto más intenta un imperio evitar su caída por la fuerza, más acelera su declive. La legitimidad, una vez perdida, no puede recuperarse mediante la coerción

El enfrentamiento entre EEUU e Irán gira en torno al control del estrecho de Ormuz, un punto estratégico crucial para el suministro energético mundial. Si Washington no logra asegurar este corredor vital, su credibilidad como pilar del orden internacional se verá seriamente comprometida.

Esta situación recuerda a la crisis del Canal de Suez en 1956, cuando el Reino Unido, incapaz de imponer su voluntad al Egipto de Nasser y bajo la presión de EEUU, puso al descubierto los límites de su poder. Así interpreta Ray Dalio esta nueva guerra en Oriente Medio.

Poder y legitimidad

Se citan con frecuencia numerosos indicadores para evaluar el declive relativo del poder estadounidense: el uso excesivo de sus fuerzas armadas, el declive industrial, la creciente desigualdad, la disminución de la esperanza de vida, la enorme deuda, los reveses militares o el ascenso de China. Pero un imperio no se sostiene solo con la fuerza.

Se basa en una combinación de poder y legitimidad: ideológica, cultural o incluso religiosa. En su obra "Tout empire périra", el historiador francés Jean-Baptiste Duroselle subraya que la pérdida de legitimidad es uno de los factores más profundos y decisivos en la decadencia imperial.

Para mantenerse, un imperio como EEUU debe parecer, a los ojos de las poblaciones dominadas, las élites periféricas y un sector de su propia sociedad, una potencia respetable: garante de cierto orden, prosperidad relativa y valores universales.

Mientras esta legitimidad se mantenga, el poder puede ejercerse a un costo relativamente bajo. Pero cuando comienza a desmoronarse, el uso de la fuerza se vuelve cada vez más costoso e ineficaz. La resistencia crece, se forman coaliciones hostiles y la disidencia interna se intensifica.

Cuando un imperio es percibido como arrogante, depredador o decadente, su autoridad se desintegra. Podría decirse que la pérdida de legitimidad se asemeja a la bancarrota: lenta y gradual al principio, luego repentina e irreversible al final. Parece que EEUU ha entrado ahora en esta segunda fase.

El lado oculto de las "sanciones económicas"

Uno de los principales instrumentos del poder estadounidense reside en el uso de sanciones económicas, posibles gracias a su control del dólar y del sistema de pagos SWIFT. Si bien durante mucho tiempo se presentaron como alternativas "no violentas" a la guerra, su devastador costo humano está ahora calando en la conciencia pública.

Un estudio publicado el año pasado en 'The Lancet Global Health' analizó datos de mortalidad por edad de 152 países durante un período de cincuenta años (1971-2021). El estudio destaca un vínculo causal significativo entre las sanciones económicas unilaterales impuestas por EEUU y la Unión Europea y un aumento sustancial de la mortalidad. Según las estimaciones de los autores, estas políticas se asocian con aproximadamente 38 millones de muertes adicionales durante el período de estudio [¿recuerdan El libro negro del comunismo?].

Estas políticas, a menudo descritas como "instrumentos diplomáticos" o "presión selectiva", funcionan en realidad como auténticos embargos unilaterales, impuestos al margen de cualquier marco multilateral legítimo como la ONU. Sus efectos son profundamente destructivos: socavan el acceso a alimentos, medicamentos esenciales, equipos médicos, agua potable e infraestructura sanitaria, infligiendo así un sufrimiento masivo e indiscriminado a la población civil.

A pesar de sus repetidos fracasos políticos, estas medidas nunca se cuestionan. Cuba lleva sufriendo las consecuencias durante más de 65 años, mientras que Irán y Venezuela las afrontan desde hace décadas.

Las primeras víctimas son sistemáticamente las más vulnerables: los niños menores de 5 años y los ancianos. El estudio muestra que este grupo de edad concentra la mayoría de las muertes en exceso, con efectos particularmente marcados entre los niños pequeños. Desde principios de la década de 2010, se estima que las sanciones han causado la muerte de más de un millón de estos niños en todo el mundo, agravando la desnutrición, fomentando enfermedades infecciosas prevenibles y limitando el acceso a la atención pediátrica básica.

Lejos de ser una medida "suave" o humanitaria, las sanciones económicas unilaterales constituyen una forma de arma indirecta de destrucción masiva, cuyo costo humano es comparable al de una guerra convencional. Esta realidad, respaldada por datos rigurosos, exige un debate urgente sobre la legitimidad moral y jurídica de estas medidas.

Agresión militar y caos regional

La guerra que EEUU libra actualmente contra Irán forma parte de una larga serie de agresiones militares en la región que se han prolongado durante más de veinticinco años. Wesley Clark, exgeneral y comandante supremo de la OTAN, reveló la magnitud de este conflicto ya en 2007. Apenas diez días después del 11 de septiembre de 2001, descubrió un memorando confidencial en el Pentágono que detallaba un plan para derrocar a siete países en un plazo de cinco años: Irak, Siria, Líbano, Libia, Somalia, Sudán y, finalmente, Irán.

Todos estos conflictos se presentaron al público como batallas por causas nobles: promover la democracia, liberar a un pueblo oprimido, combatir el terrorismo, emancipar a la mujer, derrocar a un tirano o neutralizar la amenaza de las armas de destrucción masiva. Grandes narrativas, cuidadosamente construidas y difundidas con complacencia por los medios occidentales. Pero tras estas justificaciones, la realidad es invariablemente la misma: caos, destrucción, muerte y millones de desplazados.

Hoy en día, pocos creen que el bombardeo de Irán tenga como objetivo liberar a las mujeres iraníes, imponer un cambio de régimen favorable a Occidente o impedir que Teherán adquiera una bomba nuclear. Supuestamente, Irán está a punto de obtenerla: una amenaza que Netanyahu lleva blandiendo durante más de treinta años.

La dimisión de Joe Kent el 17 de marzo como director del Centro Nacional Antiterrorista de EEUU confirma la crisis de confianza y la inquietud provocadas por esta nueva guerra. En su carta afirmó que Irán no representaba una amenaza inminente para EEUU. Añadió que este conflicto, al igual que la invasión de Irak en su momento, se desencadenó bajo la presión de Israel y su poderoso 'lobby' en Washington. Teherán es uno de los últimos actores regionales capaces de contener el expansionismo israelí y su proyecto del «Gran Israel».

Si bien es difícil definir los intereses de EEUU, el mensaje de la Casa Blanca está causando asombro. Trump ha afirmado repetidamente que el ejército se estaba «divirtiendo» hundiendo barcos iraníes. Por su parte, el secretario de Guerra, Pete Hegseth, ha estado haciendo declaraciones cada vez más beligerantes, refiriéndose a la «destrucción sin precedentes» o a funcionarios iraníes que «se esconden como ratas», algunas de las cuales contradicen el derecho internacional humanitario.

La cuenta oficial de la Casa Blanca en redes sociales publica imágenes de objetivos iraníes atacados, intercaladas con fragmentos de videojuegos. Aún no está claro a quién va dirigido este tipo de contenido; sin embargo, su impacto diplomático es desastroso. Los aliados tradicionales de EEUU expresan en privado su inquietud ante esta escalada y la comunicación de Washington, que consideran irresponsable.

Un imperio lleva en sí las semillas de su propia destrucción

Según Jean-Baptiste Duroselle, todo imperio está condenado a desaparecer por su propia naturaleza. A diferencia de una nación o una comunidad fundada en el consentimiento mutuo, un imperio se basa en la dominación por la fuerza. Se mantiene mediante la ocupación militar, la represión, la explotación y la presión diplomática.

Esta lógica genera una tensión constante. El imperio intenta legitimarse mediante una ideología de superioridad, aun cuando sus acciones contradicen sistemáticamente esta narrativa. Esta disonancia socava su legitimidad y constituye una de las causas fundamentales de su caída.

La desastrosa política exterior que EEUU ha seguido en Oriente Medio durante más de veinticinco años, junto con el considerable daño causado por las «sanciones económicas» impuestas por Washington, son un ejemplo actual de esto. Se han vuelto insoportables e injustificables, especialmente para quienes defienden el excepcionalismo estadounidense.

El imperio se enfrenta a un dilema fatal: tolerar la disidencia debilita su autoridad central y fragmenta su cohesión, mientras que la represión, aunque temporalmente efectiva, destruye la legitimidad que le queda. Radicaliza a la población, aleja a aliados y socios, y provoca que los costos humanos, económicos y morales se disparen.

La paradoja central de Duroselle es clara: cuanto más intenta un imperio evitar su caída por la fuerza, más acelera su declive. La legitimidad --el cemento invisible de la dominación--, una vez perdida, no puede recuperarse mediante la coerción. Cualquier intento de rescate corre el riesgo de agravar el problema y provocar el fin del imperio.

La política de Trump sigue los pasos de sus predecesores, pero su estilo y sus excesos están, sin duda, acelerando la pérdida de credibilidad de EEUU en el escenario mundial.

* Historiador económico suizo.
www.observatoriocrisis.com

 

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