La ilusión de la hegemonía: los puntos de estrangulamiento asimétricos revelan un mundo multipolar

¿Puede una potencia llegar a convertirse en víctima de su propio poder? La respuesta a esta pregunta tiene una larga historia. Edward Gibbon ya la planteó al estudiar la decadencia de Roma. En Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, al analizar la política de Augusto, explica por qué el emperador renunció a nuevas conquistas. Las guerras lejanas eran cada vez más difíciles, sus resultados más inciertos y los territorios conquistados más costosos y menos rentables. Gibbon no hablaba todavía de «sobreextensión imperial», era un historiador del Siglo XVIII pero dejó formulado el problema: la expansión puede llegar a un punto en el que conservar lo conquistado resulte más costoso que los beneficios que proporciona.
En el siglo XIX, Marx analizó esa cuestión relacionándola con el funcionamiento del capitalismo. La expansión ya no aparecía únicamente como una decisión política o militar. El capitalismo necesita reproducirse y ampliar constantemente sus espacios de acumulación. La competencia empuja a los capitales hacia nuevos mercados, búsqueda de materias primas y oportunidades de inversión. A comienzos del siglo XX, Lenin desarrollaría esta idea en El imperialismo, fase superior del capitalismo, relacionando la concentración del capital, el predominio del capital financiero y la competencia entre grandes potencias. Rosa Luxemburg profundizó en La acumulación del capital en esa necesidad de encontrar nuevos espacios para la acumulación, mientras Bujarin, en El imperialismo y la economía mundial, mostró cómo la competencia económica termina articulandose con los Estados, convirtiendo el poder político y militar en instrumentos de la rivalidad entre capitales y potencias.
El problema había adquirido así una nueva dimensión. La expansión no era solamente una cuestión territorial. Formaba parte de la propia dinámica económica y de la competencia internacional. En el siglo XX, la estrategia militar incorporaría el concepto de strategical overstretch (sobre extensión estratégica), utilizado por B. H. Liddell Hart[1]. Paul Kennedy daría al concepto una formulación histórica más amplia en The Rise and Fall of the Great Powers (Auge y caída de las grandes potencias, 1987), al estudiar la relación entre poder económico y poder militar. Una gran potencia puede acumular tantos compromisos estratégicos que los recursos necesarios para mantenerlos terminan superando su capacidad económica. La cuestión ya no es solamente cuánto puede conquistar una potencia, sino cuánto le cuesta conservar lo que pretende controlar.
David Harvey retomaría posteriormente esta problemática desde la crítica del capitalismo contemporáneo. En El nuevo imperialismo analiza la expansión geográfica del capital y la «acumulación por desposesión». Cuando los espacios disponibles para la acumulación encuentran límites, la expansión económica puede apoyarse cada vez más en mecanismos políticos, financieros y coercitivos. Harvey introduce así una dimensión especialmente útil para comprender el presente: la expansión del poder económico y la expansión del poder geopolítico pueden reforzarse mutuamente, pero también generar costes y conflictos crecientes.
Con este recorrido llegamos al problema actual. EEUU sigue siendo una gran potencia económica, financiera, tecnológica y militar. No estamos ante un imperio en retirada inmediata. Pero el mundo en el que alcanzó su máxima hegemonía ha cambiado. China dispone de una enorme capacidad industrial, tecnológica y financiera. Rusia posee una colosal capacidad militar y energética. Y numerosos países del Sur Global buscan ampliar su autonomía frente a Washington.
El problema estadounidense no es, por tanto, la desaparición de su poder. Es el coste creciente de mantener una estructura mundial de alianzas, bases, sanciones, despliegues militares y compromisos estratégicos cada vez más extensa.
Y aquí aparece una cuestión decisiva: los recursos de una gran potencia también son finitos. EEUU tiene capacidad para intervenir en muchos escenarios, pero no puede concentrar indefinidamente fuerzas suficientes en todos ellos al mismo tiempo, ni siquiera en unos pocos. La guerra de Ucrania y la confrontación en el Golfo Pérsico plantean precisamente ese problema. Son dos espacios estratégicos diferentes, alejados entre sí y con necesidades militares permanentes. La simultaneidad de ambos conflictos permite observar las posibles flaquezas de una potencia global. El problema no es tener capacidad para acudir a un escenario. El problema es poder estar en todos los escenarios al mismo tiempo y durante todo el tiempo necesario. Por eso Washington necesita apoyarse cada vez más en sus aliados. Aliados que dado su comportamiento arrogante se están perdiendo.
En Asia, Japón y Corea del Sur desempeñan un papel fundamental en la contención de China y en la estructura militar estadounidense del Pacífico. En el Golfo, los países árabes aliados de Washington asumen buena parte de la seguridad regional y proporcionan (o proporcionaban) bases, infraestructuras y apoyo logístico. En Europa, la Unión Europea y los Estados miembros incrementan su esfuerzo militar y financiero para sostener la posición occidental frente a Rusia.
Esto revela una doble realidad. Por un lado, el grado de control que EEUU mantiene sobre su sistema de alianzas. Washington puede distribuir costes y responsabilidades entre sus socios y convertirlos en instrumentos de su estrategia global. Pero, al mismo tiempo, revela algo menos evidente: la necesidad de hacerlo porque una sola potencia no puede estar en todas partes al mismo tiempo. La utilización de los aliados no demuestra únicamente la fortaleza del sistema imperial. También puede ser un síntoma de sus límites. Cuanto mayor es el espacio que pretende controlar, mayor es la necesidad de delegar funciones, repartir costes y convertir a los aliados en extensiones de su poder. Y es precisamente en este punto donde la guerra de Ucrania y la cuestión iraní se encuentran.
Irán: el límite de la coerción
Irán no es un Estado débil. Posee una extensa profundidad territorial, importantes recursos energéticos, capacidad misilística, aliados regionales y una posición geográfica excepcional. Esa posición es el estrecho de Ormuz. Por él circula una parte decisiva del comercio energético mundial. Su importancia convierte el estrecho en un punto estratégico que Washington no puede ignorar. Pero también puede convertirse en una trampa estratégica para EEUU.
EEUU puede desplegar una fuerza militar muy superior a la iraní. Puede destruir instalaciones y ejercer una enorme presión económica. Lo que está resultando mucho más difícil es transformar esa superioridad militar en una solución política estable y militarmente duradera. Ahí aparece el verdadero problema. EEUU ha alcanzado los límites de su capacidad de despliegue, a partir de ahora debe extender redes y efectivos, llevarlos de un punto a otro para abordar los diversos escenarios que se le abren. Por otra parte, ante la falta de efectivos ha decidido bajar los niveles cognitivos y permitir el adiestramiento militar a reclutas con nivel IV (tienen dificultades para reconocer su nombre en una lista de 10), antes se permitía que se enrrolasen hasta un 4% de estos soldados. Ahora se permite que sean el 10% del total de la fuerza reclutada.
La fuerza bruta permite castigar a Irán, pero no garantiza que Irán acepte las condiciones de Washington puesto que no ha sido derrotado militarmente ni mucho menos. Y cuanto más prolongada sea la confrontación, mayor será el esfuerzo necesario para mantener la presión y asegurar la navegación. El 13 de agosto, el secretario de Defensa estadounidense afirmó que la Marina podía mantener indefinidamente el bloqueo mediante la rotación de buques. Más allá de la dudosa viabilidad concreta de la operación, la declaración revela el problema estratégico: una operación concebida como instrumento de presión a corto plazo (se pensaba en un ataque a Irán de dos semanas) puede terminar convirtiéndose en una obligación militar permanente.
Y ahí aparece la lógica de la sobreextensión. No se trata de afirmar que EEUU carezca de capacidad militar. La tiene. Tampoco de sostener que una confrontación con Irán vaya a provocar por sí sola el declive estadounidense. La cuestión es otra: cuántos recursos debe emplear Washington para conservar una posición estratégica y qué resultados políticos y económicos obtiene a cambio. Si cada nuevo compromiso exige más barcos, más bases, más tropas, más armamento y mayores gastos para conseguir resultados cada vez más inciertos, aparece el desequilibrio.
La paradoja de Ormuz
Ésta es la paradoja de Ormuz. EEUU necesita garantizar una ruta cuya importancia estratégica es indiscutible. Pero hacerlo exige mantener una capacidad militar permanente. Cuanto mayor sea la resistencia iraní, mayor será el coste de esa presencia.
Ormuz no demuestra por sí mismo que EEUU esté en decadencia, aunque todo apunta a que ésta ha comenzado. Demuestra algo más preciso: que incluso una potencia militarmente superior encuentra límites cuando debe convertir continuamente su superioridad militar en capacidad efectiva de control. La cuestión decisiva es, por tanto, la distancia entre tener poder suficiente para intervenir y tener poder suficiente para imponer un resultado político duradero. Es este el problema de la sobreextensión Imperial.
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[1] En su época se le llamó el "capitán que enseño a los generales".







