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13/11/2020 :: Argentina

La Revolución rusa en Argentina

x Daniel Campione
Brevísimos apuntes sobre sus repercusiones

Los tiempos inmediatos a la revolución bolchevique fueron de convulsión para la sociedad argentina. Hipólito Yrigoyen había llegado al gobierno en 1916, en las primeras elecciones libres y competitivas de la historia del país.

Se hallaba en curso un realineamiento de las fuerzas obreras, con la Fora del IX Congreso que tomaba preeminencia con el sustento de sindicalistas revolucionarios y socialistas, mientras la Fora del V Congreso fungía como núcleo de la intransigencia anarquista. Cierto crecimiento industrial iba acompasado con el incremento de la conflictividad, bajo un gobierno que parecía más dispuesto a conciliar y mediar entre obreros y patrones, pero terminó adoptando un sesgo represivo cuando la protesta obrera sobrepasó los cauces conocidos.

Por los mismos años se daba el incremento de la influencia del Partido Socialista, que llegaba a ganar las elecciones de la Ciudad de Buenos Aires y había constituido un bloque importante en la Cámara de Diputados y contaba con un senador.

Meses después del Octubre ruso, despuntaba la Reforma Universitaria, y un poco después un episodio de rebelión obrera de una magnitud inédita sacudía a Buenos Aires en enero de 1919.

Un poco antes, la actitud a tomar frente a la guerra mundial dio lugar a gigantescas manifestaciones a favor o en contra de la neutralidad, que atraviesan incluso a las fuerzas obreras: El anarquismo se pronuncia y moviliza por la neutralidad, el socialismo al comienzo también, pero luego las actitudes se dividen. Las fuerzas conservadoras, con protagonismo de la alta burguesía urbana y rural y un rol importante de la Iglesia Católica se ponen en línea de combate contra lo que entonces llamaban “maximalismo”, y en particular contra su influencia en el movimiento obrero.

La revolución de los soviets era interpretada por muchos como el inicio de una ola revolucionaria internacional en la que se jugaba la emancipación de la humanidad. Por lo tanto era vista como el potencial inicio de una nueva era, y como un hito en la historia mundial de una dimensión e incidencia parecida a la del movimiento francés desencadenado en 1789.

Hubo un amplio campo de adhesiones a la revolución, con diversidad ideológica, generacional, incluso de clase. Se pronunciaron figuras públicas de primera magnitud. A la cabeza, José Ingenieros, que traduce el manifiesto de la revista francesa “Clarté” y da una interpretación en cierto sentido idealista.

Esa perspectiva es la que preside su ensayo «Significación histórica del movimiento maximalista», un texto que resulta de una conferencia que dicta en noviembre de 1918. Allí, a un año de haberse producido la toma del Palacio de Invierno, Ingenieros hipotetizaba:

”… puede preverse que ahora vendrá lo que desde antes de la guerra se miraba como su consecuencia: una transformación profunda de las instituciones en todos los países europeos (…) El resultado será un bien para la humanidad, como el de la precedente Revolución Francesa (…) Los resultados benéficos de esta gran crisis histórica dependerán, en cada pueblo, de la intensidad con que se definan en su conciencia colectiva los anhelos de renovación. Y esa conciencia solo puede formarse en una parte de la sociedad, en los jóvenes, en los innovadores, en los oprimidos, pues son ellos la minoría pensante y actuante de toda la sociedad.”

Esta concepción no incumbe sólo a Ingenieros. La revolución no sólo es puesta en cabeza de los trabajadores, sino de la juventud, el Octubre ruso es socialista. pero también es visto como una rebelión generacional, como se verá entre los dirigentes de la Reforma Universitaria. Escritores y artistas no enrolados a priori con las ideas de izquierda muestran también su entusiasmo, como Roberto Giusti, orientador de la prestigiosa revista Nosotros o el jovencísimo Jorge Luis Borges.

El ascenso de las luchas y la aparición de rasgos insurreccionales movilizaban a la clase obrera e infundía fuertes temores a las clases dominantes. La Semana Trágica, las huelgas de la Patagonia, el conflicto de La Forestal se sucedían y desbarataban las previsiones conciliadoras del gobierno radical. Iban ligadas al alzamiento revolucionario que se extiende por Alemania, Hungría, Italia, España, con el avance de la consigna “Hagamos como en Rusia”, que cruza el océano y repercute en el Río de la Plata.

Esas importantes huelgas y rebeliones coinciden con el terror a la revolución de la burguesía y también de sectores medios, que crean la Liga Patriótica Argentina y fortalecen a la organización de rompehuelgas llamada Asociación del Trabajo. Ambos constituyen mecanismos paraestatales de represión, además de prodigarse comousinas de producción de una ideología contrarrevolucionaria y antiobrera, con resonancias “tradicionalistas” y apoyo de la Iglesia Católica, que insiste en el empeño de construir un sindicalismo católico.

El Partido Socialista sufre dos disidencias sucesivas, ambas en todo o en parte definidas por la revolución de Rusia. Primero la que dará lugar al Partido Socialista Internacional, que se perfila a partir de la discrepancia en la posición frente a la guerra, y a la defensa por el ala izquierda del partido de la “ortodoxia” marxista, e incorpora la problemática revolucionaria en su transcurso y su resolución. Esa disidencia en el P.S. se incubaba desde tiempo atrás y abarcaba varios campos: La inserción en el movimiento obrero, la importancia del marxismo como referencia teórica, el nivel de politización de la juventud. El avance de la Gran Guerra introdujo el debate en torno a la neutralidad y la revolución de febrero y sus distintas interpretaciones la cuestión rusa.

La revolución soviética, con su radical oposición a la guerra, con su prédica de conversión de la contienda internacional en guerra civil, avalaba el rumbo antibélico de los socialistas internacionales e hizo que los “internacionalistas” se alinearan con los seguidores de Lenin y tomaran la defensa de la naciente Rusia soviética como bandera, mientras la conducción partidaria apostaba al gobierno provisional. En marzo de 1918 nacía un nuevo partido, el Socialista Internacional.

Ya con los bolcheviques en el poder y la subsiguiente formación de la nueva Internacional, se despliega la disidencia “tercerista”, centrada en la adhesión a la nueva internacional comunista, lo que la vuelca hacia la incorporación a los “internacionalistas”, en el partido que a poco andar pasará a llamarse comunista.

Tanto una como otra se diferencian en varios aspectos de la dirección tradicional del PS, formada por Juan B. Justo, Nicolás Repetto, Enrique Dickmann y Mario Bravo, entre otras figuras descollantes. Los disidentes no tienen inserción parlamentaria, son de un origen social más modesto, menor educación formal (los universitarios son excepciones), son de menor edad y dirigen la juventud partidaria.

El anarquismo también fue sacudido y conmovido por la revolución. Contra lo que suele creerse, en 1917 el grueso de los anarquistas sustentó con entusiasmo la causa bolchevique. Fue al calor de los choques posteriores entre bolcheviques y anarquistas que se produjo la partición entre anarquistas tradicionales o “puros” y los llamados anarcobolcheviques, agrupados en torno al periódico Bandera Roja.

Incluso hay libertarios que adoptan parte del vocabulario leninista y aceptan la noción de “dictadura del proletariado.” El planteo era que la actitud del anarquismo, debía ser el apoyo y la disputa por la orientación del movimiento revolucionario, porque si el mismo no era plenamente libertario, su desarrollo podía conducirlo hacia la sociedad emancipada.

Reforma universitaria y revolución bolchevique tuvieron una estrecha relación. El movimiento estudiantil se enfrentó a las elites “liberales” y terminó por inscribir su identidad prevaleciente en una cultura de izquierdas, marcada por el éxito bolchevique. Hubo revistas estudiantiles de orientación favorable al Octubre ruso, como Bases e Insurrexit. La primera la orienta Juan Antonio Solari, y se inscribe como “tercerista”. Al tiempo aparece Insurrexit, con fuerte presencia de los socialistas internacionales.

Deodoro Roca, Saúl Taborda y Carlos Astrada, prominentes dirigentes reformistas, encabezaban una lectura según la cual el bolchevismo y la Reforma implicaban ambos una ruptura que hacía posible el advenimiento de las verdaderas inquietudes vitales. Aníbal Ponce tomó parte también, como orientador de grupos reformistas afines con la revolución. Consideraban que no debían ceñirse al campo universitario e incorporarse a la ola emancipatoria mundial abierta en octubre de 1917.

El Ateneo de Estudiantes Universitarios, suerte de sección cultural de la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA), reemplazaba su revista cultural Ideas por Clarín, que definían como un semanario de «prédica en hojas menos doctas, pero más al alcance popular» a través del cual consolidaban un creciente vínculo con la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) y el recién creado Partido Socialista Internacional. Los dirigentes reformistas no necesariamente abrevaban en el marximo, pero veían al movimiento soviético como un parteaguas, una vía de entrada en un momento nuevo para toda la humanidad.

Un tiempo después, con la revolución ya consolidada en el poder, aparecen iniciativas centradas en la identificación con los objetivos y el destino del gobierno soviético. Cabe mencionar a Arturo Orzábal Quintana, que se abocó a la actividad de defensa y difusión de la Revolución, como animador de la Asociación Amigos de Rusia y editor de la Revista de Oriente.

Por ese cauce entronca también la articulación del entusiasmo revolucionario con un discurso latinoamericanista y antiimperialista contrario a la preponderancia norteamericana. Esto va a proyectarse en la propuesta de Ingenieros sobre la constitución de la Unión Latinoamericana. En 1924 se plasmará La Liga Antiimperialista de las Américas, formada a impulso del Vº Congreso de la Internacional Comunista, celebrado ese mismo año.

Por fuera del ámbito académico, en el cruce entre una intelectualidad plebeya y las militancias partidarias, hubo un fuerte trabajo de divulgación y propaganda de la revolución.

La guerra y las dos revoluciones, la de Febrero y la de Octubre, coincidieron con el ciclo de la cultura popular en expansión, del libro barato y del folleto ofrecido a centavos en el kiosco de diarios. El impresor Lorenzo Rañó, ligado luego al Grupo de Boedo, lanzaba en 1918, bajo el título de “¡El triunfo maximalista!”, la Constitución de República Soviética sancionada apenas unos meses antes.

Ediciones “La Internacional”, del recién creado Partido Socialista Internacional, comienza a difundir en ese mismo año los principales textos de Lenin y de Trotsky. Documentos del Progreso, una revista quincenal editada en Buenos Aires entre 1919 y 1921 por un grupo de jóvenes de orientación “tercerista” emprende la traducción y difusión de los decretos, las proclamas y los manifiestos del primer gobierno proletario. Colecciones de folletos populares como Las Grandes Obras, Los Intelectuales, Los Pensadores y Claridad, en algunas de las cuales tuvo un rol destacado otro impresor, Antonio Zamora, integraron a los artífices de la Revolución Soviética al panteón de una versión plebeya de la tradición ilustrada, en la que convivían Voltaire con Máximo Gorki, Volney con Trotsky, Víctor Hugo con Bujarin, Marx con Nietzsche y Zola con Plejanov.

***

La revolución rusa tuvo una repercusión vasta en el mundo de la izquierda argentina y más allá. Durante un tiempo fue sinónimo de “nueva era” para corrientes muy variadas. Luego hubo disensiones y desilusiones pero siguió constituida en un norte para las propuestas de transformación revolucionaria. y se convirtió en referencia perenne para el Partido Comunista (redenominado como tal en 1920) y con posterioridad para otras corrientes que se inscribieron en el marxismo revolucionario. También la intelectualidad de izquierda la tuvo como punto de partida, desde el apoyo incondicional o en función de la crítica desde posiciones radicalizadas.

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