La situación política de Andrés Manuel López Obrador. Dificultades y perspectivas (y II)

Las posibles salidas del laberinto
La única posibilidad de que la burguesía le permita al PRD competir en igualdad de condiciones e incluso de ganar la elección presidencial del 2012 es que dicha fuerza política los convenza de ser su mejor opción, de ser los mejores administradores de su riqueza, de ser quienes mejores condiciones garanticen para la reproducción del capital, aún cuando tengan un discurso de izquierda. Esto puede ocurrir si ofrecen ventajas superiores a las ofrecidas por los otros partidos o bien, si como resultado de una crisis política o la inminencia de ella se hace inviable la continuidad del PAN o el retorno del PRI. Ahora, todas las fracciones del PRD y del PT y Convergencia tienen claro que el 2006 quedó atrás, que aunque ilegítimo el presidente de México es Felipe Calderón y que lo que determina en adelante la táctica política es el objetivo de ganar las elecciones del 2012 y están pensando quién puede ser el personaje que los represente en dichos comicios.
Andrés Manuel López Obrador ha declarado ya que se propone como candidato, dejando con ello atrás la idea de que es él el presidente legítimo de México para colocarse nuevamente en calidad de aspirante, pero existen otras posibilidades. A diferencia de lo ocurrido en el sexenio pasado, AMLO no es una figura cotidiana en los medios de comunicación, muchas puertas se le han cerrado y la burguesía entonces oscilante difícilmente confiará en él, mientras que el bloque hegemónico de la misma no vacilará en impedirlo.
Pero existe otra figura con posibilidades, el actual jefe de gobierno del DF, Marcelo Ebrard, otro viejo político surgido de las filas del PRI, exfuncionario del DDF durante la gestión de Manuel Camacho Solís 1988-1993 y parte de su equipo político, Ebrard sí proviene de círculos elitistas de la clase dominante y tiene una clara formación política de hombre de Estado; durante su gestión, siguiendo el ejemplo de su antecesor, ha ofrecido oportunidades de inversión a grandes capitalistas en la ciudad, y ha logrado con más mano dura que negociación limitar la capacidad de movilización de muchas organizaciones sociales y gremiales en el DF, ha reprimido manifestaciones independientes y se ha distanciado claramente de cualquier expresión radical de izquierda, a semejanza de la izquierda parlamentaria europea, ha promovido medidas a favor del aborto y de las uniones civiles entre homosexuales pero sin confrontar al capital, en todo caso sólo se ha enemistado con los sectores más conservadores de la iglesia y de la derecha, pero sin meterse en problemas con sus bases materiales.
Así pues, López Obrador tiene dos caminos:
El primero sería aceptar que él ya no puede representar como personaje los intereses que prometía representar en el 2006 y mucho menos con un discurso y procedimiento político tan ambiguo como el que mantiene ahora, por tanto lo mejor que podría hacer es sumarse a la campaña de Ebrard o de algún otro perredista para convencer a la burguesía de que la fuerza política de la que forman parte es una buena opción para administrar el Estado y proteger su riqueza, que siguiendo sus métodos habrá orden, paz y condiciones propicias para la acumulación de capital, defendiendo y convenciendo, en todo caso de que para que ello sea posible es necesario imponer ciertos diques a la acumulación desmedida de riqueza y promover políticas sociales que mitiguen los efectos de la desigualdad y por tanto amortigüen la conflictividad propia de la lucha de clases. López Obrador mismo contempla con seriedad esta posibilidad:
“Claro está que hay otras opciones. Una de ellas es Marcelo Ebrard Casaubón, quien gobierna con acierto la ciudad de México. Con Marcelo llevo una buena relación y nuestros adversarios no han podido separarnos”
Y propone que el método por el que se designe al candidato sea a través de las preferencias electorales hasta ese momento, por lo que en principio aceptaría que Ebrard, o algún otro, fuera designado el candidato de su coalición si es que aventaja en las encuestas.
La segunda opción es dejar de intentar quedar bien con todo mundo, y sólo abrazar los objetivos y aspiraciones de los trabajadores, los campesinos, los desempleados y, en todo caso de la pequeña y mediana burguesía en ruinas. A final de cuentas López Obrador es un personaje con un impacto popular que no tiene ningún otro político de la burocracia tri partidista, y tiene cierta capacidad de interlocución con las organizaciones sociales y populares que vacilan entre apoyarlo o mantenerse independientes de su proyecto.
Sin embargo, si López Obrador decidiera esto, tendría que radicalizar su programa y romper definitivamente con muchas pequeñas y medianas fuerzas políticas que hasta hoy simpatizan con él, tendría que romper con el PRD, con Convergencia y probablemente con el PT, muchos de los intelectuales de “izquierda” o “democráticos”, con la mediana y gran burguesía (sería imposible tener el respaldo de Slim), y con la parte menos radicalizada de la pequeña burguesía. Tendría que buscar acercarse a las organizaciones de izquierda independientes y radicales de México y algunas de otros países, arriesgarse a que su único y principal capital político sea la movilización y rebeldía popular, amagando al bloque hegemónico en el poder para convencerlo de que no va a ser posible que haya paz ni orden ni condiciones seguras para invertir a menos que su proyecto de gobierno llegue al poder. El problema es que esas condiciones no pueden depender solamente de sus proyectos personales ni de grupo, tendría que aceptar el protagonismo de la izquierda surgida de abajo, de la que él nunca ha formado parte y tratar de hegemonizarla y convencerla de que apoyarlo a él sería lo tácticamente correcto aún cuando algunas de ellas mantengan otros objetivos estratégicos. Si AMLO hiciera esto se enfrentaría a condiciones de represión y hostigamiento que hasta ahora no ha enfrentado.
Estamos hablando no de un proyecto revolucionario en el sentido marxista, sino de un proyecto de reconstitución del Estado, nacionalista, que implicaría una recomposición en la correlación de fuerzas de la clase dominante, en donde esta no desaparecería sino que sería controlada por un tipo de Estado en donde haya una coalición de clases y cuya temporalidad histórica se vería agotada más temprano que tarde. Es decir, éste sería un recurso para llegar a la presidencia y hacerse defender por amplias capas de la población, pero no para arrebatarle el poder a la burguesía ni construir el de los trabajadores, algo parecido a lo que ocurre en Venezuela o Bolivia .
Pero para llegar a esto, tendría que entender que el camino se labra no solo con la lucha pacífica en el sentido estricto de la palabra, sino que ha de desarrollarse la confrontación de clases y el choque violento entre las mismas, produciendo una crisis política tal que los instrumentos de poder del Estado sean incapaces de controlar la situación y no haya más remedio que permitir a una fuerza política con dichas características reordenar el Estado, aún conservando su carácter esencial de clase.
Finalmente habría un tercer camino, pero ya no tendría como referencia el 2012, que sería adoptar una política y visión revolucionaria, hacerse enemigo de la burguesía y representar sólo a las clases explotadas, emprender el duro camino de enfrentar a una clase dominante y a los aparatos represivos del Estado, atando su suerte política a la de dichas clases y no pretender que sea al revés, ahí sí tendría que renunciar a cualquier apoyo venido de quienes hoy están en espacios de poder o de algún sector de la burguesía, y entonces sí, arriesgar junto a los trabajadores lo único que les queda, la vida, para tratar de conquistar el futuro socialista. Para esto, Andrés Manuel López Obrador tendría que dejar de ser el personaje político que hasta hoy ha sido y dejar de representar los intereses que hasta hoy ha representado, para organizarse políticamente con quien hasta hoy no lo ha hecho, entonces las elecciones no serían el centro de sus preocupaciones, no estaría preocupado por el gobierno de un partido u otro sino por el poder de una clase, no habría de enemistarse sólo con los más corruptos de sus detractores sino con la clase a la que pertenecen. Desde la perspectiva de quien ha tenido su formación política parecerían puras desventajas pero para alguien que está convencido de que la lucha a muerte es contra el capitalismo no hay otro camino.
Existen personas en la izquierda revolucionaria que de buena fe, cuentan con ésta última posibilidad, su deseo es aceptable desde el punto de vista ético, pero como marxista y ateniéndome a los hechos, no parece haber elementos materiales que sustenten la hipótesis de que esto sea lo más posible, por supuesto, no se puede descartar al ciento por ciento, pero dicha suposición está más bien basada en aspiraciones propias que en un análisis materialista de la situación histórica por la que se atraviesa.
El programa
Aquí hemos de recordar que la pertenencia de clase de un proyecto político se entiende principalmente por los intereses que salen beneficiados de su programa y no de las intenciones con que se hagan o del discurso que se promueva. El programa de López Obrador se concentra en los siguientes puntos:
1.- Rescatar al Estado y ponerlo al servicio del pueblo y de la
nación.
2.- Democratizar los medios masivos de comunicación.
3.- Crear una nueva economía.
4.- Combatir las prácticas monopólicas.
5.- Abolir los privilegios fiscales.
6.- Ejercer la política como imperativo ético y llevar a la práctica
la austeridad republicana.
7.- Fortalecer el sector energético.
8.- Alcanzar la soberanía alimentaria.
9.-Establecer el estado de bienestar.
10.- Promover una nueva corriente de pensamiento.
Se trata pues en lo general de un programa propio de un Estado capitalista que tiende a promover cierto mercado interno y que requiere del protagonismo de una burguesía nacional, el cual puede llegar a incrementar parcialmente la capacidad de consumo de los trabajadores y a generar empleo para más gente. No es un programa que trate de impedir la acumulación capitalista de los grandes monopolios extranjeros sino de forzarlos a subsistir con sectores más pequeños de la burguesía. Algo parecido al desarrollismo promovido en América Latina en los años de la guerra fría, aunque menos ambicioso
Aquí el problema es que para defender un programa es importante que lo asuma un sector políticamente organizado que se beneficie del mismo, y que lo que queda de la burguesía nacional en México no es nada nacionalista, más bien se ha caracterizado por entregarse completamente al capital norteamericano y transnacional en general para beneficiarse de él a través de sociedades corporativas, pero con muy escaso o nulo interés en el desarrollo económico nacional. En suma, si existe realmente una burguesía nacionalista que esté dispuesta a defender ese programa, no ha demostrado estar dispuesta a hacerlo a costa de confrontarse con los grandes capitalistas, no tiene liderazgo ni dentro ni fuera de su clase.
López Obrador parece tratar de convencer a clases ajenas a esa burguesía nacional de que defiendan su programa, aunque también se ha esforzado en convencer a los empresarios nacionales de hacerlo, se ha dirigido a ellos en varias ocasiones, tanto públicamente como en privado, en su reciente libro, él menciona una ocasión en que como presidente nacional del PRD lo hizo haciendo alusión de un pasaje histórico en el que un grupo de la burguesía francesa estuvo dispuesto a ofrendar su vida para salvar a una población sitiada por los ingleses, poniéndolo como ejemplo de una digna actitud de su clase, aclarándoles sin embargo que:
“Nosotros nunca les pediríamos semejante sacrificio. Pero sí pensamos que en vez de destinar sus capitales a la especulación financiera, harían un gran servicio al país apostando más a la inversión productiva y a la generación de empleos. Durante la campaña de 2006, cuando se desató la guerra sucia para meter miedo a los empresarios y a la población en general, traté de convencer de que era necesario un cambio real y que nuestro triunfo no significaría una amenaza para nadie. Incluso, afirmé que también a las cúpulas podría convenirles la renovación de la vida pública porque ya no era posible mantener al país en condiciones de franco deterioro. No obstante, no fueron capaces de entender ni de aceptar nada; optaron por el fraude, por robarnos la elección. Prefirieron seguir viviendo en el mundo de las residencias amuralladas, de los carros blindados y rodeados de guaruras, permaneciendo por largas temporadas en el extranjero, en vez de contribuir a la renovación de la vida pública del país”.
Así pues, aquí no hay lugar a confusiones, López Obrador sabe que su proyecto es principalmente dirigido a ellos, aceptando que es dicha clase la conductora fundamental de la sociedad, no sólo no ve incompatible la acumulación capitalista con el desarrollo y bienestar social, sino que lo ve como necesario para este, en todo caso trata de convencer a los capitalistas de que para su mejor desenvolvimiento es necesario cambiar la política económica y social, ajustando los mecanismos de recaudación fiscal y eliminando los privilegios que están por encima de la ley y que son fuente de la reproducción de la corrupción. El les explica que a la larga saldrán más beneficiados aunque a corto plazo tengan que renunciar a algunos de sus privilegios.
Aquí el problema político es que no logra convencer a esa burguesía ni de las ventajas ni de la viabilidad de su programa, más allá de que tal vez algunos compartan su punto de vista. Un ejemplo de gran capitalista que ha coqueteado con su postura es el de Carlos Slim, el hombre más rico del mundo. Esto se da porque los negocios de Slim, dependen en gran medida de la importación de tecnología, y en gran parte de la exportación de servicios, pero también tiene y necesita de un mercado nacional quien es en muchos casos su principal consumidor, y por tanto sus negocios son afectados en la medida en que la capacidad de consumo interno disminuye. Pero Slim, como capitalista que es, nunca estaría dispuesto a apostar políticamente todo a una fuerza o personaje político que no tiene aún todas las condiciones para estar en el poder, pero sí es una referencia importante de las posibilidades que AMLO tiene para tratar con la clase capitalista.
De hecho, en su libro, López Obrador reconoce que ha sido Slim un ejemplo de que sí puede él tener interlocución con los empresarios, y en cierta forma lo deslinda del resto de la “mafia” a la que se refiere. Él dice:
“En suma aunque Slim tiene evidentemente peso económico y político, no actúa con arrogancia ni tampoco con mucho protagonismo en asuntos públicos. Además no se ha sumado a la guerra sucia contra nosotros”
A diferencia de otros personajes de la burguesía, Slim no considera que López Obrador sea un peligro para México, sobre todo, no considera que su programa sea una amenaza ni para él ni para su clase, sin embargo ha marcado claramente su límite, advirtiendo que no estaría nunca dispuesto a apoyarlo fuera de los cauces pacíficos e institucionales. En una carta que Slim le envió a AMLO, citada por éste último, el primero refiere haber sido cuestionado sobre su opinión acerca del plantón obradorista en el 2006:
"Yo le contesté que más allá de mi aprecio y mi agradecimiento por la invitación que son invariables, pensaba que las marchas o plantones se entienden si tienen por objetivo influir o cuestionar políticas públicas o decisiones que afecten el interés nacional o incluso de grupos pero que si el único objetivo es provocar la ingobernabilidad y por lo tanto debilitar al Estado mexicano son inaceptables y que estoy convencido que sólo se logra lo que se quiere evitar ya que la división y confrontación política y social como en el siglo XIX y principios del XX, sólo nos llevaron a luchas fratricidas, invasiones extranjeras, dictaduras, revolución y un estado debilitado es muy vulnerable a todo tipo de intereses de grupos nacionales y especialmente extranjeros. Que lo único que se logra es lo que se quiere evitar: dependencia, debilidad, vulnerabilidad, retraso, pobreza, inestabilidad, inseguridad, confrontación sin cauces. Me ha dado gusto ver tu insistencia en que sea un movimiento pacífico y de propuestas que me parece es el camino. Con un saludo afectuoso para ti y tus hijos esperando discutir o platicar contigo personalmente algún día”
El problema de la adopción del programa obradorista por la burguesía nacional es sin embargo más complicado por tratarse de un problema estructural. Al igual que la mayor parte de la burguesía latinoamericana, la mexicana no ha desarrollado una vocación nacionalista, fieles a los instintos de su clase siempre privilegían la obtención de ganancias en las condiciones más seguras para ellos, los capitalistas no siempre invierten en aquellas cosas que les gustaría invertir por algún tipo de gusto o vocación política o religiosa, sino en aquellas cosas que ofrecen mayores oportunidades para obtener ganancias, las más posibles y en el menor lapso posible.
Ruy Mauro Marini había previsto esto ya desde antes de la oleada neoliberal, cuando el modelo desarrollista estaba en franca crisis:
“Así, la burguesía industrial latinoamericana evoluciona de la idea de un desarrollo autónomo hacia una integración efectiva con los capitales imperialistas y da lugar a un nuevo tipo de dependencia , mucho más radical”
Los capitalistas mexicanos, particularmente con la adopción del neoliberalismo, han optado por invertir asociados con el capital extranjero y han asumido su vocación saqueadora, su programa e ideología, es probable que a algunos de ellos les gustaría personalmente hacer inversión productiva en México, el problema es que la economía mexicana no ofrece ninguna ventaja para ese tipo de aventuras y no sólo es cosa de las políticas gubernamentales o del presidente en turno, sino que la estructura económica del país, sus condiciones de infraestructura y sobre todo el dominio que los grandes monopolios norteamericanos tienen sobre la misma, hace que se antoje difícil tratar de competir en algo con ellos y por tanto los dueños de capital prefieren trasladar sus inversiones a sectores y empresas que ya de por sí están obteniendo ganancias, ayudando a expandirlas y no a contenerlas.
El problema fundamental en este sentido del programa obradorista es ¿Qué pasa si aún estando él en la presidencia, la burguesía nacional no quiere hacer inversión productiva destinada al mercado interno? El programa sería insostenible y tendría entonces que tratar de propiciar el surgimiento de una nueva burguesía nacional, proveniente tal vez de la pequeña burguesía teniéndose que enfrentar el proyecto a largo plazo con la burguesía actual, la cual encontraría en la oposición al gobierno una buena causa por la cual agruparse amparada por las fuerzas del imperialismo. Si nos atenemos a las tendencias históricas tendríamos que preveer que lo más probable es que el régimen político tuviera que acoplarse a la voluntad de la clase dominante y no al revés, logrando, en el mejor de los casos, modificar las circunstancias sólo por un corto periodo, permitiendo así una recomposición capitalista, tal como ocurrió con el cardenismo y con el régimen que se construyó evocando los supuestos ideales de la revolución mexicana.
En suma, el programa propuesto por López Obrador tiene su principal dificultad en pretender hacer protagonista de la economía nacional a un sector de la burguesía que se encuentra cómodamente cobijada por el capital imperialista y que rechaza dicho programa y dicho ofrecimiento, y que quienes mayormente simpatizan y han seguido políticamente a AMLO, la pequeñaburguesía arruinada y los sectores populares más perjudicados por las políticas neoliberales, no están llamados a ser los protagonistas ni constructores de su política.
Por otra parte tanto su disertación como su programa concibe que el problema no es ni la burguesía ni el capitalismo, sino que dicho de manera sencilla, existe una burguesía mala y una buena, la mala es la de quienes no son capaces de ceder un poco de sus ganancias para la inversión en infraestructura productiva nacional y para elevar la capacidad de consumo interno, la cual ha sido entreguista y corrupta, y una burguesía buena que aún sin desprenderse de las principales dinámicas de la economía capitalista mundial, como Carlos Slim, estarían dispuestos a invertir parte de su capital en tal sentido. No existe condena a la acumulación ni a la explotación, solo a sus expresiones más escandalosas. Por otra parte, sólo se propone revertir unas cuantas políticas neoliberales, no todas, por ejemplo, se habla de renegociar el TLCAN, pero no de cancelarlo, y tampoco hay un compromiso claro de no aprobar algunas reformas neoliberales, aunque tuvieran otro nombre.
En lo que se refiere al sistema político, la principal propuesta es la de “democratizar los medios de comunicación”, la de combatir la corrupción y la de eliminar el gasto suntuario excesivo de los funcionarios públicos, pero no se toca la monopolización del poder que ejercen unas cuantas fuerzas políticas, no se abre ninguna posibilidad política para las organizaciones revolucionarias y no se cuestiona en lo más mínimo el carácter eminentemente represivo del Estado ni de sus fuerzas armadas, ni las policíacas ni las militares, lo cual nos habla también de con quiénes prefiere no confrontarse políticamente y de forma implícita habla hacia ellos haciéndoles ver que su poder tampoco se encuentra en peligro a su lado.
Qué posición debe tomar una organización revolucionaria al respecto
Lo primero es comprender que el mencionado personaje y las fuerzas políticas y económicas que representa son producto de las contradicciones generadas por el desarrollo del capitalismo y el Estado en México, expresan en cierta forma un grado de explosión de dichas contradicciones y un grado de madurez de la lucha de clases, lo importante es identificar cuáles son las bases materiales del fenómeno y sus contradicciones para entender el papel que concientemente podemos jugar.
Así pues, he de enfatizar que me parece inútil tomar una posición al respecto inspirado en los deseos de que un personaje de la política burguesa con gran popularidad pueda llegar a transformarse a sí mismo y a las fuerzas que representa para convertirse en lo que nosotros quisiéramos, como también me parece inútil la negación del hecho a partir de la animadversión que pueda generar en algunas organizaciones revolucionarias.
Me parece en todo caso que lo que tenemos que hacer es identificar cuál es nuestro programa y nuestro papel en la lucha de clases y sí esto es adaptable a lo hecho y propuesto por López Obrador y sus seguidores.
Así pues es importante identificar que él se encuentra en franca contradicción con buena parte de la élite en el poder y que probablemente pueda ser un factor que sensibilice a buena parte de la población explotada del país, pero también es importante notar que no se encuentra en franca contradicción ni con la burguesía como clase ni con la burocracia política del Estado en cuanto a su composición orgánica, y que por lo tanto es más factible que se recomponga su relación con el bloque hegemónico en el poder a que transforme en una fuerza revolucionaria, enemiga del capitalismo. También es importante notar que si bien puede sensibilizar a las masas oprimidas, también puede limitar sus aspiraciones y contener su voluntad de lucha, de hecho en el 2006 pudimos ver claramente como hizo ambas cosas a la vez.
Andrés Manuel López Obrador tiene claro quien esta llamado a ser el protagonista de su proyecto, la burguesía nacional, y quienes están llamados a acudir a apoyarlo con su voto o su participación en movilizaciones, los sectores populares entre los que hay trabajadores, campesinos, trabajadores informales y la pequeña burguesía. Ni en su discurso ni en su programa está llamando al protagonismo de las organizaciones revolucionarias, más que si estas están dispuestas a abandonar su identidad y programa propio para abrazar el suyo, pero en todo caso estarían llamados a integrarse como operadores políticos, no como constructores del proyecto.
Ni a mí ni a nosotros como revolucionarios nos corresponde juzgar moralmente a López Obrador ni reprocharle sus acciones o sus no acciones, él trabaja para su proyecto y por tanto las únicas observaciones válidas son aquellas que puedan contrastar su proyecto con su actividad política, en ese sentido él puede seguir por la senda que prefiera y tendrá que asumir sus aciertos y sus errores, la historia pondrá a cada quien en su lugar.
El problema para nosotros es si debemos construir nuestro propio proyecto, nuestro propio programa y nuestra propia política o si vamos a alistarnos a apoyar otro distinto, y esta vez no me refiero a personajes sino a clases sociales, me parece que el deber histórico de una organización revolucionaria es trabajar por la construcción de la organización de los trabajadores, de los explotados, por construir su programa y por el derrocamiento del capitalismo y la construcción de un nuevo Estado en donde manden los que hoy son explotados y oprimidos, que somos la mayoría. Es seguro que en ese camino nos topemos más frecuentemente con la gran burguesía, con los aparatos represivos del estado que hoy son comandados por el gobierno de Calderón, y con los que hoy consideran también a López Obrador como su enemigo, pero también es seguro que en ese camino nos toparemos de frente con grupos de poder que forman parte de los partidarios de AMLO, tales como policías estatales, grupos de choque, etc.
De esta forma, es claro que nuestro papel no será apoyar a los capitalistas y burócratas, nacionales y extranjeros que consideran a López Obrador un peligro, para ayudarlos a golpetearlo, pero también resulta un chantaje inaceptable que se nos proponga que tenemos que callar y agachar la cabeza cuando somos agredidos y confrontados por las policías estatales, municipales y otros grupos de choque sólo porque dependen de funcionarios leales a AMLO. Tampoco es aceptable que tengamos que dejar de denunciar cuando grupos económicos o de poder ligados a la campaña presidencial de López Obrador estén robando, despojando o reprimiendo sólo porque sus enemigos de arriba pueden capitalizarlo. Tampoco podemos hacerlo pasar como uno de los nuestros cuando nunca lo ha sido y cuando no está intentando serlo.
En resumen, toda organización política tiene un compromiso, antes que nada, con la clase social a la que representa, esto a veces provoca choques de fuerzas en varias direcciones, y en momentos también coincidencias, es necesario identificar los factores coincidentes y los de contradicción y no rehuir absurda ni fanáticamente a ninguno de ellos, y cada quien tiene el compromiso histórico de luchar por su clase, el éxito o fracaso se medirá en función de eso y la historia también le dará a cada quien su lugar. López Obrador lucha por su proyecto y no podemos pedirle que lo haga por el nuestro, por lo que tendremos que hacer lo mismo, luchar por nuestro proyecto y rechazar a quien nos pida que lo hagamos por uno ajeno a costa del propio.
A quien nos pregunte de qué lado estaremos en el 2012 habría que responderle, en el mismo lado que siempre, antes y después, en el lado de los explotados de la tierra, ese es nuestro compromiso inquebrantable.







