La revolución y la lucha por el control obrero

Venezuela se encuentra en la primera línea de la revolución mundial. El movimiento de masas está avanzando en todos los frentes, desafiando los límites del capitalismo. Dentro de la clase obrera, la cuestión del control obrero (o "cogestión obrera") se ha convertido en un asunto de la mayor importancia, en la medida que el gobierno de Chávez ha elaborado una lista de más de 1.000 fábricas abandonadas que podrían ser tomadas por los trabajadores. Esta no se trata de una medida burocrática desde arriba, sino que está vinculada a la expropiación de fábricas bajo control obrero.
En octubre, numerosos representantes obreros y activistas sindicales se reunieron en Caracas en el marco del Encuentro Nacional de Trabajadores de Empresas Recuperadas. El objetivo principal de este encuentro, organizado por la Unión Nacional de Trabajadores (UNT), era el de unir a los trabajadores involucrados en la experiencia de la toma de empresas y las diferentes formas de control y administración obrera.
El tema del control obrero estuvo de actualidad en Gran Bretaña durante la década de los años setenta. Incluso se constituyó un organismo -el Instituto del Control Obrero- para estudiar y promover la cuestión. Esto no fue ningún accidente. La década de los setenta en Gran Bretaña fue un período de intensa lucha de clases y ocupación de fábricas. Fue durante esa época de lucha de clases militante y avance del movimiento obrero, cuando la idea del control obrero volvió a popularizarse. No se trataba de una cuestión abstracta. Después de la nacionalización de British Leyland, se desató un acalorado debate sobre qué control tendrían los trabajadores sobre las industrias propiedad del estado. Los marxistas reivindicamos que los consejos de administración de las industrias nacionalizadas debían estar formados por una tercera parte de trabajadores de la industria, otra tercera parte del movimiento sindical en general y el último tercio, por el gobierno.
Sin embargo, existía mucha confusión en el movimiento con relación a los diferentes aspectos del control obrero, la cogestión y la administración obrera. Los reformistas de derechas durante un largo tiempo habían estado a favor de la participación de los trabajadores (cogestión clásica). Esta idea alcanzó su máximo en Alemania, donde los sindicatos, después de la guerra, se vieron arrastrados hacia la colaboración estrecha con el estado y los empresarios. De instrumentos de la lucha de clases, los sindicatos y los comités de fábrica se convirtieron cada vez más en órganos para la colaboración de clases. La participación de los trabajadores llevó a los trabajadores a los consejos de administración, aislados completamente de la fábrica y el taller, y enredándolos en decisiones sobre cómo aumentar más el trabajo no pagado (plusvalía) de los trabajadores. A un nivel inferior, la participación de los trabajadores implicaba cuestiones que no tenían ninguna importancia real para el funcionamiento en el manejo de la fábrica. En la época se publicó un famoso dibujo titulado: "participación obrera", en él se podía ver a trabajador aturdido al que un director le preguntaba: ¿Qué color de bolígrafo quiere utilizar: rojo o azul?
Como explicaba León Trotsky a principios de los años treinta: "Si la participación de los trabajadores en la gestión de la producción ha de ser duradera, estable, "normal", deberá apoyarse en la colaboración y no en la lucha de clases. Tal colaboración de clases solamente puede llevarse a cabo a través de los estratos superiores de los sindicatos y las asociaciones capitalistas. No han faltado los experimentos de este tipo en Alemania (la "democracia económica"), en Inglaterra (el "mondismo"), etcétera. No obstante, en todos estos casos, no se trataba del control de los obreros sobre el capital, sino de la subordinación de la burocracia del trabajo al capital. Esta subordinación, como lo muestra la experiencia, puede durar mucho tiempo: depende de la paciencia del proletariado". (L. Trotsky. El control obrero de la producción, 20/8/1931).
Este proceso de colaboración de clases alcanzó su máximo en Gran Bretaña en la década y media que siguió a la derrota de la huelga minera de 1984-85. Adoptó el nombre de "nuevo realismo". "La participación para nosotros es cooperación", declaraba Bill Morris, el entonces Secretario General del Sindicato de Trabajadores del Transporte (TGWU). Posteriormente, fue nombrado caballero por su "cooperación" en la introducción de nuevos (más duros) términos y condiciones en la industria automotriz y en otras. En la industria metalúrgica, los "directores obreros" colaboraron con los despidos masivos y la destrucción de decenas de miles de puestos de trabajo.
El concepto de control obrero es fundamentalmente diferente al de "participación" (cogestión clásica). Como explicaba Trotsky: "Los obreros no necesitan el control para fines platónicos, sino para ejercer una influencia práctica sobre la producción y sobre las operaciones comerciales de los patrones (...). En forma desarrollada, el control implica, por consiguiente, una especie de poder económico dual en las fábricas, la banca, las empresas comerciales, etc.," (L. Trotsky, Ibíd.,).
En cada fábrica y centro de trabajo, los patrones imponen su propio régimen. A través de sus gerentes determinan las condiciones de trabajo, los turnos, los descansos y la velocidad de las operaciones. A través de sus expertos en optimización, intentan exprimir hasta la última gota de trabajo no pagado a la clase obrera. Con el tiempo, los trabajadores se organizan contra estas presiones. Dependiendo de la correlación de fuerzas, del grado de organización y resistencia, los trabajadores empiezan influir sobre sus condiciones de trabajo. La organización de Comités de Empresa se ha convertido en una expresión importante de este proceso. A través de la presión desde la base, los trabajadores pueden conseguir ciertas concesiones de los empresarios sobre una amplia gama de temas. Pueden conseguir el control sobre la contratación y los despidos, medidas de seguridad, ritmos de trabajo, etc., El grado de concesiones ganadas estará determinado por la correlación de fuerzas en cada industria.
Durante la década de los años setenta, el movimiento sindical en Gran Bretaña avanzó. Consiguió una posición poderosa dentro de la industria y de la sociedad. Los comités de empresa crecieron en tamaño e importancia. En estas condiciones, existían niveles bastante elevados de control obrero en un gran número de sectores e industrias. Sin embargo, durante los años ochenta, con la derrota de la huelga minera y la capitulación del TUC ante el gobierno de Thatcher, la correlación de fuerzas empezó a cambiar rápidamente. La legislación antisindical sirvió para atar a los líderes sindicales al estado capitalista. Los empresarios emprendieron una ofensiva despiadada que eliminó muchos de los elementos de control obrero. Los empresarios, en ese momento, dominaban la situación y estaban decididos a imponer su "derecho a gestionar" en todos los casos.
El control obrero tiene, sin embargo, un carácter transitorio. O bien lleva a la nacionalización y la administración obrera de la industria o, inevitablemente, retrocede y los trabajadores pierden control de los poderes limitados que han alcanzado. En EEUU la lucha por el control alcanzó sus límites en las huelgas de brazos caídos de 1935-1938. Las fábricas estaban en manos de los trabajadores, pero sin su expropiación, los trabajadores se vieron forzados a rendirse en un momento dado y ceder el control que tenían. Al definir el carácter contradictorio del control obrero Trotsky explicaba lo siguiente: "El control se encuentra en manos de los trabajadores. Esto significa que la propiedad y el derecho a enajenarla continúan en manos de los capitalistas. Por lo tanto, el régimen tiene un carácter contradictorio, constituyéndose una especie de interregno económico." (Ibíd.,) Esto no puede durar indefinidamente. Tarde o temprano, los empresarios impondrán nuevamente su voluntad sobre los trabajadores para conservar la propiedad de la empresa.
El control obrero se desarrolla desde abajo. Refleja el deseo de los trabajadores de ejercer control e imponer límites a su explotación. Su éxito dependerá de la correlación de fuerzas. Sin embargo, un nivel elevado de control obrero refleja también la correlación de fuerzas en la sociedad misma. El giro hacia la revolución inevitablemente se refleja dentro de los centros de trabajo. La lucha por el control obrero representa los elementos de una nueva sociedad en el marco de la vieja.
Esto es lo que claramente está sucediendo en Venezuela. Tras el fallido golpe de abril de 2002, los capitalistas recurrieron a un paro patronal y al sabotaje de la economía, en las mismas líneas que hicieron en Chile antes del golpe del general Pinochet. Los empresarios, respaldados por el imperialismo estadounidense, consiguieron el apoyo de los dirigentes sindicales corruptos de la CTV. La paralización se concentró en la gigantesca industria petrolera, con la intención de maximizar el daño a la economía nacional. Sin embargo, los trabajadores salieron para defender a Chávez y derrotaron el paro patronal con sus propias fuerzas. Tomaron las empresas y empezaron a dirigirlas ellos mismos. Esto representaba una forma muy avanzada de control obrero. "Así pues, el régimen de control obrero", escribe Trotsky, "sólo puede corresponder al período de las convulsiones del Estado burgués, de la ofensiva proletaria y el retroceso de la burguesía, es decir, al período de la revolución proletaria en el sentido más completo del término". (Ibíd..,)
La Revolución de Octubre
Antes de la Revolución de Octubre en Rusia, existía un movimiento amplio hacia el control obrero. Surgió como respuesta al sabotaje de la economía por parte de los capitalistas rusos. Esta situación de control obrero continuó incluso después de la revolución, cuando la economía aún permanecía en manos privadas. El gobierno bolchevique, debido al atraso y al tamaño del proletariado ruso, quería que los trabajadores aprendieran a través de la escuela del control obrero cómo asumir las responsabilidades de la administración. No fue hasta el verano de 1918 cuando las principales industrias fueron nacionalizadas, cuando lo tuvo que hacer el gobierno debido a la guerra civil y el sabotaje.
Con los sectores claves de la economía nacionalizados, surgió la cuestión de la administración obrera de la industria. Se crearon comités de fábrica que dirigían las fábricas. Los gerentes eran elegidos y estaban bajo el control de los trabajadores. A los especialistas también se les permitía ayudar, pero siempre bajo la vigilancia y el control de los trabajadores. Este era el principio de una genuina democracia obrera. En otras palabras, el control obrero se convirtió en el puente hacia la administración democrática de la economía por parte de los trabajadores.
Obviamente, se planteó a quemarropa la cuestión de la propiedad de las fábricas. Quién va a dirigir la sociedad ¿los empresarios o los trabajadores? El control obrero tiene sus límites. Sólo cuando la propiedad de la industria es arrebatada a los capitalistas, los trabajadores pueden tener un genuino control. Sin embargo, una economía nacionalizada y planificada no sólo requiere del control obrero en las fábricas y centros de trabajo, sino que requiere de un sistema de administración obrera. No se puede tener la vieja idea sindicalista de los mineros dirigiendo las minas, los trabajadores ferroviarios dirigiendo los ferrocarriles, etc., sin una planificación global de la economía. La integración de las diferentes ramas de la industria en una planificación nacional de la economía es esencial. Esto requiere la dirección de los trabajadores en el centro de trabajo, en el distrito, a nivel regional y nacional.
Esto significa la expropiación de los capitalistas y la organización de un estado obrero democrático, donde la dirección de la sociedad esté en manos de la clase trabajadora a través de comités elegidos democráticamente. Eso significa la implicación de la población en el diseño de un plan nacional de producción, decidiendo las prioridades y medidas a emprender.
Los peligros de la burocracia deben eliminarse desde el principio. Todos los representantes deben ser sometidos a elección, con el derecho a ser revocados inmediatamente por quienes los eligieron. Ningún funcionario debe ganar un salario superior al de un obrero cualificado. Todas las funciones deberán ser rotativas para impedir una burocracia permanente. Como decía Lenin: "cuando todo el mundo es un burócrata nadie es un burócrata".
La lucha por el control obrero en Venezuela está generando nuevas cuestiones. Chávez ha dicho que no se puede avanzar sobre bases capitalistas. Sólo por la senda socialista se pueden resolver los problemas de las masas en Venezuela, así como en el resto del mundo. Esto implica la expropiación del poder de la oligarquía y poner el poder en manos de la clase trabajadora y las capas oprimidas. Esto implica acabar con el viejo aparato del estado capitalista y establecer un estado obrero democrático. Este tipo de revolución no puede permanecer confinada a Venezuela, debe extenderse al resto de América Latina. Sólo entonces, el continente podrá unirse realmente. Sin embargo, aquí no se acaba la cuestión. Una revolución socialista continental transformaría el mundo y sentaría las bases para un mundo socialista, donde el hambre, la pobreza y las guerras sean abolidas de una vez por todas.
La lucha por el control obrero y la administración obrera son el requisito previo necesario para esta perspectiva.
El Militante







