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Medio Oriente :: 09/01/2006

La sucesión se abre en Tel-Aviv

Kharroubi Habib
Es mentir y querer confundir presentar a Sharon, como lo ha hecho Bush, como un halcón transformado por la gracia de vaya uno a saber qué santo en un apóstol de la paz. Sharon nunca cambió, fue y seguirá siendo hasta el fin el impiadoso enemigo de los palestinos y su causa nacional. Tres escenarios en el futuro inmediato de Israel

El problema de la sucesión de Sharon se plantea en un contexto de confusión política de la cual el primer ministro fue, sin dudas, el autor con su iniciativa de una nueva formación política, Kadima.

Desde su ingreso, el fin de semana último, en el hospital Hadassah, de Jerusalén, el primer ministro israelí, Ariel Sharon, está en un coma profundo. Sus médicos advirtieron a la opinión pública que un desenlace fatal era posible. Además, aclararon que aun en caso de una evolución favorable, de todas manera sería imposible que el paciente retomara sus actividades políticas y gubernamentales.

En consecuencia, el problema de la sucesión de Sharon se plantea en un contexto de confusión política de la cual el primer ministro fue, sin dudas, el autor con su iniciativa de una nueva formación política, Kadima. Esta nueva formación, con Sharon a la cabeza, era hasta el problema de salud de su líder, la favorita para las elecciones legislativas de marzo próximo. Para muchos politólogos y observadores de la escena política israelí, esta tendencia corre el riesgo de revertirse, ya que sin la presencia de su carismático líder, Kadima no tiene asegurado el éxito, y ni siquiera está en condiciones de jugar de igual a igual con los otros dos partidos: el laborismo y el Likud.

Con la creación de Kadima, Sharon buscó alejarse de la tutela del Likud que se resistía visiblemente a apoyar la estrategia concebida por él para ponerle fin al conflicto palestino. Es falso, sin embargo, afirmar que Sharon y su nuevo partido Kadima encarnen el campo de la paz y que su visión de la paz se oponga a los "halcones" del Likud reagrupados alrededor de Benjamín Natanyahu, su nuevo secretario general.

Para los palestinos, la desaparición o el alejamiento de Sharon no anuncia necesariamente una situación menos dramática que la que ellos conocieron con él. Los herederos de Sharon y sus rivales de todos los sectores de la escena política israelí están de acuerdo al menos en un punto: el de no satisfacer las reivindicaciones nacionales palestinas, al menos como pretenden la autoridad y el pueblo palestinos. ¿Por qué no decirlo? Los palestinos y con ellos todos los árabes no se entristecerán con la desaparición de Sharon. Las manos del hombre están manchadas de sangre de sus hermanos, su odio inexpugnable contra su cultura y su civilización hacen que ellos no puedan sentir ninguna compasión frente al sufrimiento.

Es mentir y querer confundir presentar a Sharon, como lo ha hecho Bush, como un halcón transformado por la gracia de vaya uno a saber qué santo, en un apóstol de la paz. Sharon nunca cambió, fue y seguirá siendo hasta el fin el impiadoso enemigo de los palestinos y su causa nacional. Que por razones de diplomacia sus dirigentes expresen otras cosas en estas circunstancias no es representativo del verdadero sentimiento que inspira Sharon en los palestinos.


Tres escenarios en el futuro inmediato de Israel

Son el regreso del Likud; el laborismo o que sobreviva el partido que fundó Sharon.

Cuando el primer ministro Ariel Sharon anunció, hace dos meses, que abandonaba el partido de derecha del Likud, al que había encarnado durante tres décadas, algo parecía certero: su nuevo partido de centro derecha, Kadima, tendría más que ver con un solo hombre -él mismo- que con cualquier idea.

Es posible que esto, incluso, hubiera funcionado por un tiempo. Sharon respondía tan bien al anhelo de seguridad y estabilidad de los israelíes que bien podría haberlos empujado por la fuerza al futuro tal cual como él lo veía. Sin embargo, el segundo ataque masivo de Sharon implica que tanto Kadima como lo que se considera el centro político israelí ahora deben encontrar una visión política que gire alrededor de algo más que simplemente la persona de Ariel Sharon.

Si, como se espera, Sharon no vuelve a tomar el timón, el pueblo israelí tendría tres opciones claras:

1) El antiguo partido Likud de Sharon, ahora liderado por el ultraliberal Benjamin Netanyahu, representa las mismas prerrogativas del Likud de siempre: inflamar las tensiones palestinas a través de la guerra y seguir adelante con los asentamientos en territorio palestino en Cisjordania.

2) El partido Laborista, con su nuevo líder, Amir Peretz, encarna la manera laborista: negociaciones con los palestinos. Desafortunadamente, el fracaso de los acuerdos de Oslo y la propia incapacidad de los palestinos para frenar sus ataques contra Israel comprensiblemente dejaron a muchos israelíes con pocas ganas de seguir dialogando. El presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas, y su gobernante partido Fatah parecen no estar preparados para llevar a cabo elecciones locales adecuadas, mucho menos para negociar un acuerdo de paz.

¿Cuál es, entonces, la tercera vía que podría representar en teoría Kadima?

La visión manifestada por Sharon en el último año se basó en la doctrina central de la separación: la idea de que los israelíes no pueden vivir con los palestinos, así que hay que separarlos de los palestinos y construir un muro para que esa separación sea visible y permanente. Sharon analizó la demografía de su país y llegó a la conclusión de que la única manera de que Israel siguiera siendo un estado judío era desprenderlo físicamente de los palestinos. Con ese objetivo, enfrentó a una cantidad relativamente escasa de colonos israelíes en Gaza y llevó a cabo el primer retiro unilateral del país de territorio que los palestinos reclamaban para su futuro estado.

Ese enfoque de Sharon, por el cual el primer ministro combativo se ganó el respaldo entusiasta de George Bush, buscaba una menor confrontación que la que ofrecía el Likud y menos diálogo del propuesto por los laboristas.

3) Es posible que Kadima, con el segundo de Sharon, Ehud Olmert, que probablemente tome el timón, (o con el liderazgo de Shimon Peres) pueda proyectarse como una nueva alternativa al laborismo y al Likud. Pero Olmert, si bien es un político respetado que ayudó a formular la doctrina de Sharon de un retiro unilateral de Gaza, no tiene ni la categoría ni la popularidad de Sharon. De modo que si Sharon podía cargarse a Israel sobre sus espaldas gracias a su propio carisma, Olmert probablemente tenga que confiar en el poder de seducción de la visión de Kadima.

Esa visión no puede basarse exclusivamente en la separación unilateral. Para que una alternativa centrista funcione, tiene que haber una visión que también abarque los pasos necesarios para terminar el conflicto con los palestinos, incluso un retiro lo suficientemente completo de Cisjordania. (...).

El Corresponsal de Medio Oriente y Africa. Domingo, 8 de enero de 2006

 

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