Las dentelladas del perro guardián

En ambos casos, el gobierno de Olmert tomó como excusa los ataques contra objetivos militares y el secuestro de soldados israelíes para lanzar sus bien pensadas ofensivas dirigidas a destrozar a Hamás- gobierno electo de la Autoridad Palestina- y a Hezbollah, la radical organización libanesa chií. Y en los dos casos, Israel estaba cumpliendo con su papel, largo tiempo desempeñado, de perro guardián de Washington en la región, persiguiendo sus propios objetivos de dominación regional y combatiendo, al mismo tiempo, las amenazas al control estadounidense en Oriente Próximo, sin respeto alguno por el coste de vidas árabes. El papel de Israel como perro guardián lo exponía con todo detalle el influyente periódico israelí, Ha"aretz, en 1951, sólo tres años después de que se creara el Estado de Israel:
Israel tiene que convertirse en el perro guardián. No existe peligro de que Israel promueva políticas agresivas hacia los Estados árabes cuando ello suponga explícitamente contradecir los deseos de Estados Unidos y Gran Bretaña. Pero, si por cualquier motivo, las potencias occidentales prefirieran cerrar los ojos en un momento determinado, se podría confiar en Israel para castigar a uno o varios Estados vecinos cuya desconsideración hacia occidente fuera más allá de lo tolerable.
Los recientes acontecimientos se han ajustado a esa pauta de actuación. El gobierno Bush ha apoyado abiertamente los ataques israelíes. Ha alentado los ataques contra Gaza y los meses de asedio y asesinatos que le precedieron. Cuando Israel extendió su guerra hacia Líbano, Washington se negó a exigir el cese el fuego y, en su lugar, rápidamente suministró a los israelíes combustible y bombas de precisión. El Washington Post informaba de que: "Según afirman funcionarios estadounidenses, para Estados Unidos, el objetivo más amplio es el de estrangular el eje Hezbollah-Hamás-Siria e Irán, que la administración Bush cree está uniendo fuerzas para cambiar el estratégico campo de juego en Oriente Próximo." De acuerdo con un funcionario de alto nivel, Bush quería aprovechar la oportunidad para pulverizar a Hezbollah... incluso aunque ello tuviera graves consecuencias que habría de afrontar después."
La ocupación de Iraq se ha convertido en un desastre para el gobierno Bush, no sólo porque sea imposible acabar con la enorme resistencia sunní, sino porque se ha visto obligado a aceptar un gobierno de mayoría chií que mantiene estrechas relaciones con el régimen iraní. La posición de Irán se ha visto reforzada por la destitución de su viejo enemigo, Saddam Hussein, y a Washington nada le gustaría más que conseguir un "cambio de régimen" en Teherán de la misma manera que lo ha hecho en Bagdad. Esa es la razón de que la administración Bush haya intentado promover una crisis internacional con la excusa del programa nuclear de Irán, y de que el Pentágono haya preparado un ataque militar contra las instalaciones nucleares del país. Pero importantes personajes militares están inquietos ante la idea de que un ataque de este tipo pudiera ser un tiro por la culata y reforzara al gobierno de Ahmadinejad.
Por eso, Washington estaba tan entusiasmado con el ataque israelí contra Gaza y, en especial, contra Líbano. Irán, junto a Siria, constituyen el principal apoyo de Hezbollah. El gobierno iraní, además, financió a Hamás cuando Estados Unidos y la Unión Europea cortaron sus subvenciones a la Autoridad Palestina a principios de año. El gobierno Bush, junto a los dirigentes Demócratas, esperaban que el ataque israelí indirectamente debilitara a Irán y reforzara el imperialismo estadounidense en la región, cualquiera que fuera el coste en vidas inocentes. Consideran necesario debilitar a Hezbollah y a Hamás, y privar a Irán de aliados que podrían atacar por la retaguardia a Estados Unidos o Israel en el caso de un ataque conjunto de éstos contra Irán, o al menos ese es su planteamiento.
El papel de Israel como protector de los intereses imperialistas tiene sus raíces en la ideología del movimiento sionista que le dio origen. Desde sus inicios, a finales del siglo XIX, el sionismo persiguió el objetivo de un Estado judío como forma de asegurar los intereses de las grandes potencias del mundo. De ahí que Theodore Herzl, su fundador, escribiera que un Estado así en Oriente Próximo sería "una parte de la defensa de Europa contra Asia, una avanzadilla de la civilización frente a la "barbarie"". En otras palabras, ese Estado formaría parte del sistema colonial de dominación. Herzl se comparaba a sí mismo con Cecil Rodees, el más destacado representante del imperialismo británico en África del sur.
Antes de la Primera Guerra Mundial, Herzl y otros sionistas tantearon al káiser alemán y al zar ruso, entre otros, para ofrecerles proteger sus intereses en Oriente Próximo pero, al acercarse el fin de la guerra hacerse evidente que Gran Bretaña controlaría Palestina- la región que ellos ambicionaban colonizar- cambiaron su foco. El líder sionista, Chaim Weizmann, prometió que "una Palestina judía sería una defensa para Inglaterra, en particular respecto en relación con el Canal de Suez." El argumento resultó atractivo para la clase dirigente británica. La guerra había puesto de manifiesto la importancia de Oriente Próximo, paso obligado de las rutas marítimas hacia Extremo Oriente y en posesión de los estratégicos, altamente provechos y vitales yacimientos petrolíferos. En noviembre de 1917, el ministro de Asuntos Exteriores británico, Lord Balfour (notorio antisemita) hizo pública una declaración en la que prometía que su Gobierno apoyaría el "establecimiento en Palestina de una hogar nacional para el pueblo judío."
Después de la guerra, la Liga de las Naciones concedió a Gran Bretaña un "mandato" colonial para gobernar Palestina. Sir Ronald Storrs, gobernador británico de Jerusalén a principios de los años 20, dejó escrito que un Estado judío en Palestina sería "para Inglaterra un "pequeño y leal Ulster judío" en medio de un mar potencialmente hostil de arabismo"- en referencia a la creación británica de una Irlanda del Norte, de mayoría protestante, con el fin de mantener su dominio sobre el resto de Irlanda. A partir de los años 1920, los británicos permitieron inmigrar a Palestina a colonos judíos para que ayudaran a contener las masivas manifestaciones árabes contra el paro y la falta de tierras, y por la independencia palestina, entre ellas una huelga general masiva en 1936.
La Segunda Guerra Mundial desató la atrocidad del Holocausto nazi en Europa y el sionismo que, con anterioridad sólo había suscitado la aceptación de una minoría, se transformó en mayoritario entre los judíos. La guerra, asimismo, debilitó en gran medida a Gran Bretaña, que se vio obligada a retirarse de Palestina. Con el apoyo en la ONU de las principales potencias de la posguerra, entre ellas Estados Unidos y la URSS- ambas intentando extender su influencia en la región- los sionistas declararon su propio Estado. Pero Israel nació asentada sobre enormes crímenes contra la humanidad, con brutales masacres, la expulsión de 750.000 árabes palestinos en 1948 y la destrucción de centenares de aldeas árabes.
Israel, asimismo, se aprendió bien la lección de 1948 al presentar su agresión como un acto de autodefensa contra sus hostiles vecinos, pero sólo cuando Israel lanzó su ataque contra los palestinos los países árabes movilizaron una fuerza simbólica, en gran parte para calmar a sus propios ciudadanos más que como una seria amenaza militar. Los Estados árabes no hicieron nada para revocar la expulsión de los palestinos y, al finalizar la guerra de 1948, los sionistas controlaban el 78% de la Palestina histórica.
En su diario, Moshe Sharett- primer ministro israelí en los años 1950- admitía que los dirigentes políticos y militares israelíes nunca creyeron en la existencia de un peligro árabe para Israel. Por el contrario, Israel procuró provocar conflictos con los Estados árabes, que los dirigentes sionistas estaban seguros de ganar, de manera que Israel pudiera desestabilizar a los gobiernos árabes y ocupar más territorios. El objetivo de Israel ha sido "desunir al mundo árabe, hacer fracasar los movimientos nacionalistas árabes, establecer en la región gobiernos títere dominados por Israel" y "modificar radicalmente el equilibrio de fuerzas en la zona, convirtiendo a Israel en la principal potencia de Oriente Próximo."
Cuando se creó Israel, en Estados Unidos hubo cierta preocupación ante la idea de que pudiera caer en la órbita de los soviéticos pero, enseguida, (el Estado judío) se decantó hacia las potencias occidentales más ricas. En los años 50 y principios de los 60, Israel se sintió más cercana de Francia, que en aquella época llevaba a cabo sus sangrientas guerras coloniales en Vietnam y Argelia. Pero, con el auge del nacionalismo árabe que se oponía al dominio colonial de la región, Estados Unidos empezó a considerar a Israel como un aliado crucial. Un documento del Consejo Nacional de Seguridad del año 1958, recomendaba que Washington "apoyara a Israel como la única potencia pro-occidental que quedaba en Oriente Próximo."
La guerra de los Seis Días de 1967, en la que Israel derrotó con facilidad a sus vecinos árabes y conquistó más territorios de la zona, incluidos la franja de Gaza y Cisjordania, fue el punto de inflexión para Estados Unidos. A principios de los 70, la ayuda económica y militar estadounidense se disparó, alcanzando desde entonces, en una estimación conservadora, casi los 100.000 millones de dólares. Alrededor de un tercio del total del presupuesto para ayuda exterior estadounidense se dirige a un país económicamente avanzado con sólo seis millones de habitantes. Gracias a ello, Israel tiene el mayor gasto militar per cápita del mundo y posee la más avanzada tecnología bélica. Es también la única potencia nuclear de Oriente Próximo.
La importancia de esta inversión la exponía el senador demócrata de derechas, Henry "Scoop" Jackson en 1973, al señalar que Israel había "servido para contener y neutralizar a los elementos irresponsables y radicales de algunos Estados árabes que, si hubieran sido libres para hacerlo, habrían supuesto una seria amenaza para nuestras principales fuentes de petróleo en el golfo Pérsico." El antiguo Secretario de Estado, Alexander Haig, se dice que llamaba a Israel "el mayor portaviones estadounidense del mundo." Más recientemente, el analista israelí Yoram Ettinger decía que "sin Israel, Estados Unidos se hubiera visto obligado a desplegar decenas de miles de soldados en la cuenca oriental del Mediterráneo con un coste anual de miles de millones de dólares." A cambio de ello, Estados Unidos ha apoyado la represión israelí de los palestinos y sus frecuentes ataques contra sus vecinos, incluidos la invasión de 1982 y la ocupación de Líbano que ocasionaron 20.000 muertos.
Pero Israel no sólo ha defendido los intereses del imperialismo estadounidense en Oriente Próximo. Como subraya Lance Selfa, durante el sigo pasado "todas las represivas dictaduras pro-estadounidenses del mundo han recibido alguna clase de ayuda, pública o secreta, de Israel", incluidas la Sudáfrica del apartheid, todos los regímenes militares asesinos de Latinoamérica y la dictadura de Suharto en Indonesia durante su ocupación genocida de Timor Oriental. Washington "canalizó armas y ayuda a través de Israel cuando quiso esquivar las prohibiciones del Congreso sobre las ayudas a gobiernos represivos". Este historial refuta la idea, extendida entre cierta parte de la izquierda, de que el apoyo estadounidense a Israel se debe al lobby pro-israelí de Washington. La realidad es que las elites políticas y económicas respaldan a Israel porque consideran que es la manera de promover sus propios intereses.
El que las actuales agresiones estadounidenses e israelíes consigan o no alcanzar los objetivos de Tel Aviv y Washington, es otra cuestión. En pocos días del ataque contra Líbano quedó claro que Hezbollah era un enemigo mucho más temible de lo que el gobierno Olmert esperaba y que la guerra aumentaba el apoyo a Hezbollah. El peligro reside en que el fracaso en Líbano pueda llevar a Olmert y Bush a extender más aún el conflicto, con las terribles consecuencias que podrían derivarse. El único camino para alcanzar una paz y estabilidad verdaderas es oponerse a que Washington siga apoyando la violencia de Israel, y promover la justicia para el largo sufrimiento de los pueblos palestino y libanés.
Phil Gasper es profesor en la universidad Notre Dame de Namur en California. Es el editor de The Communist Manifesto: A Roadmap to History"s Most Important Political Document (Haymarket Books, 2005). Ha colaborado en The Struggle for Palestine (Haymarket Books, 2002) y en The Encyclopedia of the Israeli-Palestinian Conflict (Lynne Reinner, de próxima aparición).
"http://www.isreview.org/issues/49/criticalthinking49.shtml" target="_blank">International Socialist Review, septiembre-octubre 2006







