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23/11/2021 :: Mundo, Brasil

Marini recargado

x Gil Felix
Mucho antes de que se hablara del «precariado», el marxista brasileño Ruy Mauro Marini ya había asentado las bases para comprender la degradación de las condiciones laborales

Las transformaciones en el mundo laboral, especialmente después de las crisis capitalistas globales de la década de 1970 y de 2008, introdujeron importantes procesos de cambio en las formaciones sociales centrales y dependientes. Un proceso cada vez más extendido de precariedad laboral confundió y complejizó ambas crisis, abriendo un período de reevaluación de las teorías formuladas a lo largo del siglo XX.

Los cambios en lo que antes se asociaba a las condiciones de trabajo «estables» y «fijas» (que han caracterizado a una fracción considerable de las economías centrales) han motivado nuevas propuestas teóricas para los estudios laborales. La erosión de una condición laboral previamente asociada con el fordismo, por ejemplo, motivó enfoques sobre un «retorno de la superexplotación», la «crisis de la sociedad asalariada» o, más recientemente, el surgimiento de una «nueva clase social» que supuestamente se vuelven globales.

Sin embargo, ¿es posible considerar tales procesos en términos globales? ¿En qué medida estos procesos implican cambios en las formaciones sociales periféricas del capitalismo, donde un inmenso ejército industrial de reserva y las precarias condiciones de trabajo y subsistencia son una realidad permanente para la clase trabajadora? ¿Hasta qué punto tales transformaciones no se están pensando solo desde las formaciones centrales del capitalismo, tomando como parámetro, por ejemplo, los efectos del desmantelamiento del Estado de Bienestar? En este caso, ¿cómo pensar tales transformaciones en la clase trabajadora global desde una perspectiva teórica latinoamericana?

En los países dependientes en los que esas condiciones laborales englobaban estadísticamente solo a una pequeña fracción del proletariado, también se ha analizado el proceso de transformación provocado por el advenimiento de la llamada acumulación flexible de capital. Sin embargo, debido a un sesgo ideológico burgués --derivado de cierta mitología de la historia apologética del desarrollo del capitalismo--, las formaciones sociales dependientes tuvieron menos importancia teórica y sus especificidades fueron a menudo pensadas como «remanentes» de una historia universal, en proceso de obsolescencia o de extinción total. Como procesos ya superados en los países centrales y, por tanto, en camino--tarde o temprano-- hacia la superación también en las periferias.

Hoy en día, las formaciones sociales dependientes, que antes se consideraban de poca importancia empírica y teórica, pueden ser un buen punto de referencia, tener una perspectiva mejorada y contar con un mayor poder explicativo para el análisis de los procesos sociales globales concretos.

Las epistemologías comprometidas con perspectivas que pretenden superar la condición de dependencia a través de la introducción de una mayor productividad laboral capitalista han perdido poder explicativo frente a las condiciones de vida y trabajo que se presentan en los países dependientes (que se están industrializando en el siglo XXI, o que han sido industrializados a lo largo del siglo XX). Del mismo modo, los argumentos teleológicos basados en estudios que privilegian analíticamente al capitalismo avanzado de forma desconectada y/o atemporal de las formaciones dependientes también se van vaciando cada vez más ante el declive de las condiciones de vida y de trabajo en los propios países imperialistas. Para quienes han adoptado esta perspectiva, el sentido de modernidad, por lo tanto, parece estar al revés: más en la «periferia» que en el «centro» del capitalismo.

En este sentido, ante un marco de deterioro, fragmentación o incluso degradación de las condiciones de vida y de trabajo de los trabajadores en las últimas décadas, algunos autores han recurrido a teorías previamente pensadas en el ámbito de las ciencias sociales latinoamericanas, las cuales, particularmente a partir de la década de 1960 y asociadas a partidos y movimientos revolucionarios, propusieron interpretaciones originales para entender las formaciones sociales de sus propios países de manera crítica hacia epistemologías dogmáticas, eurocéntricas y/o no sistémicas del capitalismo global. Este fue el caso de quienes se sumaron al debate de la dependencia, en particular, el brasileño Ruy Mauro Marini (1932-1997).

Junto con otros pensadores heréticos en el campo del marxismo, del socialismo revolucionario latinoamericano y no occidental, cabe destacar la démarche metodológica de Marini. A partir de una lectura epistemológicamente atenta y rigurosa de la crítica de Marx a la economía política en torno a la esfera de circulación en el modo de producción capitalista, y teniendo como objeto el proceso histórico de la formación social latinoamericana, Marini se referencia fundamentalmente en la premisa de la unidad dialéctica de la producción y la circulación. Esto está presente en sus obras, particularmente, de la época en que el autor profundiza en los estudios de El capital, en la década de 1960, aunque también es apreciable en sus tesis sobre los fundamentos de la dependencia y la división internacional del trabajo tras la globalización.

La implicación más clara de esta premisa está en el análisis que demarca la especificidad de las formaciones latinoamericanas y la reproducción del ciclo del capital en las economías dependientes, entendiéndolas no como expresiones atemporales del capitalismo foráneo, sino como contemporáneas y sistémicas en relación al tiempo histórico y al modo de producción capitalista global. Por tanto, critica la ideología desarrollista que --por ejemplo, en América Latina-- importó un modelo narrativo eurocéntrico de la formación histórica en los países centrales o avanzados.

Hoy en día, esta perspectiva se considera errónea tanto para la comprensión de los procesos históricos de formación latinoamericana, africana y asiática, como para comprender los procesos históricos de los propios países centrales, que fueron tomados de manera generalizada. La deconstrucción científica de estas ideas fue posible precisamente cuando, en Dialéctica de la dependencia (1973) y otros escritos del mismo período, Marini dimensionó teóricamente la esfera de la circulación y propuso la idea de omnipresencia del mercado global:

Es por lo que, más que un precapitalismo, lo que se tiene es un capitalismo sui generis que sólo cobra sentido si lo contemplamos en la perspectiva del sistema en su conjunto, tanto a nivel nacional como, y principalmente, a nivel internacional.

Otra implicación menos explícita de esta démarche, aunque también claramente comprendida en el marco teórico de lo que el autor eventualmente denominó «teoría marxista de la dependencia», es la indicación contraria a las tesis del fin de la centralidad del trabajo en la vida social (presentadas a partir de la década de 1970 en centros de investigación europeos y americanos). Tales tesis, contrariamente a lo que proponía Marini, se basaban en una narrativa eurocéntrica. Por tanto, una tercera implicación de esta démarche se sitúa en una comprensión teórica no eurocéntrica de las transformaciones recientes en el mundo del trabajo y la condición proletaria contemporánea que proviene de estas transformaciones. Aunque en un estado preliminar e hipotético, Marini indicó algunas pistas en sus escritos finales, tales como:

(...) se generaliza a todo el sistema, incluso los centros avanzados, lo que era un rasgo distintivo --aunque no privativo-- de la economía dependiente: la superexplotación generalizada del trabajo. Su consecuencia --que era su causa-- es la de hacer crecer la masa de trabajadores excedentes y agudizar su pauperización, en el momento mismo en que el desarrollo de las fuerzas productivas abre perspectivas ilimitadas de bienestar material y espiritual a los pueblos.

No es casualidad que el concepto de superexplotación del trabajo, al que Marini atribuyó especificidad estructural al capitalismo dependiente, sea central para entender lo que se llama trabajo precario y, de manera más amplia, para comprender los procesos de precariedad en la vida y trabajo en el siglo XXI.

Es en este sentido que afirmaciones como «retorno de la superexplotación» (en el sentido de que estaría extinta y/o en extinción, etc.), «fin de la sociedad asalariada» o, como se ha propuesto más recientemente, «nueva clase social», representan un eurocentrismo curioso para quienes, desde entornos dependientes o periféricos, necesariamente tuvieron siempre que aprehender el sistema en su conjunto para comprender qué sustentaba estructuralmente el aparente «atraso» capitalista o la composición socialmente «heterogénea» del proletariado:

(...) la superexplotación no corresponde a una supervivencia de modos primitivos de acumulación de capital, sino que es inherente a ésta y crece correlativamente al desarrollo de la fuerza productiva del trabajo; suponer lo contrario equivale a admitir que el capitalismo, a medida que se aproxima de su modelo puro, se convierte en un sistema cada vez menos explotativo y lograr reunir las condiciones para solucionar indefinidamente sus contradicciones internas.

El legado de las contribuciones de Marini, a diferencia de lo señalado por sus críticos en la década de 1970, no solo es históricamente interesante, sino también teóricamente relevante para pensar nuestro presente.

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