EE.UU. :: 23/02/2014
Martin Scorsese y el camino que condujo a 'El lobo de Wall Street'
Habría que ver si hay tantas diferencias entre la tribu mafiosa ('Uno de los nuestros') y la financiera. En Wall Street no te matan, te hunden para siempre

“Habría que ver si hay tantas diferencias entre una tribu y otra”, dice Martin Scorsese, comparando a sus legendarios mafiosos de 'Buenos muchachos' ('Uno de los nuestros' en España, 1988) y 'Casino' (1995) con los agentes financieros de 'El lobo de Wall Street'. Desde su estreno estadounidense, en la pasada Navidad, el opus 23 de Scorsese en el cine de ficción viene siendo abundantemente comparado, no sin razón, con aquellos clásicos de su filmografía. Los puntos de contacto van de lo temático a lo moral, sin dejar atrás cuestiones de forma, estilo y narración.
De todo eso habla el director de 'Taxi Driver' en la entrevista que sigue, arriesgando incluso que tal vez se trate de una trilogía. De lo que no hay duda es que 'El lobo de Wall Street', con sus escenas de orgías descomunales, excesos de todo tipo y propulsión a la cocaína por parte de sus aceleradísimos personajes, es la más desaforada, extrema y feroz de las tres, aunque no por ello alejada de la realidad.
El lobo del que se habla es Jordan Belfort, en cuyo libro de memorias se basa el guión. Publicado a fines de los años ’90, 'The Wolf of Wall Street' narra la historia real de Belfort, todo un icono de la ambición de enriquecerse, que ascendió desde la condición de modesto agente financiero a dueño de una firma en la que la falta de escrúpulos se celebraba con champán, descorche y mujeres. Recibida como la mejor película de Scorsese en vaya a saber cuánto tiempo.
–¿Cuándo llegó a sus manos el libro de Jordan Belfort?
–En algún momento de la década pasada. Alguien me lo alcanzó. El tema es que en esos casos, cuando me vinculo con algún material no por iniciativa propia sino a través de terceros, me lleva un tiempo hacerlo mío. Necesito encontrar mi punto de vista personal con respecto a la historia, y eso me lleva a veces muchos años. Con 'El rey de la comedia', por ejemplo, pasaron diez años desde el momento en que leí el guión por primera vez hasta que sentí que estaba en condiciones de filmarla. 'El toro salvaje', seis o siete años.
–¿Y en este caso?
–Lo que pasó es que en el momento en que decidí filmarla, después del estreno de 'Los infiltrados', no encontré apoyo de ningún estudio para hacerla. Cuando pasa eso hay que empezar a dar pelea para conseguir apoyo, y esa pelea es siempre larga y dura, ya que hay que encontrar puntos de contacto entre lo que uno quiere contar y los intereses de los estudios.
–¿Está de acuerdo en que la historia, el arco dramático, ciertos aspectos de la técnica narrativa de 'El lobo de Wall Street' recuerdan mucho a 'Buenos muchachos' y 'Casino'?
–Es posible. Esta intenta ser también, como aquéllas, una mirada al corazón de los Estados Unidos. Y también a la naturaleza humana: la ambición, la sed de poder, el deseo de conquistar todo lo que haya por conquistar no son exclusivas de los Estados Unidos. Lo que intenté hacer fue llevarla más lejos, empujarlas más en términos de estilo, de salvajismo, de locura. Tal vez se trate de una trilogía, no lo tengo claro.
–La diferencia en tal caso es que cambió de “fauna”. De la ecología mafiosa pasó a la financiera.
–Habría que ver si hay tantas diferencias entre una tribu y otra... En Wall Street no te matan, te hunden para siempre. La violencia es la misma. Me refiero al grado de violencia, no al modo en que se manifiesta. En lugar de ejecuciones estrategias para engañar incautos.
–La película es también muy violenta en términos de forma.
–Sin embargo fíjese que no hay movimientos de cámara muy complicados. Al final, cuando cada personaje encuentra su destino, la puesta es muy simple, con encuadres muy sencillos. Es casi teatral.
–Pero tiene una adrenalina, una velocidad, una crudeza en los diálogos, que la hacen violenta.
–Tenía que ser necesariamente así, ya que los personajes están movidos por un grado de ambición y competitividad extremadamente agresivo. Traté de que la forma se adaptara al contenido.
–La música, una vez más a cargo de Robbie Robertson, mantiene altas las pulsaciones.
–Puede ser. Usé la música como suelo hacerlo: para mantener un ritmo sostenido y también para dosificar intensidades.
–Otra coincidencia con 'Buenos muchachos' es que toda esa selva financiera produce tanto rechazo como fascinación.
–Es que no es posible relacionarse con protagonistas que sean seres repulsivos y nada más. En ese caso el espectador mantiene la distancia, no los relaciona consigo mismo. Los ve como monstruos y eso es tranquilizador, ya que puede depositarse en ellos todo lo negativo, mientras que nosotros, los que estamos de este lado, somos los buenos, los normales. A mí me interesa poner al espectador en la situación contraria: la de que ese mundo lo fascine lo suficiente como para querer ser parte de él. De ese modo, cuando ese orden se da vuelta el espectador se ve obligado a replantearse qué lo hizo querer estar en ese lugar.
–Usted agudiza la identificación entre espectador y protagonista mediante el relato en primera persona, tal como sucedía en 'Buenos muchachos'. Aquí incluso el protagonista se dirige al espectador en forma directa en dos o tres ocasiones, rompiendo lo que se conoce como “cuarta pared”.
–Exactamente. Esa es la intención del relato en primera persona, y de esos monólogos a cámara: implicar al espectador en forma directa con la moral del personaje.
Traducción, edición e introducción: Horacio Bernades. Página 12. Extractdo por La Haine
–Es posible. Esta intenta ser también, como aquéllas, una mirada al corazón de los Estados Unidos. Y también a la naturaleza humana: la ambición, la sed de poder, el deseo de conquistar todo lo que haya por conquistar no son exclusivas de los Estados Unidos. Lo que intenté hacer fue llevarla más lejos, empujarlas más en términos de estilo, de salvajismo, de locura. Tal vez se trate de una trilogía, no lo tengo claro.
–La diferencia en tal caso es que cambió de “fauna”. De la ecología mafiosa pasó a la financiera.
–Habría que ver si hay tantas diferencias entre una tribu y otra... En Wall Street no te matan, te hunden para siempre. La violencia es la misma. Me refiero al grado de violencia, no al modo en que se manifiesta. En lugar de ejecuciones estrategias para engañar incautos.
–La película es también muy violenta en términos de forma.
–Sin embargo fíjese que no hay movimientos de cámara muy complicados. Al final, cuando cada personaje encuentra su destino, la puesta es muy simple, con encuadres muy sencillos. Es casi teatral.
–Pero tiene una adrenalina, una velocidad, una crudeza en los diálogos, que la hacen violenta.
–Tenía que ser necesariamente así, ya que los personajes están movidos por un grado de ambición y competitividad extremadamente agresivo. Traté de que la forma se adaptara al contenido.
–La música, una vez más a cargo de Robbie Robertson, mantiene altas las pulsaciones.
–Puede ser. Usé la música como suelo hacerlo: para mantener un ritmo sostenido y también para dosificar intensidades.
–Otra coincidencia con 'Buenos muchachos' es que toda esa selva financiera produce tanto rechazo como fascinación.
–Es que no es posible relacionarse con protagonistas que sean seres repulsivos y nada más. En ese caso el espectador mantiene la distancia, no los relaciona consigo mismo. Los ve como monstruos y eso es tranquilizador, ya que puede depositarse en ellos todo lo negativo, mientras que nosotros, los que estamos de este lado, somos los buenos, los normales. A mí me interesa poner al espectador en la situación contraria: la de que ese mundo lo fascine lo suficiente como para querer ser parte de él. De ese modo, cuando ese orden se da vuelta el espectador se ve obligado a replantearse qué lo hizo querer estar en ese lugar.
–Usted agudiza la identificación entre espectador y protagonista mediante el relato en primera persona, tal como sucedía en 'Buenos muchachos'. Aquí incluso el protagonista se dirige al espectador en forma directa en dos o tres ocasiones, rompiendo lo que se conoce como “cuarta pared”.
–Exactamente. Esa es la intención del relato en primera persona, y de esos monólogos a cámara: implicar al espectador en forma directa con la moral del personaje.
Traducción, edición e introducción: Horacio Bernades. Página 12. Extractdo por La Haine






