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08/09/2018 :: Mundo, Anti Patriarcado

Ninguna regla, todas las reglas

x Página 12
Una sangre que me convertía simbólicamente en mujer y, paradójicamente, debía ocultar para poder ser considerada femenina

Experiencia ocultada, silenciada y, sobre todo, ignorada desde el principio de los tiempos, la menstruación se abordó siempre como el hecho maldito o al menos molesto al que debía separarse de los cuerpos para disciplinar el sufrimiento, el vaivén emocional de los ciclos hormonales y, sobre todo, para esconder los fluidos que ponen en juego otras facetas de la sexualidad, más allá del horizonte reproductivo. Menstruar, entendido como artefacto socio-histórico, como una herramienta capaz de deconstruir el terreno de lo privado para revelarse como un factor de poder feminista o de desigualdad de género. Porque los modos de entender la menstruación también pueden traducirse en políticas públicas.

“Nadie se da cuenta porque ni vos te das cuenta”: así rezaba el eslogan de la marca más vendida de tampones en el país hace unos años y, de paso, establecía, proponiéndoselo o no, el ideal de toda una sociedad sobre la menstruación. Que no se vea, que no se toque, que no se huela. Que nadie se dé cuenta, ni siquiera el propio cuerpo menstruante, como si eso fuera posible. La menstruación ideal es incolora e indolora, te permite seguir con tus actividades como si nada. Y si acaso tu cuerpo se tratara de rebelar contra esa magia del “nadie se da cuenta”, que te podría dejar improductivx y marginarte por unos días, hay una batería de productos en el mercado que acuden en tu auxilio: toallitas superfinas, nocturnas, con y sin alas, aloe, manzanilla, tampones, copas, hasta bombachas menstruales y analgésicos en cápsulas o en comprimidos, que, por lo general, no son más que ibuprofeno y cafeína teñidos de colores “femeninos” y acompañados de partículas como “eva” o “fem”. Eso sí, aunque nadie se dé cuenta porque ni vos te das cuenta, es posible que con relativa frecuencia, y ante un tono de voz un poco más elevado del que te enseñaron a usar, alguien te increpe: “¿Qué te pasa? ¿Te vino?”.

Suprema debilidad de los cuerpos menstruantes, a los que se provee de tecnologías cada vez más perfectas para disimularse, pero igual, en el momento menos pensado, estallan. Imaginada como un desborde, como una pérdida de control y una caída en desgracia del cuerpo socialmente considerado como femenino que debe repararse (aunque también menstrúan los varones trans), la menstruación recién está empezando a salir del clóset. Algo parecido a lo que sucede con el aborto, la maternidad y la mayor parte de la sexualidad de las mujeres o cuerpos menstruantes y gestantes, y, precisamente, la parte que está excluida de una sexualidad formateada según el deseo masculino. Élise Thiébaut, autora de Mi sangre, publicado por Hekht, lo dice de otro modo y con más energía: “Porque la regla es objeto de un tabú, las mujeres padecen una forma de opresión que ningún hombre conocerá jamás”. Por ejemplo, que se desacredite lo que expresan, atribuyendo sus opiniones a un impulso de mala onda pasajero. O que algunos trastornos dolorosos y crónicos relacionados con la menstruación, como la endometriosis, reciban poca atención y, muchas veces, ni siquiera se diagnostiquen. O que sepamos bastante poco de esto que nos pasa por el cuerpo una vez por mes, envueltxs en una maraña de mitos, información incompleta y prejuicios.

En esa contradicción estamos: de eso no se habla y hay que preguntarse a quién beneficia y a quién perjudica ese silencio. Porque a la distancia entre la menstruación ideal de las campañas publicitarias y el espectáculo de nuestros sangrados estallando en el baño la conocemos lxs que menstruamos desde la primera vez, y no hubo nunca posibilidad de que “no nos diéramos cuenta”. Eso sí, aprendimos a hacer como que no. No vamos por la vida contándole a medio mundo que hoy me vino, que hoy me duele, que, esta vez, fue un alivio. Y si necesitamos una toallita, un tampón, lo pedimos por lo bajo y entre susurros, en el mismo tono secreto con que se nos enseñó a hablar de todo lo que pasa en nuestros cuerpos “diferentes”. No es casual, en ese sentido, que precisamente ahora que las mujeres, lesbianas, varones trans, estamos levantando la voz para decir públicamente lo que no se podía, salgan a la luz, uno detrás de otro, varios libros que proponen a la menstruación como tema de discusión y conocimiento desde la convicción de que será tan vieja como el mundo, pero, hasta ahora, la verdad, es poco lo que se dijo al respecto.

¿Por qué hablar de la menstruación? En general, es un tema que se da por sentado, está ahí, nos toca a todxs los cuerpos menstruantes, pero nos arreglamos solxs y en silencio. A lo sumo, le decimos “Me duele” a algún amigx. Cada unx habrá tenido su propia experiencia con la primera menstruación, la habrá recibido con más o menos entusiasmo, más o menos fastidio. Pero de lo que no caben dudas es que, desde el principio, allá a la salida de la infancia, se nos enseñó a ocultarla como si nuestra vida dependiera de ello. La pesadilla máxima era que todo el mundo se enterara. El infierno era mancharse un día en la escuela, en la pileta, en una fiesta, y no tener con qué tapar la mancha, una fantasía que hasta adoptó ribetes terroríficos en la escena más famosa de Carrie (1976), de Brian de Palma, esa donde la sangre fluye ante los ojos de la protagonista como si llevara un asesinato escondido entre las piernas y todas las chicas malas de la escuela se le ríen en la cara.

“Ocultar la menstruación tiene mucho de literal”, plantea Agostina Mileo en Que la ciencia te acompañe: A luchar por tus derechos, publicado este año por Penguin Random House bajo el sello Debate. “Por un lado, borrarla de entre las palabras que está bien visto decir –de la literatura en sentido estricto– y, por otro, borrarla de lo que se puede mostrar. El espacio público de ninguna manera puede ser habitado por un cuerpo que evidencia estar menstruando.” Pero, de nuevo según Mileo, no se puede conocer algo de lo que no se habla: es tan simple como eso. Y, más importante todavía, no se puede producir conocimiento sobre algo de lo que no se habla públicamente. El panorama está cambiando en todo el mundo al ritmo del movimiento de mujeres y, así como aborto, partos, crianza, están dejando de ser algo de lo que hablamos en el rincón al que hace rato nos mandaron, la menstruación también tiene su parte. Tres libros publicados en el lapso de pocos meses, investigaciones que llevan la firma de mujeres procedentes de distintas disciplinas, encaran el tema y dan cuenta de la voluntad de hacer de ella un asunto público.

Mi cuerpo, mi sangre

Pero, ¿por qué falta conocimiento de carácter público sobre la menstruación? ¿Por qué hasta a las mujeres, muchas veces, nos parece que no hay mucho que decir ni pensar al respecto? Agostina Mileo, comunicadora científica, parte de esa pregunta en su capítulo sobre menstruación de Que la ciencia te acompañe y plantea a este aspecto de la sexualidad como un terreno en el que se pone de manifiesto que el conocimiento científico privilegia ciertos temas mientras relega otros y, en ese movimiento, valora a ciertos sujetos por sobre otros. Adivinen a cuáles. “En nuestra organización social, subyace la idea de una superioridad masculina”, explica Mileo. “Que los varones son mejores que las mujeres es un axioma que se traslada a todos las esferas de nuestras interacciones humanas. En filosofía de la ciencia, hablamos de que el sujeto neutro y universal es el varón blanco heterosexual, ya que cualquier cambio en esas variables es estudiado como una excepción. Este sujeto, al considerarse la norma, es también el hegemónico, el aspiracional. Y todo lo que se desvíe de ese cuerpo, de ese sujeto, tiene connotaciones negativas. La menstruación es, sin dudas, un elemento de diferenciación de este cuerpo ideal y, por eso, las prácticas relacionadas con menstruar tienen que ver con una performance de los cuerpos menstruales para imitar los a-menstruales.”

El manto de silencio que recubre desde siempre la menstruación hace que parezca desdeñable la experiencia de sangrar y vivir en un cuerpo que tiene su propio ritmo; por algo, “la primera vez” como hito fundamental en la vida de las mujeres designa al primer intercambio sexual con un varón y nunca la primera vez que una chica se masturba, o la primera vez que descubre en la bombacha esa mancha que se le enseña a considerar importante –algo así como un rito de pasaje– y despreciar al mismo tiempo. Así lo describe la psicóloga Eugenia Tarzibachi en Cosa de mujeres. Menstruación, género y poder, en cuyo prólogo relata su propia experiencia como cuerpo menstruante: “El libro se abre con mi experiencia de la primera menstruación, la violencia que sentí en el mandato de “tener que hacerme señorita” a partir de un sangrado involuntario. Una sangre que me convertía simbólicamente en mujer y, paradójicamente, debía ocultar para poder ser considerada femenina. Así recorté la alienación y desmentida a la que la cultura somete a las personas que habitan cuerpos de biomujeres. Se nos propone un posicionamiento en contra del cuerpo, a la vez que se esencializa la condición de mujer a partir de la materialidad del cuerpo.”

Ese compromiso entre cuerpo y conocimiento que se verifica en el prólogo de Cosas de mujeres también está en Mi sangre, de la periodista francesa Elise Thiébaut, y en Que la ciencia te acompañe, de Agostina Mileo. Se trata de un factor común que atraviesa tres libros muy distintos, porque, mientras que Cosas de mujeres plantea un recorrido conceptual de perfil más bien académico por el modo en que se constituye género a partir de la menstruación, o cómo nuestra cultura construyó una narrativa de la menstruación vinculada con cambios históricos en la disponibilidad de las mujeres para reproducirse o para incorporarse en el sistema laboral a la par de los varones, Thiébaut propone una deriva más personal y ensayística entre su propia historia y los distintos mitos, figuraciones y significados tejidos alrededor de la menstruación a lo largo de la historia, en la que, la mayor parte de las veces, fueron varones los que se atribuyeron la autoridad para establecer qué era y qué significaba menstruar. De hecho, el subtítulo del libro apunta con humor y un dejo de ironía al juego de palabras que habilita la palabra “regla”, también usada para nombrar a la menstruación: “Pequeña historia de las reglas, de aquellas que las tienen y de aquellos que las hacen”.

Como la historia de la menstruación (la poquísima que hay) nos es ajena, las tres autoras están de acuerdo en que, como señala Agostina Mileo, se necesitan personas que menstrúen para producir conocimiento al respecto: “Si la menstruación está velada por un manto de silencio tanto literal (no se habla) como material (no se ve), es esperable que la experiencia de menstruar sea significativa a la hora de pensar a quiénes les podría interesar. Podemos suponer que la reflexión acerca de la menstruación es más probable entre quienes menstrúan, que el contacto con el fluido y con las sensaciones corporales será un promotor eficiente para alentar la curiosidad al respecto y subvertir las estructuras represivas que la rodean”.

Asunto de Estado

Pero en éste como en otros temas que hoy ocupan la agenda feminista, la transformación personal y las conquistas individuales pesan menos que lo público y colectivo. Arrinconada entre el ámbito privado, el mercado que tiene casi el monopolio de su representación y un estado ausente, la menstruación articula contradicciones y desigualdades que tanto Eugenia Tarzibachi como Agostina Mileo y Élise Thiébaut ponen de manifiesto. Porque así como nos bombardean con imágenes de chicas hermosas que menstrúan “bien” (no se les nota, no se hacen historia, no dejan de estar disponibles para trabajo, varones y otras tareas), apenas se nos enseña a preguntarnos, por ejemplo, qué nos ponemos entre las piernas. ¿De qué están hechas las toallitas y los tampones? ¿Qué consecuencias, a largo plazo, puede tener el contacto de esos componentes con la mucosa vaginal? ¿Y por qué, durante toda nuestra vida fértil, tenemos que pagar para menstruar sin que “nadie se dé cuenta”? ¿Qué pasa con lxs que no pueden pagar?

De estos y otros temas se ocupa Thiébaut, que en Mi sangre hace, por ejemplo, un recorrido desde los antiguos trapos con que las mujeres recogían la sangre menstrual hasta las modernas toallitas, pasando por los tampones que, si bien existen desde principios del siglo XX, tardaron en imponerse y publicitarse porque no era bien visto que las mujeres se metieran los dedos en la vagina (y el clásico aplicador, ya casi extinto, no respondía tanto a una cuestión de comodidad como a evitar ese contacto demasiado cercano con el propio cuerpo). Pero, hasta el día de hoy, señala Thiébaut, lo que hay en las toallitas y tampones es un misterio, porque se trata de productos que, en la mayoría de los países, no están sometidos a la misma legislación que los cosméticos –destinados al contacto directo con la piel– y, por lo tanto, no es obligatorio especificar sus componentes de modo visible para lxs consumidorxs (en Argentina sí aparecen especificados y puede verse que son mayormente derivados del plástico). La copa menstrual se difundió en los últimos años como alternativa más económica y ecológica, que también propone otro modo de relacionarse con la propia sangre. Lo que pasa, según Agostina Mileo, es que su difusión es lenta y, por ahora, se da entre personas de clase media y media-alta que no solo tienen a su alcance información sobre este nuevo producto, sino que, ante las necesidades básicas resueltas, se preocupan, por ejemplo, de consumir productos que no dañen el medio ambiente.

Para Eugenia Tarzibachi, cuyo libro fue declarado de interés por la Legislatura porteña, la paradoja es que estas tecnologías, que se identificaron como medios de liberación femenina, también instalaron la noción de que nuestros cuerpos defectuosos las necesitan para reparar el defecto intrínseco que significa ser un cuerpo menstruante. Si, por un lado, estos productos de gestión menstrual aumentaron la productividad de las mujeres como trabajadoras y consumidoras, por el otro, se “enmascaró mejor el cuerpo menstrual bajo la idea de la liberación femenina por medio de la democratización del uso de estos productos industriales, se ocultó y perpetuó la carga estigmatizante que aún posee el cuerpo menstrual ante las miradas ajenas”. No solo eso, sino que, así como menstruar, según analiza Tarzibachi, se tomó como uno de los rasgos más importantes que constituyen género, también aparecieron la vergüenza y la insoslayable materialidad asociadas a los cuerpos que se consideran femeninos, a los que se representa como más cerca de la naturaleza.

Pintura de Sarah Maple: “Menstruate with pride”

Así, separadxs de nuestros propios cuerpos, a las mujeres y personas menstruantes se nos bloqueó la posibilidad de dar valor a la experiencia de menstruar, de compartirla, de revisar cómo desde el comienzo de la vida fértil se nos enseñó a pensar nuestra sexualidad en el horizonte de la reproducción y la maternidad, o cómo se nos sigue indicando de mil maneras que el vaivén emocional propio de nuestros ciclos hormonales no es algo a conocer y capitalizar, sino que debe, sobre todo, ser ignorado: conocernos y reconocernos, para una cultura en la que la menstruación es un malestar pasajero que hay que atravesar con la mayor comodidad e indiferencia posible, es una asunto de bajísima importancia.

Como también lo es la idea de que menstruar es un asunto político. “Un sangrado”, como lo describe Tarzibachi, “que le ocurre a la mitad de la humanidad, todos los meses, por un promedio de 39 años. Un proceso fisiológico que fue y es construido aún como algo íntimo, privado y, sin embargo, es profundamente social, cultural, político.” La autora de Cosa de mujeres tiene muchas razones para afirmarlo: porque la vergüenza con que se nos enseñó a vivir la menstruación es una construcción socio-histórica. Porque, además de estigmatizarla, se la confinó al terreno de lo privado y, entonces, parece natural que paguemos por los productos de gestión menstrual como si fueran artículos de lujo en vez de productos de primera necesidad, en lo que constituye el eje tal vez más trillado de trabajo sobre la menstruación como factor de desigualdad de género. Porque estuvo tan bien oculta que incluso la investigación feminista la desatendió por décadas. Y porque el modo en que se entiende la menstruación se traduce en políticas públicas o en la falta de ellas.

Así lo entiende también el colectivo Economía Femini(s)ta, que el 8 de marzo de 2017, en ocasión del Paro Internacional de Mujeres, inició la campaña #MenstruAcción, con el fin de visibilizar que menstruar es un factor de desigualdad. A través de la difusión de estadísticas y estudios que muestran los efectos en la salud, la educación y el ambiente, se sumó la gestión menstrual a los reclamos de intervención del Estado para garantizar la equidad de género. Y lo primero que se exige, en paralelo a lo que ocurre con los abortos clandestinos, es que haya datos, cifras, conocimiento concreto sobre el impacto de la menstruación y los productos de gestión menstrual en la vida de las mujeres. “El tema nunca fue abordado desde el Estado”, explica Agostina Mileo. “No tenemos ningún indicador básico que podamos cruzar con datos oficiales sobre menstruación. Por ejemplo, no saber cuáles son los efectos de la exposición química a largo plazo por vía vaginal por el uso de tampones y toallitas es un problema mundial. Ahora bien, si supiéramos, por ejemplo, qué métodos de gestión menstrual se usan, podríamos cruzar este dato con indicadores de salud y ver si existe alguna correlación para justificar una investigación más exhaustiva.

Tampoco sabemos cuánta gente falta a la escuela durante la menstruación o cuál es el gasto público en el sector salud por atender complicaciones derivadas de prácticas poco sanitarias (por ejemplo, infecciones por usar paños sucios).” Este año, la campaña #MenstruAcción busca impulsar el tratamiento en comisiones de los once proyectos ya presentados en el Congreso y continuar con los talleres en escuelas y barrios, centrándose, principalmente, en la capacitación docente para un enfoque del tema acorde a la ESI. Entre los reclamos elevados, figuran la quita del IVA para productos de gestión menstrual, provisión gratuita en espacios comunitarios, investigación y datos que permitan corroborar los efectos de la falta de acceso a este tipo de productos.

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