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Mundo :: 11/02/2006

Paraguay: Porqué no somos pacifistas

Julio Recalde
Ni la paz o la guerra en Irak ni la presencia de tropas yanquis en Paraguay son la simple decisión o voluntad del Presidente George Bush o de su administración. En la época del imperialismo, la guerra o la paz son sólo dos caras de una misma moneda: el lucro

Muy frecuentemente algunos medios de comunicación, los luchadores sociales o las personas en cualquier conversación utilizan la palabra imperialismo para referirse a la expansión agresiva y hasta violenta de la influencia y los dominios de un país o un gobierno a través del mundo; también califican de imperialista principalmente a los Estados Unidos, argumentando que invaden un país soberano como Irak sólo por el petróleo, bajo el mando y la voluntad del Presidente George Bush en alianza con otros países -también imperialistas- como el Reino Unido e Italia; explican así que el imperialismo es una política de Estado o de Gobierno, la cual puede ser cambiada con el simple reemplazo de personas en las instituciones de poder de los países. Esta visión parcial de la situación económica y política mundial lleva a plantear propuestas de acción que como solución a la miseria, al deterioro de la calidad de vida y las pérdidas de libertades de los trabajadores en todo el mundo ofrecen la vía electoral para cambiar personas en cargos y la resistencia no violenta, aún frente a ejércitos de ocupación como en Palestina y en Irak.

Pero las calamidades de un orden mundial que se torna universal al cabo de 500 años de historia no pueden solucionarse -permanentemente y con efectividad- por vías electorales o de simple crítica de palabra y resistencia testimonial como es la política llamada no violenta. Para superar, como humanidad -y a través de una clase social en particular- ese orden no injusto, como lo califican los "anti-globalización", sino de explotación y dominación, es necesaria una concepción política y una práctica que apuntan no a cambiar simplemente de personas en cargos o de "humanizar" y "volver justo" el trato meramente comercial entre pueblos, sino más bien construir una sociedad nueva destruyendo la esencia misma del imperialismo: el capitalismo.

Como Plataforma Anti-imperialista, concebimos al imperialismo no cómo una simple política de Estado o Gobierno que puede cambiar con las personas y a voluntad de los grupos de presión o de los muy publicitados "grupos anti-globalización". El imperialismo es el capitalismo en su máximo grado de desarrollo. Esto es, la separación entre quienes poseen capital (en dinero o en bienes de producción) y aquellos que trabajan viviendo exclusivamente de su trabajo se ha profundizado agudamente, a la vez que la siempre creciente producción de mercancías ha tomado escala planetaria y el comercio se ha internacionalizado absolutamente: el mundo es una gran fábrica y, a la vez, un gran mercado. Pero este desarrollo de la producción de mercancías no ha conservado los viejos valores de los liberales de libre competencia, el comercio mundial trae consigo, inevitablemente, una gran concentración de la producción y de los capitales, las empresas pequeñas y medianas sucumben ante las más grandes creándose así gigantescos monopolios que deciden sobre la producción fijando los precios de común acuerdo, controlando las fuentes de materias primas, la disponibilidad de tecnología y el acceso a mercados, impidiendo así la competencia y comprando Gobiernos mientras "exportan" capital para nuevas empresas en diferentes países buscando solamente -y nada más- el lucro.

Estos monopolios transnacionales son, en estructura, recursos e influencia, más poderosos que muchos estados nacionales, su misma presencia en varias ramas de la industria, la agricultura, el transporte para sus mercancías y su "unión carnal" con los bancos para el manejo de las exportaciones de capital y los préstamos usurarios a los gobiernos, además del gran volumen de dinero que mueven en sus operaciones, los ha llevado a fusionarse con los bancos, formando un todo, constituyendo el capital financiero. Este hijo del capital industrial y el capital bancario pasa a predominar en las decisiones de dónde, cuándo, qué, cómo y para quiénes los trabajadores producen, llevando inclusive a crear ese "mercado" de especulaciones con el trabajo, montando gigantescos casinos, dando a veces y en algunos países hasta la ilusión a los trabajadores de poder participar en su juegos de ganancia, pero como en las casas de azar, "la banca nunca pierde" y ella es de los capitalistas.

Este gran desarrollo del capitalismo ha llevado a que en algunos países los monopolios capitalistas acumulen una gran cantidad de riquezas y de tecnología, concentrando recursos económicos, militares y científicos: son las potencias imperialistas, que buscan incesantemente ganancias para sus empresas a lo largo y ancho del planeta, y existen varias, como Japón, Estados Unidos y Europa, principalmente. Si bien el "reparto" de territorios a nivel mundial entre las potencias imperialistas ha terminado ya a mitad del siglo pasado, reconfigurándose el mundo en base a países con estados formalmente soberanos, el imperialismo lleva al reparto del mundo entre los monopolios transnacionales que tienen su asiento en las potencias, pero intereses económicos repartidos por todo el mundo. Y es el capital financiero -fruto de la fusión del capital industrial y el capital bancario- el que marca el ritmo. El capitalista financista, aquel que especula con sus inversiones con la mirada puesta siempre en la industria, es quien tiene la batuta. Ya no es, simplemente, la búsqueda de mercados y de fuentes de materia prima para la industria la que determina la expansión y profundización incesante de este orden mundial en la figura del comerciante, sino es la oligarquía financiera la que rige, como estado mayor al frente de verdaderos ejércitos industriales, la vida en todos los países.

Paraguay ocupado

Sólo desde esta perspectiva podemos entender que ni la paz o la guerra en Irak ni la presencia de tropas yanquis en Paraguay son la simple decisión o voluntad del Presidente George Bush o de su administración. En la época del imperialismo, la guerra o la paz son sólo dos caras de una misma moneda: el lucro. La guerra es simplemente una parte -o un momento- de los negocios. Los militares yanquis que están, hoy por hoy, haciendo un reconocimiento del terreno y familiarizándose con los militares locales a través de 13 misiones iniciales, están ejecutando acciones de un plan mucho mayor de dominación y sometimiento, que tiene al acrecentamiento de la riqueza capitalista como único incentivo. Esta propagación y acentuación del modo capitalista de producción es inevitable, es la consecuencia natural de este orden social. No hay maneras de "humanizar" al capital, o de buscar "nuevas vías", sean terceras, cuartas o infinitesimales. El capitalismo necesariamente, para no perecer en cuando orden social y seguir obteniendo ganancias, debe desarrollarse hasta el imperialismo, y éste, a su vez, tiene en el militarismo una elemento indispensable para guardar sus intereses. Por ello hoy Paraguay está siendo ocupado -solapada pero eficientemente- por tropas yanquis. Y también otros países de América del Sur y del mundo.

Ante la ofensiva mundial de las fuerzas imperialistas -que es imposible y hasta inútil dividir en terrenos económicos, políticos o militares porque todo es un movimiento- la resistencia y la lucha anti-imperialistas necesariamente se tornan globales, como enfrentamiento a la explotación, a la miseria y, por sobre todo, a la destrucción física de seres humanos, a esa violencia. Pero, por más contradictorio que parezca, una "resistencia no violenta" sólo hace más fuerte al enemigo. Reclamar paz -reivindicando la política de "poner la otra mejilla"- y desdeñar la resistencia de pueblos como el palestino y el iraquí sólo conduce a fortalecer al enemigo, al agresor imperialista, y darle una sutil pero consistente legitimidad a sus campañas de exterminio.

En la era del imperialismo, la lucha de los trabajadores es mundial, pero las herramientas y los métodos son locales, en relación directa a la intensidad y la profundidad de los avances de las fuerzas del orden. No hay recetas. Sólo podemos confiar en las nuestras lecturas -lo más precisas posibles- de los puntos neurálgicos y de las contradicciones que el presenta, utilizándolas para un práctica consecuente con los principios de solidaridad internacionalista y perspectiva de clase. Esto es, combatir también en nuestra práctica cotidiana al nacionalismo y sus implicancias nefastas de alianzas con "empresarios honestos" o "que buscan el desarrollo del país", quienes, más tarde o más temprano, acaban por defender el lucro y, con ello, pasarse a las filas de sus hermanos de clase de otros países. Los intereses de los trabajadores y de los capitalistas están escindidos desde el comienzo mismo, no hay amalgamas ni conciliaciones posibles. Las clases sociales en lucha son irreconciliables.

El imperialismo es el movimiento mundial de profundización de la explotación y la dominación del capital. Trae hambre, miseria y agresiones como nunca antes la humanidad pudo presenciar. No es una cuestión de voluntades ni de "pactos sociales" ni de utopías de volver al capitalismo de antes para que las condiciones de vida mejoren. De lo único que se trata es de acabar con el capitalismo -ya en su fase imperialista- antes que la humanidad sea destruida por la próxima guerra o por catástrofes que pueden evitarse si el lucro no primase. Criticar al imperialismo sólo tiene sentido para destruirlo como trabajadores y campesinos luchando coordinadamente desde todas partes del mundo, con los métodos que las condiciones locales requieran. Repudiamos enérgicamente el anti-imperialismo de palabra y las meras reformas temporales -o "modelos alternativos y pluralistas"- de hechos. Rechazamos con más énfasis aún el nacionalismo - con cierta extensión al regionalismo- que los capitalistas locales evocan en pos de la falsa unidad nacional cuando ven sus ganancias afectadas por el avance de otros sectores, más fuertes, de su misma clase.

Un otro mundo en verdad es posible y más que nunca necesario, pero sólo a condición de destruir al imperialismo, de combatirlo francamente y de asumir, de una vez por todas, que cualquier otra "vía" o "humanización" es simplemente no combatir al verdadero enemigo. Porque la inhumanidad que en efecto resulta de la opresión y la miseria inherentes al imperialismo perdura y resiste a todos los intentos de atenuarla. No hay otra alternativa más que la de destruir, hasta las raíces mismas, la estructura de la sociedad basada en la explotación y el lucro para que al fin los seres humanos se relacionen simplemente como tales y no como poseedores de mercancías. No, Mister Bush, luchar para destruir construyendo no nos hace terroristas; no, "anti-globalizadores", no somos pacifistas porque en el imperialismo paz y guerra son sólo dos caras de la misma moneda. Nosotros estamos en las trincheras anti-imperialistas.

Movimiento por la Revolución Estudiantil (MRE) de la Plataforma Anti-imperialista - PARAGUAY

 

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