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Venezuela, Estado español :: 05/01/2026

Pedro Sánchez acude de nuevo a su manual de resistencia

Raquel Mamani
Pocas cosas “rinden” tanto en la izquierda, electoralmente, como que el imperio te elija de villano.

Tras la agresión militar de Estados Unidos contra Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro, Pedro Sánchez ha vuelto a sacar del cajón su mejor artefacto político: el manual de resistencia. Esta vez, con una instantánea y un comunicado compartido junto a Brasil, Chile, Colombia, México y Uruguay, Madrid se coloca —al menos en el gesto— en el bando que rechaza las “acciones militares” y alerta contra cualquier tentativa de “administración o apropiación externa de recursos naturales o estratégicos”.

La foto es útil porque es selectiva. Sánchez aparece rodeado de gobiernos latinoamericanos que han sufrido la lógica del garrote. Y algunos de esos gobiernos, como el de Colombia, llegan incluso bajo amenaza directa de la administración Trump: Washington ya desliza que su “guerra” extraterritorial contra el supuesto “narcoterrorismo” puede extenderse, como si el continente fuera un tablero colonial a gestionar a golpe de misiles. En ese marco, posar con Bogotá no es solo un gesto mediático de solidaridad: es también un mensaje de alineamiento aparente con una América Latina “zona de paz” frente al retorno de la Doctrina Monroe con helicópteros y esposas. Algo que sin duda estará cabreando a Trump.

Pero hay una ausencia que habla a gritos: Cuba no aparece. No porque no encaje —encajaría como un guante—, sino porque Sánchez, por la parte que le toca, mide el encuadre al milímetro. Sabe que salir con La Habana sería “demasiado” para el cálculo electoral interno: no quiere parecer “extremo”, quiere parecer firme sin cruzar la línea que la derecha y la extrema derecha usan como espantajo. La operación es conocida: mantenerse en un punto lo bastante “radical” como para encender a PP y Vox, pero lo bastante “moderado” como para ampliar el perímetro de votantes de izquierda y blindarse ante la maquinaria mediática.

Y esa maquinaria hoy muerde a diario porque para justificar la agresión militar de EEUU a Venezuela necesitan decir que "los otros son muchísimo peores", mienten más, manipulan más, amenazan más. Cuidado Zapatero que a este paso también puedes ser el siguiente.

Con un Gobierno frágil, socios exigentes y titulares permanentes sobre corrupción en el entorno del PSOE, Sánchez entiende la crisis venezolana como oportunidad de supervivencia política.

No es la primera vez. Cuando presionó por el reconocimiento del Estado de Palestina y reclamó frenar la matanza en Gaza, también activó un patrón: elevar el tono moral, apoyarse en el derecho internacional y convertir la confrontación en un activo político. Y cuando se negó a plegarse al 5% del PIB en gasto militar, Trump lo señaló con amenazas comerciales: en política española, pocas cosas “rinden” tanto en la izquierda, electoralmente, como que el imperio te elija de villano.

Lo que hace más visible el movimiento es el contraste europeo. La UE tardó más de un día en articular un comunicado, además de equidistante y salpicado de concesiones retóricas al marco de “lucha contra el narcotráfico”. No es solo lentitud burocrática: es la comodidad de una élite que prefiere la tibieza para no incomodar a Washington.

Hay oportunismo inteligente en Sánchez. Y en un escenario donde ya no hay medias tintas, donde el secuestro de un presidente se normaliza y la “gestión” imperial se exhibe sin pudor, cualquier gesto de fricción con Trump —por mínimo que sea— adquiere un peso que Bruselas no ha querido asumir.

Sánchez no lo haría igual con un Gobierno sólido. Precisamente por eso lo hace ahora. Está, otra vez, en modo resistencia: adaptabilidad, pragmatismo, gestión favorable de la crisis y resiliencia.

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