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Colombia :: 05/08/2010

Revolución y contrarrevolución en América Latina

Ezequiel Espinosa
A los gobernantes no les molesta tanto la actividad militar de las guerrillas, sino su clandestina actuación política y su coordinación continental bolivariana

“Piar, un hombre de color, (...), concibió y puso en práctica la conquista de la Guayana, (...) Piar, el conquistador de Guayana, (...), no escatimaba sarcasmos contra el 'Napoleón de las retiradas', (...). La conquista de la Guayana por Piar había dado un vuelco total a la situación, en favor de los patriotas, (...)”
Karl Marx

Entendámonos. Y para que quede claro desde un comienzo. Con este epígrafe no pretendemos denostar la figura de Simón Bolívar -como sí era la intención de Marx-, ni menospreciar los méritos que pudieran caberle a Hugo Chávez. Sencillamente, procuramos, mediante el rescate de un personaje de segundo orden -Manuel Piar-, rendir un oblicuo tributo a farianos y elenos despejando las sospechas de “racismo” sobre los juicios de Marx respecto a Bolívar (y eso que el viejo no carecía de miserias de ese tipo -entre otras-). Juicios que pueden haber estado mal (in)formados, pero que, respecto a las estrategias emancipatorias, no carecen de todo valor. Incluso para las circunstancias actuales de la Gran Colombia (su crítica a la política de estadistas y la cuestión del código Napoleón).

En el bicentenario de las luchas por la independencia nacional, el Republicano Álvaro Uribe Vélez, abandona su puesto de gobernante habiendo convertido a su país en un protectorado del imperialismo norteamericano. El ejercito colombiano, organizado alrededor de 7 (sino más) bases de los EEUU, es, literalmente, un ejercito de ocupación (apoyado por el estado de Israel). Los colombianos son, en el mejor de los casos, ciudadanos de segunda, y en su mayoría, son conscientes de ello -de allí que el promedio de abstención de las elecciones en los últimos tiempos ronde en el 55% del padrón-. El estado colombiano es una enorme y costosa “maquina de guerra” oligárquico-imperial sostenida por el “plan patriota” (del que vive -y al que adhiere- una parte de la población) y el terror policial (mediante el cual se somete a todos los opositores).

El gobernador Álvaro Uribe Vélez había asumido allá por el 2002 prometiendo acabar, en el lapso de algunos meses, con la guerra campesina que se desarrolla en su patria desde hace ya unos 60 años. 8 años después y todavía no lo ha conseguido, aunque su ofensiva militar le haya dado buenos resultados. Su sucesor, Juan Manuel Santos, pretende continuar con esta misma linea de sujeción por un lado, y sometimiento o exterminio por el otro.

Colombia, como Honduras (y acaso Costa Rica, que ahora es un país con ejército) son dos escenarios de guerra abierta (de mayor o menor intensidad) de los Estados Unidos contra los movimientos sociales bolivarianos -sus aliados y opositores izquierdistas- de liberación. Al parecer, los norteamericanos pretenden extender la ofensiva contra estos movimientos a la propia Venezuela, donde los mismos se han hecho fuertes y desde donde se impulsa su lucha continental (Cuba, Bolivia, Nicaragua, Ecuador, Paraguay, México en algún sentido -Haití es un caso aparte, como Puerto Rico otro-). Ni el narcotráfico, ni el “terrorismo”, ni tan sólo el petroleo.

Las intervenciones imperiales apuntan a neutralizar los movimientos sociales y recuperar la hegemonía continental perdida en la década pasada (¡vamos, si en Honduras no había guerrillas!). La guerra campesina en Colombia -que tiene una historia particular-, se encuentra, hoy, subsumida en estos procesos. No se trata del supuesto anacronismo de la estrategia de la lucha guerrillera para hacerse con el poder, sino de la estrategia oligárquico-imperial de militarizar todo ese país contra el bolivarianismo. Colombia es la cabeza de playa en Sudamérica que los Estados Unidos no están dispuestos a rifar bajo condición alguna. Los norteamericanos no abandonarían esa nación ni cuando hayan aniquilado hasta el último guerrillero (en todo caso, quizás, sólo luego de lograr derrocar al gobierno venezolano. Acaso, tal vez, parcialmente y luego de mucho, mucho tiempo).

En el momento actual del conflicto colombiano, a los gobernantes del protectorado no les molesta tanto la actividad militar de las guerrillas, sino su clandestina actuación política y su coordinación continental bolivariana. Lo que por sobre todo se pretende evitar mediante el militarismo-policial, es que los movimientos insurgentes puedan actuar políticamente. No son los guerrilleros los que procuran hacerse del poder mediante la lucha armada, es la oligarquía-imperial la que pretende aplastar todo movimiento social de liberación mediante la guerra. De allí es que sea tan difícil y complicado salir de ese permanente baño de sangre.

Hagamos una breve genealogía. A mediados de los '80, en medio de una tregua, la actividad política de la insurgencia a través del movimiento de la “unión patriótica” acabo en la masacre de unos 5.000 de sus militantes. Pasaron los años, la caída de la URSS inauguro una década de la más absoluta hegemonía norteamericana en el mundo. En ese contexto, irónicamente -y por ello mismo- las FARC se verían fortalecidas como movimiento de resistencia del campesinado al neoliberalismo. A finales de los '90, una nueva tregua posibilita el accionar político de la insurgencia. Sin embargo, este momento de política y negociación llegaría a su fin cuando los EEUU declararon abiertamente su guerra contra “el terror”.

El año 2002 marca el final del experimento político fariano en San Vicente del Caguán y se desarrolla el golpe de estado en Venezuela (¿casualidad?). Desde entonces, la guerra contra las FARC/ELN se traduce en una ofensiva militar total contra los movimientos sociales de liberación en Colombia. Más todavía, contra toda oposición política que pudiera dar espacio de acción a tales movimientos (los asesinatos de sindicalistas, el terror sistemático sobre el movimiento campesino -base social de la insurgencia-, los falsos positivos, etc.).

Es debido a ello que los gobernantes del protectorado imperial no aceptan una “salida política” al conflicto armado. Porque su estrategia es la militarización de Colombia contra los movimientos bolivarianos. La guerra sin cuartel contra el “narcoterrorismo” les permite aplastar a todo movimiento político de coordinación bolivariana y cerrar las fronteras a la influencia venezolana. ¿Y si las guerrillas se rindiesen?. Nos aguarda entonces un escenario similar al de Honduras, o peor, al mismo escenario Colombiano. ¿Se imaginan a un movimiento político de liberación actuando bajo semejantes condiciones?. Cara, José Manuel Zelaya. Seca, Jorge Eliécer Gaitán.

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