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Medio Oriente :: 16/08/2007

Rifkah y mi madre

Tala A. Rahmeh
[Traducido del inglés para La Haine por Felisa Sastre] La unidad de oncología en el hospital Shaare Zedek de Jerusalén es uno de los pocos lugares en donde los palestinos y los israelíes son seres humanos unos para los otros.

En los últimos años, los palestinos de Cisjordania tienen prohibido pasar los muchos puestos de control para entrar en Jerusalén, impidiéndoles que visiten los santos lugares como la Mezquita de la Roca en el Haram al-Sharif (Moammar Awad/MaanImages)

Hoy es la primera vez en siete años que he entrado legalmente en Jerusalén. Tengo un DNI verde de Cisjordania, lo que quiere decir que desde que se inició la Intifada en el año 2000 y se construyó el Muro, se me ha prohibido entrar en ningún lugar de Israel ni siquiera en Jerusalén, a sólo 20 minutos de Ramala, mi ciudad de origen.

Sin embargo, ello no me ha impedido ir allí. Tenía que trepar por las arenosa colinas que se encuentran frente al puesto de control de Qalandia (el principal checkpoint de entrada a Jerusalén), esconderme detrás de algún edificio para ocultarme de la vista de los soldados israelíes, y moverme por Jerusalén. El riesgo merecía la pena para pasar el día en la ciudad, pasear por el Jerusalén antiguo y estar en el mundo al otro lado del Muro.

También era importante para mí ver a los israelíes, ser capaz de comunicarme con ellos y verlos despojados de los uniformes militares; era importante para mi salud mental y una necesidad imperiosa para combatir la imagen de una nación de monstruos con uniformes verdes.

Hoy era diferente. Tenía permiso para acompañar a mi madre al hospital para recibir su quimioterapia, un tratamiento del que no se dispone en Ramala ni en ninguna otra ciudad palestina de Cisjordania. Básicamente, el cáncer me daba luz verde para entrar en Jerusalén.

El viaje se inició muy temprano y cuando llegamos al puesto de control de Qalandia donde Israel controla los movimientos entre Ramala y Jerusalén- y que ahora es más una frontera o terminal [aérea] que un mero chcekpoint- tuvimos que preparar nuestros documentos de identidad verdes y permisos, pasar por un detector de metales, y presentar nuestros DNI y autorizaciones en una ventanilla de cristal para que el soldado israelí que se encontraba al otro lado viera e introdujera la información en un ordenador. Mientras permanecía allí con mis dos manos manteniendo los documentos pegados al cristal, sólo podía pensar: “Odio la ocupación, odio el cáncer y odio tener esta desesperada necesidad de esta ciudad y del hospital”.

Mientras caminábamos atravesando la frontera atravesamos un amplio espacio vacío. Lo cruzamos y buscamos un taxi que nos llevara al hospital, y entonces lo primero que nos preguntó el taxista fue: “¿Tienen DNI verde (palestino) o azul (israelí)?” Al responder que verde, tuvimos que tomar una carretera alternativa y mucho más larga para llegar al hospital. El color de nuestro DNI determina qué carretera se puede tomar y cuál no en el interior y en los alrededores de Jerusalén.

El hospital era enorme: un conjunto de edificios antiguos. Era el típico hospital israelí, con detectores de metales y banderas israelíes a la entrada, y en el interior grandes fotografías de los “pioneros” del Estado de Israel. Nada de extraordinario. La estructura de la sociedad israelí podría entenderse por completo paseando por los vestíbulos de los hospitales. Los conserjes eran palestinos, los médicos israelíes. En la planta de oncología se estaban haciendo obras de renovación y los obreros, por supuesto, eran palestinos.

La unidad de oncología estaba muy limpia y tenía muchas enfermeras. Una vez que hablamos con el médico, nos dirigimos a un departamento para conseguir los goteros y empezar con la quimioterapia. Poco después descubrimos que la farmacia no aceptaba el seguro de mi madre porque lo pagaba la Autoridad Palestina. Lo que vino a continuación fue un lío burocrático para aclarar el asunto del seguro, pero alguien vino a socorrernos: Rifkah.

Rifkah es una enfermera israelí, probablemente de unos treinta tantos años, que trabaja toda la jornada en la unidad de oncología y administra las medicinas. Era una de las pocas que hablaba inglés de toda la unidad, y se peleó con la mitad del personal para conseguir que aceptaran el seguro de mi madre. Permaneció delante de mi madre, frente a la mesa del responsable administrativo que tenía que autorizar la medicina, y gritó en hebreo a una pareja de empleados que necesitaban otra firma para dar la dosis preparada. Durante todo el día estuvo pendiente de mi madre para asegurarse de que se le dedicara la atención necesaria y de que se respondiera a todas sus preguntas.

La unidad de oncología en el hospital Shaare Zedek de Jerusalén es uno de los pocos lugares en donde los palestinos y los israelíes son seres humanos unos para los otros. Había mucha compasión y amistad en el ambiente. Todos en aquella planta sentían la necesidad de comunicarse y de olvidar los muros, los puestos de control y el odio que existe fuera.

Unos amigos míos, mi tío y yo nos sentamos alrededor de mi madre durante unas horas. Mientras la medicina se iba introduciendo lentamente en su sangre, hablamos del cáncer, de Jerusalén, de la energía positiva, de Washington, DC, de mi apartamento... y de un millón de otras cosas. Las conversaciones en la sala de quimioterapia se mantenían en árabe, inglés, hebreo, e incluso en ruso, y nadie parecía preocuparse por el sonido de las palabras con distintos acentos y lenguas.

Cuando terminó el tratamiento, Rifkah vino para despedirse de mi madre. Mamá le preguntó si estaría al día siguiente, pero Rifkah le contestó que desgraciadamente se había tomado el día libre. “¡No! ¡Qué mala suerte que usted no esté aquí!”, mamá se sonreía. Comprendí que durante aquel breve instante, mi madre se había olvidado del puesto de control, de su irritación con el hebreo- la lengua de los ocupantes- y de los interminables días de toque de queda, y sólo se acordaba de Rifkah, la eficaz enfermera que le había hecho más llevadera su jornada.

Antes de volver a Ramala, dimos un paseo por el Monte de los Olivos y por la ciudad antigua. Jerusalén no parecía tan acogedor, familiar o impresionante pero yo no dejaba de pensar que en algún lugar de Jerusalén oeste existía un viejo hospital donde la comprensión, e incluso una extraña forma de amor, persistían.

25 de julio de 2007

Live from Palestine/ Electronic Intifada

 

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