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29/05/2020 :: Venezuela

Samir Amin, la Desconexión y la colaboración entre el sur global

x Antonio Torres
Venezuela e Irán, la desconexión y las relaciones entre el Sur Global

El próximo agosto se cumplirán dos años del fallecimiento del economista marxista egipcio Samir Amin, en cuya obra ocupó un lugar destacado el análisis del subdesarrollo, la dependencia y el intercambio desigual. Desde su trabajo en el Instituto para la Gestión Económica en el Egipto de Nasser o en el Ministerio de Planificación de Mali, Amin se convencería de que los pueblos oprimidos y sometidos al subdesarrollo y la dependencia no debían copiar los modelos de desarrollo capitalistas occidentales, tal y como preconizaban determinados teóricos de la dependencia, por una sencilla razón: porque era –y es- imposible.

En 1988, Samir Amin publica La desconexión, un texto fundamental para entender la necesidad de los pueblos subdesarrollados y dependientes de abrir su propio espacio de desarrollo no mediatizado por los centros de poder imperialistas, desde la soberanía, el desarrollado autocentrado y el protagonismo popular. La necesidad de desconectarse del sistema-mundo capitalista, en términos de Wallerstein, no se planteaba en absoluto como autarquía, sino fundamentado en la imposibilidad material de replicar los modelos de acumulación capitalista occidentales y en la (re)conexión de los pueblos periféricos y sometidos con la idea de formar una economía-mundo alternativa al capitalismo de los centros imperialistas, integrando esfuerzos regionales de varios países, gobiernos y pueblos en la búsqueda de la independencia comercial, financiera, tecnológica y cultural en la perspectiva socialista y comunista, perspectiva que Amin siempre defendió hasta sus últimos días. Las iniciativas de UNASUR, CELAC, Banco del SUR, ALBA, los BRICS, y el Foro Social Mundial –del que Amin fue uno de sus promotores y fundadores-, son parte de estas iniciativas, a las que se sumó, el Foro del Tercer Mundo y el Foro Mundial para las Alternativas (FMA), del cual fue su presidente.

 La tesis de la desconexión busca, ante todo, que los países periféricos ejerzan el control del proceso de acumulación interna permitiendo un desarrollo más autónomo, no sujeto a la dinámica e intereses económicos, sociales y culturales de los centros imperialistas y los intereses de empresas multinacionales. El esfuerzo productivo debe orientarse prioritariamente a la producción de medios de producción y de bienes de consumo masivo para la población. Este control de la acumulación interna no debe recaer en las élites nacionales aliadas de los imperialistas –lo que se conoce en terminología “dependentista” como burguesía compradore-, sino en una gran alianza de fuerzas y movimientos populares que supere los enfoques tradicionales del desarrollo, adjudicando a la clase obrera de los países periféricos un papel de liderazgo en los procesos de cambio. La desconexión implica la vigencia de un modelo de desarrollo de tipo socialista abriendo un amplio espacio de participación política y social, reconociendo independencias y autonomías, diferencias de ritmo, necesidades, diferentes alianzas, etc.

Desconectarse de las lógicas impuestas por los centros de poder imperialistas no es fácil, siempre ha tenido un precio, a veces, un precio demasiado alto: golpes de Estado, terrorismo, invasiones –a veces cínicamente disfrazadas de “intervenciones humanitarias”- guerra económica, injerencias, sanciones, etc. En ese camino por la independencia y la soberanía, tanto la República Bolivariana de Venezuela como la República Islámica de Irán tendrían mucho que contar.

Sin embargo, que dos países sometidos a sanciones por los EEUU y sus aliados hayan sido capaces de cooperar de forma solidaria, países separados literalmente por un océano de distancia, con todo lo que ello implica a nivel logístico y de recursos a movilizar, supone un hito, un punto de referencia, o si se prefiere, un antes y un después.

Que Venezuela e Irán son países muy diferentes es una obviedad, pero esas diferencias no han impedido priorizar lo común y por lo que han sido severamente castigados por el imperialismo norteamericano y sus aliados: las ansias por determinar su vida económica, social y cultural de forma soberana e independiente, sin injerencias.

El pasado 24 de mayo el petrolero iraní Fortune atracó en la refinería de El Palito, Estado de Carabobo, Venezuela. Al Fortune le han acompañado otros barcos iraníes que han ido llegando recientemente; en ellos se ha transportado gasolina, aditivos, repuestos “entre otros equipamientos para levantar nuestra capacidad de refinación y producción petrolera”, afirmó el ministro venezolano del petróleo Tareck El Aissami.

Por tanto, no se trata de una simple gestión solidaria o humanitaria si se quiere, sino de mucho más, de ayudar a la industria petrolera venezolana a superar los problemas procedentes de las sanciones y producir. Existen dos objetivos centrales para Venezuela: aumentar la producción petrolera, en descenso durante los últimos años, y aumentar la capacidad de refinación de gasolina, que está actualmente por debajo de lo que podrían realizar las diferentes refinerías que dispone PDVSA. El bloqueo estadounidense, que aumentó sobre la industria petrolera desde el 2017 hasta la actualidad, busca impedir todo proceso de recuperación. PDVSA es la columna vertebral de la economía venezolana, por lo que bloquearla en sus diferentes áreas significa afectar al conjunto de la economía nacional y a su soberanía e independencia.

Por supuesto, podremos hacer todas las puntualizaciones y matices que sean necesarios, pero es evidente que hechos de este calado materializan y dan forma a propuestas teóricas como la hecha hace muchos años por Samir Amin: desconexión de los centros imperialistas y camino de desarrollo nacional autocentrado que, en el caso de Irán, aunque no tenga rasgos de alternativa al capitalismo, sí que ha de ser tenido en cuenta como un capitalismo que trata de no ser tutelado por decisiones externas que supondrían evidentemente, de darse esa injerencia o tutela, un claro empeoramiento en las condiciones de vida del conjunto del pueblo trabajador; a lo que debemos añadir la cooperación solidaria Sur/Sur o en el Sur Global, cooperación que puede prefigurar de implementarse un auténtico polo de pueblos libres y soberanos alternativo a los polos imperialistas.

En ese proceso de (re) conexión del llamado por Amin Sur Global, la República Popular China y, en menor medida, la Federación Rusa, están llamadas a desempeñar un papel fundamental. No se trata de que China exporte un modelo socialista determinado, difícilmente exportable a otras realidades por otro lado, sino de facilitar un nuevo tipo de relaciones económicas que, aún sin superar el capitalismo, supongan un reconocimiento mutuo de intereses legítimos a tener en cuenta por las diferentes partes, o como se suele decir en términos comerciales, relaciones de win/win, en donde todos los actores participantes ganan. Destacar el papel de China, en definitiva, para facilitar procesos de acumulación que al menos empiecen a separarse de las lógicas de los centros imperialistas. En una de sus últimas intervenciones, Amin afirmó, quizá nos aventuramos a decir de forma un tanto premonitoria: “El mundo está hoy en serio peligro. El imperialismo colectivo de Estados Unidos, Europa Occidental y Japón está dirigido por el liderazgo estadounidense. Para mantener su control exclusivo sobre todo el planeta, no aceptan la independencia de otros países. No respetan la independencia de China y Rusia. Esta es la razón por la cual estamos a punto de enfrentar guerras continuas por todo el mundo. Los islamistas radicales son los aliados del imperialismo, porque son apoyados por los Estados Unidos para llevar adelante la desestabilización. Esto es la guerra permanente. Creo que la mejor respuesta a ello es el proyecto eurasiático. Rusia debería unirse a China, los países de Asia central, Irán y Siria. Esta alianza podría ser también muy atractiva para África y buena parte de América Latina. En este caso, el imperialismo estaría aislado”.

La crisis del Covid 19 ha puesto de relevancia y en valor a los países socialistas realmente existentes, ejemplo de cómo controlar una pandemia: pueblos concienciados y con sentido colectivo, fortaleza de los sistemas sanitarios públicos –y eso a pesar de las dificultades que estos países tienen que afrontar- , y economías nacionalizadas y planificadas con la capacidad suficiente de encajar el golpe de una pandemia con el menor coste económico y social posible. Igualmente podemos decir de países que sin ser socialistas mantienen la defensa de su soberanía nacional
desde el antiimperialismo como justamente pueden ser Venezuela e Irán.

Observamos una lenta agonía de la hegemonía imperialista norteamericana y de sus aliados, sin embargo, en ese proceso agónico el peligro se multiplica, la agresividad puede ser aún mayor y la chispa de un enfrentamiento puede hacer arder la pradera.

El socialismo y el antiimperialismo han conseguido una victoria sin precedentes y se han reforzado, pero el camino hacia un mundo libre del chantaje y la dominación de los centros imperialistas no ha hecho más que empezar. No bajemos la guardia

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