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30/04/2006 :: Asia

Toma de la Bastilla en Katmandú

x Tariq Alí
"La insurrección del Nepal, como los acontecimientos que se están dando en algunas partes de la América Latina, pone al descubierto que, mientras en Occidente la democracia va siendo vaciada, en los demás continentes 'democracia' significa para muchas personas algo más que elecciones regulares. Los nepaleses quieren una república y quieren poner fin a la pobreza sistémica que genera violencia. Para lograr tan moderados objetivos, están haciendo una revolución"

En el reino himalayo del Nepal está ocurriendo algo agradablemente pasado de moda: una auténtica revolución. Desde el 6 de abril, el Nepal está paralizado por una huelga general a ultranza convocada por todos los partidos políticos y sostenida en el campo por el ejército guerrillero maoísta. Centenares de miles de personas han salido a la calle, muchos manifestantes han resultado muertos, y hay más de doscientos heridos. Se ha impuesto el toque de queda, y el ejército ha recibido órdenes de "disparar a matar". Pero la población se ha sobrepuesto al miedo desobedeciendo el toque de queda, y esto la ha hecho invencible.

Bastará que una sola división del ejército se niegue a obedecer las órdenes, y la Bastilla cederá. El Palacio estatal será ocupado. Caerá la última cabeza coronada. Un gobierno de transición convocará elecciones libres, hasta que la Asamblea Constituyente pueda determinar el orden futuro del país. La larga lucha del pueblo nepalí por liberarse del despotismo ha llegado a ese estadio. Abogados, periodistas, estudiantes y pobres que han salido a manifestarse a la vía pública saben también que, si fueran masacrados, los guerrilleros armados que controlan el 80% del campo, se apoderarían del país.

Una opresión férrea

No es ésta una de esas operaciones "anaranjadas" cuidadosamente orquestadas -con pancartas producidas en serie, muchachitas festivas y cobertura mediática por parte de gigantescas agencias de relaciones públicas-, dilectas de la "comunidad internacional" que contribuye a organizarlas a su propia imagen. Ni tienen los desórdenes que ver con la religión, lo que es un gran alivio. En el Nepal está ocurriendo algo completamente distinto, el epílogo de decenios de opresión social, cultural y económica. Es una vieja historia. Los gobernantes nepalíes de la casta hindú más elevada habían institucionalizado antiguas usanzas, a fin de preservar sus privilegios. La práctica de encerrar a las mujeres menstruantes en los establos ha sido declarada ilegal hace sólo un año. La monarquía nepalí, instalada desde hace más de doscientos años, ha tenido al país bajo una férrea opresión, a menudo cerrando alianzas con las potencias dominantes -la Gran Bretaña, los EEUU, más recientemente, la India-, que ponían mercenarios baratos a disposición de sus sostenedores. Negocio para ambas partes. Cuando se declaró la "guerra al terrorismo", el corrupto y brutal aparato real ha recibido regularmente armas de parte de sus amigos: 20.000 fusiles M-16 de Washington, 20.000 fusiles de Nueva Deli y cien helicópteros de Londres. ¡Gran auxilio, no cabe duda, para la mitad de los 26 millones de habitantes del país que, de acuerdo con las estadísticas de la ONU, carece de acceso a la electricidad o al agua corriente, por no hablar de asistencia sanitaria o de educación! Eso explica la inicial popularidad de los maoístas, y ahora, el encono de prácticamente todo el país.

En 2005, el rey Gyanendra suspendió todos los derechos civiles y puso fuera de la ley al entero espectro político. Para afrontar un problema que era esencialmente estructural, pero que, en el contexto del neoliberalismo, no podía resolverse mediante una intervención estatal y amplias reformas, optó por la represión masiva: agresiones físicas a los pobres, intentos organizados de eliminar a las organizaciones políticas disidentes, represión social total. La sin par ferocidad de la persecución tomó de sorpresa a la minúscula clase media, y aisló a los políticos profesionales. Ni a la izquierda ni a la derecha oficiales quedó otra opción, sino la de unir al país buscando una alianza con el ejército de liberación popular. Si el objetivo de Occidente había sido el de apoyar al déspota y abrir un hiato insalvable entre los maoístas y los partidos tradicionales, las medidas tomadas por Gyanendra han tenido el efecto opuesto. El último llamamiento efectuado por Washington, la Unión Europea y el secretario de la ONU Kofi Annan a los políticos puestos fuera de la ley para que aceptaran el "compromiso" ofrecido por el rey ha sido rotundamente rechazado en las últimas 48 horas por la muchedumbre callejera. Los políticos se han alineado dócilmente con ella, rechazando también la oferta.

El nerviosismo de Occidente

El triunvirato EEUU - Unión Europea - Consejo de Seguridad de la ONU, ¿tratará de mantener en el poder al rey? Si es así, tendrá que añadir Katmandú a la cada vez más larga lista de desastres.

Editoriales y artículos recientemente aparecidos en el Financial Times y en el International Herald Tribune revelan el nerviosismo de Occidente. Se teme que el morbo pueda difundirse por la vecina India, en donde porciones considerables de territorio se hallan bajo el control de los guerrilleros, estando también allí las exigencias y reclamos ligados a la satisfacción de necesidades primarias. En una cumbre al máximo nivel entre los guerrilleros naxtalíes [de la provincia de Naxtal, India] y los funcionarios públicos tras la derrota del gobierno del PBJ (Partido Bharatiya Janata), los dirigentes maoístas mostraron grandes dosis de pragmatismo: todo lo que querían era que el gobierno aplicara la Constitución y diera cumplimiento a las promesas contenidas en varios documentos programáticos aprobados por el Parlamento.

Con la boca abierta, los embarazados funcionarios se quedaron mudos. La insurrección del Nepal, como los acontecimientos que se están dando en algunas partes de la América Latina, pone al descubierto que, mientras en Occidente la democracia va siendo vaciada, en los demás continentes "democracia" significa para muchas personas algo más que elecciones regulares. Los nepaleses quieren una república y quieren poner fin a la pobreza sistémica que genera violencia. Para lograr tan moderados objetivos, están haciendo una revolución.

Fuente: The Guardian
Traducción para www.sinpermiso.info: Leonor Marc

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