Trump: Cuidado cuando un narcisista pretende gobernar el mundo

Llevamos la figura de Donald Trump a un terreno más profundo: el impacto que determinados rasgos de personalidad pueden tener cuando se concentran en el poder político y militar de la principal potencia del planeta. A la luz de episodios como la agresión militar contra Venezuela, las declaraciones sobre hacerse con Groenlandia, el respaldo incondicional de Estados Unidos al sometimiento de Gaza y el papel estratégico en Ucrania (donde los intereses económicos y geopolíticos condicionan el discurso de “paz”), podemos advertir un patrón psicológico preocupante.
Diversos psicólogos y psiquiatras que han analizado a Trump desde la psicología social, de la personalidad y la psicología política, han sacado conclusiones contundentes.
El psicólogo social y profesor de la Universidad de Stanford (California), Philip Zimbardo, ha advertido sobre los riesgos del narcisismo y la deshumanización en líderes como Trump, que concentran poder extremo. Por su parte, Dan P. McAdams, psicólogo de la personalidad y profesor en Northwestern University (Illinois), lo ha señalado como un caso claro de narcisismo grandioso a partir de su narrativa vital y su construcción del yo.
Desde la psicología clínica, Mary L. Trump ha subrayado patrones persistentes de grandiosidad, autoritarismo y déficit empático. Y Bandy X. Lee, doctora en medicina y coordinadora de The Dangerous Case of Donald Trump, ha alertado sobre los riesgos psicológicos que este perfil supone cuando se ejerce el liderazgo político.
Todos ellos se refieren a rasgos y patrones conductuales y coinciden en la misma tríada explicativa: narcisismo grandioso, estilo autoritario y baja empatía situacional.
El narcisismo grandioso se manifiesta en una autoimagen inflada, una convicción de excepcionalidad y una necesidad constante de admiración. Para este tipo de personalidad, el mundo no es un sistema de normas compartidas, sino un escenario donde demostrar poder y superioridad. Las amenazas territoriales —como la de apropiarse de Groenlandia para asegurarse el acceso a sus vastos recursos naturales críticos y obtener una ventaja geopolítica en la región del ártico frente a Rusia y china— encajan en esa lógica de dominación simbólica: no se trata solo de recursos estratégicos, sino de exhibir control.
El estilo autoritario refuerza este patrón. Trump tiende a concebir las relaciones internacionales como juegos de suma cero: alguien gana y alguien pierde. Desde esta óptica, la agresión militar contra Venezuela (centrada en la toma del control operativo de la industria petrolera del país tras el secuestro de Nicolás Maduro por parte de fuerzas estadounidenses), o el apoyo sin matices a la ofensiva sobre Gaza (tratando el territorio como una oportunidad de desarrollo inmobiliario y tecnológico de alto nivel, condicionada a un control político y militar total), no se analizan en términos de derechos humanos o legalidad internacional, sino de utilidad estratégica y lealtad a sus propios intereses. El autoritarismo se expresa en la preferencia por la fuerza, el desprecio por los consensos multilaterales y la descalificación sistemática de cualquier crítica como enemiga.
La baja empatía situacional completa el perfil. No implica necesariamente incapacidad total de empatía, sino una tendencia a activarla solo cuando sirve a los propios intereses. Trump muestra escasa sensibilidad hacia el sufrimiento de poblaciones civiles cuando este no afecta directamente a su imagen o a los objetivos económicos de Estados Unidos. En Ucrania, por ejemplo, el énfasis en “negociar la paz” aparece ligado a una paz transaccional que prioriza el acceso corporativo estadounidense a recursos estratégicos y la reconstrucción del país bajo condiciones financieras específicas, más que a una preocupación genuina por las víctimas del conflicto.
¿Por qué este perfil resulta especialmente peligroso en el ámbito global? Porque el narcisismo grandioso busca escenarios cada vez más grandes para reafirmarse. Gobernar un país puede no ser suficiente; influir y someter regiones enteras se convierte en una extensión natural del yo. Cuando a esto se suma el control del aparato militar y económico más poderoso del mundo, las decisiones dejan de ser meramente políticas y adquieren un cariz personalista.
La clave está en reconocer y comprender patrones consistentes. La historia demuestra que cuando un narcisista grandioso con rasgos autoritarios confunde su identidad con la del Estado, el riesgo no es solo para su país, sino para el equilibrio internacional. En ese contexto, la advertencia es clara: cuidado cuando un narcisista pretende gobernar el mundo, porque la política se convierte en una extensión de su necesidad de dominación.
Especial para La Haine







