Un golpe muy "real"

Los recientes acontecimientos que han desencadenado un golpe militar en Tailandia son la guinda que ha coronado la sucesión de protestas y maniobras contra el hasta la fecha primer ministro electo del país, Thaksin Shinawatra. Aprovechando el viaje de éste por Estados Unidos, algunos militares, probablemente buena parte de la plana mayor del ejército tailandés, han consumado el golpe de Estado.
El recurso tan manido en Occidente, donde nos presentan este Estado asiático como un paraíso turístico y una democracia monárquica, no es más que una imagen muy distorsionada de lo que verdaderamente se oculta dentro del teatro político y social tailandés.
La materialización del golpe era algo cantado, y tampoco supone una novedad dentro de la historia política de Tailandia. En 1991 el Ejército actuó de forma muy parecida para derrocar al Gobierno elegido democráticamente del entonces primer ministro Chatichai Choonhauan.
Detrás de todas estas maniobras conspirativas y golpistas se encuentra el palacio real, elementos conservadores cercanos al mismo, las clases medias y las élites del país descontentas con la política que venía desarrollando el hasta ahora primer ministro, Thaksin Shinanatra.
La figura del general Sonthi Boonyaratklin, la imagen pública del golpe y considerado como uno de los hombres más fieles del monarca tailandés, está acumulando la atención pública para evitar que las informaciones y las investigaciones independientes busquen el verdadero centro y motor de este golpe, que sin duda alguna se encuentra dentro de las paredes del palacio real tailandés.
El apoyo tácito del palacio al golpe habría intentado evitar el aplastante triunfo de Thaksin en las próximas elecciones de noviembre. El respaldo al primer ministro en las áreas rurales (que supone cerca del 75% del electorado) le auguraba esa aplastante victoria. Por ello, las clases más poderosas y conservadoras de la capital no han dudado en aliarse con los militares y el monarca para evitar que las urnas apoyen al primer ministro.
Durante estos días se sucederán las excusas para intentar maquillar las verdaderas intenciones del golpe de Estado. Si la derecha más conservadora apoyó las anteriores protestas contra el primer ministro, que no lograron finalmente sus fines, en parte porque el propio Thaksin supo mover sus fichas con acierto, en esta ocasión han ido un poco más allá. Primero no aceptan los resultados electorales, luego fracasan en sus protestas "populares" y finalmente les queda la opción del golpe.
Los intentos del primer ministro para destituir a algunos cargos leales al monarca podían haber adelantado la maniobra militar, pero en el pasado situaciones similares han sido salvadas desde el palacio real con respuestas más sutiles. Tampoco los ascensos dentro del propio Ejército de elementos leales a Thaksin son argumentos de peso para justificar esta operación. Estas excusas se presentan como las versiones oficiales del golpe.
A corto plazo parece que la materialización del golpe no tiene marcha atrás, y la desaparición de Thaksin Shinawatra de la escena política tailandesa permitirá al monarca asentar aún más su centralidad y poder en la sociedad tailandesa. Las próximas semanas esta alianza del monarca, los elementos mas conservadores de la sociedad tailandesa y el Ejército intentará llevar adelante su propia agenda, que probablemente signifique un mayor límite para el poder ejecutivo y para que los partidos políticos puedan desarrollar con absoluta "normalidad’ su labor política y social.
Estos acontecimientos han debido servir para que los aduladores de ese sistema "monárquico" pierdan su careta cuando dicen hablar de "democracia, elecciones...", al tiempo que nos muestra el verdadero rostro de esos "demócratas". Los acontecimientos en el sur del país, donde la insurgencia de carácter islamista lleva varios meses atacando sin tregua las instalaciones y personal de Bangkok, y las posibles protestas de los seguidores de Thaksin Shinawatra, pueden hacer saltar por los aires la imagen de postal del mal llamado "paraíso tailandés".
Por otra parte, con casi toda seguridad, asistiremos a las leves lamentaciones de Occidente, del cierre de filas en defensa de la figura real, que probablemente aparezca al final como el "garante" de la estabilidad y la democracia de Tailandia. Los intereses de las potencias occidentales pasan por un país "servil y fiel" a los designios de aquellos, y si se hace necesario sacrificar la "democracia" por un periodo temporal.
*Txente Rekondo es miembro del Gabinete Vasco de Análisis Internacional.
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