Volodia, gigante de la literatura y revolucionario ejemplar

Los homenajes llegaron atrasados.
En su propio país Volodia, hasta el final de la dictadura, fue casi ignorado como escritor por la gran prensa. Tenía más de 80 años cuando le otorgaron el Premio Nacional de Literatura. El motivo del silencio de la burguesía sobre su obra es conocido: el autor de Hijo del salitre decía haber tenido a lo largo de la vida dos amores poco compatibles: una mujer legitima, la política, y una amante, la literatura. Nunca rompió con la segunda no obstante haber sido Secretario general, y después Presidente, del Partido Comunista de Chile. Una extraña bigamia, casi sin precedentes en la historia.
El prolongado silencio sobre su obra no puede apagar la evidencia. Volodia Teitelboim fue uno de los más importantes escritores latinoamericanos del siglo XX. Ningún otro ejerció sobre mí, como profesional del oficio de escribir, influencia comparable.
Lo conocí en Porto, hace más de un cuarto de siglo, durante un Congreso del Partido Comunista Portugués. Su discurso me produjo algo parecido al deslumbramiento. Fue el único delegado que habló allí en su propia lengua, sin traducción. Gran orador, en su intervención, de gran belleza formal, fundió la idea de revolución, la profundidad de la historia, y la cultura. Fue, recuerdo, aclamado de pie por el plenario.
NACE UN AMISTAD
Antes de su regreso a Moscú, donde entonces vivía exilado, cenamos juntos en Lisboa. En ese encuentro brotaron las raíces de una amistad que se fortaleció con el correr de los años y adquiriría un significado enorme para mí.
A medida que nuestra amistad se profundizaba fui percatándome de que en aquel dirigente comunista chileno, poeta y narrador, vivía un Erasmo moderno. Él tenía el rarísimo don de transformar rápidamente el conocimiento adquirido en cultura.
En esos años yo visitaba con mucha frecuencia la Unión Soviética. Cuando llegaba a Moscú entraba en contacto con él. El impulso venía de la admiración, pero también había en el mismo un poco de egoísmo. Reencontrar a Volodia era un privilegio. Él transmitía aquel tipo de saber y de experiencia que, yo lo sabía, nos abre senderos en el pensamiento, rasga horizontes.
Casi siempre venía a mi hotel, para salir juntos después y, dando vueltas a la manzana, pasar revista a la vida y al mundo. Le gustaba mucho hablar caminando, con. No importaba que fuera en invierno. Bajo un frío intenso, usaba su boina, rechazaba las schapkas rusas.
No tuve mejor maestro sobre la Unión Soviética que él. Cuando llegó la perestroika y millones de comunistas en todo el mundo identificaron en ella un contenido revolucionario, Volodia no escondió el escepticismo con que encaraba las promesas gorbachovianas de regreso a los orígenes del leninismo. No olvido una conversación que mantuvimos cuando regresé de un viaje a Afganistán, devastado por la guerra civil. Se bailaba en el salón del hotel y ese día él me habló, sobre todo, de la mujer rusa, de su fuerza de carácter, de aquello que la diferenciaba y que le parecía una suerte de garantía de que –más allá de las grandes tempestades que se anunciaban en un horizonte sombrío-- el pueblo de Puschkin y Lenin retomaría su papel insustituible en la historia.
Él escribía entonces con frecuencia para el periódico O diário. Era un colaborador atípico. Escogía los temas, daba prioridad a la lucha del pueblo chileno. Abordaba los grandes problemas internacionales. Casi siempre en una perspectiva original. Si el asunto era un libro, una personalidad, una efeméride, el estilo marcaba también al autor.
Cuando lo reencontraba y él tenía disponibilidad de tiempo, lo escuchaba durante horas, fascinado. Nada me encantaba más que oírlo evocar episodios de su vida. En esas conversaciones moscovitas cayeron barreras y, poco a poco, pude entrar a su pasado. Volodia tenía una memoria prodigiosa. Fue a través de esos bate papos –a él le hacían gracia mis brasilerismos- que conocí los orígenes y las aventuras de sus antepasados mucho antes de que él las relatara en el primer tomo de Antes que llegue el olvido, la monumental tetralogía que comenzó a escribir después del regreso a Chile, ya cerca de sus 80 años.
Dolorosamente chileno por sentimiento y por cultura, este hombre, nacido en 1916 en la helada Chillán, descendía de judíos venidos del antiguo Imperio ruso a finales del siglo XIX. Un abuelo los hizo parar en Chile, por engaño, en busca del Paraíso. La familia supo que, en una remota región austral de América, en un país casi desconocido, existía una ciudad llamada Puerto Edén. El representante del clan cruzó medio mundo para, al final, descubrir que el Edén imaginado no pasaba de ser una aldea misérrima. Mas, tenaz, allí se quedó para sembrar los Teitelboim latinoamericanos. La religión de Moisés no hizo resistencia al cambio de continente. Volodia, antes de hacerse comunista, ya era ateo, un judío no judío como los pioneros de la Revolución de Octubre.
CLANDESTINO EN CHILE
En el exilio llevó a cabo, en el combate al fascismo pinochetiano, una actividad prodigiosa, en un vaivén permanente que, a partir de Moscú, lo hizo recorrer el mundo, de Vietnam a las capitales europeas, de África a la India. Escribió cientos de artículos en periódicos de decenas de países. En Madrid fundó y dirigió (desde lejos) la Auracaria, una revista de cultura movilizada para el debate de ideas, abierta a intelectuales revolucionarios de muchas nacionalidades, sobre todo latinoamericanos.
Y todavía encontró tiempo y energía para, durante quince años, de 1973 a 1988, dirigirse a su pueblo, primero diariamente, después dos veces por semana, a través de Radio Moscú. Esas crónicas, transmitidas en el Programa Volodia comenta-Escucha Chile, desesperaban a Pinochet por la repercusión que alcanzaban entre la población. El dictador todopoderoso no podía impedir que la voz del ex-senador comunista llevara la esperanza a miles de casas chilenas. Esas crónicas más tarde fueron publicadas, en varios tomos, por la editorial Lom, de Santiago de Chile.
Una de ellas, Las mil horas de Miguel, tuvo por tema los más de 180 procesos instaurados a O diário por defender a los trabajadores portugueses. Volodia cultivó casi todos los géneros literarios, de la poesía al ensayo. Escribió dos novelas – El hijo del salitre y Semilla en la arena- que la crítica hoy reconoce que son obras de calidad execepcional de la literatura latinoamericana. Ambas fueron ignoradas en su época por la gran prensa: el personaje de la primera se inspiraba en Emílio Recabarren, el hoy día casi mítico héroe del Partido Comunista de Chile; la segunda tiene por escenario el campo de concentración de Pisagua, al norte de Chile, un lugar de horrores por donde, además, Volodia pasara como prisionero de la dictadura de González Videla. En el invierno austral de 1988, cuando la dictadura empezaba a desmorfonarse, estuve en Santiago participando en un acontecimiento cultural que Pinochet, para evitar un escándalo internacional, no prohibió: Chile crea. El objetivo era demostrar que la dictadura no habia conseguido impedir que los escritores y artistas chilenos, desafiando una represión brutal, se mantuvieran, a lo largo de los últimos 15 años, cumpliendo su función social.
Fui uno de los intelectuales europeos invitados. Perdí el contacto con Volodia por muchos meses. Mis cartas no tenían respuesta. En Santiago comprendí el motivo de su extraño silencio. De mano en mano, en las iniciativas de Chile crea circulaba la edición clandestina de un libro de Volodia: En el país prohibido.
El escritor revolucionario, el dirigente comunista cuya cabeza se pedía, había entrado a su país para sentir e intentar comprender en un reencuentro en que arriesgaba la vida. Recorrió el país acompañado de camaradas. Habló con mineros, obreros, marineros, volvió a ver personas queridas. El disfraz fue tan perfecto que los esbirros de la policía política ni siquiera sospecharon su presencia.
Después, al regresar a Moscú escribió En el país prohibido. De una manera simple, a su estilo, contó la aventura desafiadora y maravillosa como cosa natural. Pero antes de ser editado en Europa, el libro lo fue clandestinamente en Chile.
Transcurrido poco más de un año volví a Santiago para acompañar las elecciones presidenciales. El candidato de Pinochet, Buchi, seguro de la victoria, se enfrentaba en elas a Patricio Aylwin, un demócrata cristiano que inicialmente había apoyado el golpe de 11 de septiembre de 1973.
Chile fue invadido por observadores internacionales y periodistas. Pinochet, que había proclamado el carácter democrático de las elecciones, había permitido el regreso de los exiliados.
El primer día encontré a Volodia en una conferencia de prensa. Días después estaba a su lado cuando los primeros resultados trajeron la certeza de la derrota de la dictadura. Festejamos juntos el acontecimiento, y él encontró tiempo para dirigir un saludo a los comunistas portugueses y a O diário, «mi periódico en Europa».
EL BIÓGRAFO
Como ya dije, Volodia cultivó casi todos los géneros literarios. Un día le pregunté cuál prefería y evitó responder, para recordar que, habiendo comenzado como poeta, tempranamente abandonó la poesía.
Tarde, ya en los años de exilio, sintió la tentación de escribir sobre los grandes poetas de Chile. Nos dejó tres libros sobre Pablo Neruda, Gabriela Mistral y Vicente Huidobro. Y un cuarto sobre el argentino Jorge Luís Borges.
Solamente recuerdo un escritor --el ruso Evgueni Tarlé, historiador por demás--, que haya logrado, como Volodia, comprender tanto a los biografiados que el lector imagina que entonces, tras la lectura, los conoce mejor.
Eso ocurre con la Mistral, la chilena que escribió sobre el amor como ninguna mujer de su tiempo, pero que, no obstante, murió virgen, a pesar de esa atormentada persecución de aquello que la obcecó y le confirió sentido a la vida.
De su libro sobre Huidobro --el poeta de la marcha infinita, que la madre creía vocacionado para ser rey de Chile--, puedo decir que, después de leerlo, sentí por el personaje una fascinación tanto más sorprendente por cuanto no apreciaba al poeta.
En Neruda identifico una catedral de la literatura. El autor de Veinte poemas de amor y una canción desesperada escribió mucho sobre sí mismo. Una autobiografía en que evoca su vida fue best seller mundial. Pero creo firmemente que Volodia ilumina mejor al hombre Neruda. Ellos fueron camaradas en muchas luchas en el Partido comunista chileno, ambos senadores, amigos íntimos. En la obra del biógrafo hay páginas sobre momentos y opciones de Neruda que son preciosas para entender al poeta, al ciudadano, al revolucionario, a su actitud ante las mujeres que amó de maneras muy diferentes. Y Volodia les dedicó una atención especial.
EL ESCRITOR DE MEMORIAS
Al regresar a Santiago, Volodia no abandonó la vida política. Como ya dije fue Secretario general del Partido comunista de Chile y posteriormente Presidente. Sin embargo, recuperada su biblioteca y definitivamente instalado en la capital, se dedicó con pasión a la literatura. En los últimos veinte años publicó más libros que en medio siglo anterior.
El biógrafo pasó de testimoniante a escritor de memorias. Decidió que había llegado la hora de escribir una obra diferente de todo lo que hiciera hasta entonces. Escribiría sobre su tiempo, contemplado por los hombres que sucesivamente habían vivido en Volodia mismo. Sabía que el tiempo de vida útil no sería largo. De inicio, el proyecto era novedoso, faltaba encuadrarlo, darle una dimensión. Fue tomando forma a medida que escribía, recordando. Admitió primero que serian dos tomos. Después alargó la estructura de manera que en ella cupieran tres. Finalmente salió una tetralogía: Antes que llegue el olvido.
No exagero al calificar esa obra –interrumpida por otras- de monumento literario. Mas la expresión no puede transmitir al lector aquello que va a sentir, que le ilumina los caminos para donde el escritor lo empuja. ¿Por qué?
Porque los actos y el vivir del joven Volodia, del combatiente de edad madura, del intelectual revolucionario ya cargado de años surgen en el libro permanentemente fundidos con la reflexión sobre acontecimientos y personas que lo van moldeando y transforman el planeta Tierra. El mismo Volodia se nos aparece en viajes a través de muchos Volodias en la aventura de una existencia humana.
De ahí la complementariedad no antagónica entre lo subjetivo y la historia exterior que envuelve al narrador y lo acompaña de la adolescencia a la vejez.
Volodia fue, para mí, el escritor latinoamericano que escribió los perfiles de mujeres que más me conmovieron. Retrató como nadie a las mujeres que pasaron por la vida de Neruda. Pero sobre mujeres que Volodia amó, escribió también páginas que, en la intención de acompañar, nos proyectan en una atmósfera mágica. Como el capítulo del primer tomo de su tetralogía, cuando describe la caminata, en la última noche del año, por las calles desiertas de Santiago en una búsqueda impaciente de una pensión donde lo acepten con una joven que será su primera compañera. La evocación de esas horas es un maravilloso poema en prosa al amor.
EL HAMBRE SERENA DE TOTALIDAD
La vida me proporcionó la felicidad de volver a ver a Volodia algunas veces después de su regreso a Chile. Pero no siempre allí, porque él fue, aun cuando ya tenía enorme dificultad para caminar, un viajero con ansias de hacer camino al andar, como decía Antonio Machado. No paraba de correr por el mundo.
Nos encontramos en La Habana en 1999. Entonces yo había escogido Cuba para escribir, lejos de la pequeña política portuguesa para que sus ecos no perturbaran mi tranquilidad. Él apareció inesperadamente, como huésped de honor, para presentar uno de sus libros. Fidel, que lo admiraba mucho, lo llamaba siempre durante esas visitas para iniciar conversaciones que entraban a la madrugada.
Yo comenzaba entonces a escribir mi libro O tempo e o espaço em que vivi, y el reencuentro me permitió abordar temas de Antes que llegue el olvido. Volodia sabía que había sido la lectura del tomo I la que me había llevado a la decisión de ascender por la memoria en el tiempo, para escribir.
Siempre que recibía un libro suyo se le dedicaba una crónica, casi siempre en ¡Avante! En Portugal lo volví a ver en 2001. Yo estaba de paso, él venía a lanzar la edición portuguesa de Los dos Borges. Amaba tanto nuestra lengua que, para expresar su aprecio por la traducción de Serafim Ferreira, no dudó en afirmar que le había gustado más leerse en portugués que en su original en castellano. En esa breve visita Volodia pronunció una conferencia en la Casa de Fernando Pessoa. En ese día, horas antes, los Estados Unidos habían iniciado la agresión al pueblo de Afganistán. Bombardeaban Kabul. No recuerdo cuál fue el tema de su presentación, pero guardo recuerdo de sus palabras de apertura. Dirigiéndose a escritores de múltiples rumbos ideológicos, declaró que sería impensable hablar allí de literatura sin denunciar previamente el acto de barbarie que el imperialismo norteamericano infligía aquel día a ese pueblo de Asia Central.
Dos años más adelante visité a Volodia en su casa cuando participé en Santiago en el seminario Allende vive. 30 años después. El salía cada vez menos, dedicaba cada vez más tiempo a escribir.
Hablamos, sobre todo, y a iniciativa mía, de su obra. Él estaba terminando Un soñador del siglo XXI, último tomo de la tetralogía.
En la conversación, prolongada, abordé por primera vez un tema delicado. Yo veía en él, hace mucho, al último de los grandes escritores humanistas del siglo que recién había finalizado. Al envejecer, su estilo se había transformado, acompañando el acumular de los años. Y el cambio se apreciaba con claridad en la tetralogía.
Volodia cultivaba la ironía de una manera muy suya. Raramente lo vi sonreír, pero sabía hacer sonreír a sus interlocutores a propósito de todo y nada.
Esa vez fui directo al asunto. Recordó que, así como el discurso político pronunciado a los 30 años de manera improvisada no es el mismo de los 70 --ni por su contenido, forma y sonido --, lo mismo tiene lugar con la escritura.
«La memoria -comentó- no responde en la vejez como en la juventud. El escritor no puede desconocer la ley de la vida…»
Lo que se mantienia en él inalterable era esa ansia de totalidad que fue ganando espacio en su obra para culminar en la tetralogía. Volodia no ignoraba que el conocimiento universal está vedado a la condición humana. Pero como escritor utilizó la experiencia de su vida de revolucionario y la enorme suma de conocimiento acumulado para, fundidas, construir una obra que es un monumento, expresión de cultura humanista.
En sus transposiciones de tiempo y espacio, en el revivir de grandes momentos de su tempestuosa vida, en la interacción constante entre lo individual y lo colectivo, la circunstancia y la historia profunda, la capitulación de los hombres y las grandes epopeyas, el escritor no persigue el absoluto, pero al mantener la esperanza, incluso en períodos de desespero, emerge siempre como un sereno y eterno amante de la utopía.
Amaba a Joyce como amaba a Esquilo y Cervantes. Pero no obstante, todo lo que lo separa como escritor del genial irlandés, hace en la obra de Volodia la mismo deseo insaciable de meter todo en un libro que encontramos en Ulises.
El último abrazo se lo di en noviembre de de 2004, en Caracas, donde compareció para participar en el I Encuentro de Intelectuales en Defensa de la Humanidad. Volodia quiso, con su presencia, expresar una solidaridad sin restricciones con la Revolución bolivariana.
De él recibí recientemente, vía electrónica, una carta muy generosa de comentario a un libro mío que yo le enviara. Una vez más consiguió conmoverme.
Al terminar esta evocación del revolucionario, del escritor, del amigo, abro el tomo IV de su tetralogía. Y encuentro, en la última página, estas palabras que transcribo:
No controlo el reloj de las despedidas. Falta no sé cuánto para la media noche. Aunque sea cada vez más tarde, trataré de seguir despierto. En la vigilia quedé claro que no se trata de un asunto exclusivamente personal. Como se sabe desde la antigüedad, el “antes del olvido” nos concierne a todos. Deja por escrito lo que aun guarda la memoria. Será así más difícil borrarla del todo. Te pido algo personal: sé fiel al sueño de los sueños.
Su funeral fue grandioso. Tan unanime fue el homenaje que hasta la presidente de Chile, Michele Bachellet, una advesrsaria ideologica, cantó alli la Internacional.
Serpa, 8 de febrero de 2008 Traducido para odiario.info por Marla Muñoz







