Algunas consecuencias de un diagnóstico: ¿antropoceno o capitaloceno?
El 'New Green Deal', los manuales de auto ayuda verde, el hidrógeno idem y los sumideros de carbono apenas son elegantes coartadas para acabar tirando más de la energía nuclear
El reciente ensayo de Matthew T. Huber titulado[1] "Climate change as class war" (Verso, 2022) incide en una cuestión central en la lucha contra el colapso climático. En él se cuestiona que muchas de las iniciativas que podamos tomar como consumidores (para reducir nuestra huella ecológica, energética o de carbono) puedan tener el alcance suficiente para frenar el colapso, y en paralelo argumenta -en mi opinión con fundamento- que al hacerlo estamos postergando acciones en el terreno de la producción y, siendo aún más precisos, más allá de la lógica insostenible de la producción capitalista. Acciones estas que podrían ser mucho más decisivas.
Lo que precede podría visualizarse de muchas maneras, siendo una de ellas observar las frecuentes asimetrías entre las posiciones y movilizaciones ecologistas de consumidores y ciudadanos de nivel educativo e ingresos medios-altos, versus las reivindicaciones laborales sobre mantenimiento de sectores o reconversiones del complejo fósil-nuclear. Pues las primeras y las segundas podrían muy bien entrar en conflicto o, al menos, transcurrir por sendas paralelas.

A no ser -cuestión central en el ensayo de Huber- que el movimiento sindical y de los trabajadores defina y asuma una agenda verde anticapitalista que integre las demandas de los ciudadanos como consumidores ambientalmente responsables[2]. ¿Es posible hacerlo?, ¿es posible transitar de un enfoque en el que todos los humanos somos responsables -antropoceno- a un enfoque en el que los más determinantes son una minoría social depredadora -capitaloceno-?, y a continuación: ¿qué consecuencias tiene esto en cuanto a propuestas concretas? Vayamos por partes.
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El enfoque del antropoceno (cuando lo centramos en que todos somos responsables por nuestro modelo de consumo) remite a indicadores como la huella ecológica (personal o de un país concreto) y a lo que el autor denomina una "ecología de la austeridad o de los límites" (p. 52, 176) centrada en las conductas de mercado o en corregir fallos de mercado (derechos de emisión, externalidades).
Un enfoque que, según él, deja fuera de foco los beneficios, la producción y los capitalistas (p. 42, 78). Pues son estos últimos los que explican que la huella de carbono se concentre de forma ostentosa en la parte de la sociedad que captura las rentas del capital. A día de hoy el 10 % más rico de la población mundial provoca tantas emisiones como el 50 % de la población más pobre y trabajadora.

Alternativamente el enfoque del capitaloceno duda mucho de la supuesta soberanía del consumidor para alcanzar un sistema energético descarbonizado, un sistema que desde la máquina de vapor es funcional a la gestión capitalista de la producción[3]. En el que ingentes flujos de capital se invierten en factorías, yacimientos, redes de transporte, etc. al servicio de una mecanización con hidrocarburos que rinde plusvalía relativa y beneficios ahorrando trabajo humano: "el consumo de energía es una necesidad estructural del modo en que está organizada la producción" (p. 72). Ya sea en la agricultura (abonos, tractores), la industria (cemento, acero, aluminio) o los transportes[4]. Algo que tanto sucede cuando el control empresarial lo tiene el capitalismo financiero (en EE.UU. y buena parte del mundo) como cuando lo hace un capitalismo de Estado fósil (en otras latitudes como China, Rusia, Arabia Saudí, etc.).
Planteadas así las cosas no se trata de ganar una lucha de ideas (entre negacionismo o ciencia) sino de cambiar la producción material: "reducir la política climática a la ciencia elude la cuestión del poder" (p. 141). Y si hay que hablar de producción vale de poco centrarse en fallos del mercado, de precios que no incluyen externalidades, de reducir los costes de las políticas ambientales, de trasladar los costes sociales a los consumidores o de hacer que estos modifiquen sus conductas.
Algo que se hace patente en el perfecto acoplamiento entre el crecimiento del PIB (por habitante, en $ constantes, media de los países ricos) entre los años 1980-2020 (eje horizontal del siguiente gráfico, en datos quinquenales) y la catastrófica progresión de partículas de CO2 (ppm[5], en el eje vertical) que generan colapso climático.

Si el centro del análisis (y de las políticas a aplicar) debe estar en la producción, la austeridad frente al despilfarro o el decrecimiento frente al crecentismo[6] no nos van a ayudar mucho. Al menos mientras no seamos capaces de concretar "que algunas cosas deben crecer, mientras otras deben decrecer" (p. 186), o bien plantear "políticas sociales más amplias como la renta básica universal y una garantía laboral" (p. 188). En cualquier caso a la vista de la relación entre el crecimiento capitalista mundial y las emisiones de CO2 entre 1985-2020 debiéramos buscar afectar más a ejes de producción capitalista y no tanto de consumo. Y, si esto es así, la perspectiva marxista se hace imprescindible[7].
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¿Qué consecuencias concretas tendría este "enfoque de capitaloceno" en las concretas propuestas de actuación social según el autor de este ensayo?. Propuestas que, sobra decirlo, buscarían un respaldo mayoritario de los trabajadores para trascender los limitados márgenes de las propuestas alternativas más usuales (ya como consumidores "austeros", ya como consumidores "desconectados").
Debieran ser propuestas que, respaldadas por amplios sectores de trabajadores, confluyan en un sistema energético descarbonizado no por medio de un control vía mercado sino por un control consciente de la producción. Propuestas con las que "la gente de clase trabajadora empiece a asociar la acción por el clima con mejoras reales y materiales de sus condiciones de vida" (p. 239) y que, de manera específica, definan "la electricidad como derecho humano básico y bien de interés público" (p. 263) ante las múltiples situaciones de pobreza energética. Propuestas que buscarán evitar situaciones de carencia en medio de una supuesta abundancia potencial en lo relativo a la alimentación, la vivienda, la energía o el transporte (p. 213 y 314).
En todos esos casos se trataría de desmercantilizar -sacar del mercado- las necesidades de la clase trabajadora por medio de la intervención del Estado. En el caso de la energía con una generación limpia que suponga más y mejor empleo del que se suprima en el complejo privado fósil, para lo que "necesitamos una inversión pública descomunal, con independencia de que sea rentable o produzca beneficios" (p. 263). Y en el resto de los sectores citados enmarcándolos en "la ampliación de la titularidad pública de instituciones y sectores económicos clave" (p. 253).
En este contexto el autor cita ejemplos concretos de la agenda propuesta por Socialistas Democráticos de América[8] en los últimos años que, trasladados a la situación española actual podrían pasar por: una red de transporte urbano público electrificado y gratuito, la generación de renovables por el sector público (estatal, autonómico y local) que permita una renta básica eléctrica, espacios de refugio climático y ocio populares, climatización de edificios públicos (centros educativos, geriátricos, etc.), conservación de montes, cauces y espacios de alto riesgo, parque de vivienda pública ecoeficiente para alquiler, economatos de alimentos sostenibles de proximidad, ....
Evitando así que la "agenda verde" sea vista como una amenaza por los trabajadores en general (y del complejo fósil-nuclear[9] en particular) como venden las derechas. Pues -en conjunto- supondrán más y mejor empleo, más desarrollo social y calidad de vida. Desmercantilizando necesidades básicas. Y avanzando -ahora si- hacia un sistema energético descarbonizado mediante un paquete de políticas alternativas[10] que Huber rotula como "ecología proletaria" (p. 197 y ss.)
Seamos claros: de no hacerlo así, desde la economía circular al New Green Deal, pasando por las políticas de adaptación, los manuales de auto ayuda verde, el hidrógeno idem y los sumideros de carbono apenas son elegantes coartadas para acabar tirando más de la energía nuclear. Para que siga la fiesta de los privilegiados del planeta[11] ... y capitular al colapso.
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Notas
[1] Citaré por la edición en castellano titulada "El futuro de la revolución", Errata naturae, Madrid, 2024.
[2] A lo contrario se dedican las opciones políticas que, con el respaldo electoral creciente de algunos trabajadores, defienden posiciones negacionistas o, al menos, contrarias a una agenda verde. Las disyuntivas que siguen las plantea el autor en la p. 311 de su ensayo.
[3] No se trataría tanto de asumir la ciencia, soluciones técnicas, estilos de consumo, ... cuanto de un sistema social de producción; tal como concreta Andreas Malm (Capital fósil, Capitán Swing, 2020) al vincular la creciente plusvalía relativa capitalista a las energías fósiles (op. cit. p. 36 y 68
[4] Prada, A. (1984) "Ecología y valor. El problema ecológico en Marx", Mientras Tanto n.º 19, página 97
[5] Se considera crítico superar el umbral de las 350 ppm de CO2 en la atmósfera, un dato ya superado en 1990 (segundo punto a la izquierda del gráfico)
[6] Sobre despilfarro ver mi ensayo "El despilfarro de las naciones" (Clave Intelectual, Madrid, 2017) y sobre crecentismo "Riqueza nacional y bienestar social" (Universidade de Vigo, 2021)
[7] Quién esto escribe lo razonaba ya así en el año 1984 en la, ya citada, revista Mientras Tanto n.º 19; una revisión más reciente sobre Marx, ecología y medio ambiente, aquí
https://www.sinpermiso.info/textos/la-critica-abierta-de-marx
[8] Ver aquí: https://ecosocialists.dsausa.org/the-gnd-now-theory-and-praxis/ ; coincide en estas prioridades Kohei Saito ("El capital en la era del Antropoceno", Penguin, 2022, Barcelona) cuando en la p. 254 propone "garantizar el acceso universal a alimentos, agua, luz, vivienda y transporte público". Naomi Klein ("Esto lo cambia todo", Paidós, 2015, Barcelona, pp. 121 y ss.) ya identificaba estas mismas prioridades (renta básica y reducción de jornada incluidas).
[9] Huber (p. 273 y ss.) parece "disculpar" la opción nuclear de la empresa pública federal Tennessee Valley Authority (TVA) (41% de su electricidad), por su alto grado de sindicalización, para descarbonizar el sistema de EE.UU.; en mi opinión condicionado por la ausencia en su ensayo de una rotunda apuesta por reducir el consumo eléctrico de nuestras sociedades. A causa de dejarse llevar demasiado lejos por su escepticismo sobre los "límites del crecimiento".
[10] Otra perspectiva marxista sería la de Kohei Saito ("La naturaleza contra el capital", Bellaterra, 2022, p. 12) que también propone la agenda de un "proletariado ambiental", aunque en un horizonte de políticas más locales y cooperativas que estatales (S. Zizek "Contra el progreso" Paidós, 2025, p. 38-39), en general, por ejemplo:
https://fearlesscities.com/es/el-libro; un buen ejemplo concreto sería el Pla Clima de Barcelona.
[11] Douglas Rushkoff "La supervivencia de los más ricos. Fantasías escapistas de los millonarios tecnológicos" (Edit. Capitán Swing, 2023) lo resume como "negocio del apocalipsis".
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