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19/10/2020 :: Estado español

COVID-19 y la represión

x Movimiento Antirrepresivo de Madrid
Articulo públicado en la revista del Movimiento Antirrepresivo de Madrid "Amnistía" nº 4 | Octubre 2020

Sobre la pandemia y sus efectos a diversas escalas se ha escrito ya abundantemente. Queríamos profundizar en lo que más nos atañe, la represión, y en las consecuencias que la emergencia sanitaria ha traído al respecto.

Queremos empezar por dejar claro que entendemos que, ante una situación así, era necesario adoptar medidas especiales para controlar la enfermedad. Pero nos cuesta creer que los criterios seguidos en lo adoptado por parte del Estado hayan sido puramente médicos y no hayan estado motivados por razones de control social y explotación. De hecho, la gestión sanitaria que desde las instituciones se ha realizado ha demostrado que lo que menos importaba era salvar vidas. ¿Cómo explicar si no la ingente cantidad de empresas que siguieron su actividad con normalidad y sin apenas equipos de prevención? ¿O las aglomeraciones que se vivían en el transporte público cuando los obreros acudíamos al trabajo? El etcétera es muy largo y ya ha sido más que comentado.

Contrasta la negligencia y escasez con que se dirigió el aspecto médico con el derroche militarista y policial vivido aquellos meses. Mientras que las ruedas de prensa informativas sobre la pandemia estaban copadas en otros países por técnicos, aquí teníamos que ver cómo tres altos rangos del ejército acumulaban protagonismo ante las cámaras. Y fuera de la pantalla la situación era semejante. Porque no dejaron escapar la ocasión para sacar a las tropas a pasearse por las calles de todas las ciudades. El Estado español y su ejército ya no es que pretendan matar moscas a cañonazos, ¡ahora parecen querer dirigirlos contra los virus! Con ello pretenden normalizar la presencia del ejército en las calles de cara a más que probables conflictos sociales que puedan requerir el uso de toda la fuerza para aplastar a quienes luchen en un futuro cercano por nuestras condiciones de vida. Saben que no podrían justificar la presencia de los uniformados en nuestros barrios de la noche a la mañana y el virus les ha propiciado una oportunidad de oro para adelantar trabajo. Y, de paso, les lavaban la cara, poniéndolos como héroes al lado de médicos y trabajadores de supermercados.

Igual legitimación han pretendido darle a los cuerpos policiales, que han gozado de barra libre para toda clase de abusos. Pudimos ver innumerables agresiones y actuaciones salvajes que quedaron, como de costumbre, impunes. Además, el mismo gobierno ``progresista´´ que prometió derogar la Ley Mordaza, la utilizó para imponer 1’2 millones de multas con cuantías de 600 a 10.000€. Las detenciones superaron las 9.000, algunas acabando incluso en prisión. Todo este despliegue represivo y de control de la población se sufrió fundamentalmente, como no podía ser de otra manera, en los barrios obreros. Donde, además, las condiciones de las viviendas de cara a un aislamiento tan prolongado, son peores: hacinamiento, falta de ventilación, de luz… Y, para mayor ensañamiento, se llegaron a multar a organizaciones solidarias que repartían comida y otros bienes necesarios a las familias que peor lo estaban pasando. El Estado no solamente nos deja tirados y nos deja, literalmente, morir de hambre, sino que cuando alguien trata de paliar tan horrible situación, es perseguido y castigado.

Y así llegamos a las primeras fases de la desescalada, con las caceroladas fascistas que se iniciaron en el distrito de Salamanca y se extendieron a varios barrios y municipios de Madrid, con las que los policías compadreaban; y las concentraciones en repulsa a éstas mismas y a favor de la sanidad pública, en las que se sufrieron varias multas y detenciones. Era el enésimo ejemplo de a quiénes protege y a quiénes reprime la policía española.

Y, por último, nos vemos enfrascados en una “nueva normalidad” que se parece bastante a la de siempre (paro, explotación, desahucios…) pero con una vuelta de tuerca más a la opresión de la oligarquía contra el pueblo trabajador y las medidas de control y represión ejercidas. La agudización de la crisis, que se venía advirtiendo y que la epidemia aceleró, puede traer un aumento de las protestas sociales y un recrudecimiento de la lucha de clases. Y el Estado se arma para ello. Especialmente en el plano ideológico. Ha extendido el miedo ciego ante un enemigo invisible, la disciplina cuartelaria, el chivateo, la culpabilización colectiva, la imposición de la unidad por encima de clases o nacionalidades para ``derrotar al virus´´, el individualismo, al Estado como único salvador posible, la despolitización de los problemas sociales, la incapacidad de la población frente a los omniscientes expertos… Todo un arsenal de ideología contraria al interés común y a la lucha por nuestros derechos. Tenemos el deber de contraatacar y poner en valor la solidaridad, las soluciones colectivas, las responsabilidades políticas de lo que ocurre y la necesidad de continuar luchando contra este Régimen. Por otra parte, las restricciones al movimiento y las reuniones están sirviendo para debilitar las protestas, esquilmar los movimientos políticos combativos, entorpecer el normal funcionamiento de asambleas, colectivos, espacios autogestionados, la propaganda y difusión de nuestras ideas…

Ante todo ello, apelamos una vez más a la desobediencia y la resistencia. La salud y la ciencia son también arena de combate político entre clases y no siempre defienden la verdad, sino los intereses de la oligarquía. Sabemos de sobra cómo manipulan con diversos temas; no dudemos de que también lo harán con la sanidad. No debemos ser irresponsables con nuestra salud y la de quienes nos rodean. Pero ni mucho menos podemos dejar que sea el Estado el que marque nuestra actividad y delimite qué podemos hacer y qué no. Busquemos nuevas formas de defendernos y atacar si es necesario pero, sobre todo, recuperemos las calles. No agachemos la cabeza cuando nos manden a casa o nos digan que no podemos protestar. Gritemos bien alto que estamos hartos de tanta explotación y miseria y que no vamos a cejar en nuestra lucha hasta conseguir los derechos y libertades que se nos niegan. Ahora más que nunca, ¡organicémonos y hagámosles frente!

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