El reloj de la izquierda española lleva atrasada la hora de Venezuela

Una reflexión rápida sobre algo que en estos últimos días me dicen que no es la hora de expresar en público.
Cuando en 2002 comenté a mis amigas y amigos de izquierdas que me iría unas semanas de consultor a Venezuela para trabajar en el entorno del presidente Chávez recibía siempre la misma respuesta. Fueran del PSOE, IU, PCE o de otras organizaciones políticas o sindicales me decían que cómo hacía eso, que estaba loco, pues -según me aseguraban- Chávez era un militar golpista, de derechas e impresentable (el Perón del siglo XXI). Una opinión que mantenían incluso quienes tenían amplia experiencia como dirigentes y que duró mucho tiempo.
Tanto fue así, que una de las tareas que nos encomendamos quienes estábamos en aquel equipo fue la de difundir del modo más realista posible lo que estaba sucediendo en Venezuela, la naturaleza del proceso constituyente, las primeras medidas económicas, lo que había ocurrido con el golpe petrolero y, en fin, las expectativas de transformación social que se estaban abriendo.
No fue fácil porque el prejuicio en los ambientes de izquierdas hacia la revolución bolivariana era muy fuerte y no sólo en sus primeros tiempos. Sirva de ejemplo lo siguiente. Bastante más tarde, y sabiendo quienes organizaban una de las jornadas de Economía Crítica que se celebraron por entonces en España que yo había estado en aquel país, me invitaron a realizar una ponencia sobre la experiencia venezolana.
Para analizar el apoyo social tan grande que tenía el chavismo de entonces, expliqué -entre otras cosas- lo que había supuesto la llamada Misión Identidad. Gracias a ella, en el momento en que lo expuse ya se había concedido la cédula (DNI) a cerca de 10 millones de personas. Cuando acabé mi exposición tomó la palabra una académica de izquierda muy conocida y respetada para decir que eso había que entenderlo como puro electoralismo. Argumentó que Chávez lo habría hecho con el exclusivo propósito de conseguir el voto de esa gente.
Alguien con una amplísima formación, con un compromiso político ejemplar durante décadas y referente de la izquierda y de la economía crítica en toda España no se percataba de que lo que estaba llevándose a cabo en Venezuela era una auténtica revolución. No entendía que, con ese acto concreto de conceder la cédula, se convertía en ciudadanos y ciudadanas a quienes antes no eran, sencillamente hablando, sino «nadies», personas que, para el Estado y la Administración, no existían porque ni siquiera podían identificarse. Si a eso se añadía que comenzaban a recibir derechos, servicios y ayudas sociales por primera vez en su vida, se podía entender claramente por qué y cómo se estaba forjando una base social de militancia y apoyo popular que iba a ser inquebrantable por muchos años.
Mi colega seguramente también seguiría creyendo que arreglarle la boca y operar de cataratas a docenas de miles de personas, o poner centros de salud con médicos cubanos, capaces de atender a quienes hasta entonces no había recibido el más mínimo servicio médico, eran igualmente medidas de electoralismo chavista.
Salvando algunos casos excepcionales, las izquierdas españolas tardaron en entender lo que estaba ocurriendo en Venezuela y le prestaron su escaso apoyo con retraso.
Con el paso del tiempo, las cosas cambiaron y comenzaron a manifestarse tímidos apoyos, incluso por parte del PSOE de Rodríguez Zapatero, aunque casi siempre mirando hacia el norte, a ver si no se molestaba el imperio. Sobre todo, con uno de los aspectos que minó la pureza inicial del proceso revolucionario, la corrupción.
Este había sido siempre un mal endémico de Venezuela, pero a la corrupción bolivariana, ínfima en comparación, no se le puso coto efectivo desde el inicio y provocaba frustración, desaliento y creciente desafecto hacia algunos dirigentes. Las izquierdas españolas, sin embargo, insistían (siguiendo lo que orientaban los grandes medios) en que Maduro era un dictador. volvían a no percatarse de la realidad y a estar mal sincronizadas con lo que iba pasando en Venezuela. Llegaron tarde a la hora de apoyarla, y tarde se van a dar cuenta de que no han apoyado lo suficiente, por miedo a Trump o a perder los millones de la UE.
No hablo, por supuesto, de los millones de venezolanas y venezolanos que han seguido fieles a los ideales que impulsaron la revolución y a quienes se debe lo bueno que sigue estando y mejora con los años. Todos ellos, como el conjunto del pueblo venezolano, merecen reconocimiento y todo el apoyo, así como la mayor parte de la clase dirigente encabezada por Nicolás Maduro que es corresponsable de que siga adelante el proceso revolucionario.
Tengo muy claro que el sufrimiento de su pueblo es, ante todo, consecuencia de una agresión continuada de EEUU: un crimen político, económico y social que debe ser condenado sin reservas, gobierne quien gobierne en Caracas.
Pero precisamente porque esa agresión existe y es tan brutal, no se le puede responder renunciando a principios que siempre han de ser ingredientes fundamentales de la transformación social progresista. Las izquierdas españolas no pueden defender con credibilidad la emancipación de los pueblos si relativizan los avances bolivarianos en inclusión, en democracia, en DDHH, en justicia.
Esos valores no pueden ser meros adornos morales que se utilizan cuando conviene. Su defensa y puesta en práctica es una condición que inexcusablemente ha de darse para que la transformación social no derive en parlamentarismo, acomodo o en una simple sustitución de las élites como ocurrió con todos los gobierno 'socialistas' desde la transición. Si sólo se exigen cuando los pisan "los otros" y se excusan cuando los vulneran «los nuestros», no sólo se pierde autoridad moral: se renuncia así, en la práctica, a la posibilidad de construir formas de vida alternativas justas y liberadoras que sean creíbles y permanentes para los pueblos.
Se perfectamente que no es fácil hacer efectivos esos principios cuando se tiene enfrente a un enemigo que no los respeta, ni consiente que se ejerzan en beneficio de toda la sociedad, pero es imprescindible hacerlo. Nadie dijo que cambiar un mundo dominado por una oligarquía tan inhumana y poderosa como la de hoy día fuese una tarea simple y sencilla.







