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20/12/2006 :: Pensamiento, Estado español

¿Qué es lo que tememos de la Catástrofe?

x Pedro García Olivo - La Haine
¿No será que lo único que nos parece mal de este Infortunio cotidiano, en cuyo corazón viven ya millones de personas, es que mañana pueda también afectarnos a nosotros, los occidentales, que durante los últimos siglos hemos hecho todo lo posible para que la Catástrofe sea el destino de los demás?

Decir tranquilamente que Occidente avanza con mucha decisión hacia la Catástrofe hoy ya no constituye un signo de extravío o de excentricidad. Desde campos diversos se ha llamado la atención sobre las distintas espadas de Damocles que penden sobre la cabeza de nuestra Civilización: la nuclear, la ecológica, la demográfica, la económico-social,...

Determinadas corrientes de pensamiento y de investigación han asumido la Catástrofe en tanto destino de Occidente y han partido de esa certidumbre, como de un dato incontestable, para interrogarse por cuestiones conexas: ¿Cómo se explica la "pasividad’ de los hombres ante las amenazas, ante los avisos de Catástrofe que se ciernen sobre sus vidas? ¿Tiene que ver esa "parálisis" con el miedo, con el pánico que podría haberse instalado en nuestra Cultura?

Este ha sido el punto de arranque de investigaciones como la de Hans Peter Dreitzel (autor de Miedo y Civilización), que conectan con líneas de reflexión interesadas en la problemática de la decadencia de nuestra formación socio-cultural. Para P.Sloterdijk, por ejemplo, la decadencia de Occidente ("vivimos -sostiene- en la eterna víspera de aquello que ya ha sucedido") se manifiesta sobre todo en la "ausencia de movilización" de los hombres frente a las "catástrofes de advertencia" que nos asaltan en nuestros días como verdaderas "advertencias de la Catástrofe". Sería la nuestra una "cultura pánica" en la que el miedo desarma y paraliza a los individuos, incapacitándolos para toda respuesta, para toda tentativa seria de "salvación". En "¿Cuántas catástrofes necesita el hombre?" (1977), Sloterdijk, concordando con Günter Anders, estimó que nuestra Cultura, en su decadencia final (en su agonía) ya sólo podía hacer una cosa antes de extinguirse: universalizarse.

Desde el ecologismo radical casi nadie duda de que la Catástrofe "nos persigue por delante". En "La última ilusión", Jürgen Dahl ha defendido, de forma convincente, una tesis muy antipática a los ojos del Pensamiento Único: que para conjurar la quiebra ecológica global no existen expedientes, carecemos de los medios, dentro de los marcos del sistema liberal-capitalista, pues la causa del deterioro irreversible del medio ambiente radica en las formas de producción inherentes al mismo. Sólo una detención y un retroceso, una marcha atrás, en el proceso de desarrollo económico e industrial, con sus consecuencias "indeseables" sobre el nivel de vida de las poblaciones occidentales -fin de la opulencia, pobreza sostenible- podría "mejorar" las expectativas. Pero no hay fuerza política con aspiraciones de gobierno dispuesta a convertir esa exigencia de un fin del bienestar en "programa electoral", capaz de asumir esa condición de un nivel de vida austerísimo, anti-consumista, como eje de un proyecto viable de desaceleración de la ruina ecológica...

Más realista parece la tesis de que nada se hará en esa dirección, por lo que la máquina productiva del Capitalismo va a continuar devastando la Tierra hasta que la Catástrofe ponga las cosas en su sitio. "Hay que esperar a que se produzca la Catástrofe a fin de que ésta provoque algún cambio -y al hablar de Catástrofe se habla del gran estallido final que, muy probablemente, arrasará una parte del mundo resolviendo así unos cuantos problemas, que habían llegado a ser insolubles, con el simple expediente de la destrucción, y dejando un mundo diezmado en el que tal vez sea posible seguir viviendo" (Dahl).

¿Para cuándo esta Catástrofe, a la que también se ha referido Gerd Bergffleth ("es necesario un salto hacia la propia muerte"), junto a los denominados, despectivamente, "oradores fúnebres de la Posmodernidad’? Según Soloviev, la civilización llegará a su fin (que será, en opinión del filósofo ruso, "el fin de todo") en la plenitud del "siglo más refinado". Para Cioran, que tampoco duda de la inminencia del Siglo Final ("nos preside -ha escrito- una providencia negativa"), y que ve en la "mecanización" el inicio de nuestra perdición, o, mejor, el apresuramiento de la misma ("no son las máquinas las que empujan al hombre civilizado hacia su perdición; es porque ya iba hacia ella que las inventó como medios, como auxiliares, para perderse más rápida y eficazmente"), hay algo que ocurrirá antes, algo previo, y ya en curso: la uniformización del planeta, la aniquilación mundial de la Diferencia.

Con el fin de asegurar una perdición absoluta, una perdición global, el hombre civilizado "se encarniza nivelando, uniformando el paisaje humano, borrando las irregularidades y proscribiendo las sorpresas". He aquí lo que nos caracteriza como occidentales, como representantes de una cultura decadente, "pánica" y cínica: "no concebimos que se pueda optar por un género de perdición distinto al nuestro". La Globalización es la antesala de la Catástrofe...

Hay también quien se resiste a aceptar la conveniencia de la Catástrofe; y, no pudiendo creer en la capacidad de enmienda del Capitalismo -capacidad de ponerse límites, de echar el freno, de "dejar de ser él mismo"-, aboga por una "eco-tiranía", por una "eco-dictadura": obligar a los hombres a que se comporten, en su relación con el medio, como deben comportarse para asegurar simplemente la subsistencia de la especie humana; obligarlos a vivir como se debe vivir para esquivar aquella Catástrofe. Se trataría, sin duda, de la más filantrópica de las Dictaduras, una tiranía verdaderamente "humanitaria".

A esta "eco-dictadura" se refería Hans Jonas cuando alegaba que, si ha de seguir existiendo una humanidad sobre la Tierra, habrá que renunciar a los lujos de la libertad; y, entre otros, le ha dedicado muchas páginas Rudolf Bahro, en su Lógica de la Salvación. Para este autor, "el gobierno de salvación será totalitario, o eco-dictatorial, o como queramos llamarlo, en tanto en cuanto los individuos no hagan el menor intento de ponerse por propia convicción a la altura del desafío histórico: asegurar la subsistencia de la especie humana en la Tierra, acabando para ello con las orientaciones económicas y las prácticas políticas "exterministas" hoy dominantes".

Desde luego que resulta "peripatética" esta idea de una Santa Tiranía, de una Dictadura Filantrópica; desde luego que incomoda aceptar la postulación de una Catástrofe inminente ("inminente" es un término relativo: quiere decir "enseguida", a la vuelta de un puñado de años o de unos pocos siglos). Pero, ¿podemos creer aún en la voluntad de "auto-corrección" del Productivismo? ¿Podemos confiar en que será revisada y neutralizada la lógica económica de crecimiento, de producción y consumo imparables, que caracteriza al Capitalismo y también distinguió al Socialismo?

Cabe imaginar fórmulas de organización político-económica que, apartándose del productivismo, y recuperando los elementos positivos de las tradiciones colectivistas, cooperativistas, agraristas, etc., instituyan modelos de sociedad infinitamente menos dañinos para la naturaleza que el actual y, de esta forma, garanticen la no-extinción de los seres humanos. La tradición libertaria sabe mucho de esa posibilidad: históricamente, se ha incursionado por vías poco holladas que permitirían al hombre sortear "santos despotismos" y "catástrofes prometidas". Pero ¿hay hombres (o podrá haberlos) dispuestos a aceptar un cambio tan drástico en sus hábitos políticos y económicos; capaces de asumir que han sido formados y educados en una farsa sangrienta, y que han invertido toda su vida en el error más estúpido y en el abono de la perdición de la Humanidad? Si se pudiera responder afirmativamente a esta pregunta, aún quedaría un resquicio para la esperanza.

Si la respuesta es negativa, ya sólo resta una cuestión por plantear: "¿Qué es lo que tememos de la Catástrofe?" ¿Qué tememos de la Catástrofe cuando la mayoría de nuestros congéneres vive ya en su seno (Catástrofe de pasar hambre, de ver morir a sus hijos en la infancia, de saberse indefensos y a merced de las enfermedades, de no poder escapar del terror político,...)? ¿No será que lo único que nos parece mal de este Infortunio cotidiano, en cuyo corazón viven ya millones de personas, lo único que nos inquieta y estremece, es que mañana pueda también afectarnos a nosotros, los occidentales, los hombres y mujeres que durante los últimos siglos hemos hecho todo lo posible para que la Catástrofe sea el destino de los demás y ahora retrocedemos espantados ante la sospecha, si no la certidumbre, de que también habrá de ser el nuestro?

¿Qué es lo que tanto tememos de la Catástrofe?

www.pedrogarciaolivoliteratura.com

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