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03/07/2020 :: Estado español

“Veremos más gente en prisión por motivos ideológicos y habrá que crear redes de apoyo”

x Cuarto Poder
Entrevista con el joven antifascista vallecano Alfon, que abandonó la prisión el mes de abril del pasado 2019

“Han cambiado muchos actores y los decorados son diferentes. Volver a la obra es complicado”. Alfonso F.O. (Alfon) describe con esta metáfora teatral la reincorporación a la vida normal tras salir de prisión la pasada primavera de 2019. Las centenares de personas que en 2015 gritaban “Alfon libertad” han tenido que esperar hasta ese año para ver su proclama cumplida. El vallecano, condenado a cuatro años de cárcel por tenencia de explosivos durante la huelga general de 2012, espera ahora a que Estrasburgo se pronuncie sobre su caso, que muchos consideraron un montaje policial. Para cuando lo haga, él ya habrá cumplido su condena.

En esto, Alfon tiene razón. El escenario de 2019 es muy diferente al de 2012, cuando fue detenido y comenzó un movimiento social masivo de apoyo a su causa. Ya no existe la conflictividad social que dejó la crisis financiera y ahora dirige España un Gobierno de coalición formado por PSOE y Unidas Podemos. Hoy, el atrezzo por el que él camina ya no adorna las cuestas de Madrid, sino las calles llanas de Barcelona. El protagonista tampoco es el mismo. Aprovechó la estancia en prisión para retomar los estudios y encontró un trabajo a las pocas semanas de salir. 

De su estancia se lleva amigos, cartas y unos cuantos libros que le amenizaron el tiempo de condena. En la biblioteca de su memoria conserva un sitio privilegiado para Nuestro Marx, de Néstor Kohan, Antonio B. el Ruso, ciudadano de tercera, de Ramiro Pinilla, Gente, años, vida (Memorias 1891-1967), de Iliá Erenburg, o Los subterráneos de la libertad, de Jorge Amado. El vallecano, que prefiere no mostrar su rostro, charla con cuartopoder sobre su experiencia en prisión y el panorama político.

-Ha cumplido ya cuatro años de condena y está en la calle, ¿en qué momento se encuentra?

-En la primavera de 2019 salí en libertad. Ahora queda el periodo de condicional hasta que termine definitivamente. 

- ¿Cómo ha sido su experiencia en la cárcel?

-En cuatro años te da tiempo a vivir periodos de todo tipo. No es lineal emocionalmente hablando. Tienes periodos en los que estás más alegre, que llevas mejor tu día a día, y otros más duros en los que te notas más triste. Ha habido diferentes épocas en estos cuatro años. 

- ¿Le ha costado volver a la normalidad?

-Menos de lo que pensaba por lo que me había contado gente que había estado y había salido. Yo salí y rápido empecé a trabajar en lo que había estudiado en prisión. Tuve mucho apoyo personal y familiar y se hizo más sencillo de lo que esperaba. 

- Transportémonos a 2012, el año en el que le detienen en la huelga general. Después vino la condena por tenencia de explosivos y la ratificación del Supremo, ¿sigue reconociéndose como inocente?

-Sí, esto siempre que me han preguntado lo he matizado. Yo nunca voy a juzgar la legitimidad o no de utilizar la violencia contra el Estado o quien consideres que te está oprimiendo. Pero en mi caso concreto, en términos jurídicos, defiendo mi inocencia y lo seguiré haciendo.

-¿Sigue considerándose un preso político?

-Sí.

- Llevó su caso a Estrasburgo, ¿en qué ha quedado?

-Estamos esperando a que se resuelva, pero estos periodos pueden durar bastantes años. 

- Una de las cosas que decía en las entrevistas de 2012 es que con su detención se quería dar una lección y reprimir la protesta política, ¿estos años de cárcel han funcionado para que usted lamine su actividad política?

-Ningún caso se puede analizar de forma aislada. Todo pertenece a su contexto. El contexto actual no tiene mucho que ver con el de 2012. En ese contexto había una oleada de movilizaciones muy fuerte que no se había visto desde hacía décadas y el Estado reaccionó con las herramientas que tiene para defenderse en esas situaciones. La principal es la represión. También hay otros vectores culturales que funcionan como método de control, pero la represión es fundamental. Mi caso se engloba dentro de esas estrategias de control cuando hay oleadas de movilizaciones que van contra la clase que dirige el Estado y a quien sirve el Estado.

-Durante ese periodo de conflictividad social se pusieron en marcha herramientas que siguen vigentes, como la Ley mordaza ¿hay cierta decepción al contemplar que hay cosas que siguen igual?

-Sí, mucha gente se las prometía felices al ver que un Gobierno del cambio o de progreso iba a llegar a su ayuntamiento o a su país. Incluso, yo mismo he confiado en algunos puntos. Veía bastante probable que la Ley mordaza rápidamente se derogase. Claro que hay una gran decepción en este sentido y quienes no están cumpliendo con lo que se esperaba de ellos tendrán que dar las explicaciones de por qué no lo están haciendo.

-Precisamente, hay personas que le apoyaron públicamente como Pablo Iglesias, Alberto Garzón o Gabriel Rufián que ahora ocupan espacios de poder, ¿eso le da esperanzas en cómo pueda cambiar España?

-En el contexto en el que ocurrió mi caso sí hubo un cambio de paradigma y se vio en este tipo de situaciones. Gente de la política oficial que ha conseguido hoy alcanzar cuotas de poder se posicionó con sectores de la lucha antifascista o con los derechos laborales de una forma que antes no habíamos visto. A día de hoy, y al margen de que yo pueda agradecer personalmente su apoyo, creo que se están dando con un muro de realidad. El Estado español tiene un problema muy profundo que por mucho que la gente apoye estas luchas de las que hablamos, que son combativas y pertenecen a una tradición revolucionaria, una vez están en el poder ese muro es infranqueable. No basta con hacer apoyos explícitos y brindis al sol. Creo que cuando quieres cambiar un Estado como el español, con una raíz fascista, tienes que ir bien preparado. Alguien de ese entorno dijo un día que no se puede ir a cazar leones con cazamariposas. Puede que sea lo que les esté pasando ahora.

- Cuando uno entra en la cárcel en 2015 y sale tres años y 10 meses después supongo que se encuentra con un mundo distinto, ¿qué ha cambiado para usted?

-A nivel personal, han cambiado muchos actores y los decorados son diferentes. Volver a la obra es complicado porque estás bastante desubicado. Pierdes autonomía porque pasas varios años en lo que te dicen cuándo levantarte, comer, salir al polideportivo, cuándo estar en el patio dando vueltas o sentado en un muro esperando a que abran para comer. Todos los horarios están muy controlados y la capacidad de decisión está muy limitada. Consiste en tomar decisiones como “me pongo la tele o me pongo un libro” o “invierto mi tiempo en estudiar o en pasear por el patio". Esa pérdida de autonomía te condiciona mucho cuando sales de prisión y creo que quien más lo sufre son los seres queridos o quienes tienes alrededor porque tienen que estar pendientes de ti aunque tú no lo hagas conscientemente. 

Esa falta de capacidad de decisión influye en quien te rodea y en tus familiares. Es en lo que deberíamos tener más cuidado y tratar cuando alguien sale de prisión. Creo que con el tiempo cada vez vamos a ver más gente entrar en prisión por motivos ideológicos y habrá que crear muchas redes de apoyo y gestión emocional para ese proceso de vuelta a la sociedad, vuelta a militancia y a las calles.

-¿Por qué cree que va a ir a más?

-Porque va a más la miseria.

-Cuando le detuvieron, durante las primeras semanas te aplicaron el protocolo FIES (Fichero de Internos de Especial Seguimiento), ¿puede explicar en qué consiste?

-En origen del FIES está en los años 90. Tras la oleada de luchas de los presos que se inician sobre todo en los 70, continúan en los 80 y en los 90 con motines, exigiendo mejoras en el régimen de vida en la cárcel. El Estado español, bajo el gobierno del PSOE, empieza a tomar medidas para controlar las prisiones y que no haya esos estallidos dentro. Crean el germen del FIES, que va evolucionando con el tiempo. Antes eran los años del control directo, aíslan a los presos que identifican como líderes de los motines y les aplican regímenes de vida muy duros. No les dejan tener ropa propia, tienen muy limitados sus artículos personales, posesiones... Y eso va evolucionando. Hoy tenemos un régimen FIES dividido en cinco grupos y a mí me aplicaron el 3, que es el que aplican por sistema a los presos políticos. 

Hay limitaciones en la comunicación. Tienes menos minutos para llamar al exterior, puedes escribir menos cartas y todo lo que escribas o te escriban tienen que pasar por control de instituciones, por lo que tardan mucho tiempo en llegar, las que tú envías y las que te mandan. Las conversaciones son grabadas y te limitan mucho las actividades dentro de prisión. Si hay una lista de espera, a los que están en FIES les dan menos oportunidades si quieres hacer algún curso. En Navalcarnero me encontré que los presos vascos y yo teníamos prohibido relacionarnos. No nos dejaban compartir espacios o estar juntos en el mismo sitio a los que estábamos en el FIES 3.

-¿Y cómo le afecta personalmente?

-Si tienes alguna duda de que hay una motivación política en la represión, te las despeja.

-¿Cuáles son los libros que destacaría de los que ha leído en la cárcel?

-Nuestro Marx, de Néstor Kohan, Antonio B. el Ruso, ciudadano de tercera, de Ramiro Pinilla, y las memorias de Elia Ehrenburg. También Los subterráneos de la libertad, de Jorge Amado.

-¿Y la carta que le haya llegado que más recuerde?

-Las cartas entrañables e interminables de mi madre. La que más fuerza me dio, la de Marcos Ana.

-¿Se le han quitado las ganas de implicarse en política?

-No, al revés, cuando lo vives en tus propias carnes ya es algo que nunca vas a desligar de tu identidad y de tu existencia. Te va a acompañar siempre, permea a tu identidad.

-Usted sigue diciendo que es inocente a pesar de que ya ha cumplido la condena. ¿volverá a confiar en las instituciones?

-Cuando detienen a gente de forma aleatoria en las manifestaciones, la gente dice "esto no es justo". Claro que no es justo. No es una cuestión de justicia, sino de intereses. El Estado defiende sus intereses y para ello aplica el derecho y las instituciones. Si partes de la premisa de que algo es injusto es porque tienes confianza en que las instituciones van a aplicar justicia. Los estados están para aplicar una "justicia", pero no imparcial, sino que defiende unos intereses concretos.

-Cuando esto sucedió hubo gente que convocó movilizaciones a su favor, distribuyó camisetas con su cara y todo tipo de pancartas, ¿cómo gestionó convertirse en un símbolo para tantas personas siendo tan joven?

-Nunca he tenido la sensación de convertirme en un símbolo, honestamente. Creo que mi caso tuvo más repercusión porque veníamos de Rodea el Congreso, una huelga general europea, un otoño muy caliente... Eso creo que influyó en que tuviera tanta repercusión. También a lo largo del proceso se iba viendo la cantidad de irregularidades que se dieron. 

-Volviendo a la actualidad. Usted viene de movimientos antifascistas, ¿le ha sorprendido que Vox entrase en el Congreso?

-No, no me ha sorprendido. Yo he vivido que nos acusasen de tener una especie de teoría conspirativa de que el fascismo iba a estallar. Yo decía que si nosotros no estructurábamos un movimiento obrero fuerte, capaz de contrarrestar las desigualdades sociales, habría una ultraderecha que supiera introducir en un discurso esos descontentos obreros. Es cierto que en España no tenemos una ultraderecha de perfil obrerista, pero sería mentir si dijésemos que no ha calado en cierta población obrera ese discurso xenófobo, de enfrentamiento entre culturas y demás.

- Usted ha pasado una parte de la condena en Madrid y otra en Catalunya, ¿cómo ha vivido el procés?

-Yo en octubre de 2017 estaba preso en Madrid. Lo que sí viví fue la oleada de manifestaciones de octubre de 2019. Yo no estuve en el rock and roll, pero sí vi quién era esa gente que decía "ya está". Vi chavales del área metropolitana de Barcelona, con una estética trap, castellanoparlantes, con una media de edad de 17 o 18 años. Trascendía el binomio de independencia sí o no. Creo que fue una oleada de movilizaciones que superó ese binomio. Creo ahí está la clave para el republicanismo catalán. Si quiere hacer algo serio y crear bienestar para su tierra, tiene que superarlo y estructurar un discurso que vaya más allá, que hable de democracia y justicia social. Los que estamos aquí y somos de fuera tenemos que hacer de vectores comunicantes para que todos comprendamos que el problema que tiene el obrero de Barcelona con el patrón de turno que le quiere sacar hasta el tuétano es el mismo que tiene el obrero de Madrid, el de Sevilla o el de A coruña y esto hay que saber compaginarlo con los derechos culturales y lingüísticos nacionales. 

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