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06/03/2020 :: Estado español, Mundo, Anti Patriarcado

Masculinidades: Paracaidistas en el 8 de marzo

x Pablo Santos
Otro 8 de marzo que llegamos tarde. Y mira que el año pasado por estas fechas nos prometimos que nos pondríamos las pilas…

El 8 de Marzo a la vuelta de la esquina y nosotros con estos pelos. ¿Y ahora qué hacemos?

Una tímida pregunta se desvanece en el ciberespacio del típico grupo de Telegram. La mirada baja al suelo cuando sale el tema en el curro. Alguien sale por la tangente del humor para rebajar la tensión de los monosílabos en unas cañas de juernes. En el aire, la misma pregunta: ¿Qué hacemos este 8 de marzo?

Para más inri, este año ni tenemos claro si hay o no hay huelga, y muchos de nuestros centros sociales de referencia a los que pasarnos a echar una mano han sido cerrados. Encima, ahora resulta que tampoco tenemos claro si está bien ir o no ir a la mani. Madre mía, qué jaleo.

Mientras, nuestras compas siguen escribiendo la historia y haciendo que los feminismos generen sentido común en espacios a los que pocos movimientos han conseguido llegar. La cuarta ola es imparable, bien lo saben las industrias de la comunicación, la alimentación o el textil, que no piensan de ninguna manera perderse el banquete. Pero también lo saben las instituciones que se plantean la brecha salarial, los permisos de paternidad o la reforma de un código penal que no ve violaciones donde gran parte de la sociedad hace rato que las ve.

En unos años hemos pasado de arrancar con vítores la pancarta que rezaba aquello de “La revolución será feminista o no será” en el 15M a empezar a sentirnos interpelados y ver que el enemigo no sólo está fuera. En estos años, hemos caminado con tropiezos, resistencias y algunos aciertos. Nuestras compas nos han hecho desnaturalizar y cuestionar la visibilidad masculina de las portavocías, las intervenciones y los escenarios; nos han hecho darnos cuenta de que los diferentes espacios que consideramos seguros no lo son tanto y nos hemos puesto las pilas con el lenguaje inclusivo. Tenemos más o menos claro que hay actividades que sostienen la vida que están invisibilizadas, precarizadas y feminizadas. Entonces, ¿qué falta?.

Si se me permite la osadía, yo lo resumiría en dos palabras: hacernos cargo. Hacernos cargo de nuestra situación de poder y comenzar el camino a cuestionar nuestros privilegios sin esperar recibir medallita alguna. Asumir nuestra deuda histórica e intentar repararla en el cotidiano. No esperar a que nos señalen el qué y el cómo, sino poner atención por nosotros mismos en esas violencias que perpetramos y forzarnos en construir nuevas prácticas equitativas.

Lo fácil es señalar el enemigo ahí fuera: los Trumps y Bolsonaros, los señoros de la RAE, los pollavieja de la asamblea del barrio, las manadas… Referentes que nos hacen situarnos cómodamente en el lugar de ese #NotAllMen, de esas “nuevas masculinidades” que se supone que ya están del lado bueno porque han descubierto que pueden permitirse llorar, asisten a alguna charla o, incluso, van a un círculo de hombres a sanar sus heridas con el patriarcado. Méritos para ponernos en público el pin del aliado feminista no nos faltan. Pero, ¿qué pasa cuando no nos ven?.

Pues pasa que cuando no es visible, cuando no genera reconocimiento, ahí ya perder poder no mola tanto. Se me ocurren unos cuantos espacios cotidianos en los que posicionarnos y cambiar conductas en diversos contextos. Como cuando practicamos la camaradería y la complicidad silenciosa con los amigotes, sus chistecitos sexistas y sus comentarios sobre los cuerpos de las mujeres; como cuando nos permitimos la vaguería en casa de la madre o la abuela, o la condescendencia con la señora que limpia el portal (ah, ¿pero que con las mujeres no empoderadas también hay que deconstruirse?); como cuando seguimos practicando la irresponsabilidad emocional y castigamos a nuestras compañeras con silencios, evitando abordar lo temas molestos o depositando en ellas nuestro sostén emocional.

Igual no se trata sólo de hablar en masculino plural, sino en dejar de dar discursos y de pensar que (oh, vaya, qué casualidad) siempre tenemos razón. Igual no se trata de hablar tanto de cuidados, sino de estar pendiente de quién se ha ido revuelto a casa después de la reunión y preguntarle si necesita algo. Igual la clave no está en meter mujeres con calzador en los diferentes grupos de trabajo, sino en cuestionar las propias estructuras que hacen que ellas no quieran estar.

En fin, que genial si el 8 de marzo montas un punto de cuidados, pero que también puedes plantearte pasar la tarde con la tía Manoli, desgastando el estropajo en el baño o paseando al perro de tu amiga. Que el curro no es ahora que es visible, que llegar el día 8 como un paracaidista a hacer labores que no vas a asumir el resto del año, me recuerda más a un gobierno organizando un acto mundial por la paz mientras vende armamento que a un aliado de la lucha de las mujeres.

¿Hacerse cargo? ¿Perder poder? ¿Cuestionar privilegios? Qué grande y etéreo suena eso… Igual podemos empezar por cosas asumibles como buscar masculinidades en Google y dedicarle un ratete, o bajarte a pedir asesoría a la biblioteca, librería o recurso feminista de tu barrio. O, mejor, por qué no convocar a tus amigos o compas de asamblea para ver cómo empezar juntos a batallar contra esta pandemia que también llevamos dentro y que mata más que el Coronavirus. Fíjate, puedes empezar hoy mismo, mañana o, incluso, el 9 de marzo. Lo importante es dejar de poner excusas y espabilar.

Lo que sin duda parece claro es que ya no hay marcha atrás en esta incuestionable revuelta feminista, y si no que se lo pregunten a todas esas chavalas que se están politizando plagadas de referentes empoderadas y con la sororidad como bandera. Tenemos dos opciones: o seguir siendo paracaidistas en el 8 de marzo o entender que nos toca juntarnos con otros hombres a cuestionar nuestros privilegios para perder y poder equilibrar la balanza. ¿He dicho ya hacernos cargo?.

El Salto

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