Pérez-Reverte, David Uclés y la corrupción intelectual en el Estado español
La esfera pública se ha transformado en una cutre cultura del espectáculo, indispensable para que la corrompida España de la Constitución de 1978 mantenga engañada a la ciudadanía
El destino trágico de la España que se presentó oficialmente al mundo como una "democracia moderna" en los fastos olímpicos y expo-universales de 1992 (es decir, desindustrializada, nihilista, otanera y preparada para ser expoliada) parece estar llegando a su momento culminante. Diversos acontecimientos recientes hacen muy difícil negar que estamos metidos hasta las cachas en un apestoso cenagal del que ya no tenemos tiempo ni posibilidad para escapar.
Vistas con retrospectiva, esas grotescas fiestas de la quinceañera que fueron las Olimpiadas de Barcelona y la Expo de Sevilla, producen escalofríos y auguran las desgracias presentes. Digo lo de fiestas de la quinceañera porque mediante esas infantilizantes orgías de fe globalista nos presentamos ante todo el orbe como una España pre-adulta que ya había sobrepasado los catorce años de vida bajo la Constitución de 1978 y estaba lista para ser desposada mediante contrato prenupcial por los desalmados plutócratas de turno.
Hiela los ojos y el corazón ver como en la inauguración de las Olimpiadas compadreaban al ritmo de "amigos para siempre" un viejo fascista como Samaranch, vestido de Papa venerable y de estimable abuelito de todos los españoles, con un socialista catalanista de genética ilustre como Maragall, amancebados los dos gracias las labores alcahuetas y transicionales de Su Majestad Juan Carlos I.
El milagro de la Transición fue precisamente este; hacer que nuestras élites encontrasen provecho, acomodo y entendimiento mutuo en el orden (inter)nacional, algo que no era de extrañar, pues la propia Unión Europea evidenciaba cómo gentes de ideología filonazi y liberal podían dominar naciones ocultando sus intenciones bajo un manto socialdemócrata.
Sin embargo, esa democracia que, según nos repiten, todos los españoles nos dimos en 1978, marcando un descacharrante antes y después con el régimen franquista, ha descarrilado de manera tan funesta como simbólica en uno de los tramos del trayecto de alta velocidad Madrid-Sevilla, inaugurado precisamente en 1992 para proyectarnos al exterior como potencia moderna. Esta tragedia no solo estaba ya anunciada, sino que se mostraba como inevitable e incluso inminente desde el mismo momento en que la estación de la que salió el tren (la más importante de España) pasó de denominarse Puerta de Atocha a ser rebautizada por despótico designio político como Almudena Grandes. Para cualquiera que sepa que la realidad no se puede moldear a antojo, debiera quedar claro que de una estación llamada Almudena Grandes solo pueden salir potenciales trenes de la muerte que acabarán asesinando a ciudadanos: no porque esta escritora-ideóloga de quinta fila, sintaxis vintage y tramas ultraprocesadas tenga ningún influjo maléfico, sino porque el hecho de que en la España (o, si ustedes quieren, en el Madrid) de Cervantes, Quevedo, Góngora, Valle-Inclán o Delibes una estación lleve su partidista nombre muestra que la corrupción ha alcanzado ya su máximo nivel.
Si estableciésemos una jerarquía de corrupciones, no cabe duda de que la corrupción intelectual sería la peor de todas, porque tiene como objetivo principal corromper las mentes de los ciudadanos, haciendo que sus cerebros se alineen de manera gregaria con el discurso oficial y eliminando toda posibilidad de crítica. Cuando en un régimen político encontramos asentada la corrupción intelectual, podemos estar seguros de que la corrupción política (es decir, las mordidas, la inflación de los precios de obra pública, el descuido de las infraestructuras o el declive de la seguridad ciudadana) son ya la nueva normalidad.
La España surgida de la Constitución de 1978 lleva décadas acelerando su proceso de degeneración en este sentido, eliminando casi por completo, bajo el mando del PSOE y con la complicidad de PP y demás partidos, la posibilidad de que exista una esfera pública real en la que se puedan discutir con un mínimo de criterio los asuntos comunes. El monopolio cultural-ideológico y la cancelación de toda disidencia se han convertido, así, en la norma, hasta transformar la cultura española en un régimen de partido único en el que de cara a la galería se escenifican presuntos disensos. Piensen, por ejemplo, en la reciente polémica entre el Instituto Cervantes y la RAE.
Sin ánimo de desprestigiar a la Edad Media, podríamos decir que la cultura española es un régimen feudal a la alemana, dominado por grandes señores que no dudan en mostrar públicamente todo su poderío y en exigir el derecho de pernada intelectual. Por ejemplo, el poeta panarra Luis García Montero no oculta su rol de dictador de la letra desde su sillón de director nombrado a dedo del Instituto Cervantes pues, tras haber conseguido que la referida Estación de Atocha se convirtiese en un mausoleo nacional-familiar dedicado a su esposa, no solo pretende "democratizar" a la fuerza la lengua española, haciendo prescriptivo el uso de la perspectiva de género, sino también deponer y poner presidentes de la RAE.
Pérez-Reverte es, sin ninguna duda, otro de esos despóticos señores feudales que hacen de nuestra cultura y esfera pública su cortijo particular. La degeneración irreversible de las letras españolas comenzó, de hecho, cuando este periodista, polemista y presentador de televisión pasó de ser un escritor de best-sellers al estilo de Carlos Ruiz Zafón, Gómez Jurado, Idelfonso Falcones o Sonsoles Ónega a convertirse, por decreto del Régimen del 78, en un erudito e intelectual prestigioso que, como juntaletras oficial del sistema, debe decidir qué es y no el sentido crítico. De esta manera, desde hace casi tres décadas, Pérez Reverte, en lugar de ocupar el rol que le correspondería como colaborador de Javier Sardá o Risto Mejide en programas de desalfabetización de masas, se promociona en prime time como una mezcla esperpéntica --por veces francesa, por veces británica-- de Cela, Ortega y Gasset y José Luis Balbín con su puntito seductor y burlón de Bertín Osborne.
Si la figura de Pérez-Reverte es digna de análisis es porque en tanto que intelectual de cartón-piedra evidencia la transformación de nuestra esfera pública en una pornográfica cultura del espectáculo destinada a engañar a la población mediante falsas y estridentes regañinas entre fanfarrones sin escrúpulos que no tienen otra misión que la de asegurar que no se cuestione el criminal régimen político actual. La reciente polémica entre Pérez-Reverte y David Uclés, derivada de la negativa del segundo de asistir a unas momificantes jornadas sobre la Guerra Civil organizadas por el vehemente académico en la Sevilla de la Expo 1992, se inserta en esta lógica de falsa confrontación que pretende desconcertar a propios y extraños. De hecho, si les soy sincero, debo reconocer que este mismo texto que estoy escribiendo ahora pensaba escribirlo un par de días antes de que explotase el mediático escándalo bajo el título "Pérez-Reverte no lee, David Uclés no escribe (y viceversa)". Las razones para hacerlo eran mi indignación ante unas declaraciones batracias de Pérez Reverte alabando las dotes narrativas e intelectuales de Uclés, y poniendo su novela La península de las casas vacías poco menos que a la altura de un clásico. Para mí era obvio que Pérez-Reverte ni tan siquiera había leído a Uclés y que lo llenaba de piropos porque el régimen político actual así lo consideraba necesario.
(Si me permiten la digresión, he de decir que dudo mucho que Pérez-Reverte lea realmente algo más que novelas policíacas o de aventuras, pues además de posar constantemente cual influencer que quiere aparentar cultura entre los cueros, maderas nobles y bagatelas de su biblioteca victoriana, muestra una inquietante falta de criterio, defendiendo una cosa y la contraria y haciendo declaraciones wikipédicas propias de un tertuliano intelectualmente corrupto. Por ejemplo, por una parte, como buen afrancesado, lamenta que Napoleón no nos hubiese conquistado de manera efectiva, afirma que España se quedó descolgada de la modernidad al no hacerse protestante e ilustrada, y hasta asegura que mientras los protestantes leían la Biblia, nosotros, iletrados, obedecíamos a los curas (¿quién leía y escribía entonces la literatura de nuestro Siglo de Oro?). Por otra parte, sin embargo, defiende la gran cultura de la Monarquía Hispana, presumiendo de que esta creó no sé cuántas universidades en el Nuevo Mundo y se enfrenta, cual si fuera un Diego Pérez de Vargas boomer, a los impulsores de la leyenda negra).
Pero volviendo a nuestro tema: el caso es que la luna de miel entre Uclés y Reverte se convirtió en un divorcio violento que cambió la escena mediática por completo. En apenas unas horas los críticos y opinólogos del país (insisto, intelectualmente corruptos de manera desvergonzada) pasaron de alabar dementemente a Uclés como un genio de las letras a degradarlo como un pobre aprendiz de escritor que solo es capaz de imitar, como la señora aquella del Ecce homo de Borja, estereotipados modelos ficcionales. David Uclés había cometido el gran crimen de querer convertirse en un gran señor feudal de la cultura antes de tiempo, discutiendo la primacía de Don Arturo, cuyo enorme sentido crítico e independencia política le hace invitar a actos culturales a Félix Bolaños o a Aznar.

Créanme que si hay algo que me gustaría poder hacer es defender a David Uclés por el simple hecho de que se atrevió a cantarle las cuarenta (con demagogia y sin razón ninguna) a esa versión cutre del cardenal Richelieu que es Pérez-Reverte. Pero mentiría si no reconociese que Uclés es simplemente la otra cara de la moneda de Pérez-Reverte y que, además, ni tan siquiera es un escritor verdadero. No tengo, por eso, más remedio que aprovechar la coyuntura y mostrar como Pérez-Reverte y David Uclés son dos figurones públicos prácticamente idénticos, e indispensables para que la España de la Constitución de 1978 mantenga hipnotizada a la ciudadanía.
Pérez-Reverte es fundamental para sostener el relato que nos asegura que la Transición marcó un antes y un después con la España franquista y para defender, con sus dosis de patriotismo jacobino, que debemos modernizarnos a lo loco imitando el mundo protestante e ilustrado y renunciando a nuestro pasado. David Uclés, por su parte, es esencial para mantener vivo el imaginario que asegura a las generaciones nacidas en democracia que nuestro pasado es pura barbarie y que todos aquellos que pretendan discutir las bases del régimen actual son una especie de zombis que luchan porque ese ayer oscuro se cierna sobre nosotros.
De hecho, Pérez-Reverte y David Uclés son tan indistinguibles que les apostaría dos buenos centollos de la ría a que, de no anunciarles de antemano que este fragmento de burda manipulación histórica está firmado por nuestro académico fetén, pensarían que su autor es el simpático chaval homosexual de la boina, tan sensible, bondadoso y pegado a la tierra que hace del realismo mágico su estilo:
"Y así llegamos, señoras y caballeros, a la mayor hazaña ciudadana y patriótica llevada a cabo por los españoles en su larga, violenta y triste historia. Un acontecimiento que -alguna vez tenía que ser- suscitó la admiración de las democracias y nos puso en un lugar de dignidad y prestigio internacional nunca visto antes (dignidad y prestigio que hoy llevamos un par de décadas demoliendo con imbécil irresponsabilidad). La cosa milagrosa, que se llamó Transición, fue un auténtico encaje de bolillos, y por primera vez en la historia de Europa se hizo el cambio pacífico de una dictadura a una democracia. De las leyes franquistas a las leyes del pueblo, sin violencia. «De la ley a la ley», en afortunada expresión de Torcuato Fernández Miranda, uno de los principales consejeros del rey Juan Carlos que timonearon el asunto".
El lector atento podría aducir que este ejercicio de mamporrerismo ideológico no es comparable con la prosa novelística de David Uclés, pues no forma parte de ninguna novela de Pérez-Reverte, sino que proviene de un artículo suyo en prensa en el que el académico expresa legítimamente sus opiniones de intelectual orgánico. Pero es precisamente en este punto donde Pérez-Reverte y Uclés se dan el relevo, pues este último convierte de manera oficial la literatura en un discurso doctrinario al servicio del régimen reinante donde toda ambigüedad queda desterrada. Dicho de otra manera: habiendo llegado nuestra esfera pública al grado máximo de la corrupción intelectual, los mercenarios de la letra ya no necesitan escribir novelitas que les den fama para así indoctrinar a las masas desde sus tribunas de opinión, sino que son las novelitas las que se convierten sin necesidad de mediación de la prensa en demenciales plataformas de aleccionamiento civil.
En este sentido, el éxito de La península de las casas vacías es una catástrofe literaria que confirma que la mal llamada literatura española se ha convertido en su gran mayoría, desde hace ya varios años, en un discurso promotor de odio y fanatismo que no puede ser denominado más que como propaganda ideológica. La novela de Uclés puede llegar a engañar al lector en un principio, pues en medio de una literatura simplista como la actual, escrita prácticamente con monosílabos o aparatosas frases de escaparate que parecen traducciones asépticas de una lengua siempre extranjera, se presenta como una apuesta por retomar una tradición literaria genuinamente latinoamericana: el realismo mágico.
Sin embargo, si algo caracteriza al realismo mágico es su intento por comprender elementos de la realidad que se escapan a la razón común, utilizando para ello el recurso al mito o a la irrupción racionalizada de aspectos sobrenaturales. Nada de ello sucede en La península de las casas vacías, donde el uso del realismo mágico no sirve para entender las razones de los diferentes bandos en lid en la Guerra Civil, sino para ofrecer una versión estereotipada, setentayochista y harto sesgada del conflicto.
En este punto conviene aclarar que el realismo mágico es deudor directo de una de las formas novelísticas más exitosas del Siglo de Oro español: la novela bizantina barroca, que dará lugar al Persiles de Cervantes, a El peregrino en su patria de Lope de Vega, a la Historia moscóvica de Suárez de Mendoza, a textos híbridos como las Noches de invierno de Antonio de Eslava o, ya en su periodo final, a textos alegórico-sapienciales como El Criticón de Baltasar Gracián. La novela bizantina barroca se propone entender lo inexplicable e incluso aberrante para los dogmas oficiales, de manera que en el Persiles de Cervantes el personaje de Rutilio confesará al hablar de historias de hombres lobo y hechiceras: "Cómo esto pueda ser yo lo ignoro, y como cristiano que soy católico no lo creo, pero la experiencia me muestra lo contrario". Pero, además, en tanto que precursora del realismo mágico, la novela bizantina barroca convertirá la propia realidad en un mundo novedoso que debe ser sometido a una mirada que lo desautomatice o libere de sus velos ideológicos, razón por la cual los personajes españoles y portugueses del Persiles volverán, tras un largo periplo por el extranjero, a una tierra extraña que verán con nuevos ojos.
Si La Península de las casas vacías se englobase en verdad dentro del realismo mágico utilizaría sus mecanismos epistémico-ficcionales para intentar entender aquello que la hipócrita España de la Constitución de 1978 considera inexplicable: esto es, las razones (o sinrazones) que llevaron a los católicos, falangistas, carlistas o liberales a agruparse en un solo bando nacional que se enfrentó a la Segunda República a la altura 1936. Es más, si algo podría explicar el realismo mágico es la paradoja de que la Guerra civil española se transformase, en muy poco tiempo, en un conflicto en el que nadie luchaba por la democracia o el restablecimiento del sistema anterior, sino por alumbrar un nuevo régimen político inclinado hacia el autoritarismo. Pero lejos de hacer eso, Uclés se abandona a una escritura pedestremente barroca, plagada de hipónimos agrícola-castizos, mediante la que intenta activar una retórica cunqueirana que explique la realidad a través de mitos cotidianos sin ser capaz, en realidad, de proponer nada. La novela de Uclés no es, por eso, más que un triste kitsch de Cien años de soledad que no aprovecha en absoluto los distintos usos políticos que se le han dado en la segunda mitad del s. XX al realismo mágico para entender la barbarie y la opresión en obras como El tambor de hojalata de Günter Grass o El mundo alucinante de Reinaldo Arenas.
El principal problema de La península de las casas vacías es, a este respecto, que confunde el narrador omnisciente y normalizador de lo extraño que vehicula algunos de los grandes textos del realismo mágico con un narrador totalitario. El narrador de La península de las casas vacías no tiene ni un ápice de la ambigüedad e ironía del narrador, mitad cervantino mitad unamuniano (un narrador entrometido, este último, que dialoga con el lector y los personajes), al que pretende imitar, sino que se presenta como una voz en off tipo NODO que nos habla desde la perspectiva oficialista de la democracia española de los últimos cuarenta y ocho años. El narrador uclesiano, más balzaquiano o camilo-josé-celiano en su moralismo irredento que cervantino, impone sobre la realidad que describe un cerril discurso ideológico que la desdibuja hasta el punto de hacerla invisible. Por ejemplo, a la hora de hablar del posicionamiento de gran parte de los miembros de Iglesia católica en la Guerra Civil, justifica los atroces asesinatos que sufrieron, sin permitir además en ningún momento que las víctimas puedan explicar sus razones:
"En general, los curas no apoyaban a la izquierda, a excepción de los clérigos éuscaros y algarveños, y no ocultaban sus posiciones políticas simpatizantes con el fascismo. Precisamente por eso morirían alrededor de seis mil curas en el conflicto". (p. 134)
La aproximación del narrador a la realidad católica de gran parte del pueblo español es intolerante y jacobina, pues además de enhebrar estereotipo anticatólico tras estereotipo anticatólico, llegará a considerar la existencia y veneración de reliquias (en este caso de Santa Teresa) como un acto bárbaro propio de hordas salvajes. Por si este desprecio al ritual y a la costumbre como forma de civilización fuese poca, el narrador no deja pasar la oportunidad de burlarse hasta de Santa Teresa de Jesús:
"A mis ojos se trata de una profanación y de una carnicería de mal gusto, pero cuando actos así van firmados por la autoridad papal y están respaldados por mediocres personajes históricos venidos a más, quieren parecer menos grotescos. Antes de terminar esta breve explicación sobre el fervor de las reliquias de la abulense, os dejaré una de sus frases, consideradas palabra de Dios, que la hacen, probablemente, la primera mujer feminista de la historia: «Tengo experiencia de lo que son muchas mujeres juntas. ¡Dios nos libre!»". (p. 438)
Estamos, en definitiva, ante un narrador que lejos de poner en duda la credibilidad de las voces autorizadas que cuentan la Historia, como hace Cervantes mediante el recurso a Cide Hamete Benengeli y a la mediación de intermediarios (es decir, de intereses ideológicos, religiosos e incluso étnicos), afirma su voz como la de un despótico Yahvé que viene a traer la verdad al mundo. La perspectiva de este narrador es, repetimos, la del relato engañabobos de la democracia española de la Constitución de 1978, que necesita ocultar sus vergüenzas inventando un pasado oscuro en el que no existiría, por ejemplo, como afirma este fragmento, el amor:
"Sabía que iba a echar de menos a su mujer porque la amaba con locura, aunque el amor no fuera precisamente la razón de los matrimonios en aquella época, sino más bien una dote, un embarazo inopinado o la simple necesidad. Pero sus miedos pudieron con él y tuvo que sacrificar su amor." (p. 69)
Esta estereotipada España negra de hombres y mujeres presuntamente unidos a la fuerza y sin amor, aun cuando conforman alianzas que encarnan la estructura básica del amor (la familia formada por padres e hijos), choca con el destructivo modelo de amor posmoderno propuesto por Uclés. El fragmento arriba citado, de hecho, pertenece a una escena en la que un hombre decide dejar a su familia para cumplir su deseo de irse a vivir en soledad a un cementerio por el miedo a morir. El filtro alucinado del realismo mágico le sirve aquí a Uclés para presentar como héroe a un individuo que solo parece tener amor propio y que no duda en abandonar a los suyos para perseguir aquello que siente como su sueño o su identidad real (en este caso irse a vivir a un cementerio, pero en el mundo real descubrir su "verdadera identidad sexual" o simplemente iniciar una nueva vida al margen de su prole [1]). De esta manera, Uclés reescribe el pasado en clave tenebrosa para defender, como hace el feminismo actual, que nuestros bisabuelos y bisabuelas no experimentaron el amor y tuvieron que vivir como bestias condenadas a la cría y al mutuo cuidado.
Esta manipulación histórica alcanza su punto culminante en la anémica trama de La península de las casas vacías, que convierte nuestra terrible Guerra Civil en un genocidio. Por si las tragedias provocadas entonces fuesen pocas y no ofreciesen material narrativo suficiente, David Uclés estructura la acción de la novela alrededor de la muerte en apenas tres años (1936-1939) de los cuarenta miembros de la familia Odisto, niños incluidos, a causa del conflicto bélico. Esta conversión de la tragedia de la guerra civil española en una pornografía de exterminios de sagas familiares que juega con el imaginario genocida del s. XX (los armenios, el Holocausto, etc.) acentúa aún más la naturaleza panfletaria, contraria a la lógica de cualquier texto literario que se precie, de la novela. En realidad, La península de las casas vacías carece de trama, pues sus capítulos son una concatenación de ejercicios de escritura desiguales (algunos de apenas unos párrafos) propios de alguien que quiere convertirse en novelista y no es capaz de renunciar a ninguna de las cargantes líneas que ha escrito. Los distintos capítulos, además, se presentan acompañados por una auténtica invasión de citas que enfatizan aún más el carácter aparentemente impresionable y adolescente de su autor, obsesionado en hacernos partícipes a los lectores de cada uno de sus descubrimientos de lectura.
Sin embargo, si hay que destacar una aberración de las muchas que contiene esta acumulación de clichés y figuras retóricas en forma de novela total es la doctrina tecnócrata, contraria a un verdadero pensamiento republicano, que promueve. El desprecio, disfrazado de paternalismo, que el narrador muestra al pueblo aparece una y otra vez mediante caracterizaciones de la ciudadanía española en tiempos de la Guerra Civil como descerebrada y carente de cualquier intencionalidad política:
"Los de Odisto no eran de derechas ni de izquierdas, eran del árbol que más sombra les daba. ¿Qué un ministro progresista prometía una desamortización que les daría más tierras y repartiría los bienes de manos muertas? ¡Progresistas! ¿Qué la República auguraba reformas agrarias y la modernización del campo? ¡Republicanos! ¿Qué el rey les prometía pan y oro regio? ¡Monárquicos! Si no se mojaban más no era por conveniencia, sino porque no sabían de política". (p. 37)
"Odisto se echó las manos a la cabeza (...). La ciudad no se encontraba a ras del camino, sino sobre lo alto de varios andamios construidos sobre peñas y derrumbaderos. (...) Odisto cogió el folleto y (...) leyó la siguiente frase, que en el dibujo salía de la boca del dictador: "Franco, Franco, ¡arriba el campo!". A Odisto, por primera vez en todo el viaje, y en mucho tiempo, quizás un año, le entraron unas ganas desmesuradas de reír. (...) ¿Era posible que aquellos pueblerinos hubieran emprendido la mitológica tarea de levantar una ciudad con andamios únicamente por el lema de aquel trozo de papel? ¿Cómo pudieron interpretar tan literalmente la arenga?
--Es mucho trabajo, ¿sabe? --le contó la joven--. ¡Jóvenes y viejos, mujeres y hombres! ¡Y hasta los niños! ¡Todos a destajo! (...)
(...)
--¿Es usted republicano o nacional?
--Yo no me meto en política.
--¡Bien que hace usted! Aquí puede ser lo que quiera porque nosotros somos las dos cosas. Aparentemente republicanos, pero nos estamos adelantando a la que va a caer. El futuro es franquista, ¿sabe usted? Vaya haciéndose a la idea". (pp. 385-386)
El mensaje plebéfobo que transmiten párrafos como los citados no se diferencia demasiado del discurso elitista que hoy en día utilizan los tecno-oligarcas de Silicon Valley para promover la instauración de un gobierno mundial dirigido por una élite tecnócrata autonombrada como la única realmente legítima. La boina que David Uclés luce para promocionarse como alguien distinto a la mayoría, de hecho, es algo así como una prenda que indica jerarquía en esta España que está empezando a convertir lo rural, entendido desde una óptica urbana, en una mina de prestigio simbólico y de distinción social.
El rol que Uclés parece otorgar al intelectual público que él mismo aspira a encarnar es, en el mejor de los casos, similar al de las Misiones Pedagógicas: es decir, alguien que debe continuamente enseñar a un pueblo que es, por definición, ignorante y que, en consecuencia, tiene que aceptar su rol pasivo y obedecer a los jerarcas de la letra de turno. El caso de Pérez Reverte, presunto enemigo de Uclés, no es muy distinto, pues con sus trajes de caballero inglés, este antiguo reportero de guerra y exitoso presentador de televisión pretende vehicular exactamente el mismo mensaje, solo que adaptado a esa España de la Transición que necesita ser reeducada por potencias extranjeras.
En definitiva, la coincidencia en el tiempo de la tragedia ferroviaria de Adamuz y de la polémica entre Uclés y Pérez Reverte puede parecer anecdótica y carente de conexión, pero nos muestra de manera clara que no podemos escapar, en tanto que ciudadanos, de la tragedia. Las élites de la España de la Constitución de 1978 han instaurado la peor de todas las corrupciones, la intelectual, destruyendo por completo nuestra esfera pública y condenando nuestra literatura a la extinción. Sin una esfera pública mínimamente crítica que nos permita sortear, aunque sea con trampas o medias verdades, los peligros del presente, no tenemos más destino que el de una trágica concatenación de desgracias tan previsibles como inevitables.
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[1] Este motivo, que hace del destino trágico de una Ana Karenina o Madame Bovary algo deseable, y que presenta sus alocadas decisiones como sabias, aparece en gran parte de las novelas contemporáneas españolas. Es toda una inversión ética. Por ejemplo, en la primera página de la recién publicada Madonna no nació en Wisconsin de Natalia Moreno leemos: "Mi marido y yo éramos dos tortugas hibernando (...). Compartíamos la misma vivienda porque teníamos un hijo (...). Entonces, un día, en una convención de mierda, vi a un tío de refilón y mi coño aletargado latió por dos segundos recordándome que aún me quedaba sangre en las venas. Me pareció razón suficiente para pararlo todo (...). Lo dinamité todo, por los aires. Me fui de mi hogar, claro, era lo más coherente y honesto, aunque no lo entendiera ni yo". (pp. 9-10)
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