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Estado español :: 17/02/2026

Unidad

Daniel Casal
Hasta el día de hoy, la huelga de solidaridad en el Estado español es declarada ilegal inmediatamente si se aprecia en una convocatoria que pueda acusarse de tener este sesgo

En la década de los años 60 del siglo pasado, la lucha de clases en el estado español se agudiza de forma notoria, tomando formas y características de auténticas respuestas obreras organizadas a la explotación capitalista y a la dictadura del General Franco.

Las organizaciones sindicales eran inexistentes, desde el punto de vista de la legalidad burguesa, no así en el seno del movimiento obrero en la fabricas, los astilleros, las minas, los andamios, etc.

En las bases obreras existía un proceso creciente de acumulación de fuerzas y de elevación de la conciencia de clase, naciendo de las propias bases dirigentes y cuadros sindicales de incalculable valor, obreros y obreras creciendo culturalmente al calor de las corrientes marxistas y orgánicamente al calor de las células comunistas organizadas en centros de trabajo y en barrios obreros.

Las detenciones, las torturas, los despidos, los asesinatos fascistas, eran la banda sonora de una dictadura fascista que ya no podía garantizar seguir siendo el fiel guardián de los valores patrios, es decir, de la tasa de ganancia del capitalismo español, único valor real de estos bastardos.

Durante esos años la solidaridad fue la base sobre la que se edificó la resistencia y la contestación obrera. La solidaridad, constituyo la base, el núcleo central del desarrollo del movimiento obrero, pero la solidaridad de clase nada tiene que ver con la caridad. Se trataba de una sensación de pertenencia a la clase, a que todo lo que le pasaba a un trabajador/a les pasaba a todos, se trataba en definitiva del orgullo de clase, antesala indiscutible de la elevación de la conciencia trabajadora.

En la base de la solidaridad, latía y late el corazón de la unidad de la clase obrera.

En los años finales de la dictadura, cuando se preparaba el salto político a la democracia formal burguesa en ese periodo que se ha dado en (mal llamar) la transición, las patronales y los restos del naufragio de la dictadura habían perdido parte importante de su poder en las calles, en la contestación y en las huelgas.

Eran plenamente conscientes que, con un movimiento obrero fortalecido en las luchas, musculado en las huelgas, y con una importante apuesta por la ruptura con el fascismo, sería imposible que la operación de la transición pudiera salir adelante.

Era evidente que había que desactivar a la clase obrera, para lo cual pusieron en marcha toda una operación destinada a fragmentar, a dividir y a traicionar a los trabajadores. Para ello contaron con ayudas inestimables.

El eurocomunismo fue al que se le encargó desactivar la conciencia de clase. Los sectores más pactistas del movimiento sindical fueron encumbrados frente a los sectores que apostaban con claridad por la ruptura con el régimen. Todo ello fue acompañado de la preparación de una batería de legislación que preparaba el cambio.

Una legislación apoyada por la traición amarillista y la decadencia moral y política del PCE.

Cuando observamos de cerca ese periodo veremos que las primeras medidas que se preparan son las leyes anti obreras tendentes a limitar la fuerza de la clase obrera, y al diseñarlas, se fijan en que la espina dorsal sobre la que se asienta esa fuerza es la solidaridad.

Y lo es, porque la unidad de la clase obrera es la expresión organizada de esa solidaridad. Dicho de otra forma, la solidaridad entre la clase obrera encierra un grave peligro para el sistema y es que su evolución tiene como consecuencia la unidad de clase.

De tal forma que, para dividir a la clase y sus objetivos, entre las primeras medidas que se toman es que la legislación que preparaba ciertas libertades políticas y sindicales conquistadas, debería de reflejar con toda claridad la prohibición de la huelga de solidaridad.

Al impedir la solidaridad en el movimiento huelguístico, lo que se estaba prohibiendo de facto es la acción unitaria, conjunta y consciente de la clase obrera, es decir, la huelga ya no podría suponer un riesgo para el capital. Atomizar la lucha y desposeerla de su carácter unitario suponía mellar el filo del arma más poderosa de la clase obrera.

Hasta el día de hoy, la huelga de solidaridad en el Estado español es declarada ilegal inmediatamente si se aprecia en una convocatoria que pueda acusarse de tener este sesgo.

Al romper la columna vertebral de la huelga, rompían a la misma vez la columna vertebral del movimiento obrero, la unidad.

Cuando al movimiento obrero nos secuestran la unidad de clase limitan su carácter revolucionario y por lo tanto su capacidad para provocar cambios sociales y políticos.

De todo esto los trabajadores debemos aprender una importante lección: si no conquistamos espacios unitarios organizados, estaremos en una debilidad permanente.

Permítanme alumbrar esto con algún ejemplo. Recientemente la clase obrera está padeciendo un notable aumento de la represión, sindical, policial y judicial. Determinados colectivos trabajadores han terminado su lucha con penas de cárcel elevadísimas, multas millonarias y represión continuada. ¿Acaso esta represión contra los trabajadores/as que luchan podría seguir tal como estamos viendo si convocáramos una huelga general en respuesta y solidaridad con los compañeros y compañeras represaliados?

La respuesta es evidente, como evidente es que en el estrecho margen de la legalidad burguesa la misión revolucionaria de la clase obrera carece de espacio.

La lucha por la unidad es la lucha de toda la clase trabajadora. Es indudable que si nos explotan juntos debemos responder juntos. Construir la unidad de clase no puede ser una consigna o un anhelo nostálgico que nos lleve a una frustración permanente. Todo lo contrario, en la lucha por la unidad de clase encontramos a los mejores hombres y mujeres de nuestra clase, con todos ellos y ellas debemos dotarnos de un programa revolucionario que tenga como eje central reconstruir este principio. Recuperar el musculo del movimiento obrero del que hablábamos antes pasa sin lugar a dudas por no aceptar las imposiciones del marco legal burgués.

Una última observación: cuando en 1848 ve la luz el Manifiesto Comunista, Marx y Engels reflejan en él algunas de las más importantes premisas del marxismo; concepción materialista de la historia, la lucha de clases, modos de producción, etc.

Es sin duda, una guía para la lucha de los trabajadores en su misión por el derrocamiento de la explotación capitalista. Marx y Engels podrían haber concluido este importante texto con llamamientos a la revolución, al socialismo, a la abolición de las clases…

Sin embargo, al final del texto, los más importantes pensadores del movimiento socialista elijen otro llamamiento y nos trasmite a los trabajadores desde lo más profundo de nuestra historia como clase, una orden, una instrucción, un deber, sin el cual todo lo demás carece de sentido, de posibilidad.

Trabajadores del mundo, uníos

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