Irán, Ucrania y el riesgo de escalada global
Al contrario que Kiev, que decidió endurecer la guerra aérea a pesar de no poder defenderse de la inevitable respuesta rusa, Irán se ha destacado por calibrar y calcular las consecuencias de sus acciones
Desde febrero, cuando Trump eligió por segunda vez en un año la vía militar para lograr la rendición iraní que no conseguía por medio de la diplomacia, prensa, analistas y miembros de la clase política occidental han especulado sobre el papel de China y Rusia, dos países que no cuentan con un tratado de alianza militar, pero que, por las circunstancias, han acercado mucho sus posturas en los últimos años. La presión de las sanciones contra Rusia y el giro a Asia realizado por EEUU, es decir, el inicio de la política de contención de China para tratar de detener el ascenso del gigante asiático, han empujado a Beijing y Moscú a una colaboración mucho más estrecha que en décadas anteriores.
Miembros fundadores de BRICS, China y Rusia comparten con Irán no solo ese foro, sino también la Organización de Cooperación de Shanghái y unas relaciones bilaterales que han aumentado en los últimos años. China es el principal comprador del petróleo iraní, mientras que Rusia ha sido un socio militar con el que ha mantenido una relación con altibajos. Al igual que China, Rusia respetó el embargo de armas impuesto por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y Teherán tuvo que esperar años para que Moscú aceptara vender y transferir los escasos sistemas de defensa aérea que Irán prácticamente suplicaba.
Como explicó en su momento Javad Zarif, la política de presión máxima impuesta por Trump en 2017, que no fue eliminada por Biden, y la ruptura del acuerdo nuclear, que nunca dio a Irán los beneficios económicos que se le prometieron, obligaron a Teherán a una relación más estrecha con socios ajenos a Occidente. Las sanciones contra Rusia, su entrada en la guerra de Ucrania y las carencias con las que Moscú se encontró en los primeros meses hicieron que el Kremlin mirara a Teherán en busca de una ayuda que implicaba unos ingresos que Irán no podía permitirse rechazar.
La venta de drones Shahed y de la licencia para su producción en Rusia, donde se han mejorado y modernizado para su producción y uso masivo, son para Ucrania y sus aliados occidentales el pecado original de Irán, el paso con el que Ucrania se permite apoyar a EEUU, Israel y las dictaduras del Golfo en una guerra en la que se posiciona abiertamente del lado de los países agresores.
"Irán y Corea del Norte ya nos atacaron. Irán le dio a Rusia miles de drones Shahed, luego licencias para fabricarlos. Corea del Norte dio armas, rondas de misiles, rondas de artillería de calibre 155 y 10.000 de sus propios soldados", ha insistido Zelensky esta semana, olvidando deliberadamente que las tropas norcoreanas lucharon en Kursk -territorio ruso según sus fronteras internacionalmente reconocidas- y que, si la venta de Shaheds es una muestra de ataque, el Kremlin puede decir con total tranquilidad que esta es una guerra en la que lucha contra toda la OTAN.
En términos generales, medios y analistas occidentales han comentado el papel de Rusia y China en esta guerra de forma agregada y sin excesivos datos, en ocasiones para alegar una participación clave y, en otros, para defender que los dos aliados más firmes de Irán lo han abandonado. "Moscú y Pekín han firmado acuerdos bilaterales y han reforzado su coordinación mediante maniobras navales conjuntas, mostrando un frente unido contra lo que describen como un orden internacional liderado por EEUU que lleva mucho tiempo intentando aislarlas. Sin embargo, a pesar de su dura retórica, ninguna de las dos ha mostrado su disposición a intervenir militarmente en apoyo de Irán", escribía Al Jazeera el 5 de marzo, cuando se destacaba el apoyo diplomático de Beijing y Moscú, pero su total ausencia en el plano militar, lo que contrastaba con la rápida movilización de los países de la OTAN para asistir a Ucrania en 2022.
"¿Por qué Rusia no viene en ayuda de Teherán?", se preguntaba horas después Deutsche Welle. Aquel mismo día, en una entrevista concedida a la RAI italiana, el dictador Zelensky declaraba que "a día de hoy, Rusia no está actuando como aliada de Irán. Tal vez le gustaría hacerlo, pero ya lo hemos visto con Siria, y ahora lo vemos con Irán: creo que simplemente no tienen la capacidad para esto. Todas sus fuerzas están o enterradas en suelo ucraniano o comprometidas en la guerra contra Ucrania". Al mismo tiempo afirmaba que "los shaheds iraníes contienen componentes fabricados en Rusia. Esto es algo que sabemos con certeza. ¿Qué más podría suministrar Rusia a Irán? Podrían proporcionar sistemas de defensa aérea: tienen muchos de esos". Kiev, que desde 2022 mide la calidad de los aliados en base al suministro militar entregado, alegaba, a la vez, que Rusia entregaba material a Irán y que había abandonado a su aliado.
Las palabras de Zelensky diciendo una cosa y la contraria pueden considerarse un puente entre la retórica de abandono y la de colaboración necesaria. El 6 de marzo, The New York Times publicaba que "oficiales estadounidenses afirman que Rusia está compartiendo inteligencia con Irán". Y el 26 de ese mes, el mismo medio añadía que "los europeos temen que Rusia se esté preparando para entregar drones a Irán". "Rusia está enviando un cargamento de drones a Irán que incluye versiones mejoradas de la tecnología de drones que Teherán suministró originalmente a Moscú después de su invasión de Ucrania", alegaba AP ese mismo día citando a "funcionarios estadounidenses y europeos".
La cuestión ha vuelto a la actualidad esta semana, por una parte, porque los medios han publicado que "Irán espera recibir en las próximas semanas un primer envío de hasta 400 lanzamisiles de defensa aérea de hombro de fabricación china, según han informado a Reuters tres fuentes familiarizadas con el acuerdo, en un momento en que el país está reforzando sus defensas en medio de la guerra con EEUU".
Por otra parte, las dificultades de EEUU para obligar a Irán a ceder y los éxitos que los misiles de Teherán han conseguido recientemente ha vuelto a hacer resurgir la idea de la participación rusa. "Los ataques con drones iraníes contra instalaciones de la CIA en el Golfo han llevado a los analistas de inteligencia estadounidenses a investigar si Rusia ayudó proporcionando información de objetivos o tecnología avanzada de drones, dijeron cuatro personas familiarizadas con la inteligencia de EEUU", afirmaba Reuters el 22 de julio.
"Lamentablemente, las consecuencias de la guerra de Trump contra Irán --con el aumento de los precios del petróleo y el levantamiento por parte de Trump de las sanciones al petróleo ruso-- han beneficiado enormemente al presidente ruso Vladimir Putin. De hecho, la guerra le proporcionó exactamente el salvavidas que Putin necesitaba para librarse de la catástrofe económica. Ahora, Putin está prestando ayuda a Irán en forma de municiones, dinero e información de inteligencia, lo que, en la práctica, prolonga la guerra. A cambio, Irán está ayudando a Putin a prolongar su invasión de Ucrania", escribía la revista Time ayer, continuando con la política de resaltar una asistencia militar que no se ha probado, pero que ahora mismo es, en lo mediático tremendamente útil.
Entre el abandono y la estrecha cooperación, los medios occidentales han optado esta semana por la primera opción, fundamentalmente para justificar el bombardeo ucraniano de buques iraníes en el breve intento de Zelensky de fundir los dos frentes de guerra a gran escala en Eurasia -Ucrania e Irán- en uno único.
Apenas unas horas antes de su visita a Washington, Zelensky quiso realizar una acción le que garantizara la atención de Trump. El sábado, el neofascista se jactaba públicamente de "resultados muy fuertes con ataques de largo alcance en el mar Caspio - incluyendo buques utilizados en envíos de carga militar que involucran a Irán, así como un buque de guerra". Kiev reivindicaba de forma inequívoca un ataque del que se enorgullecía y que justificaría durante días alegando que era Irán quien había atacado Ucrania.
"Irán no tiene autoridad alguna para hacerse pasar por víctima, y mucho menos para justificar sus amenazas con referencias absurdas a la Carta de las Naciones Unidas", añadía el lunes el Andriy Sibiha, ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania, que respondía a la condena de su homólogo iraní Abbas Araghchi, que había denunciado la agresión ucraniana.
Con rapidez, expertos de todo tipo comenzaron a advertir -o jalear- la escalada que esto suponía. "La invasión de Ucrania por parte de Rusia ha dado lugar a la guerra más sangrienta de Europa desde 1945. El conflicto entre Irán, EEUU e Israel ha llevado a que 12 países de Oriente Medio se vean directamente implicados en los combates, lo que la convierte en la guerra de mayor alcance en la región desde hace décadas. En Asia Oriental, Corea del Norte está llevando a cabo un rápido refuerzo militar y ha renunciado al objetivo de la reunificación pacífica con el Sur. Mientras tanto, China ha intensificado sus maniobras navales en torno a Taiwán y parece estar ensayando cómo cortar las líneas de suministro de la isla. En la actualidad, estos conflictos regionales en Europa, Oriente Medio y Asia son, en gran medida, independientes entre sí. Pero están empezando a solaparse", afirma en su artículo de esta semana uno de los escritores estrella del Financial Times, Gideon Rachman
Para poder escribir sobre una potencial escalada mundial, se cubre las espaldas y culpa preventivamente a Rusia antes de dar paso al análisis sobre las amenazas ucranianas. "Durante el fin de semana, Irán afirmó que Ucrania había hundido un buque mercante iraní en el mar Caspio, causando la muerte de un marinero. Los ucranianos han reconocido haber llevado a cabo ataques de largo alcance contra buques iraníes en el Caspio, afirmando que estaban dirigidos contra buques de carga militar que se dirigían a Rusia. Zelensky también acaba de advertir de que Corea del Norte se está preparando para enviar otros 30.000 soldados para participar en la guerra de Rusia contra Ucrania", añade.
El bombardeo, las cifras imaginarias de soldados que nadie está movilizando o las amenazas de atacar un país más no han funcionado como Ucrania esperaba. No ha habido por parte de sus aliados ningún ímpetu por continuar las acciones o de exaltar a Kiev como el gran aliado que osa hacer lo que los países de la OTAN niegan a Trump.
"Fuentes informadas de inteligencia afirmaron que esperaban que Irán lanzara un misil balístico con una ojiva pequeña contra Ucrania, con el fin de enviar un mensaje simbólico pero causando relativamente pocos daños. Otros funcionarios señalaron que el objetivo probablemente fuera uno de los puertos ucranianos del mar Negro", explicaba el martes The New York Times, que increíblemente añadía que "cualquier misil lanzado desde Irán contra Ucrania supondría una escalada dramática y correría el riesgo de desencadenar una guerra más amplia, dadas las tensiones entre ambos países por la alianza de Irán con Rusia". Aunque el ataque original había sido ucraniano, la culpa de una posible escalada recaería, según los medios occidentales, sobre Irán.
La reacción iraní, que solo se planteó una acción simbólica de respuesta y demostración de sus capacidades balísticas -no solo Ucrania es capaz de disparar misiles de larga distancia-, ha sido la esperada. Según The New York Times, el trabajo diplomático de diversos países evitó incluso ese ataque de advertencia. El martes, Abbas Araghchi, el dialogante ministro de Asuntos Exteriores de Irán, confirmaba lo evidente. "El ministro de Exteriores ucraniano, Anriy Sibiha, me ha asegurado que el ataque a un barco iraní fue involuntario y que Ucrania no busca una escalada. Irán tampoco busca una escalada, pero dejó claro que cualquier ataque a nuestros ciudadanos o intereses es inaceptable. Debe haber restitución por las pérdidas".
Es fácil argumentar que la diplomacia en la sombra evitó una escalada de consecuencias imprevisibles tal y como están haciendo actualmente los medios y políticos occidentales. Sin embargo, hay que observar que la única respuesta que se planteó Teherán es equivalente a la primera respuesta que Irán dio contra Israel tras el ataque israelí al consulado iraní de Damasco: un bombardeo anunciado y que buscaba no causar víctimas y reducir los daños materiales.
No fue Irán quien arriesgó al mundo a una escalada de potencial global ni quien ha tratado interesadamente de unir dos guerras que incluso los grandes poderes mundiales prefieren seguir viendo por separado. Al contrario que Kiev, que decidió endurecer la guerra aérea a pesar de no contar con la munición con la que defenderse de la inevitable respuesta rusa, Irán se ha destacado por calibrar y calcular las consecuencias de sus acciones en respuesta a la agresión precisamente para evitar perder el control de una escalada que, en el caso de Ucrania, es la herramienta con la que involucrar más activamente a sus aliados.







