lahaine.org
AntiMúsica :: 02/02/2006

Consecuencias de una industria en pleno crecimiento: Y me gusta el Rock

Prensa de Frente
El rock en Argentina, que durante buen tiempo mostraba como uno de sus atractivos algún nivel de rebeldía hacia los poderes de turno, pasó a ser en pocos años el género musical preferido de los festivales gratuitos organizados por diferentes gobiernos

"La cultura rock es algo que la superestructura aún no pudo asimilar", expresaba hace unos diez años el Indio Solari, por entonces cantante y letrista de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. La posterior aparición de una estación radial comercial dedicada a la exclusiva difusión de rock nacional y la constante proliferación de grandes festivales sponsoreados vienen a tachar el "aún no" de aquella frase. El rock es la expresión artística que más regalías otorga a la industria del entretenimiento y parece haber perdido sus ganas de ser reflejo creativo del estado de cosas.

Con la aparición de la estación radial "La Mega" -propiedad del empresario periodístico Daniel Hadad, quien en 1999 obtuvo la frecuencia de manera ilegal y cuya productora "Pop Art" organiza la mayor cantidad de festivales en nuestro país-, a las bandas nuevas les cuesta mucho menos lograr una amplia llegada de su material, brindándoles en algunos casos éxitos comerciales casi inmediatos. Pero esto trajo aparejado una mayor dependencia de los grupos respecto de las empresas discográficas que sostienen tales crecimientos. Es la industria quien determina cuáles son los estilos y los gustos de los oyentes y, por supuesto, la que recibe las mayores regalías. No muchos artistas pueden escapar a esta lógica.

El rock en nuestro país, que durante buen tiempo mostraba como uno de sus atractivos algún nivel de rebeldía hacia los poderes de turno, pasó a ser en pocos años el género musical preferido de los festivales gratuitos organizados por diferentes gobiernos. Hoy, chicos de entre 10 y 12 años escuchan los mismo grupos que los adolescentes y los adultos. Lo que a primera vista puede parecer una mayor democratización de propuestas trajo aparejada la pérdida del interés por reflejar creativamente su realidad y lo que los rodea por parte de la mayoría de los artistas. Cuando la superestructura asimila una expresión cultural, la masifica, pero a la vez la vacía en sus contenidos más genuinos.

Los festivales de rock gratuitos que animaban cada verano porteño recibieron un duro golpe luego de la Masacre de Cromañón, y desde aquel diciembre de 2004 el gobierno de Aníbal Ibarra -hoy suspendido en su cargo, acusado de tener responsabilidades en las 194 muertes- decidió dejar de hacerlos. Aquel terrible episodio puso en evidencia la corrupción y la connivencia entre el poder político y los empresarios y dejó la sensación de que cuando todo es presentado como fiesta y diversión -aun por los propios grupos que repiten una y otra vez el latiguillo de "sólo nos importa que la gente se divierta" y se presuponen completamente apolíticos- los conflictos sociales estallan y las consecuencias que las decisiones políticas tienen sobre la vida y la muerte de las personas se hacen dolorosamente patentes.

Tal vez algo parecido a eso querían decir varios de los grupos más beneficiados con el proyecto de Hadad, luego de los hechos del local de Once, pero rápidamente -y por presión de la industria- viraron sus críticas hacia sus colegas de Callejeros, acusándolos de no cuidar a sus fans por llevarlos a los boliches en los que ellos mismos se habían presentado tiempo atrás. Mientras, los únicos recitales organizados en esta capital se realizan dentro de la Casa Rosada, con artistas que manifiestan, previamente, su simpatía con el gobierno nacional. Varios de los actuales ministros se han dado el gusto de compartir escenario con músicos consagrados.

La industria del entretenimiento había crecido considerablemente en los '90, bajo el gobierno de Menem, y sus fotos con las estrellas internacionales que visitaban el país recorrieron las tapas de los principales periódicos. Ahora que desde el gobierno la crisis económica se asume como superada, las figuras vuelven a presentarse en Buenos Aires. Para ver en la cancha de River a Bono, del grupo U2 (principal organizador del Live 8, megafestival mundial que reunió a las principales estrellas del género, como parte de una campaña de condonación de las deudas de los países africanos), hay que desembolsar 250 pesos. El estadio estará lleno, igual que unos días antes, cuando se presenten nuevamente los Rolling Stones, compañeros del ex primer mandatario en aquellas fotografías.

Los festivales nacionales, promocionando su alto nivel de seguridad, se trasladaron a la Costa, a Córdoba y otros puntos turísticos. Los tickets para asistir a los cinco días del "Gesell Rock" -que auspicia La Mega- cuestan cien pesos [el salario de emergencia en Argentina es de 150 pesos]. Seguramente, los músicos volverán a proponer "una fiesta". Uno supone que dirigida a su público.

 

Contactar con La Haine

 

La Haine - Proyecto de desobediencia informativa, acción directa y revolución social

::  [ Acerca de La Haine ]    [ Nota legal ]    Creative Commons License ::

Principal