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Mundo, Mundo, AntiMúsica :: 05/09/2026

Falleció el Negro Rada: Se fue un pedazo de cielo

Emilia Díaz Arévalo
Un "hombre de color", como dicen las clases herederas de un patriciado que daba a las ancestras de Ruben trabajos de lavanderas y amas de leche

[Nota de LH: En Uruguay y Argentina, el sobrenombre 'negro' a personas de piel oscura o raza negra no tiene el peso peyorativo que tiene en Norteamérica.]

Uruguay es un país chiquito, se dice que crece a la sombra de sus hermanos mayores. Apretadito entre gigantes, a veces parece recibir resabios de revoluciones, estertores de prosas y rimas, melodías misceláneas que decolonizan cuerpos y pentagramas. A un guionista uruguayo le oí decir que la versión uruguaya de MasterCheff era "el 'outlet' de la versión argentina". Este síndrome "outlet" a veces se instala en los cuerpos de muchxs artistas, se transforma en frustración y desconsuelo cuando producen arte que, una vez que agota entradas en Uruguay, queda varada en la frontera y el 'borderaux' del éxito y el éxtasis de los aplausos alcanza para un par de meses de alquiler, y a volver a remar.

No olvido más la voz de una dramaturga uruguaya llamada Ana Magnabosco, mientras recibía un premio por su carrera le recordaba al auditorio que dignificar la profesión de artista en Uruguay era urgente y que como país teníamos una gran deuda con muchos y muchas que hicieron historia, "no lo digo por mí", dijo, y agregó: "hace unas décadas me crucé con Eduardo Mateo en Tristán Narvaja pidiéndome unos billetes para una milanesa al pan".

Como te digo una cosa te digo la otra. El "producto cultural" no marca el pulso de creaciones de artistas uruguayos, no mucho. Acá el artista investiga, tiene hambre y tiempo, boliche y amigxs, tablados y bondis (buses) a los que se sube a probar. No quiero romantizar la precariedad, pero hay algo en ese espíritu investigativo que en la bahía del Río de la Plata brilla y trasciende fronteras porque es único, tiene una fuerza brutal y habla todos los lenguajes de los sentidos.

Esas son las aguas donde Rubén Rada desplegó su carisma, talento y genialidad. Cruzó varios charcos en infinitas oportunidades y con mayor o menor suerte, trascendió fronteras buscando el mango (dinero) y de yapa se trajo un universo de amor y respeto de decenas de figuras de la música mundial. Hoy lo llora un continente.

Un "hombre de color", como dicen las clases herederas de un patriciado que daba a las ancestras de Ruben, abolida la esclavitud, trabajos de lavanderas y amas de leche. Lo conocí con 22 años cuando me propusieron conducir junto a él un programa llamado El Teléfono en Primetime de Uruguay, en uno de los canales privados con mayor rating. Hacía sólo cuatro años que trabajaba como actriz comediante en uno de los programas herederos de Telecataplúm llamado Plop!. El gerente del canal de aquel entonces, al ver un ensayo antes del estreno, me llamó aparte y me pidió que no lo llamara "Negro Rada" al aire.

En el guion había algunas líneas que invitaban al público a venir al estudio a ser espectadores del programa, que salía en vivo dos veces a la semana. Me tocaba decir algo así como: "Vengan a ver el programa en vivo, les esperamos, ¡vengan a conocer en persona al Negro Rada!". Le pregunté al gerente qué tenía de malo, si se lo conocía por ese nombre, y me respondió "porque queda feo, parece que estás invitando a la gente al zoológico a conocer al negro". También le pregunté por qué me tenía que laciar el pelo para cada show, la respuesta fue "con un negro alcanza".

Exquisita forma en la que presenta el racismo estructural de un país cuyo sello de cultura es el Candombe, fenómeno que exporta, pero para el cual no hay lugar en los currículums educativos, ni para el Candombe ni para la historia de la negritud en Uruguay. Ante el racismo el Negro no miraba para el costado, tampoco lo confrontaba abiertamente. Hacía lo que su corazón le dictaba: cantarle, esa era su bandera.

El Negro jugaba muy bien ese partido. Desarrolló una memoria de elefante y un carisma hipnotizador que, camaleónico, lograba trepar con la misma elegancia y osadía un balcón aristócrata o una bañadera de Carnaval, ese "arte menor y popular" que fue su escuela de música.

- Zapatito, pásales esa voz a los muchachos - le decía el Tito Pastrana, fundador de la Murga Nueva Milonga Nacional en 1952.

Fue El Grillo, un gramillero de la histórica Comparsa Morenada, que lo apodó Zapatito porque con once años calzaba 42. A esa edad llegó a hacer funciones en el Teatro Nacional de Buenos Aires con la comparsa. Se la pasaba sentado en la falda de las vedettes, correteaba entre los camarines y caía planchado de cansancio en la cancha de Huracán, donde dormían. A la vuelta a Uruguay vendía diarios en los ómnibus y en esquinas de grandes avenidas, o juntaba diarios viejos con sus hermanos para revenderlos afuera del Estadio Centenario para que la gente se sentara en la tribuna.

Zapatito hizo hasta cuarto de escuela, solía escaparse por la ventana del aula cuando faltaba alguien para armar equipo en los partidos de fútbol espontáneos que se armaban en la calle. Alguna vez dijo que esa falta de disciplina era falta de límites que el padre le ponía una vez al año, cuando lo veía en las Fiestas, "una vez al año no alcanzaba", decía.

Renunció a su sueño de ser futbolista a los 17, luego de varias placas de torax para la ficha médica, donde siempre saltaba la mancha que le había dejado la tuberculosis que sufrió a los cuatro años. Nació en el Barrio Palermo, en la esquina de Isla de Flores y Tacuarembó, pero a los pocos años se fue a vivir a otro barrio con su mamá, sus hermanos, su tía y sus primos. Dormían siete en una pieza pequeña y no siempre había para comer. La radio fue su gran mentora, todo sonido que salía de allí, lo imitaba a la perfección.

Dice que empezó a hacer alguna moneda cuando tuvo representante, a la vuelta de su estancia en México, donde se paseó vendiendo melodías para otros músicos, a principios de los '90. Ya era un ídolo en Uruguay y también en Argentina, donde en uno de sus primeros shows con banda propia en los años '70, recibió pedradas del público que logró parar cantando a capella. Años más tarde, algunos asistentes a aquel evento le pidieron disculpas por no haber valorado al gigante que tenían enfrente.

Tres boquitas que dar de comer lo hizo dar vuelta las Américas, donde siempre desplegaba su don de percusionista, vocalista de amplio espectro con oído absoluto y clown. Rada debe ser una de las pocas personas en el mundo que provocaba piel de gallina y carcajada abierta en cuestión de segundos. Su histrionismo no tenía límites. Sabía reírse todo el tiempo de todo, y ninguna de las tantas virtudes que encandilaban al público como músico llegaron a inflarle el ego. Antes, un rosario de agradecimientos con nombre y apellido a todos los que le habían hecho "piecito" para llegar hasta ahí. "Maravilla" y "maravilloso" eran los adjetivos que más usaba para agradecer sus compañías, siempre me gustaba cómo hacía sonar la doble L, medio soplada, efecto que distinguen uruguayeses de argentineses (invento palabras, cosa que le encantaba a él).

En el programa que conducíamos había un bloque dedicado a las infancias. Nunca se sabía qué iba a pasar, lo seguro era que él debía contar un cuento que inventaba cada noche, acompañado de dos repiques (el tambor mediano del trío de tambores del candombe). Muchas infancias noventeras uruguayas crecieron con "se cierra un portón, se abre otro, la próxima vez te cuento otro" vestidxs de pijama para irse a la cama inmediatamente después del fin del programa.

El canal no lo dejó el primer año usar su estilo para vestirse, hecho que lo hizo enojar mucho. Lea, su representante, era la que hacía de intermediaria cada martes y jueves bajando de gerencia con la noticia que no había bandera verde para sus coloridos atuendos. Hasta que un día se le ocurrió al Negro ofrecer llevar corbatas temáticas que se comprometía a transformarlas en un tema inédito que tocaría cada noche, al comienzo del programa, con la Banda La Telefónica, creada especialmente para El Teléfono.

En los '90 las mujeres éramos floreros en la tele (no es que ahora o lo seamos). No teníamos más función que acompañar al pivot varón que conducía. Sin embargo, Rada nunca me hizo sentir así, a mí y a nadie. Aunque no siempre le gustaba sacarse fotos, la gente lo esperaba hasta el final y él se rendía. Cada noche al terminar la emisión pedía un taxi, me decía que no sabía manejar, siempre creí que me mentía. Mientras lo esperaba en la vereda del canal venía el mangazo, se acercaban diversos pedidos y el Negro soltaba el billete. Él lo sabía, con billetera en mano me decía "no le digas nada a Lea que me mata, voy a tener que aprender a manejar autos, la espera del taxi me está dejando seco el bolsillo".

Hace dos semanas de su partida. Me enteré cuando terminó el ensayo de una obra de teatro, me lo dijo Ceci, con los ojos llenos de lágrimas. Sentí un estruendo en el pecho. No, sin él no. No puede faltarnos Rada. Mi cuerpo se nubló y me faltó el aire, salí a la vereda, "justo" el ensayo era por la calle Isla de Flores. Por esa misma calle donde había vuelto a verlo en 2011, cada domingo, con un tambor colgado como cualquier hijo de vecino, y con un Grammy Latino a la Excelencia Musical en su haber que, rumbo al aeropuerto, había dejado olvidado en un taxi en la ciudad de Las Vegas. Insólito, como su vida, como sus amigos, como sus compadres y comadres. Miré el cielo, un aire frío se coló hacia arriba montado en una bruma espesa y primaveral de agosto. Una luna, casi llena, la luna de Esturión, bañaría una de las noches más tristes de mi vida y la de muchos que lo amábamos.

Volví en la noche a bailarlo, entre tambores, por esa misma calle, junto a una multitud que cantaba a capella sus canciones, como nuestros padres y abuelos. Lo lloramos y bailamos y reímos porque Rada, el Negro Rada, el Zapatito, hizo de nuestro pequeño país un monumento glorioso y gozoso. De nuestras vidas hizo un monte ribereño, diverso y ruidoso, donde nuestros cuerpos grises se extasiaron con su música, sus chistes y sus cuentos que, eternos, serán inspiración para muchos gurises a los que cuando se les cierre un portón, se les abrirá otro y donde siempre estará él, para contarnos otro.

Agradezco las palabras de Fernando Peláez Bruno vertidas en su libro Rada (Aguilar, 2013) que retratan la vida de este gigante de la música uruguaya.

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