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30/04/2019 :: Asturies, Estado español

El sindicalismo que necesitamos

x CSI - Mocedá
¿Qué transformaciones tienen que afrontar las organizaciones sindicales para convertirse en las herramientas que necesitamos para luchar contra la ofensiva neoliberal?

Hay que actuar como si fuera posible transformar radicalmente el mundo. Y tienes que hacerlo todo el tiempo. Angela Davis

A estas alturas, casi terminando la segunda década del siglo XXI, nos enfrentamos a un panorama poco halagüeño. En los últimos cincuenta años, el neoliberalismo se ha instalado como el sistema ideológico hegemónico en la mayor parte del planeta, imbricándose profundamente en todos los ámbitos de nuestras vidas, desde la “alta” política hasta lo más cotidiano. En este contexto, el movimiento obrero viene sufriendo un periodo de repliegue que, salvo honrosas excepciones, lo relega cada vez más a lo anecdótico tanto en el plano ideológico como en el de la movilización.

Es necesario ser honestas y analizar la realidad con el máximo rigor posible para poder enfrentar los retos que se nos plantean en la actualidad, y ésta es poco alentadora: el sindicalismo, al menos en el estado español, ha sufrido un retroceso continuado desde hace décadas, perdiendo la mayoría de las batallas que ha disputado. El desprestigio de las organizaciones obreras es evidente, y, con el auge de los nuevos movimientos sociales desde mediados de los noventa, estas han sido desplazadas del eje de las grandes luchas sociales. Los sindicatos han dejado de ser el gran catalizador del descontento social, han pasado de ser las grandes organizaciones donde la clase trabajadora convivía, se formaba y creaba lazos a través de la lucha, a ser, en la mayoría de los casos, meras gestoras de conflictos laborales (con mayor o menor grado de acierto y combatividad).

Esto no quiere decir que nada haya cambiado a grandes rasgos. En lo esencial, la lucha de clases sigue siendo el motor de la historia y, quizá más que nunca, el movimiento obrero sigue siendo imprescindible. Debemos entender que esa clase obrera que, como escribió Marx, estaba llamada a edificar la nueva sociedad sin tener más que perder que sus cadenas, ya no se encuentra en las grandes industrias, en las minas o en grandes centros de trabajo. La nueva clase obrera de nuestros tiempos curra en un call-center encadenando contratos de tres meses, es rider para empresas como Deliveroo o Glovo sin tener siquiera categoría de trabajadora, o está contratada para media jornada en la sidrería del barrio, trabajando catorce horas y cobrando seis; por no hablar de los contratos en prácticas, las eternas becarias, o un sinfín de ejemplos en los que la calidad de vida y las condiciones de trabajo se hipotecan a cambio de la vana promesa de un contrato relativamente estable o la adquisición de experiencia en un campo relacionado (aunque sea remotamente) con los estudios y la formación adquirida. De lo que debemos darnos cuenta es de que muchas de estas trabajadoras no tienen siquiera derecho a un comité de empresa, no saben lo que es una sección sindical, ni están acogidas a convenio colectivo alguno. Dentro de esta realidad, no podemos obviar el trabajo no asalariado. El trabajo no remunerado que ejercemos todas las mujeres de clase trabajadora vive al margen de la lógica capitalista y monetaria y, sin embargo, es quien la sustenta. Los cuidados, invisibilizados en todas las esferas productivas de nuestra sociedad, son la base estructural y material que permite que el trabajo asalariado pueda desarrollarse.

En este contexto, el sindicalismo (que no es otra cosa que la herramienta de la clase obrera para organizarse frente a los abusos del capitalismo, con el horizonte de la transformación social y la emancipación total) debe adaptarse a las nuevas condiciones, cambiar para conseguir ser una herramienta válida para esa nueva clase trabajadora. La reacción a los cambios no puede ser la reafirmación en las viejas posiciones ni la nostalgia de las luchas del pasado, sino la transformación de acuerdo con la nueva situación. El sindicalismo necesario, el único válido, es el que es capaz de analizar la realidad con rigor y transformarse en base a ella.

En un contexto como el actual es natural que surjan posiciones reaccionarias, que más que buscar respuestas a los nuevos problemas que se plantean, pretenden retrotraerse a la mayor de las ortodoxias, queriendo analizar la realidad actual en base a reproducir literalmente esquemas de pensamiento propuestos por autores de hace dos siglos. Ya en los años treinta, un insigne sindicalista catalán hablaba de que era necesario “afeitar a los barbudos”, en referencia a actualizar el bagaje ideológico del movimiento obrero de la época, que bebía directamente de las barbas de Marx, Engels y Kropotkin. Es más que necesario generar nuestras propias interpretaciones y construir el sindicalismo que mejor se adapte a nuestra realidad concreta. En este sentido, movimientos políticos importantísimos que han experimentado un crecimiento sustancial en los últimos años, como los feminismos o la defensa de la diversidad de identidades, han de ser tenidos en cuenta y han de adquirir un papel preponderante en el seno del movimiento obrero. Porque son movimiento obrero. Porque es imposible construir un movimiento fuerte y combativo sin las mujeres, las jóvenes, sin las personas LGTBIQ+, sin las personas migrantes, las racializadas, paradas, precarias, neurodiversas, etc. Y para poder construir un movimiento inclusivo que sea el reflejo de todas esas realidades, hemos de cambiar, tenemos que comprender que ciertas cuestiones referentes a esas identidades ya no van a dar marcha atrás. Muchos pueden tener sueños húmedos pensando en la unidad de la clase obrera (esto es, la unidad de los hombres blancos, con puesto fijo en una gran empresa y heterosexuales) pero esa unidad ya no es posible porque esa clase obrera está dejando de existir. Porque el discurso y las batallas ganadas por los feminismos, por las personas racializadas, por los colectivos LGTBIQ+ no van a desaparecer de un plumazo para devolvernos cincuenta años atrás, cuando poco de esto importaba para la mayoría.

De la misma manera, es particularmente urgente en Asturies que la juventud ocupe los espacios que le corresponden. Concretamente en el ámbito del sindicalismo, vemos como la juventud asturiana no encuentra en los sindicatos esa herramienta de autodefensa y emancipación que deberían representar. Las jóvenes que venimos de otras tradiciones, del ámbito de los movimientos sociales, la defensa de la llingua o los colectivos feministas, podemos aportar perspectivas distintas que ayuden a realizar una síntesis más que necesaria entre lo viejo y lo nuevo que permita al sindicato enfrentarse a los retos que se le plantean actualmente.

Se equivocarán aquellos que se aferren a los viejos esquemas, y será necesario para todas nosotras reconocer nuestros propios privilegios y entender de qué manera nos interpelan estas luchas. Por este mismo proceso han de pasar las organizaciones, que deberán convertirse en espacios apropiados para que estas luchas puedan tener cabida en ellos, así como también habrán de transformarse en espacios seguros donde militemos en igualdad mujeres, personas migrantes, racializadas, con diversidades funcionales, neurodiversas, personas de los colectivos LGTBIQ+, etc. con nuestras experiencias, culturas y diversidades. La supervivencia de las organizaciones obreras y su propia existencia como herramientas válidas en la contienda contra el capitalismo pasan inexorablemente por la valentía y la sinceridad con que afronten esta transformación. De acuerdo con la metáfora que tan acertadamente han empleado las compañeras zapatistas, la hidra del capitalismo sólo puede enfrentarse adecuadamente atacando de manera simultánea cada uno de sus pilares (ya sea el patriarcado, el racismo, la discriminación de cualquier tipo, etc.) para conseguir destruirla finalmente. Si no somos capaces de afrontar esta lucha en su totalidad y contando con todas las personas dispuestas, veremos, al igual que en el mito griego, como por cada cabeza que eliminemos, otras dos más fuertes y horrendas surgirán para continuar con las opresiones que como clase trabajadora sufrimos cada día.

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