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25/10/2005 :: Estado español

El caso Maeso como escusa ¡¡que le suelten para que le pillen los afectados!!!

x Llavor d'anarquia
La civilización nos enferma, la civilización nos quiere débiles.

Antes de que alguien nos acuse de perjudicar a los infectados, lo primero es decir que nos parece genial que los perjudicados por el anestesista le saquen todas las compensaciones posibles al entramado sanitario-estatal; ya sean estas morales o, mejor aún económicas. Nada contra eso en el sistema en que estamos. Pero eso no quita para que la satisfacción personal (venganza) ha de ser eso, personal.

El caso Maeso o como un quirófano no es más que una trampa.

A finales de los años 90 las sucursales valencianas de las empresas Telefónica e Iberdrola, haciendo un cribado de bajas laborales, detectaron un incremento de los casos de hepatitis C entre sus trabajadores. Y los relacionaron con el hecho de haber estado ingresados en determinados hospitales. En abril de 1998 salta el escándalo: un anestesista, Juan Maeso, había infectado a multitud de pacientes con el virus de la hepatitis C del cual era portador. Según el fiscal del caso, el anestesista se inyectaba parte de la anestesia con la misma aguja con la que luego pinchaba al paciente.

En un principio se detectaron un millar de casos, pero después de los estudios genéticos del virus, se limitó la cantidad a "sólo" 276 casos, de los que ya han fallecido varios.

El juicio está resultando un buen show mediático, chapoteando en la desesperación de unas personas que arrastran unas secuelas terribles tras una operación que casi siempre parecía sencilla, en un sistema sanitario que no detectó el foco de infección a lo largo de los diez años que duró la cosa (1988-1998) y en unos hospitales que demostraron ser ratoneras para la salud de los afectados.

Pero nosotros no queremos debatir ahora sobre la culpabilidad o inocencia de Juan Maeso, ni sobre los mecanismos de control de los hospitales, ni queremos entrar en la dialéctica sanidad pública/sanidad privada que subyace en el caso. Queremos hacer notar otra cuestión: ¿qué se ha hecho de los otros 700 casos de hepatitis vinculados a la hospitalización? Porque 700 casos son muchos casos aunque sea en 10 años.

Hace unos meses se detectaron varios casos de transmisión de hepatitis en el Hospital del Mar de Barcelona. El Gobierno de Cataluña ha sido condenado a pagar 48.000 euros a otra contagiada, en Valencia la condena por lo mismo fue de 108.182 euros Parece que lo de Maeso, con ser grave, es sólo y precisamente eso: un caso muy grave pero no extraordinario.

El sistema sanitario moderno y la infección.

Pero la cosa no acaba en la hepatitis C, hoy en día, entrar en un hospital es jugársela a pillar una infección resistente a los antibióticos por "supermicrobios". Uno de cada 10 ingresados en una UCI pilla una infección grave por hongos, muchas de ellas mortales. La tasa general de infecciones intrahospitalarias en España es del 7%.

El consumo sin freno de antibióticos propicia la aparición cada día nuevos microorganismos resistentes, la bancomicina que era la última arma del arsenal hospitalario dejó de ser eficaz en la mayoría de los casos hace ya algún tiempo. Los métodos invasivos de la moderna tecnomedicina hacen el resto.

Sólo hay que ver como el oficio de sanitario es ahora mismo un oficio de riesgo, en el que los contagios mutuos enfermo/cuidador son continuos. Los enfermos van cocidos de antibióticos, antihistamínicos, analgésicos mientras que los sanitarios lo van de vacunas y antidepresivos.

La moderna religión de la salud en un mundo enfermo.

La palabra enfermedad puede tener muchos significados, depende de la época, del medio y de la persona que la pronuncie. Pero el significado dominante hoy en día está cada vez más restringido, ya no es lo contrapuesto al bienestar y la plenitud, sino sólo un mal funcionamiento de la "máquina humana" congénito o debido a una intrusión exterior.

La infección y la herencia, que en un momento dado fueron buenas explicaciones para la transmisión de enfermedades, han acabado siendo LA EXPLICACIóN; la única explicación no ya de la transmisión, sino de la salud y de la enfermedad. A cada malestar un microbio o un gen. A cada malestar un producto químico o una intervención mecánica. Según esta visión estamos cercados por un ejército de virus, bacterias superresistentes, hongos, priones Que quieren acogotarnos.

Esta explicación se ha convertido así en un instrumento de miedo, miedo a lo invisible (los microorganismos y nuestros propios genes), miedo a una amenaza de la que sólo nos puede salvar la nueva religión de la tecnomedicina. Y el miedo, en manos de los que saben utilizarlo, siempre ha sido un buen negocio.

Pero el sistema tecnosanitario no nos da ninguna seguridad. Curioso, pero los médicos son la tercera causa de mortalidad en los Estados Unidos, después de las enfermedades cardiovasculares y el cáncer (dos enfermedades de la civilización por cierto). Se calcula que en los EUA más de 300.000 personas mueren a manos de los médico cada año. Y este número es una estimación a la baja, puesto que en los partes de defunción la causa de la muerte no siempre esta "bien explicada" y sólo se contabilizan los "fallos médicos", no se tienen en cuenta las prácticas médicas nocivas.

La nocividad civilizada.

El mundo civilizado es cada vez más un mundo insalubre, la salud de los humanos se ha ido deteriorando desde sus orígenes. No se trata ya de hablar de la ausencia de caries en los dientes del paleolítico y su aparición con la agricultura, sino de ver lo que ha pasado en estos últimos diez o veinte años.

La incidencia de determinados tipos de cáncer va creciendo continuamente; el cáncer es una enfermedad moderna que ha ido aumentando continuamente desde los inicios de la industrialización. La sociedad civilizada es una sociedad tumoral. Por ejemplo, en Inglaterra y en los últimos 5 años, los canceres han aumentado un 6%. Algunos tipos determinados, como el cáncer de próstata, ha lo ha hecho un 25%.

La diabetes tipo 2 es ya una epidemia, sobretodo entre los más pobres del mundo industrializado y no deja de aumentar entre los niños y los jóvenes. Prácticamente el 50% de las diabetes que se diagnostican a niños y adolescentes son actualmente de tipo 2, cuando antaño su incidencia era casi irrelevante.

El crecimiento de la diabetes va ligado a los nuevos hábitos de alimentación (o mejor dicho de sobrealimentación); en los últimos 10 años la obesidad infantil ha crecido un 10%. En España el 34% de los menores de 10 años están obesos. Esta epidemia civilizada está alcanzando ya a los recién llegados a la primera línea de la industrialización, China tiene ya 155 millones de personas con sobrepeso, 18 millones de ellos obesos. La otra cara de la moneda serían las anorexias y bulimias, "privilegio" hasta ahora de la sociedad occidental, pero que gracias a la globalización alcanza ya a todo el mundo, incluidos los países subdesarrollados. Así, el estereotipo dominante y globalizado es el de la delgadez, el del triunfo y de lo "fashion" y las tasas de anorexia en la Asia pobre y en África crecen a gran velocidad.

Para acabar y para no cansar con tanto número y porcentaje, tenemos un dato significativo: entre el 25 y el 33% ,según estimaciones conservadoras, de las enfermedades en los países industrializados se deben a factores medioambientales.

El sistema sanitario/industrial un buen negocio para la economía y para la dominación.

Los beneficios del sector farmacéutico son un buen indicador del volumen de dinero y poder que mueve el sector tecno/sanitario. Aunque hay también otros segmentos importantes como es el sector de equipos de alta tecnología (escáneres, aparatos de análisis.), el de los proveedores en general, el de los beneficios de las clínicas privadas.

El sector farmacéutico movió el año 2002, la friolera de 352.342 millones de dólares (la mitad del producto interior bruto español, unos millones más que el de la Federación Rusa i el doble del de Dinamarca).

Dentro del conglomerado industrial del sector farmacéutico destaca el monstruo Pfeifer/Pharmacia con el 12% del negocio (42.281 millones de dólares), la siguiente, Glaxo, se queda con el 8%, luego, muy atrás, aparece la europea Merck con sólo el 6%. Las 20 empresas más grandes controlan el 75 por ciento del sector.

Dependemos cada vez más de sus productos, y sus productos nos generan nuevas dependencias. El asmático ya no tiene suficiente con el Ventolín inhalado y lo precisa inyectado, el afectado de migraña acaba padeciendo además una gastritis por el consumo de analgésicos, los jabones dermoprotectores potencian las infecciones, la oferta de antidepresivos es cada vez más dinámica, los tratamientos hormonales anticonceptivos o de otro tipo nos producen cáncer, millones vivimos enganchados al Prozac, la abstinencia nos produce más depresión.

La civilización nos quiere débiles.

La civilización nos quiere débiles y dependientes, todo su entramado se basa en la necesidad de institucionalizarnos para "cuidarnos", porqué ya no podemos ni sabemos hacerlo por nosotros mismos. Y en la "debilidad’ voluntariamente asumida, en la tutela aceptada con gusto, la minorización a perpetuidad tiene la civilización su mejor aliado.

No podemos cuidar a nuestros niños y el estado u otros especialistas lo han de hacer por nosotros, así las organización progresista de padres (las de la CEAPA) en la propuesta "7 puntos para compaginar la vida laboral con el cuidado de los hijos" pide escuelas abiertas 12 horas del día, 7 días a la semana 11 meses al año (¿por qué no 12?). Hay quien pide la "escuela obligatoria" de los 0 a los 18 años.

Ya no podemos cuidar a nuestros viejos y la gerontología es ya un oficio (y un negocio) de futuro. Morir en casa ya no es señal de cuidado del enfermo sino de abandono.

Ya no nos podemos cuidar de nosotros mismos, somos débiles, perezosos, irresponsables y toxicómanos, por esto son necesarias las cárceles, las narcosalas, las normas de seguridad, los jueces, los mediadores sociales y el sistema tecnosanitario.

Aunque seguramente muchos de nosotros preferimos vivir bajo el manto protector del estado, de las corporaciones, de las instituciones, de la sociedad, antes de enfrentarnos a una realidad que vemos lejana, tras el cristal de la pecera en que vivimos, más allá de las puertas del establo.

Hemos tenido que desaprender a vivir autónomamente, no sabemos construirnos casi ninguno de los objetos que nos rodean, no sabemos procurarnos el alimento, ni siquiera las cosas más inmediatas somos capaces de hacerlas por nosotros mismos. Esto no ha sido siempre así, sólo hace pocos decenios la gente sabía hacerse fuego, trenzar una cuerda incluso fabricar objetos complejos como cestas y vestidos ¿Qué nos ha pasado para haber olvidado cosas tan necesarias tan deprisa?

Seguramente, el peor olvido ha sido el del cuidado de uno mismo y de la gente próxima a la que queremos, hemos perdido las habilidades de la autocuración o la curación por medio del vecino. Hechos tan naturales como el parto (asunto entre iguales antaño) o la muerte han sido entregadas a manos de de especialistas e instituciones. Ni sabemos parir ni ayudar a parir, ni sabemos morir (nos colapsamos) ni ayudar a morir (abandonamos a los moribundos).

La civilización nos debilita y nos enferma, todos estamos inmersos en una depresión, en una tristeza ¡Mata más el suicidio que los accidentes de tráfico!

Hay que quemar los CAP"s y las farmacias.

Este 11 de setiembre, en Chile, durante las conmemoraciones del golpe de estado de Pinochet, en un barrio de Santiago, Lo Hermida, hubo una serie de disturbios. Los carabineros reprimieron con la brutalidad tradicional de este cuerpo las manifestaciones de los pobladores, en un momento una bala alcanzó a Cristian un joven de 16 años que estaba al lado de una de las hogueras que cortaban la circulación.

Lo que siguió fue algo confuso, los carabineros se habían parapetado en el consultorio del barrio y los que transportaban al herido no pudieron acceder al consultorio. El chico murió (también hay quien dice que llegó muerto), algunos dicen que los sanitarios del ambulatorio se negaron a atenderle. Declaraciones a la prensa de algunos de estos trabajadores van un poco en este sentido, algunos de los sanitarios se sentían protegidos por los carabineros, que por cierto se los llevaron con ellos antes de irse.

Al abandonar los carabineros la posta un numeroso grupo de personas penetran en ella y lo destruyen todo, dicen que también lo saquearon Las Organizaciones Sociales y Populares de Lo Hermida sacaron un comunicado de repulsa, de repulsa de la destrucción y saqueo. La muerte de Cristian solo merece dos líneas escasas al final.

El debate que siguió en Indymedia Santiago es bastante clarificador, el calificativo más suave es el de lumpenproletarios sólo un cometario se salía de la tónica general: "Pero no les salio muy bien ya que la irresponsabilidad del consultorio con el chico () había enrabietado a los otros pobladores del sector, quienes arrasaron con todo para lograr golpear a los asesinos de Cristian y a los que negaron su ayuda, ayuda que podría haber ayudado a que hoy estuviera con vida" (NN en el foro de Indymedia Santiago del 12-9-05).

Hay pero, un malestar contra la tecnomedicina, malestar que en los pobladores de lo Hermida, en Chile, se mezcla con la rabia por la muerte de un vecino, y este malestar se manifiesta también en el número creciente de agresiones a personal sanitario en todo el mundo. Ya no les besan las manos a los médicos y a menudo se las muerden. La OMS denuncia que el 25% de los incidentes de violencia en el trabajo se producen en el sector sanitario. En España casi un tercio de los médicos ha experimentado al menos un episodio de violencia, un 10% de ellos de violencia física.

Si bien es cierto que las mujeres sanitarias y el personal menos cualificado suele ser el blanco de estas agresiones, también lo es que están alcanzan cada vez más a los médicos y que incluso algún jefe de servicio ha tenido que ser atendido en su mismo hospital.

La tecnomedicina nos asegura una fantasiosa omnipotencia, y ya no se concibe la muerte como un proceso natural de la vida, sino como un fallo en la reparación de la "máquina humana" de la que hablábamos más arriba. Si a esto añadimos su realidad de intrusismo brutal (químico, físico y psicológico), su autoritarismo jerárquico y su utilitarismo para el sistema (desde las invalideces a las bajas) no es de extrañar que un fantasma este recorriendo el sistema tecnomédico. Un fantasma que cada vez es más fuerte y afina mejor sus objetivos.

Cuando nuestros antepasados quemaban conventos e iglesias, mataban frailes, monjas y curas; así se enfrentaban a la facción más poderosa de la dominación que padecían (y que todavía hoy conserva intacto buena parte de aquel poder). De hecho esa facción era tan poderosa que fueron derrotados, aunque nos dejaron el recuerdo de su revuelta.

Para igualar estos actos hoy en día, deberíamos enfrentarnos con el mismo vigor con la facción más poderosa de la dominación actual, y esta facción es la del complejo sanitario/industrial. Los médicos y los farmacéuticos ocupan el espacio de los curas del ayer. Para lograr un hecho simbólico de la misma potencia que quemar una iglesia haría falta quemar un consultorio médico. Nos imaginamos que pocos se atreverían a tanto, la vaca sagrada es inatacable, un hecho tan "inofensivo" como criticar al complejo tecnomédico comporta verse aislado, ridiculizado y atacado. Incluso caer totalmente en sus manos siendo clasificado como enfermo mental y, en el mejor de los casos, tu voz se pierde en el abucheo generalizado.

Reanudar el camino.

Reaprender a cuidarnos, atrevernos a cuidar a otros parece ser ya imposible. Los "actos médicos" fuera del sistema están severamente penalizados.

Y sin embargo es la única esperanza que tenemos: volver a cocinar, para ti sobretodo, pero también para otros, recuperar las técnicas básicas de salud, las destrezas básicas para la vida: ayudar a nacer, ayudar a morir Volver a cuidarte, no para alcanzar el estereotipo de belleza, triunfo, delgadez, competitividad (estandarización, codicia, nocividad y soberbia), sino para encontrarte bien, fuerte e independiente.

Fuerte e independiente para vivir sin tutelas, sucedáneos ni paliativos: para vivir libre y salvaje.

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