lahaine.org
Asturies :: 11/06/2005

Hacia un marxismo nacionalista en Asturias

Carlos X. Blanco

En respuesta al interesante escrito de Diego Díaz "Naciones y nacionalismo: todo es mentira", publicado en Glayíu (1-Junio-05), en el que se hacen referencias a diversos textos míos publicados en la misma revista o en otros sitios diversos de la red debo, ante todo, agradecer a este autor la oportunidad de aclarar algunas de mis tesis, tratando de buscar la mayoridad claridad y síntesis posibles.

En primer lugar, en lo que se refiere a la filiación teórica de mis escritos sobre Asturias, es cierto que en ellos combino los puntos de vista del marxismo y del nacionalismo. En contra de los prejuicios arraigados en la izquierda oficial y a pesar de los anatemas que tradicionalmente se han lanzado contra el nacionalismo desde las tendencias estalinistas y socialdemocratas prevalentes dentro del marxismo, y del PCE, yo desearía suscribir el título de una reciente entrevista a Santiago Alba, recientemente reproducida en este mismo sitio de la red: "Hoy el marxismo puede y debe ser nacionalista". Esta declaración encajará perfectamente con el tono de mis trabajos sobre Asturias, y sólo haré alguna precisión. Con independencia de los estudios de ciertos autores del marxismo -más o menos ortodoxo- llamado "tercermundista", creo que en el propio Capital de Marx y en otros textos suyos hay reflexiones suficientes acerca de del proceso de "acumulación originaria" que pueden servirme a mí, y a cualquier otro marxista, como base para entender que el capital, en su propia genética, esto es, a la hora de formarse como tal en una determinada región del globo, así como para poder penetrar en aquellas regiones donde aún viven los hombres de una forma relativamente virginal con respecto a este modo de producción, necesita liquidar ciertas estructuras antropológicas y sociales incompatibles con él. Es cierto que esta liquidación no operó en todas partes de igual manera, principalmente en función de la existencia previa de naciones o estados y del distinto nivel de desarrollo cultural. Las estructuras antropológicas y sociales previas a su disolución (parcial o global) en la acumulación originaria no son, en modo alguno, "esencias" al modo aristotélico, esto es, fijas e inmutables. Ellas mismas son producto de relaciones sociales cambiantes a lo largo de la historia, a veces resultado de relaciones ancestrales con el medio o con grupos humanos, ya fueren colindantes, invasores, simbióticos, etc.

El análisis que Marx hace de la Acumulación Originaria me hizo pensar que éste no es un proceso "puntual", único e irrepetible en la historia universal, una historia que a su vez tuviera que concebirse de forma lineal, como un río bien encauzado que siempre desemboca en una costa pre-dada: el Capitalismo Mundial (la Globalización, según otra palabra mágica). Antes bien, la Acumulación Originaria es un concepto general, que podríamos ilustrar -de la mano del propio Marx- en las propias Islas Británicas en los siglos XVII y XVIII tanto como en las colonias ultramarinas en América, Africa y Asia. El capital exige la apertura de todas las fronteras, el exterminio de formas milenarias de civilización o cultura, y la disolución de relaciones sociales, siempre y cuando sea necesario. Los violentos procesos de acumulación (o imposición) del modo de producción capitalista no fueron exclusivos del colonialismo ultramarino, extraeuropeo (el actual "Tercer Mundo"), sino que se gestaron en la propia Europa moderna por medio de una "colonización" de las periferias de los reinos a favor de uno o varios centros capitalinos de dominación, o a favor de una o varias comarcas ya más desarrolladas en un sentido capitalista. La Inglaterra comercial e industrial se impuso sobre sus periferias rurales más cercanas y se impuso colonialmente sobre los reinos de Irlanda y Escocia, por ella "unificados". A este proceso de colonialismo interno (una vez sojuzgados los partidarios de la independencia), por la vía del robo, el saqueo violento, la emigración forzosa de población y la artimaña legislativa a favor de los terratenientes y sus cercados, dedica Marx abundantes páginas. Otro tanto se diga, mutatis mutandi, de otros reinos continentales que sólo en los escasos siglos de la modernidad fueron sojuzgando a sus periferias, o a su respectivo mundo rural, como contrapuesto a la urbe industrial. Lo mismo vale para el reino de España, que sólo ahora se quiere presentar como Nación (de naciones), teniendo en cuenta el retraso correspondiente de este estado en lo que hace a la (muy desigual) penetración del capitalismo en sus dominios. Pero este proceso acabó llegando al reino de España, y también supuso una jerarquización de los territorios, una subordinación del campo a la ciudad, y una industrialización burguesa de ciertas periferias en detrimento de un centro geográfico rural y retrasado.

Las naciones son siempre artificiales, dice Diego Díaz, no ya sólo España, sino también Asturias y las demás, pues lo social es el reino de lo artificial. Como sucede con el concepto de acumulación, y su cariz originario, esta distinción es relativa también con respecto a los periodos históricos puestos en comparación. Lo natural asturiano, por supuesto, es algo a defender con respecto a modos de vida -consumo y producción- impuestos con posterioridad a unas relaciones sociales dadas. En una investigación histórica, etnográfica, etc., lo natural asturiano en su génesis se revela, de hecho, como ese "artificio" que se va gestando a lo largo de los siglos y de las generaciones. Por supuesto, la misma relativización del dualismo artificial-natural que aplico a la historia podría aplicarse en la evolución biológica, aunque a otra escala. Un animal mutante salido de un laboratorio, o una variedad transgénica del maíz son "artificiales" con respecto a los procesos evolutivos habituales, pero pueden entenderse como naturales en tanto que son seres vivos, de todas las maneras, cuyos órganos responden a leyes biológicas genéricas y cuyos cuerpos y descendientes pueden pasar a formar parte del ecosistema, etc. Lo mismo ocurrirá, por vía de analogía, con mis reflexiones históricas sobre el papel de los imperios mediterráneos (Rima, Islam). Ellos fueron "artificiales" frente al ethnos (nación), a la cultura que sojuzgan, o a la que, en todo caso, modifican en sus trayectorias históricas, como fue el caso de astures y cántabros y otros pueblos indígenas, y el del reino asturiano ciertamente pre-políticos y desunidos en comparación con los imperios, en el caso de aquellas etnias, o ya plenamente político, pero en el sentido medieval de "política", en el caso de la monarquía astur-leonesa.

Si todas las naciones son artificiales, y sólo pensaremos que lo más artificial es lo más novedoso, globalizador e impuesto (esto es, la acción imperial, la construcción de un centro depredador y globalizador, ya sea Roma, Córdoba o E.E.U.U.), toda resistencia, ya fuere armada, ya cultural, pasa a convertirse en "natural". Así las cosas, unas naciones son más artificiales que otras, según cuán reciente sea el invento, y si éste invento obedece al fin de dominar a una periferia de naciones sojuzgadas y colonias, o si el fin de la nación consiste en resistir a ese centro, y permanecer, seguir siendo. Hay naciones imperialistas, centrípetas y globalizadoras de otras, fagocitadoras de los restos y los escombros de las vencidas. Y hay naciones cuya "esencia" consiste en resistir. La palabra esencia, si no gusta a mi crítico, puede ser sustituida por "estructura" antropológica (relaciones sociales y de producción) que incluye, cómo no, una específica psicología colectiva que no puede ser explicada al margen de dicha estructura. En tal sentido, el marxismo, como praxis, debe ponerse al servicio de las naciones oprimidas y en trance de recuperar su "estructura", y ello no tiene nada que ver con el esencialismo. Se trata de una concreción de la lucha de clases a nivel internacional, en la que son las clases populares de las naciones periféricas y oprimidas las que pueden romper uno de los eslabones débiles que ligan a la burguesía "central" o imperialista con las burguesías locales (en nuestro caso, asturianas): el consenso impuesto y requerido por el Capital.

Estoy de acuerdo con mi amable critico en el punto de que todas las naciones son artificiales. Como el Derecho, como al Arte, como el Mercado, como todo lo que el hombre crea y objetiviza. Pero de esas ficciones es de lo que está hecho el mundo social del hombre, determinándole, condicionando su acción. No podemos ser más nominalistas con el término "nación" que con los otros vocablos que constituyen partes o aspectos fundamentales de la totalidad social. Por esto, discrepo del título de su trabajo: las naciones y los nacionalismos "no son mentira". Están ahí, son un hecho, y expresan claramente un pathos, que habrá que analizar de forma materialista, y si cabe, tomar partido. Pero no negar lo que constituye un hecho. Hay nacionalismos reaccionarios, claro, pero también hay nacionalismos reactivos. Estos últimos reaccionan a un neoliberalismo rampante, que aleja de la totalidad social el poder decisorio sobre sus propios recursos y destinos. La diferencia entre Asturias y España como naciones consiste en que la primera nación (sí, una artificiosa totalidad social) está integrada política y económicamente en una no menos artificiosa totalidad social pero dotada de estado, aunque ahora España cede su soberanía parcialmente en manos de la UE y obedece, en lo esencial, a los dictados internacionales del Capital. Hace mucho tiempo que Asturias no tiene entidad estatal, y cuando la tuvo fue en una época medieval que presenta una muy difícil homologación con nuestros tiempos. La pervivencia de ciertos fueros e instituciones de autogobierno se perdió definitivamente con el "jacobinismo borbónico" del XIX, un jacobinismo tardío que ahora tanto parecen amar, y esto es paradójico, ciertos republicanos del PCE y del PSOE de nuestros días. En vez de revolución social, añoran el centralismo y la homogeneidad jurídica, fiscal y administrativa de todos los territorios, añoran la "nación de los ciudadanos" frente a las reliquias fueristas y etnicistas del nacionalismo. Pero las reformas borbónicas de tipo jacobino y centralista escondían en realidad una jerarquización territorial efectiva en lo que hace a producción y acumulación de riqueza. Es justamente lo mismo que pretenden los jacobinos de hoy en día, también amparados por un régimen borbónico restaurado, acérrimos defensores del "patriotismo constitucional": esconder y disimular la efectiva división del trabajo y de modalidades productivas en el estado español, luchar por que las burguesías españolistas no se queden atrás frente a las demandas de las burguesías periféricas (vascas y catalanas).

Lo "natural" asturiano es producto de su historia: consiste en rigor en el sistema de relaciones sociales y ecológicas que, básicamente, pervivieron en la cultura, y en la cultura campesina sobremanera, hasta días muy cercanos. Concedo con sumo gusto que la tierra, la aldea, y la vida que tradicionalmente giraba en torno a ella, sólo son una parte de la historia de Asturias: queda por hablar de la industria y la minería. Pero es una parte muy importante que, al igual que en el resto de Europa, no ha sido del todo ajena a los procesos de acumulación y penetración del capitalismo desde fines de la Edad Media.

A mi crítico quisiera señalar que no es el esencialismo ni la nostalgia de un tiempo mejor, ya perdido, el que me ha movido a tener en cuenta esas estructuras antropológicas (sociales, productivas, etnográficas, lingüísticas, etc.). Ellas mismas pueden ser investigadas con los métodos del materialismo histórico teniendo en cuenta la precaria formación y desigual penetración que el capital europeo e hispano fue obrando en el país asturiano, apenas algo en las más profundas aldeas asturianas basadas en la autosubsistencia. Estas estructuras son parte de la nación, no menos que la mina y la siderurgia o el astillero, por ejemplo. La coexistencia de sectores productivos dentro de un mismo modo de producción, y más allá, la cohabitación del capitalismo con formas arcaicas o tradicionales de producción, es un tema clave en el materialismo histórico que, como ya he puesto por escrito en algún otro trabajo, ante todo se enfrenta con morfologías sociales, formaciones sociales que rara vez se presentan en estado de pureza. Digan lo que digan ciertos epígonos de Marx, en la propia obra del maestro de la ciencia social yo he encontrado este espíritu de naturalista, que no usa de las tipologías formales o ideales (por ejemplo los modos de producción) o las fases históricas lineales, más que como ayudas simplistas en la investigación que realmente interesa: el todo social concreto, que exige un análisis económico (va de suyo que también histórico) concreto. Al centrarme en un sector, el primario, que para colmo en Asturias estuvo basado en una autosuficiencia tradicional, escasamente capitalista o comercial en sus procedimientos, pero de elevado vigor en lo que hace a persistencia de una cultura popular y un equilibrio ecológico (salvando el relativamente reciente mal de los eucaliptus), no pretendo entregarme a ningún romanticismo ni a ningún esencialismo. La comunidad asturiana, ya hoy fuertemente urbanizada y dependiente de fuerzas productivas foráneas, sólo puede recobrar vigor en el autogobierno, y sólo alcanzará de nuevo su dignidad en la resistencia, si repuebla la aldea y le devuelve la vida, cambiando lo que hubiere que cambiar, a vastas extensiones del país que se están desertizando en términos humanos. Se trata, simplemente, de luchar por una transformación de sus sectores productivos tradicionales en un sentido no sumiso y no adaptativo. Se trata de reconocer que nuestro país es toda esa aldea, monte, valle, bosque, mar, praderas... y no reducir Asturias a una megaurbe central, formada por aglomeración de grandes ciudades de servicios, en proceso de pérdida de su identidad y meramente gestora de un inmenso parque verde destinado al turismo. Eso no puede ser.

Una psicología de los pueblos no tiene por qué ser vulgar, ni tampoco incompatible con la teoría de la historia de Marx. Antes al contrario, el análisis de una formación social pre-capitalista o en trance de ser penetrada por el capitalismo implica el estudio de los modos de producción que los hombres establecen, y las relaciones que éstos establecen entre sí y con su medio, el territorio, que en Asturias presenta no pocas peculiaridades. Esta pauta secular de relaciones conforma un "carácter" que, es cierto, no tiene nada que ver con el llamado carácter indvidual, ni tampoco puede ser comprendido bajo los mismos criterios que éste. La cultura estética tradicional, y los usos productivos de una nación forman un todo indivisible, que en el caso asturiano no ha desaparecido del todo ni siquiera en los grandes núcleos urbanos (Gijón, Oviedo, Avilés, Cuencas) por la peculiar apertura de estos al campo y a emigrados asturianos del propio campo en buena adaptación a los modos urbanos. La cultura nacional asturiana, incluyendo la lengua, lejos de desaparecer en las fases industriales de nuestra historia, se aclimató en los ambientes proletarios que nunca dejaron de tener vínculos con la aldea. Una grave carencia de nuestros marxistas es el obrerismo, la otra cara del economicismo, que consiste en creer que el análisis concreto de una formación social concreta (Asturias) no es más que una constatación del momento presente en que el capital explota al trabajo en una circunscripción geográfica determinada. Lejos de ello, hay que ubicar el capitalismo asturiano en su historia y su antropología.

No hay pueblos más o menos "majos", y nunca he defendido semejante cosa. No voy a decir que los astures sean los más "majos" del mundo, porque estas distinciones valorativas carecen de sentido y utilidad al margen de los análisis científicos que pudieran conducirnos a ellas. La falta de hábitos esclavistas, o de formas capitalistas neo-esclavistas agrarias en el Norte no se debe -inmediatamente- a nuestro "carácter" nacional sino más bien a una serie de incompatibilidades entre nuestros usos tradicionales de la tierra y del ganado, con los usos mediterráneos de explotación agraria donde sí hay tradición esclavista y servicial. La economía familiar y autosuficiente es el resultado de una adaptación optimizadora a los suelos, relieves, pluviometría, y demás condicionantes "naturales" que, desde tiempos medievales (al menos) permitieron una determinada sociedad de hombres libres a medida que el poderío de cenobios y señores feudales fue decayendo. La dispersión de asentamientos y la áspera orografía de gran parte del país fueron factores que el capitalismo no podrá modificar, sólo atenuar por medio del confinamiento de la inmensa mayor parte de los asturianos en esa megaurbe central, donde se gestará el gran laboratorio de la aculturación y la homogeneidad. Pero es que en el capitalismo, lo que no se puede practicar es una transformación radical de los usos tradicionales del campo en las regiones nórdicas de la península. O el campo se abandona (a los ancianos y a los turistas), o se persiste en el uso tradicional, pero no se ha reconvertido en capitalismo agrario esclavista y subvencionado como en el Sur y en el Levante. Este hecho, de por sí hay que estudiarlo... yo sólo lo constato. Pero es un hecho obtenido por comparación. ¿Por qué no hay continuidad histórica alguna en la explotación que el hombre ejerce sobre el hombre en la economía agrícola nórdica y sí en la de otras regiones? ¿Por qué apenas tenemos ejemplos históricos de capitalismo agrícola con masas de siervos y esclavos? No he dicho nunca que ello obedezca a nuestro carácter "majo" o filantrópico. La falta de tradición en tal sentido obedece a causas o estructuras antropológicas, vale decir, modos de producción y reproducción de la vida social que han mostrado su tenacidad y adaptación a los tiempos hasta la crisis tremenda de finales del siglo XX. ¿Modos caducos, estrechos, poco o nada competitivos...? No discuto ahora ninguna de esas valoraciones porque me llevarían largo tiempo. Pero eran modos nuestros, peculiaridades de un patrón general que fue la "granja" (aquí, casería, por ejemplo) de la Europa templada que también ha entrado en crisis en otros países. Que en la España mediterránea la crisis ha tenido todos los visos de haber tomado la forma de una catástrofe, por la acción del capitalismo agrario, es un planteamiento que también quisiera hacer resaltar. Allí, el agro familiar y autosuficiente ha sido aniquilado en mucho mayor grado, y desde hace milenios se está exterminando. Sólo así surgen las nuevas generaciones de negreros y explotadores. Los capitalistas agrícolas cuentan con otros parámetros (estacionalidad de las cosechas, latifundismo, ultra-explotación del agua escasa, inexistencia de propiedades autosuficientes y diversificadas), condiciones que se desconocen en Asturias.

Aplicar el método comparativo dentro del materialismo histórico es una manera de acercarse a las intuiciones útiles, a las experiencias necesarias para nuestro análisis de la realidad asturiana. Olvidar factores condicionantes tan poderosos (y no sólo de tipo geográfico o naturalista, sino antropológico en un sentido global) me parece pecar del mismo economicismo del que los marxistas suelen abjurar con tanta frecuencia, pero en el que fácilmente incurren. El neoliberalismo, enemigo de Asturias, ciertamente, no puede penetrar en todos los sectores productivos y en todas las regiones a un mismo tiempo ni al mismo ritmo. Los asturianos no explotan el campo de la forma en que lo hacen sureños y levantinos -- una parte de ellos "negreros" --porque los asturianos tenemos, por ahora, pocos negreros que hayan visto nuestras condiciones favorables para la obtención relevante de plusvalía. Y no porque nuestros agricultores o empresarios sean una mejor clase de gente

¿No es esclavista el uso que se está haciendo de los trabajadores extranjeros en la España Mediterránea? Mi critico dice que no, que es fordista. Desde luego, tampoco forman estos contingentes de neo-esclavos un proletariado al uso. Sus movimientos, su capacidad de cambiar de patrón, de residencia, sus relaciones con los sindicatos y con la clase obrera y campesina "nativa"... todo esto les sitúa en un status sensiblemente inferior y cualitativamente distinto al del proletariado clásico y fordista. La ocultación de su presencia, su fantasmal no-existencia legal y humana, mas solo productiva, que les restringe la libertad de movimientos y les amenaza con la expulsión, lindan con la esclavitud clásica. El terrorismo patronal tiende progresivamente a conseguir una fuerza laboral esclava.

Colonialismo interno. ¿Es Asturias colonia del estado español? Llamo colonia, simplemente, a un territorio cuyo gobierno y destino no está en manos de sus propios habitantes, sino que es objeto de planificación por parte de agentes exteriores, y las posibilidades de desarrollo de ese territorio se ven truncadas por unas decisiones que parten de y se dirigen hacia el beneficio de otros territorios. Y eso es exactamente lo que ha sucedido con Asturias desde el momento en que el capital privado perdió protagonismo en la vida industrial del país y la inversión estatal (franquista) fue la marcó su destino. En el momento en que grandes industrias de titularidad pública marcaron la pauta de la economía asturiana, los criterios políticos de la dictadura, y no ya la simple extracción de plusvalía, son los que pasan al primer plano. Entonces la "autonomía" de la región no se forja en el contexto clásico-liberal de una lucha de clases entre la burguesía local y un proletariado igualmente local. Ante la insignificancia de la burguesía asturiana, el proletariado de nuestro país tuvo como enemigo directo un régimen que era al mismo tiempo patrono y dictador. El proteccionismo keynesiano del que habla mi crítico, junto a ciertas medidas paternalistas y socializantes, inéditas e otras regiones del estado que permanecieron subdesarrolladas, no dieron satisfacción, con todo, a los requisitos mínimos de un "estado del bienestar", aun precario hoy, treinta años después de muerto Franco. La gran empresa pública, sin embargo, liberó importantes fuerzas productivas y mantuvo viva y en desarrollo la conciencia de clase proletaria, la cual incluye su organización y su posibilidad de resistencia. La gran inversión estatal evitó el retroceso de Asturias a la condición de país meramente rural, y en esencia subdesarrollado. Pero esto se hizo con fines claramente políticos e ideológicos en el contexto desarrollista por el que vivía la dictadura española. La elección de centros periféricos industrializados, la promoción del éxodo de grandes contingentes de emigrados desde el centro a las periferias, todo esto obedecía a un proyecto homogeneizador calculado, típico en una dictadura, que tuvo sus luces y sus sombras. Frente a los nacionalismos "etnicistas" que algunos constatan en otras zonas del estado, podemos tener el orgullo en Asturias de que la emigración del proletariado castellano, extremeño, leonés, y de muchos otros sitios, haya alcanzado el mayor grado de integración deseable en el interior de nuestra cultura. ¿Ello fue así porque somos más "majos" los asturianos? No, sino porque aquí no hubo una burguesía "etnicista" que difundiera falsos estereotipos contra una parte de la clase trabajadora, para así dividirla y jerarquizarla socialmente. En Asturias la clase obrera fue un bloque, tuviera sus orígenes familiares donde los tuviera. Cuajó una clase obrera solidaria frente a una burguesía pequeña, timorata y parasitaria de los criterios emanados desde Madrid. En esta comparación entre burguesías "periféricas" nada tienen que ver los casos catalán y vasco con el nuestro. Y por ello aquí no ha cuajado un nacionalismo conservador ni etnicista. El papel dominante del estado en la industria asturiana explica también su violenta retirada -brusca y autoritaria en función de los criterios neoliberales en la etapa de Felipe González y sus ministros agentes de la globalización. La compra de líderes sindicales y la compra de elites obreras por medio de la jubilación dorada, y otros sobornos, no es más que la continuación más barata de la política de subsidio a una economía cautiva de decisiones burocráticas madrileñas. A partir de los años ochenta se quiso hacer el destete, substituyendo el chorro grande por un chorro pequeño. Fuimos colonia, enchufados a la teta estatal. Seguimos siéndolo, al ser separados de ella y mantenidos por respiración artificial. Colonia con industria, colonia sin ella. En tal situación de dependencia seguiremos, a) a falta de una importante burguesía autóctona, que no existe, si somos fieles al capitalismo, y no hay motivos para que nos interese tal fidelidad, b) a falta de una clase popular autoconsciente, con ideas claras sobre nuestra dependencia real, que exija un autogobierno en lo político, y una democratización económica, que haga posible un desarrollo socialista de la nación asturiana.

Los "jacobinos" de la izquierda centralista española, abundantes en el PSOE e IU, retroceden con respecto a Marx y sus largas horas de estudio de la economía política. Retroceden al lenguaje dieciochesco de la "ciudadanía" y los "derechos" homogéneos de la misma. Marx queda reducido, para estos, a la condición de un republicano radical, a un defensor de la "igualdad’, "libertad’ y "fraternidad’. Yo, en cambio, no veo en los nacionalismos enemigos a combatir. Depende del tipo de nacionalismo. Hay nacionalismos de izquierda fuertemente comprometidos en la lucha de clases contextualizada en la lucha de las pequeñas naciones por existir, lo cual es un derecho colectivo, lucha que, de paso, obstaculiza los intereses del Gran Capital que se sirve del estado central para actuar como elemento de globalización forzosa en su área de control represivo y legislativo.

Carlos X. Blanco.
[Carlos X. ye Doctor en Filosofía y llicenciáu en Psicoloxía y Pedagoxía.]

[Testu en PDF]

Glayiu.org

 

Contactar con La Haine

 

La Haine - Proyecto de desobediencia informativa, acción directa y revolución social

::  [ Acerca de La Haine ]    [ Nota legal ]    Creative Commons License ::

Principal