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Asturies :: 10/05/2009

Los Reyes de la casería: recuperando al villano de "el villano en su rincón"

Juan Antonio Valladares Álvarez
Los jóvenes a los que les gustaría trabajar en el campo a pesar de su desprestigio social, se suelen echar para atrás por el exceso de burocracia

"Se debe corregir el vicio ideológico del menosprecio a lo rural, ennobleciendo al buen villano en su digno papel de rey de su explotación. Se debe también proporcionar una oferta educativa pública que capacite para trabajar en el campo, enseñando los conocimientos tradicionales y las modernas necesidades."

Las actividades profesionales productivas en el campo languidecen sin que las medidas adoptadas comúnmente por las Administraciones consigan detener este hecho lamentable. Los profesionales del campo siguen siendo básicamente personas cuyos padres trabajaron como agricultores y ganaderos, siendo continuadores de la tradición bien por vocación o bien por las facilidades que suelen disponer como herederos de los terrenos familiares y de una empresa agraria ya consolidada. Habitualmente son personas que han abandonado pronto sus estudios, y que alcanzan la capacitación profesional espontáneamente, por ser de forma natural o circunstancial ayudantes y aprendices de sus padres en la explotación parental.

La Administración ha ido asumiendo el carácter familiar de las explotaciones de manera inercial, como un exponente más del atrabiliario menosprecio que se ejerce socialmente hacia las actividades agrarias, menosprecio fraguado quizá en los lejanos tiempos de la Sociedad Estamental. Son agricultores y ganaderos aquellos que, condicionados por una vida forzadamente rural, apenas tienen capacidad de maniobra para escoger otro camino... ¡Pobrecitos!? ¿Alguien se ha planteado lo difícil que le resulta a un urbanita dedicarse al campo como ganadero o agricultor? ¿Por qué, si una persona crece en un medio urbano, nadie le abre la posibilidad de escoger entre aquellas profesiones rurales? ¿En qué planes de estudio se te concede esa opción en Asturias? Sin duda que el prejuicio histórico derivado de ese menosprecio inercial hacia las tareas rurales, al que hemos aludido ya, es la causa principal: ¿Quién, en su sano juicio, va a desear salir del medio dominante, la ciudad, dentro del cual todo parece posible? Lo contrario sigue pareciendo absurdo incluso en la actualidad, como lo demuestra el hecho de que no se oferte una formación adecuada para convertirse en un profesional del sector productivo agropecuario.

Es hora ya de pasar página y devolver la dignidad a una profesión que es, con toda seguridad, la única imprescindible para la supervivencia de nuestra especie: la de los productores de alimentos. Es viable una sociedad sin abogados, médicos ni funcionarios; obviamente, también sin políticos. Sin cualquier cosa, vamos, excepto, claro está, sin productores de alimentos. Esta dignidad siempre ha coexistido con el menosprecio hacia la actividad por parte de las clases sociales privilegiadas; no hay más que leer a Lope de Vega en su El villano en su rincón, donde el pequeño propietario de una hacienda agraria se comporta con un pundonor extremo delante del mismísimo Rey de España, pues en su pequeño terruño era más rey que el poderoso monarca del Imperio Español. A partir del auge de la burguesía como clase social dominante, y del medio urbano como hábitat prioritario, la percepción general hacia lo rural ha ido torpemente empeorando, de manera que, por pura ideología, parece absurdo "elegir" ser un hombre de campo, siendo lo lógico intentar huir de las alienantes garras del agro...

El prejuicio que sigue considerando a las actividades rurales como marginales, atrabiliarias o indeseables se retroalimenta con el hecho de que no exista una oferta académica que dignifique al sector. Los paisanos son relacionados subconscientemente con la gente criada en el campo que no ha podido o querido estudiar, y como no hay oferta para estudiar una formación profesional en ese ámbito rural, los granjeros seguirán siendo unos presuntos ignorantes –dentro de los parámetros modernos y académicos-; esta presunta naturaleza o esencia rudimentaria de las actividades rurales demostrará a algunos que no merece la pena establecer ningún plan de estudios dirigido a ellos. Y vuelta a empezar. Los granjeros parecen ser, necesariamente, reliquias algo ignorantes respecto a un deslumbrante mundo moderno.

Esta situación tan estúpida no está siendo adecuadamente enmendada desde las plataformas de opinión, de comunicación y de decisión sociales y políticas. Hay que colaborar desde todos los ámbitos posibles para que comience a revertir esta absurda perspectiva. Vivir en el campo es una decisión saludable, no absurda; los beneficios para la salud corporal y mental están más que comprobados. Vivir en el campo aporta bastante claridad de ideas; en el ambiente rural desde las tareas cotidianas más triviales hasta la muerte se conciben mejor que en otros ambientes. Vivir en el campo te permite disfrutar comúnmente de un envidiable ritmo de vida, donde el tiempo no se compra ni compara con el oro, sencillamente se vive con naturalidad y sentido común. Vivir del campo, además, tiende a darle bastante sentido a tu trabajo y a la vida en general; todo es lógico, todo encaja: la primavera, el verano, el otoño, el invierno. Vives con estrellas y Luna, lejos de los vicios licnobios de la ciudad. Teniendo en cuenta, además, que las que tradicionalmente se han considerado desventajas objetivas de vivir en el campo han disminuido notablemente –cualquier hijo de campesinos puede estudiar, disponer de un centro sanitario próximo, etc.-, la opción de vivir en el y del campo se nos antoja una decisión palmariamente inteligente.

Durante un estudio del medio rural asturiano elaborado entre los años 2006-2008, el FAR (Foro Asturiano para el Conocimiento y Desarrollo del Medio Rural) recogió algunos datos muy significativos. En primer lugar, el desprestigio social hacia lo rural se mostró como uno de los motivos por los cuales los jóvenes no contemplan la posibilidad de trabajar en el campo. Esto ahonda en la necesidad de trabajar en la dignificación del medio rural, donde habitan esos reyes de las caserías asturianas. Además de las medidas educativas mencionadas, se puede trabajar desde muchos puntos de vista en ese fin: promoción y desarrollo de un estatuto parroquial que permita recuperar un cierto grado de prestigio y autogestión del terreno a los pobladores del medio rural; vertebración y organización de las producciones a través del establecimiento de cooperativas, redes de comercialización etc., -ambas medidas harán más rentables, diversificadas y actualizadas las actividades productivas agropecuarias-; difusión a través de los medios de comunicación de esa imagen noble que merecen los profesionales del campo...

Pero aún hubo, si cabe, un dato más preocupante extraído de las encuestas del FAR: los jóvenes a los que les gustaría trabajar en el campo a pesar de su desprestigio social, se suelen echar para atrás ¡por el exceso de burocracia que rodea la actividad! Resulta realmente increíble que un problema burocrático disuada a más de la mitad de los jóvenes con deseos de trabajar en el campo a hacerlo. En muchos casos, los jóvenes aseguraron que trabajarían en el campo si no hubiera tanto papeleo, incluso en el supuesto de que no hubiera ayudas ni subvenciones a su incorporación en este sector laboral.

Este último problema mencionado merece ser estudiado. Realmente tiene que haber alguna solución que permita que un chaval que quiere trabajar en el campo pueda hacerlo, sobre todo cuando su principal obstáculo es un exceso de papeleo. Y la solución que se plantee desde la Administración tiene que ser más ingeniosa que el de ofrecer la subvención de turno, algo que puede ser bueno, pero insuficiente si no se plantean cambios estructurales en la materia. Dos parecen, a primera vista, las líneas de trabajo para superar este obstáculo administrativo: el establecimiento de una serie de medidas institucionales que reduzcan la burocracia que rodea a las faenas rurales y, por otra parte, algo que recala de nuevo en el aspecto educativo: la capacitación de los futuros profesionales del campo desde la escuela para que no les abrume el tener que rellenar más o menos impresos anualmente. Se debe capacitar a las nuevas generaciones de granjeros a adecuarse a las exigencias modernas, para que éstas no les impidan dedicarse a aquello que desean y ya que, por otro lado, es tan importante mantener para el sostenimiento de un medio rural productivo.

Se debe corregir el vicio ideológico del menosprecio a lo rural, ennobleciendo al buen villano en su digno papel de rey de su explotación. Se debe también proporcionar una oferta educativa pública que capacite para trabajar en el campo, enseñando los conocimientos tradicionales y las modernas necesidades. Desde el FAR (Foro Asturiano para el Conocimiento y Desarrollo del Medio Rural) se está diseñando un plan de estudios agropecuarios concebido para que los estudiantes puedan alcanzar unos conocimientos adecuados para ejercer su vida laboral en este sector. El plan de estudios desarrollado se presentará a la Consejería de Educación como estímulo y fundamento de su aplicación en las aulas de Formación Profesional del Principado.


Juan Antonio Valladares Álvarez. Ganadero y Dr. en Ecología Humana. Coordinador del Foro Asturiano para el Conocimiento y Desarrollo del Medio Rural (FAR).

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