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17/12/2018 :: Estado español

Sobre el dinero (II)

x Alfredo Apilánez

Dinero-capital: la encarnación del poder social

El dinero es el punto de partida y el punto de cierre de todo proceso de valorización” Carlos Marx

Siempre es el dinero-crédito el que pone en marcha el proceso de producción, que consiste en tener dinero para producir mercancías con cuya venta obtener más dinero: el dinero es el Principio y el Fin, el Alfa y el Omega, el Paraíso y el Apocalipsis de la producción capitalista”

Joaquín Arriola

“Llegan el oro y la plata de América y todo cambia en Europa”

E.J. Hamilton

“La deuda global alcanzó en el primer trimestre de 2018 la friolera de 247 billones de dólares, situando el ratio de apalancamiento con respecto al PIB mundial –omitiendo la banca en la sombra y el castillo de naipes de derivados y demás productos financieros “creativos”- en el 318%, según los últimos datos dados a conocer por el Instituto Internacional de Finanzas”

Entre estas dos noticias median cinco siglos y una completa metamorfosis en la naturaleza y las funciones del dinero y la deuda, desde los balbuceos de una economía monetaria harto limitada hasta llegar a impregnar el último resquicio del metabolismo social. La compleja interacción entre las colosales transformaciones de las relaciones de producción y distribución desencadenadas por el surgimiento del capitalismo y el desarrollo paralelo del hecho monetario, como soporte y potenciador de tales procesos, condiciona decisivamente la evolución económica de los últimos dos siglos. 

La metáfora del marxista austriaco Rudolf Hilferding, autor del texto clásico ‘El capital financiero’, desvela la absoluta entronización del dinero, reinando sobre el caos del régimen privado de producción de mercancías: “en ausencia de cualquier organización social coordinadora, el dinero funciona como la ‘inteligencia colectiva’ de la sociedad, es decir, es el medio por el cual se efectúa la asignación y reasignación del trabajo social entre las diferentes ramas de la división del trabajo”. El proceso de producción del dinero y la deuda deviene pues el fulcro del mecanismo de dominación sobre el tejido social en la sociedad mercantil. El experto en historia monetaria Michel Aglietta, autor del magnífico texto, titulado gráficamente ‘La violencia de la moneda’, da las claves de la estrecha conexión entre el dinero, la deuda y la acumulación en el desarrollo del circuito monetario del capitalismo progresivamente financiarizado: “La acumulación de capital es un lado de la ecuación, pero el otro lado es necesariamente el desarrollo del endeudamiento. El intento de acumular dinero por mor de acumularlo como propósito de la actividad económica significa buscar el poder sobre otros, porque el dinero es la base del tejido social”. El economista marxista Fahd Boundi abunda en el contraste crucial entre la concepción marxiana del dinero y la poskeynesiana, hegemónica en las fuerzas de la izquierda reformista en la actualidad, en cuanto a la explicación de la función y la naturaleza del hecho monetario en el reino de la mercancía: “Para Marx, el dinero nace de las mismas contradicciones que encierra la mercancía en cuanto unidad inmediata de valor de uso y de valor de cambio; se trata de la encarnación del trabajo social abstracto. El dinero es, en definitiva, una creación social. Por el contrario, en las tradiciones keynesiana y poskeynesiana domina la concepción de George Friedrich Knapp (1905), quien concibió la génesis del dinero como un acto emanado de las propias leyes del hombre y del Estado, en cuanto garante de las mismas”. De este modo, el análisis del desarrollo histórico de esta progresiva imbricación entre la “fábrica monetaria” y las necesidades acuciantes de la valorización de capital conforma, a través de la descripción de la forma en que la producción de dinero se ha ido adaptando a las exigencias de una economía “real” cada vez más financiarizada, una iluminadora panorámica sobre el carácter degenerativo del capitalismo actual que no ofrecen, a pesar de sus valiosas aportaciones, otras escuelas alternativas. Saquemos pues al dinero de su “rueda de hámster” en el circuito financiero e integrémoslo en la argamasa de la matriz del proceso de reproducción del capital a lo largo del desarrollo del capitalismo. ¿De qué forma se han ido transformando los mecanismos de creación e inserción del dinero en el circuito de la acumulación en su pugna por responder a las necesidades de sostenimiento de la rentabilidad del sistema? ¿Cuál ha sido el papel del hecho monetario en la naturaleza cíclica, con auges y depresiones de creciente virulencia, y degenerativa, con niveles de deuda y desigualdades sociales sin precedentes, del capitalismo contemporáneo? ¿Qué tipo de conexión existe, en fin, entre la extraordinaria financiarización de la economía actual y la crisis crónica arrastrada por el sistema desde el final de los treinta gloriosos a principios de los años 70?

Para atisbar respuestas a tales cuestiones –completamente ignoradas por el dogma económico mainstream y malinterpretadas por los reformistas monetarios poskeynesianos– resulta necesario seguir someramente el hilo de la tortuosa evolución del hecho monetario desde el periodo precapitalista hasta la eclosión de la ‘nueva relación social’ en la que el dinero deviene la ‘inteligencia colectiva’ de la sociedad productora de mercancías. ¿En qué consistió el núcleo de esa neurálgica transformación del modo de producción y de integración en el ‘tejido social’ del flujo monetario que acompañó al surgimiento del capitalismo? En relación a las épocas históricas anteriores–esclavismo, feudalismo, mercantilismo-, la irrupción del nuevo modo de producción conlleva una transformación esencial en la naturaleza y las funciones del flujo monetario en la dinámica económica. La descripción del economista marxista Michael Roberts -a propósito del magnífico texto de su colega Fred Moseley, titulado Dinero y Totalidad- de la esencia del proceso resulta clarificadora: “No empezamos con un cierto valor del tiempo de trabajo o una cierta cantidad de unidades físicas de trabajadores y la tecnología, y acabamos ahí. Empezamos con el dinero y terminamos con el dinero. En este punto es conveniente recordar que el dinero en manos del capitalista es la forma de existencia en que el capital inicia su proceso de valorización, y como tal, es poder social sobre la clase obrera [cursivas mías]”. ¡Qué contraste tan abismal con la música celestial de los manuales ortodoxos y su mitológica descripción del dinero como servicial lubricante de los intercambios, sin conexión alguna con los engranajes de la sala de máquinas del sistema! Resalta asimismo la aguda diferencia con el lenguaje aséptico y tecnocrático, despojado de adherencias socio-políticas, de los teóricos poskeynesianos de la teoría monetaria moderna, centrados en reformas de laboratorio del sistema financiero, que reparen los destrozos causados por las políticas neoliberales de la austeridad, al margen de la sala de máquinas de la acumulación de capital. El analista económico Claudio Katz abunda en el carácter del dinero como capital, como característica diferencial del signo monetario en el sistema de la mercancía: “El dinero es, por lo tanto, el único medio de que dispone la sociedad capitalista para validar el trabajo social y viabilizar la reproducción del capital”. Como se afirma, de forma rotunda, en las brillantes palabras de Aglietta, se trata de la herramienta par excellence, a través de la que se ejerce el poder social: “Si los salarios crean división social, determinando el poder de una clase social sobre otra, ese poder es el poder del dinero. Para ser más precisos, es el poder de aquellos que detentan la prerrogativa de crear dinero con el fin de transformarlo en un medio de financiación de la producción; es el poder sobre aquellos cuyo único acceso al dinero consiste en la venta de su capacidad de trabajo”. Clarividentes palabras que descorren todo el velo de oscuridad y tergiversaciones que sobre el ‘poderoso caballero’ han echado los paladines de la ortodoxia neoclásica.

Esta novedad radical que representa el uso del dinero como instrumento de poder social al servicio de la generación del excedente en el proceso productivo es la que diferencia pues esencialmente al capitalismo de los modos de producción anteriores. El punto nodal lo resume el economista marxista Andrés Piqueras: “recordemos que el capital es dinero que se valoriza a sí mismo a través del trabajo humano –precisamente el trabajo humano que no es pagado-“. Finalicemos pues el bosquejo de la revolucionaria ‘nueva determinación’ con la descripción de Marx del circuito monetario de producción que, a pesar de sus adherencias hegelianas, es enormemente ilustrativa: “El dinero como capital es una determinación del dinero que va más allá de su determinación simple como dinero. Puede considerársele como una realización superior, del mismo modo que puede decirse que el desarrollo del mono es el hombre (sic). Es menester desarrollar la nueva determinación”. A la luz de estas lúgubres constataciones resulta fácilmente comprensible que la apología de la ‘economía de libre mercado’, representada por la corriente marginalista, surgida a partir de 1870 como reacción ideológica de los apologistas del capital ante los alarmantes derroteros “subversivos” que estaba tomando la economía política clásica, se construyera precisamente sobre la negativa a desarrollar esa ‘nueva determinación’ del dinero, como expresión del poder social en manos privadas. Tal intención mistificadora, que queda reflejada vívidamente en su insistencia en el mito del dinero-lubricante-medio de cambio, con funciones meramente circulatorias, sin intervención alguna en el libre juego de la oferta y la demanda de factores y productos ni en la determinación de los dichosos equilibrios de precios y cantidades en los mercados, refleja, cual espejo invertido, su función ideológica: ocultar, mediante la deformación del papel del dinero en el corazón del sistema de la mercancía, la génesis del beneficio y del conflicto distributivo generado por la explotación del trabajo en el circuito monetario de valorización del capital. Como señala enfáticamente Aglietta: “La ciencia económica no se interroga sobre la naturaleza de los fenómenos monetarios. Por el contrario, ¡está constituida por un conjunto de postulados cuya razón de ser es evacuar los hechos monetarios del corpus teórico!”. Tratemos de actuar pues en sentido contrario e iluminar los recónditos engranajes de la sala de máquinas donde opera el mecanismo a través del que se ejerce el ‘poder social’ sobre los que ostentan la condición subalterna de vendedores únicamente de su capacidad de trabajo.

¿Hasta qué punto podría afirmarse que la forma en la que ha ido evolucionando el proceso de producción del dinero y la generación de deuda a lo largo de los dos siglos de historia del capitalismo resulta funcional al mantenimiento –crecientemente problemático- de la rentabilidad y la capacidad de reproducción del sistema? ¿Tiene sentido sostener que las transformaciones en el modo de producción del dinero han contribuido a atenuar las crecientes tendencias degenerativas del capitalismo a costa de intensificar su propensión a alimentar los circuitos financieros especulativos alejándose de los productivos? El resumen que hace el historiador monetario Charles Kindleberger, autor de ‘Manías, pánicos y cracs’, un enciclopédico recorrido por la historia y la desquiciada psicología de las crisis y las burbujas financieras, de la compleja maraña de interacciones entre la fábrica de dinero y su inserción en el circuito monetario del capital, que va desgarrando progresivamente las costuras institucionales que trataban de encorsetarlo, es inmejorable: “El proceso es de Sísifo, un perpetuum mobile; la historia del dinero es una historia de continuas innovaciones, para que la oferta existente de dinero pueda ser utilizada de manera más eficiente y productiva y para desarrollar sustitutos próximos al dinero que eludan los requisitos reglamentarios que se aplican a la creación de dinero. El desarrollo de nuevos instrumentos de crédito se produce en respuesta a los cambios en los arreglos institucionales. La expansión monetaria es sistemática y endógena más que aleatoria y exógena”. Resulta pues perentorio prestar atención al proceso ‘de Sísifo’ a través del que los agentes propulsores de la creación de dinero han ido desprendiéndose de las ataduras y los corsés institucionales para facilitar su integración ‘más eficiente y productiva’ en la maquinaria de la acumulación de capital. Recapitulemos pues, brevemente, la compleja relación entre los cambios en la naturaleza y funciones del dinero moderno, la radical transformación de su ‘modo de producción’ y la evolución de los ‘requisitos reglamentarios’ que han tratado infructuosamente de levantar diques que limitaran la apertura total de las compuertas de los flujos de liquidez que alimentan la sala de máquinas de la acumulación de capital. Para ello es importante disipar previamente algunos persistentes malentendidos.

No se trata, como a veces expresan ciertas fábulas divulgativas con profunda penetración en los mitos populares, de describir la historia del dinero como una evolución continua de las formas monetarias desde el imperio de los metales preciosos hasta la completa desmaterialización del dinero virtual-electrónico en la actualidad. En todos los periodos precapitalistas convivieron, en distinto grado, dinero-metálico puro, dinero fiduciario –teóricamente convertible pero basado, en última instancia, en la confianza en el emisor-, variopintos signos de registro de deudas, títulos de crédito comercial y depósitos y créditos bancarios como soportes del poder de compra, los medios de pago y la acumulación de riqueza de los agentes económicos. En los limitados márgenes de las relaciones monetarias de las fases precapitalistas, el dinero crediticio –las famosas muescas en los palos “de conteo”, que describe el antropólogo David Graeber en su, excesivamente unilateral, tesis sobre el origen del dinero como unidad de cuenta en el pago de deudas- ha sido omnipresente a lo largo de la historia. Como precisa el historiador monetario Pierre Vilar : “Por tanto, oponer una época de “moneda metálica”, que comprendiese toda la historia previa a la edad dorada del capitalismo, y una época de moneda moderna, desmaterializada, que nace entre 1920 y 1930 con el fin del patrón-oro, sería un error”. La vívida descripción que hace el historiador de la escuela de los Annales, Fernand Braudel, de las ferias medievales, refleja elocuentemente la casi nula presencia del fulgor del metal en los intercambios comerciales: “Casi no se lleva ninguna mercancía al encuentro, se lleva muy poco dinero contante y sonante, pero sí grandes masas de letras de cambio, que constituyen verdaderamente los signos de la riqueza entera de Europa [cursivas mías]”. La liquidación de los saldos era, eso sí, en plata y moneda fuerte –el legendario ‘real de a ocho’, también conocido como dólar español, la primera moneda de reserva mundial de la historia-. No olvidemos, empero, la cuestión crucial. Esta multiplicidad entreverada de signos monetarios, unos con valor intrínseco y otros sin él, adaptada a las necesidades, cambiantes pero nunca generalizadas, de los pagos y la circulación, coexiste con una economía no monetaria de enorme extensión, en agudo contraste con la monetización absoluta del metabolismo social vigente bajo la égida del capital. Es esencial, por tanto, recordar, como muestra minuciosamente el formidable fresco que traza Karl Polanyi en su obra cumbre, ‘La gran transformación’, que ni los “libres” mercados, como reguladores del intercambio de bienes y servicios, ni el dinero, como ‘base del tejido social’, son en absoluto hegemónicos en las fases precapitalistas. La advertencia que hace Braudel no debe pues olvidarse: “Todo casa en este juego que, por otra parte, no tiene ningún misterio, siempre que no se olvide que hay una economía monetaria del Antiguo Régimen, diferente de la actual y muy imperfecta, con múltiples niveles y no extendida, ni mucho menos, a todos los hombres”. Crucial advertencia, que a veces parecen olvidar Graeber, Wray y otros defensores acérrimos de la teoría del origen y evolución del dinero como medio de pago de las deudas y creación del Estado -que impone su curso legal mediante la obligación de pagar impuestos-, como si no se hubiera producido un corte radical en la naturaleza de tales funciones del hecho monetario tras el surgimiento del capitalismo.

La modificación esencial de la función financiera que supuso la irrupción del sistema de la mercancía a partir del siglo XIX no residió pues en el soporte –metálico, papel moneda más o menos convertible, billetes de banco, respaldados o no con depósitos o títulos de crédito comercial- del signo monetario. Tampoco en la alteración radical de la multiplicidad de sus funciones “circulatorias”–medio de cambio, unidad de cuenta para el pago de obligaciones- o “productivas”, de estímulo de la actividad económica–atesoramiento especulativo, crédito bancario o comercial- . La radical novedad reside en la revolucionaria transformación de la maquinaria de producción y distribución del dinero para adaptarla a su utilización en la financiación de la acumulación de capital: la ‘nueva determinación’ a la que se refería –siendo, dicho sea de paso, el primero en emprender su estudio en profundidad- Marx. El resumen que hace Trevor Evans, economista británico experto en finanzas, de esta novedad radical, es iluminador: “El dinero se convierte en capital cuando es avanzado con el objetivo de obtener un beneficio. El objetivo de la valorización es asegurar que el valor originalmente avanzado se reproduce con un excedente, y el dinero sirve por tanto para medir no solamente el valor, sino también el plusvalor; o, en términos de la contabilidad cotidiana, no sólo los precios sino también el beneficio. La función del dinero como medida del beneficio es uno de los aspectos más cruciales de una economía capitalista”. Así pues, el dinero en su nueva determinación deja de ser un stock de riqueza para devenir un flujo continuo de financiación del circuito de producción. Roman Rosdolsky, autor de un extraordinario texto sobre la génesis y las categorías principales de ‘El capital’, resalta el punto clave: “en el capitalismo el dinero ha perdido su rigidez, y de cosa palpable que era, ha pasado a ser proceso”. He aquí pues el salto cualitativo –junto al cuantitativo, representado por la extensión de la economía monetaria ‘a todos los hombres’- de la función financiera al servicio del nuevo tipo de metabolismo social: el dinero como medida del plusvalor obtenido en el proceso productivo y, por tanto, como encarnación del poder social sobre los generadores no retribuidos del excedente, deviniendo así el leit motiv de todo el entramado de la acumulación de capital. Mientras que en el mercantilismo precapitalista el desarrollo de los, en ocasiones, sumamente sofisticados, instrumentos financieros, potenciados por la aparición de los primeros bancos “centrales”-el banco de Amsterdam, el de Suecia y el de Inglaterra- se orienta hacia la financiación del Estado –principalmente, el esfuerzo bélico imperialista en pos de la hegemonía en la carrera por el saqueo de las tierras ignotas y de los pueblos ‘sin historia’- y el estímulo del comercio y la acumulación de riquezas, el surgimiento del capitalismo supone un cambio sustancial en la función bancario-financiera y en el papel del numerario. Las crecientes necesidades de la financiación del flamante circuito monetario de producción irán paulatinamente desgarrando las convenciones arcaicas acerca de la naturaleza del ‘poderoso caballero’ y destruyendo progresivamente las rigideces institucionales que constreñían la producción de dinero para adaptarla a las insaciables demandas de combustible monetario de la locomotora de la acumulación.

¿Cómo han evolucionado pues las complejas relaciones entre los mecanismos de creación e “inyección” monetaria endógena en los procesos productivos y las ‘restricciones institucionales’ exógenas en la compleja adaptación de la ‘nueva determinación’ del dinero, como propulsor y vara de medida de la producción de plusvalor? Destacaremos dos mecanismos básicos a través de los cuales la evolución ‘institucional’ de la creación de dinero se ha ido acoplando –siempre de manera incompleta y conflictiva- a las necesidades de la acumulación de capital: la aparición de la banca central moderna en la cúspide del sistema financiero, fungiendo de prestamista de última instancia, regulador del mecanismo de generación de deuda pública y cámara de compensación del sistema bancario privado, y, last but not least, la liberalización progresiva del mecanismo de producción de dinero-deuda por parte de la banca privada en pos de culminar la ‘apertura de compuertas’ de los flujos de liquidez hacia los canales de la financiación crediticia y la nebulosa de los mercados financieros. He aquí los dos pilares en los que se sustenta la expresión de poder social de clase al servicio de la acumulación de capital que representa el modo de producción y circulación del dinero moderno. El economista marxista Joaquín Arriola describe la ‘estación termini’ de la pugna continua librada con denuedo por el capital financiero en pos de la rotura de las ligaduras institucionales que sujetaban la creación ilimitada de deuda por la banca privada: “En esta evolución, lo que importa retener ahora es que en algún momento, el sistema bancario es capaz de crear crédito independientemente del ahorro, rompiendo la identificación entre ahorro e inversión tan cara a la economía neoclásica. Cuando la evolución del sistema alcanza ese momento, el dinero bancario es dinero en el sentido pleno del término, y deja a su vez de tener un vínculo directo con una base mercantil real”. Costas Lapavitsas, autor de una exhaustiva historia del capital financiero en la génesis de la globalización de finales del siglo XX, titulada, significativamente, ‘Beneficios sin producción: cómo nos explotan las finanzas’, resalta la estrecha interacción entre los dos procesos que caracterizan la revolución en el modo de producción del signo monetario en el capitalismo maduro: “La evolución de la forma del dinero ha llevado a que el dinero crediticio sin valor intrínseco, que en última instancia es sólo intercambiable por dinero de curso legal generado por el banco central, dominara la circulación doméstica (…) En el corazón del ascenso de las finanzas reside el monopolio absoluto del Estado sobre los medios de pago finales”. Evans pone de nuevo el acento en el nudo gordiano de la integración público-privada de la producción de dinero como factor propulsor de la financiarización creciente de la estructura económica actual: “Un aspecto clave de este cambio es que en el espacio de la economía nacional el dinero del banco central sustituye a una mercancía en el papel de equivalente general. Pero, al mismo tiempo, otros cambios, especialmente el desarrollo de la función del banco central como prestamista en última instancia, aseguran que todo el dinero bancario privado pueda convertirse siempre en dinero del banco central, garantizando de este modo que aquel también pueda funcionar como equivalente general”. Queda clara la profunda conexión entre los dos “revolucionarios” procesos que configuran la producción e inyección en el motor de la acumulación del dinero-capital.

¿Cuáles son pues los hitos históricos que han simbolizado esta progresiva destrucción de las limitaciones institucionales tradicionales de la creación monetaria para adaptarla a las apremiantes necesidades de la, crecientemente degenerativa, valorización del capital? ¿Qué tipo de tensiones y “cuellos de botella”, que estrangulaban el modo de producción del flujo monetario requerido por el sistema financiero desembridado, característico de la fase financiarizada del capitalismo, tuvieron que ser desatascados? Sin afán exhaustivo, podríamos destacar tres momentos simbólicos en la pugna por la rotura de las amarras que agostaban la creación ilimitada de crédito bancario e impedían la centralización de la ‘regulación’ del sistema financiero a cargo de la banca central en la historia económica contemporánea: los fracasados intentos –ejemplificados en los debates en torno a la ‘ley Peel’ y la turbulenta historia del patrón oro a lo largo del siglo XIX- por impedir la ‘apertura de compuertas’ a la producción ilimitada de dinero-deuda por la banca privada; la adecuación progresiva de la operativa de la banca central moderna a su función de soporte y propulsor de los nervios y la circulación monetaria en el capitalismo contemporáneo, encarnada en la aparición de la Reserva Federal de Estados Unidos y, por último, la entronización definitiva del dinero-deuda ‘out of thin air’, multiplicado ad infinitum en las entelequias financieras que pululan por la nebulosa de las finanzas en la sombra, que caracteriza la actual etapa de financiarización ‘a muerte’ del capitalismo senil, simbolizada en la política de ‘relajamiento’ monetario de la banca central actual. Lapavitsas resume el resultado de esta profunda metamorfosis de la función monetaria en su denodada persecución, crecientemente dificultosa, del sostenimiento de la ganancia del capital: “Como consecuencia, el sector financiero actúa como si fuera los nervios y el cerebro de la economía capitalista; es la entidad social que convierte la organización de los recursos disponibles de la sociedad en un conjunto integrado, aunque lo haga sobre la base de la propiedad privada y la voraz obtención de ganancias”. Es esa necesidad imperiosa de la apertura de gigantescas compuertas de liquidez hacia la nebulosa de los mercados financieros y las burbujas de activos –llevada al paroxismo en la surrealista política de expansión cuantitativa, característica de la actual fase degenerativa del capitalismo senil- pugnando por mantener con respiración asistida el maltrecho engranaje, aún a costa de modificar totalmente su función tradicional de financiar la producción de ‘cosas útiles para la gente’, la que proporciona la clave del ‘rol contemporáneo de la moneda’. Como explica Katz: “Pero si los bancos cumplen un rol estratégico y la moneda incluye una gama tan variada de medios de circulación y pago es porque las necesidades de liquidez del sistema se amplían con el desarrollo de la acumulación. En este desenvolvimiento, y no en las conductas “miméticas” de los especuladores, radica la clave del rol contemporáneo de la moneda”.

Los diques se resquebrajan: la victoria pírrica de la ‘ley Peel’ 

Las dos posturas enfrentadas –la escuela monetaria y la bancaria- en los enconados debates previos a la aprobación de la ley Peel –el ‘acta bancaria’ inglesa de 1844, vigente hasta 1918- ilustran vívidamente las virulentas polémicas que el surgimiento del capitalismo provoca en los desconcertados teóricos del hecho monetario.

Tras las guerras napoleónicas, que marcan el comienzo de la prolongada Pax Britannica sobre una Europa arrasada y dividida, y el simultáneo y espectacular take off de la industria británica, catapultada en apenas unas décadas a la condición de fábrica del mundo, la conflictiva relación entre la banca privada y el Banco de Inglaterra comienza a reflejar las tensiones características de la expansión capitalista y el desgarro que esa mutación produce en el modo de producción tradicional del dinero. Ante las recurrentes crisis bancarias, causadas principalmente por las ingentes necesidades de financiación de los capitales requeridos por la construcción del ferrocarril y por la irreprimible tentación de los bancos privados de expandir, más allá de sus reservas metálicas, los límites del crédito, aparecen las voces de alarma de los defensores de la parsimonia y la prudencia ante la alocada marcha de los negocios.

Los partidarios de la escuela monetaria –la currency school-, herederos del fetichismo metalista característico del mercantilismo, propugnan un estricto control de la emisión de moneda en manos del Banco de Inglaterra, acompañado de la estricta prohibición de crear dinero-deuda a la banca mediante la obligación de mantener un 100% de reservas metálicas sobre sus préstamos. Argumentos, por cierto, sorprendentemente similares a los propugnados por los actuales defensores del dinero ‘soberano’, libre de deuda y bajo control estricto de la todopoderosa banca central, con gran predicamento entre los “curanderos” monetarios, pretendidos poseedores de la piedra filosofal que reparará milagrosamente la descontrolada maquinaria actual de la especulación y la deuda ‘a muerte’. El egregio economista clásico David Ricardo, uno de los partidarios acérrimos del dinero “seguro”, reclama la necesidad de “atar en corto” a la banca privada y al dueño de la maquinita de impresión, con el fin de evitar la ominosa inflación, puesta en la picota por la ortodoxia de la arcaica teoría cuantitativa del dinero como nociva consecuencia de la abundancia de circulante: «La experiencia muestra que ni un Estado ni banco alguno han tenido el poder irrestricto de emitir papel moneda sin abusar de ese poder: por ello, en todos los Estados, la emisión de papel moneda debería estar bajo una estricta vigilancia y control y ninguno parece ser tan adecuado para este propósito corno el de sujetar las emisiones de papel moneda a la obligación de pagar sus billetes en metal noble o en oro acuñado”. En un anticipo de las concepciones ortodoxas sobre las causas de la inflación que siguen focalizando el viciado debate sobre la política monetaria en nuestros días, el circunspecto Ricardo adelantaba el argumento de la escuela monetarista –la denominada ‘equivalencia ricardiana’- acerca del peligro del Estado manirroto que desbarata los sagrados equilibrios del libre mercado detrayendo recursos del sector privado: “Con una circulación metálica, no hay pues que temer una multiplicación de signos monetarios que acarreen alzas de precios desordenadas. Pero con la circulación de papel siempre existe el riesgo de una excesiva multiplicación (en la medida en que el Estado puede considerar cómo emitir papel para responder a sus arbitrarias necesidades)”. ¿Les suena? Prescindiendo de los arcaísmos del ‘metal noble’ o del ‘oro acuñado’, pareciera que escucháramos a cualquier vocero actual de la pléyade de apologistas neoliberales de la consolidación fiscal y la estricta vigilancia de la inveterada prodigalidad del Estado despilfarrador.

Sin embargo, los perdedores en la polémica –tan virulenta que el futuro Primer Ministro, lord Gladstone, afirmó, sarcásticamente, en uno de los acalorados debates, que ‘la especulación sobre la esencia del dinero había hecho perder la cabeza a más personas que el amor’- eran, en realidad, los adelantados al signo de los tiempos. Los partidarios de la banking school defendían, anticipándose a los actuales teóricos poskeynesianos -y también a Marx, que se inspiró en ellos en El Capital- el papel de la banca como financiador de la producción, con capacidad para autorregularse, sin riesgos inflacionarios, siempre que las ‘necesidades del comercio’ exigieran el aumento de los flujos financieros. El economista Thomas Tooke, líder de la escuela bancaria y adalid de la defensa del dinamismo del crédito privado como motor económico, esgrimía la actual teoría del dinero endógeno de los poskeynesianos contra el mito de la exogeneidad del dinero-lubricante, heredado de la escolástica teoría cuantitativa: “la cantidad de los billetes es un efecto y no una causa de la demanda de los billetes”. Por tanto, el Banco sólo emitiría lo que le fuera solicitado en crédito para cubrir las necesidades de la producción y circulación y el temido riesgo inflacionario sería eliminado.

El economista poskeynesinano, eximio representante de la teoría monetaria moderna, Randall Wray, abundando en la tesis de Tooke, resalta el punto nodal para refutar la tesis inflacionaria de la ortodoxia: “la emisión privada de billetes de banco nunca será excesiva ya que siempre que hubiera un exceso acabaría refluyendo a los bancos que garantizaban su convertibilidad metálica”. Al menos en teoría, por supuesto. En la práctica, como demostrarían las agudas crisis financieras detonadas por la abundancia o escasez de numerario y crédito, otro gallo cantaría.

La aprobación final de la ley Peel sería pues una victoria pírrica. El férreo corsé metalista puso al Banco de Inglaterra en una posición insostenible, al no poder cumplir con su función de prestamista de última instancia: tenía el mandato político de brindar liquidez a otros bancos en momentos de crisis, pero su capacidad de emitir billetes estaba restringida a sus reservas de oro. La respuesta a esta inicua limitación, derivada del arcaísmo de la concepción monetaria vigente, fue expeditiva: la ley Peel se suspendió durante las crisis financieras de 1847, 1867 y 1876 y fracasó a la hora de detener la expansión de la creación de dinero-deuda por los bancos privados. Al dejar libertad al banco para emitir cheques contra los depósitos de los clientes se horadó un boquete por el que se coló la riada creciente de flujos de liquidez que requería la propulsión de la acumulación de capital. La dinámica expansiva ‘endógena’ del capitalismo y su necesidad de someter la producción de dinero a las exigencias de la acumulación eran incompatibles con el arcaico fetichismo del dinero mercancía y el morigerado papel asignado al Banco de Inglaterra.

La convulsa historia del patrón-oro –la ‘bárbara reliquia’, en palabras de Keynes-, con sus crisis bancarias recurrentes de creciente virulencia, hasta la definitiva dislocación del sistema monetario tradicional desencadenada por la Gran Guerra, refleja la gradual inadecuación de los mecanismos ‘institucionales’ del sistema financiero decimonónico a la expansión acelerada de los flujos de liquidez y los requerimientos del creciente volumen de capitales en la época dorada del capitalismo triunfante. Como hace notar el experto en temas monetarios James Triffin, a pesar de la existencia del Patrón Oro, el volumen de billetes y depósitos bancarios creció, en todo el mundo, muy por encima de las reservas metálicas. En 1913, de toda la cantidad de dinero en circulación sólo un 10% era oro y un 7% plata. Sin embargo, los billetes de banco aún eran “teóricamente” convertibles en oro, lo que representa una diferencia abismal con la situación actual. Los delirios metalistas, personificados en las fiebres del oro en California y Alaska -un trasunto de la búsqueda desesperada del Dorado de los atrabiliarios expedicionarios castellanos en América- remiten, al coste de miles de vidas humanas, al fetichismo anacrónico del “brillo oscuro del metal” como símbolo de riqueza, rescoldo de una época fenecida que daba sus estertores. A medida que la expansión crediticia del dinero-deuda sin respaldo iba desgarrando las costuras de la anacrónica restricción metalista, se hacía más perentorio “lubricar” los engranajes de la producción monetaria, adecuando el marco institucional a las nuevas necesidades de la acumulación de capital en la incipiente fase fordista finisecular. Aglietta resume la profunda necesidad de esta metamorfosis: “El vínculo con el oro está basado en una relación social y, al igual que todas las demás relaciones de ese tipo, evoluciona a través de un proceso de transformación que indica que antes de los años 30 se produjo un cambio crítico que dio lugar a la aparición de una nueva forma de regulación monetaria, asociada con la emergencia de un régimen de acumulación predominantemente intensiva, o fordismo”. En la época en la que una nueva superpotencia tomaba el relevo de la vieja Inglaterra en el dominio del mundo, una revolucionaria institución, representante del nuevo poder imperial, se encargaría de instaurar el ‘cambio crítico’ hacia la nueva forma de regulación monetaria adecuada a los requerimientos que exigía el desarrollo de la acumulación de capital en la edad dorada de los capitanes de la industria fordista.

Se abren las compuertas: la criatura de Jekyll Island y la ‘máquina de succión’

Soy el hombre más infeliz. Arruiné a mi país con insensatez. Una gran nación industrial es controlada por su sistema financiero. El crecimiento de la nación y todas nuestras actividades están en manos de unos pocos hombres

Woodrow Wilson, presidente de Estados Unidos en el momento de la creación de la Reserva Federal

En 1913, mientras en Inglaterra agonizaba la anacrónica Ley Peel y el mundo se acercaba a la primera gran conflagración imperialista, uno de cuyos efectos fulminantes fue la demolición del patrón-oro en un océano de deudas de guerra, un subrepticio pero decisivo acontecimiento tenía lugar entre bambalinas. Las recurrentes crisis bancarias –la última, en 1907, especialmente virulenta- en la emergente superpotencia americana ponían de manifiesto la aguda urgencia de instaurar una autoridad reguladora que desempeñara la función de proveedor de liquidez de última instancia a la banca privada en momentos de sequía de crédito y crisis de confianza en el volátil clima de los negocios. Tras una legendaria reunión secreta, alimento de innumerables teorías conspiratorias, de los representantes de los hombres fuertes de las finanzas mundiales en la paradisíaca isla de Jekyll, se decide la creación de la Reserva Federal, el flamante banco central de la gran potencia emergente. La víspera de Nochebuena, con nocturnidad y alevosía, para evitar el escándalo que provocaría la violación flagrante del precepto constitucional que asignaba en exclusiva la emisión de dinero al Congreso de EEUU, se dio el marchamo al primer banco central moderno, adaptado a las formidables necesidades financieras del pujante capitalismo de los Rothschild, los Rockefeller y los Robber Barons. Su aparición –en oposición al rigorismo metalista que aún maniataba al Banco de Inglaterra- dio un impulso extraordinario al papel de la creación de dinero-deuda en la generación de actividad económica y en las burbujas especulativas que implosionaron, con gran estrépito, el jueves negro de 1929. Eustace Mullins, autor de un trepidante, aunque maniqueo y “conspiranoico”, relato del convulso proceso que llevó a la creación de la primera ‘fábrica de dinero’ moderna, describe el activo papel de la Fed en la propulsión de las burbujas de crédito que estallaron en 1929: “Después de la Depresión Agrícola de 1920-21, la Mesa de Gobernadores de la Reserva Federal trabajó durante ocho años facilitando la rápida expansión del crédito de los banqueros de New York, una política que culminó en la Gran Depresión de 1929-31 y ayudó a paralizar la estructura económica del mundo”. William Greider, autor del excelente libro sobre la historia de la ‘criatura de Jekyll Island’, titulado, significativamente, ‘Los secretos del templo’, acusa a la Fed de haber proporcionado combustible para la hoguera: “Entonces llegó octubre de 1929. Muchos han culpado a la Fed por crear la crisis. Con políticas de dinero fácil que propulsaron los préstamos especulativos e inflaron espectacularmente el mercado de acciones”. Destaca el enorme contraste entre estas afirmaciones y la tesis central del pope monetarista Friedman que, en su opus magnum, hace responsable a la incompetente dirigencia de la Fed de haber provocado la Gran Recesión con su política monetaria restrictiva tras el brusco ‘secado’ de los flujos de crédito desencadenado por el crash bursátil. Más allá de que ambas tesis no son incompatibles, lo que resulta diáfano es el novedoso papel del banco central en la regulación de los flujos monetarios y como soporte y propulsor del sistema financiero y de la actividad económica. Todo un cambio de paradigma respecto a la timorata y tediosa contención característica de su predecesor en la vieja Inglaterra. ¿Cuál es la estructura interna y a través de qué mecanismos de política monetaria tratan de desarrollar los sumos sacerdotes del templo de las finanzas modernas su revolucionaria pretensión de centralizar ‘los nervios y la circulación’ del sistema financiero? La Fed es un trampantojo perfecto. A pesar de su barniz de supervisión pública -la junta de gobernadores, nombrados, en parte, entre ellos su presidente, por el poder ejecutivo-, en realidad se trata de un, mal disimulado, holding de la gran banca privada estadounidense. Al actuar como único emisor de moneda de curso legal, prestamista de última instancia, cámara de compensación interbancaria y supervisor del sector financiero garantiza la expansión del negocio bancario y proporciona cobertura cuando las cosas vienen ‘mal dadas’. Como apunta Greider: “Si los banqueros se equivocan, si el futuro no es como se esperaba y suficientes préstamos van mal, los depositantes perderán su confianza en el banco y acudirán a sus mostradores reclamando su dinero. Entonces, descubrirán que el banco no lo tiene. Aquí es donde interviene la Fed, como prestamista de última instancia de la economía americana”.

Lapavitsas resume su papel de regulador y garante del negocio bancario a través de la centralización de la producción de dinero ‘de curso legal’: “El banco central desempeña, de este modo, un papel decisivo en el ascenso y consolidación del dinero crediticio privado al convertirlo en una promesa de pago con los pasivos del banco central, en vez de con el dinero mercancía. En el capitalismo contemporáneo, el dinero crediticio promete básicamente pagar con dinero del banco central (billetes y reservas bancarias), una vez que el Estado lo ha declarado inconvertible en cualquier otra cosa”.

Las neurálgicas funciones de cámara de compensación y ‘red salvavidas’ de la banca privada, características del nuevo paradigma de banca central, palidecen sin embargo ante la clave de bóveda de la máquina de succión financiera en el capitalismo maduro: la “privatización” de la deuda pública como propulsor de la hipertrofia de las finanzas modernas. Greider, en su magnífica requisitoria contra la ‘los sumos sacerdotes del templo’–que denomina, irónicamente, el Estado número 51 de la Unión- recoge la lapidaria declaración del Gobernador de la Fed durante quince años, Marriner Eccles: “La deuda, pública y privada, es la base para la creación de dinero [cursivas mías]“. A pesar del tono, puerilmente justiciero, Stephen Lendman hace una exacta descripción del extravagante mecanismo: “La Ley de la Reserva Federal da a los banqueros privados el más importante de todos los poderes. Al que la mayoría de los gobiernos jamás debieran renunciar. La autoridad para crear dinero. Éste se presta al gobierno cobrándosele interés por su propio dinero. Más tarde, es devuelto, menos gastos operativos, y un beneficio garantizado de un 6%. Los contribuyentes pagan la cuenta”. Lapavitsas resalta el papel clave del manejo de la deuda pública en la provisión de liquidez extra a las finanzas globales: “Sin los instrumentos de deuda del Estado, los mercados monetarios habrían tenido menos profundidad y liquidez y los tipos de interés hubieran carecido de un punto de referencia”.

Según cuenta Ellen Brown, historiadora del dinero y utópica reformista monetaria, autora de ‘La telaraña de deuda’, un escéptico congresista de la vieja escuela, incrédulo ante la milagrosa e infame capacidad de crear dinero de la nada, característica de la esotérica institución, decidió comprobar por sí mismo qué había en las ultrasecretas cajas fuertes de los bancos de la Reserva Federal. “Acudió a un par de bancos de la Fed, solicitando que le enseñaran los billetes de banco o sus reservas de oro. Ante la extrañeza de los anfitriones, insistió en su demanda, y al bajarle por fin a las cámaras acorazadas le mostraron su contenido: enormes cantidades de bonos del tesoro. ¿De dónde obtuvo la Reserva Federal el dinero para adquirir todos los títulos del tesoro de sus bóvedas? De ningún sitio. Cuando la Fed gira un cheque contra un bono del gobierno hace exactamente lo mismo que el resto de los bancos hacen con los préstamos: crea dinero pura y simplemente en una anotación contable”. ¿Pueden imaginarse la mezcla de estupefacción y horror que le produciría al honorable sir Robert Peel tamaño sortilegio? El mediático economista y exministro de finanzas griego, Yanis Varoufakis, detalla su neurálgica interacción con la apertura de compuertas de los flujos financieros en paralelo al desarrollo capitalista: “¿Y quién proveyó al gobierno con los préstamos requeridos? ¡Los banqueros, naturalmente! ¿Y dónde hallaron los bancos el dinero? He de decir, enérgicamente, que lo “conjuraron” del mismísimo aire. Pero lo anterior dista mucho de ser la principal razón por la que a los banqueros les encantan los bonos. La cosa que más odian los bancos es el dinero (sic): depositado en sus bóvedas acorazadas o en sus hojas de cálculo electrónicas no produce –al contrario que los bonos- intereses”. La prueba de que el “amor” incondicional de los banqueros por la deuda del Estado recorre toda la historia del capitalismo es que el propio Marx –a pesar del estado rudimentario de la máquina de succión en su época- era perfectamente consciente de la nocividad del engranaje: “El endeudamiento del Estado era, al contrario, el interés directo de la fracción de la burguesía que gobernaba y legislaba en el Parlamento. El déficit del Estado era realmente el verdadero objetivo de su especulación y la fuente principal de su enriquecimiento. Cada año un nuevo déficit. Cada nuevo préstamo era una nueva ocasión para saquear lo público e invertir su capital en bonos del Estado”.

Así pues, la innovadora forma de gestionar y dar cobertura al sistema financiero de la Reserva Federal representó un avance significativo en la adecuación de la producción de dinero a las necesidades de la acumulación de capital. Todo marchó moderadamente bien, sin los agudos sobresaltos característicos de la fase anterior, a lo largo de la edad dorada posterior a la Segunda Guerra Mundial. Mientras el capitalismo disfrutó de la mayor etapa de prosperidad de su historia, tras los cataclismos de la primera mitad del siglo XX, las residuales restricciones al funcionamiento liberalizado de la banca privada –simbolizadas en la ley Glass Steagall, que, desde la Gran Depresión, impedía a los bancos comerciales lanzarse al casino financiero- y los restos de la sujeción metalista que representaba el patrón-dólar-oro de Bretton Woods –aplicable únicamente al dinero mundial de los saldos de reservas internacionales- contuvieron el crecimiento exponencial de los mercados financieros y mantuvieron la preeminencia de la financiación de la acumulación tradicional por parte de la banca privada. Incluso la deuda pública se mantuvo moderadamente bajo control en la superpotencia, hasta las primeras señales de su inexorable declive a lo largo de los felices sesenta. Los caudalosos flujos de plusvalía, extraídos de las fábricas fordistas, lideradas por la industria del automóvil, el fetiche por excelencia del capitalismo fosilista de la edad dorada, sostenían la sana acumulación de capital y mantenían a raya las deletéreas entelequias financieras. El venerable activista Noam Chomsky describe el idilio entre la banca y la buena forma de hacer ganancias durante los ‘treinta gloriosos’: “Si nos fijamos en los años cincuenta y sesenta –la llamada época dorada– los bancos estaban todavía conectados con la economía real. Esa era su función. No había caídas en la banca porque había regulaciones de los mercados financieros”. Pronto se truncaron sin embargo las vanas esperanzas de la era keynesiana de un capitalismo temperado, moderadamente redistributivo, en el que las finanzas sirvieran al bien común financiando la actividad productiva. El final de la prolongada época de prosperidad de los treinta gloriosos y la aguda crisis subsiguiente que dio a luz al neoliberalismo monetarista desencadenaron –gracias al soporte que las nuevas tecnologías de la información proporcionaron a los flujos instantáneos de capitales- una nueva revolución en el papel de la función financiera. Una última vuelta de tuerca a la magia alquímica de las finanzas modernas era imprescindible para completar su metamorfosis, convirtiéndolas en la clave de bóveda del entramado degenerativo del capitalismo senil. Para ello tenía que descuajarse cualquier resto de sujeción institucional que constriñera su expansión ilimitada al servicio de la maltrecha pero demoledora maquinaria del capitalismo neoliberal.

Los diques revientan: de los Eurodólares al paroxismo de la QE

La doctrina más maligna planteada nunca en el mundo monetario o bancario en este país es decir que la función propia del Banco de Inglaterra es tener dinero siempre disponible para abastecer las demandas de banqueros que han conseguido que sus activos no sean negociables

Walter Bagehot

El golpe de gracia para los últimos restos de ligamen material que sujetaban la ‘máquina de succión’ de la producción de dinero-deuda en la circulación monetaria mundial –los famosos 35 dólares la onza del patrón-dólar-oro de Bretton Woods, que fungían como regulador del comercio y las finanzas internacionales de la época dorada del capitalismo de posguerra- llegó con el denominado Nixon Shock, en agosto de 1971. El “tramposo” del Watergate, en un gesto unilateral sin precedentes, suspende de un plumazo la convertibilidad entre el dólar y el oro, dinamitando el mecanismo regulador del comercio y las finanzas internacionales posterior a la segunda guerra mundial y obligando al resto de potencias capitalistas a aceptar los devaluados ‘papelitos de colores’ del ‘amigo americano’ a cambio de la riqueza real producida a lo largo y ancho del planeta. Sin embargo, el golpe en la mesa de la superpotencia en decadencia en pos de conservar su maltrecha hegemonía a través del mantenimiento manu militari de la moneda de reserva mundial–el ‘privilegio exorbitante’, consistente en el desarrollo de déficits comercial y fiscal astronómicos, sin preocuparse por su financiación, tan brillantemente descrito por Varoufakis en “El minotauro global”- no representó más que la certificación de iure de una situación de facto que ya existía previamente: sus orígenes se remontan a la aparición del mercado de eurodólares a finales de los años 50. Se trata, en la descripción del economista Pieschacón Velasco, de “un verdadero mercado internacional de capitales, basado en depósitos en dólares fuera de EEUU y no sujeto a restricciones ni normas por parte de las autoridades monetarias y los gobiernos”. Varoufakis describe los antecedentes de la total apertura de compuertas para los flujos financiero-especulativos, tras la crisis del fordismo de los treinta gloriosos: “El superávit estadounidense, que era la base del sistema monetario global, desapareció. Esto, combinado con el intento perenne de los banqueros de librarse de las restricciones impuestas sobre ellos, creó el mercado extraterritorial de eurodólares que se convertiría, más tarde, después de que Bretton Woods fue desechado en 1971, en la base para la financiarización”. Así pues, el mercado del eurodólar, propulsado asimismo por la inundación de petrodólares de las satrapías del Golfo Pérsico, tras la brusca subida del precio del petróleo en 1973, fue un paso decisivo hacia la desregulación de los mercados internacionales de crédito y la consiguiente expansión acelerada de los flujos financieros globales. Los magos de las finanzas, los gurúes periodísticos y los popes de la academia celebraban alborozados la ingeniería creativa financiera llamada a optimizar la inversión y el ahorro y a procurar la riqueza y el bienestar del crecimiento perpetuo. Relata Pieschacón Velasco que el Wall Street Journal lo describió entusiásticamente como ‘el más capitalista de todos los mercados capitalistas’. Se iban sentando aceleradamente pues las bases de la revolución financiera en ciernes, presta para acudir en auxilio de la languideciente esfera productiva donde, cada vez menos lucrativamente, circulaba el dinero-capital. Los buenos tiempos de los ‘treinta gloriosos’ se habían terminado y había que ingeniárselas para mantener al paciente con respiración asistida. Al agudizarse la crisis de rentabilidad del capitalismo en los años 70, las mangueras de liquidez, potenciadas por la revolución tecnológica de las tecnologías de la información, comenzaron a insuflar riadas de flujos financieros a los gripados circuitos de la acumulación. Kindleberger resalta el abrupto crecimiento resultante de las burbujas de activos: “Las tres décadas desde el decenio de 1980 han sido las más tumultuosas en la historia monetaria en cuanto al número, alcance y gravedad de las crisis financieras. La mayoría de las quiebras bancarias desde principios de 1980 han sido eventos sistémicos que han ocurrido en oleadas y en los que han participado un gran número de prestamistas de los diferentes países, debido a los cambios dramáticos en el ambiente financiero internacional. Por lo general, estos países experimentaron fuertes caídas en los valores de bienes raíces después de periodos en los que estos precios habían aumentado rápidamente”. Saltan a la vista los precarios mimbres del nuevo paradigma. Parecía, sin embargo, haberse encontrado la piedra filosofal de la multiplicación de los panes y los peces con los revolucionarios productos creativos pergeñados por los magos de las finanzas, que propulsaban el crecimiento económico a través de las burbujas de activos infladas por las mangueras de crédito fácil de la banca global. La nueva infraestructura institucional del sistema financiero, basada en la sagrada independencia de la banca central –ejemplificada en la fundación del “guardián del euro” en el tratado de Maastricht de 1992- y en la liberalización completa del sector bancario y los mercados de capitales –simbolizada en la derogación de la ley Glass-Steagall, por el Congreso de EEUU, en 1999- despertaba alabanzas entusiásticas en los analistas financieros y teóricos de la ortodoxia neoclásica de las expectativas racionales y la autorregulación de los mercados. Todo era, empero, una fachada de cartón piedra que ocultaba unos cimientos cada vez más endebles y una creciente dificultad para mantener la maquinaria en funcionamiento óptimo. El estrepitoso derrumbe en ciernes iba a desvelar los pilares de barro del entramado neoliberal, construido sobre el mito del ‘país de propietarios’, tan caro a los paladines de la revolución conservadora, Reagan y Thatcher, basado en la hipertrofia del castillo de naipes levantado sobre los menguantes hilillos de liquidez de los flujos de crédito hipotecario que exprimían los magros salarios de los trabajadores en el mundo entero.

El cataclismo provocado por la crisis de 2008 desencadenó un nuevo salto cualitativo en la tendencia a exacerbar los mecanismos artificiales de la creación de deuda infinita por parte de la banca global para atenuar las alarmantes señales de agotamiento de la acumulación de capital. La respuesta al desplome de los mercados financieros mundiales por parte de la Reserva Federal, a través de la taumatúrgica QE (compras de bonos y demás activos tóxicos depreciados a la banca comercial tras el crack del casino global, a cambio de dinero fresco, graciosamente emitido del ‘puro aire’ por la criatura de Jekyll Island para insuflar nueva vida a las instituciones moribundas del sistema financiero mundial) representa el ejemplo paradigmático de la ilusoria pretensión de “arreglar” la maquinaria gripada a través de la inundación de capital ficticio, inflando colosales burbujas de activos y provocando brutales regresiones en la distribución de la renta. Con ello se realiza, en apariencia, el sueño ilusorio de la clase capitalista: que el capital se auto-reproduzca más allá del trabajo humano, de la riqueza material y de las menguantes bases energéticas del planeta. Se refuerza, de este modo, la mística del demiurgo omnisciente, capaz de usar los esotéricos mecanismos de creación de dinero ‘del puro aire’ para mantener la maquinaria económica capitalista en funcionamiento. Incluso las grandes corporaciones multinacionales recurren a las riadas de flujos financieros, propulsadas por los bancos centrales, para recomprar sus propias acciones, aumentando ficticiamente el valor para el accionista sin crear ni un átomo de riqueza real. Pero el absurdo surrealismo de tales aberraciones no puede perdurar. Su aparente omnipotencia acaba chocando con la cruda realidad de los límites objetivos de las relaciones de producción capitalistas y su menguante base de generación de riqueza real. Como resalta Alan Freeman, autor del magnífico texto ‘La totalidad de la tormenta’: “la recesión es un desmoronamiento general de la reproducción de capital, una suspensión conjunta tanto de la producción como de la circulación. Si sólo ocurre una, esto conduce a respuestas como la Flexibilización Cuantitativa, la cual desplaza o pospone, pero no resuelve, el problema. Una recesión, por supuesto, no puede terminar salvo que el dinero sea puesto en la circulación, pero esto no es suficiente. La recesión es una enfermedad, el dinero inutilizado no camina a la producción, como Lázaro cuando se despierta, sino que se aleja a otro lado. La tasa de rendimiento debe incrementar lo suficiente para atraer a la producción al dinero reacio o el dinero debe ser dirigido hacia allá”. Esto pone de manifiesto la cuestión neurálgica que explica la impotencia de la esfera financiera para “arreglar” la economía real: ¿por qué el dinero no puede ser ‘empujado’ fuera de la circulación? A pesar de las inundaciones de los circuitos de liquidez global provocadas por el ‘relajamiento’ monetario de la banca central, la ominosa inflación ni está ni se la espera. Se trata sólo, por tanto, a pesar de su carácter pretendidamente taumatúrgico, de un truco colosal del demiurgo monetario tratando de empujar al sistema más allá de sus límites objetivos: la extracción, menguante y crecientemente problemática, de plusvalor a través del ‘poder social sobre otros’ que representa el dinero-capital.

Epílogo: la metástasis del capital

El punto clave es pues la insolubilidad de la crisis crónica del capitalismo neoliberal. Alejandro Nadal, brillante analista y divulgador económico, resume el nudo gordiano: “El neoliberalismo es la respuesta a un gran fracaso de dimensiones históricas, a saber, la incapacidad del capital para mantener tasas de ganancia adecuadas”. La mutación producida, como respuesta a esa creciente atonía de la rentabilidad global del sistema, en el papel del sector financiero, orientándolo hacia la generación de burbujas y al progresivo abandono de la financiación productiva, simboliza la pérdida de dinamismo del dinero-capital que desemboca en la hipertrofia de la esfera del capital ficticio pugnando por multiplicar la menguante plusvalía. No se trata pues, como sostienen los reformistas poskeynesianos, en su afán de aislar la causa del tumor en la esfera financiera, dejando el resto de órganos vitales inalterados, de atribuir a la inestabilidad financiera, provocada por los ‘espíritus animales’ de los tiburones de la banca y las finanzas, la causa real de las crisis en el capitalismo senil. Estamos ante algo mucho más profundo. El mecanismo “saludable” de la acumulación de capital, vigente durante la edad de oro del capitalismo de posguerra, se encasquilló. Como destaca Lapavisas, la hipertrofia del ‘milagro del interés compuesto’ y la inundación de deuda por todos los poros de la economía real refleja la atonía de la acumulación en las locomotoras de la globalización: “En conjunto, los cuatro países capitalistas líderes de la financiarización presentan una imagen de débil crecimiento de la productividad a pesar de la introducción de nuevas tecnologías, de la transformación de la fuerza de trabajo y de la reestructuración completa de sus economías”. La recuperación de los niveles de ganancia no pasó por una reestructuración productiva, a pesar de la creciente ola de automatización y las incesantes revoluciones tecnológicas, sino que ocurrió gracias al incremento desorbitado de la esfera financiera, para sostener mediante la deuda ‘a muerte’ la insuficiencia de la demanda de los menguantes salarios: es esta mutación de la ‘buena forma de hacer ganancias’ en la toxicidad de la hipertrofia crediticia y la proliferación de entelequias financieras en la era del rentista la que caracteriza la dichosa financiarización. El eximio economista marxista Michel Husson lo expresa palmariamente: “De este modo, la falta de oportunidades para sostener una acumulación rentable, a pesar de la recuperación de los niveles de ganancia gracias a la ofensiva neoliberal sobre los trabajadores, movilizó una masa creciente de rentas financieras en busca de valorización: allí es dónde se encuentra la fuente del proceso de financiarización”. Andrés Piqueras describe brillantemente el carácter degenerativo de una economía sostenida por la alquimia de los money makers, en su huida hacia adelante de especulación y creación de riqueza ficticia: “Hoy vivimos en un capitalismo irreal, ficticio, moribundo, cuya economía aparenta que sigue funcionando porque vive asistida a través de la invención incesante de dinero de la nada, y de una deuda creciente que está devorando toda la riqueza social y natural. Es decir, el capital se desubstancia en dinero: es un proceso de involución a los orígenes del capitalismo, pues precisamente este sistema se llama así por haber convertido el dinero en capital”. Brillante fórmula. La desubstanciación del capital en dinero y la difuminación progresiva de su cometido original resultan pues esenciales para el sostenimiento de la maltrecha rentabilidad del capitalismo senil. Ello comporta una extraordinaria presión sobre la fuente de la que mana la riqueza social. La financiarización se basa pues, en última instancia, en una brutal sobrecarga sobre el dinero-capital, única fuente de valor: la base del metabolismo social, el valor generado en la producción, tiene que soportar una carga insostenible al estar sometido a una doble presión derivada de la explotación laboral y la expropiación financiera. Como enfatiza Freeman: “en última instancia el ingreso financiero sigue dependiendo de la producción; una hipoteca entra en impago cuando el valor real que paga por ella deja de producirse”. De hecho ese fue el estruendoso detonante, a pesar de la supuesta estabilidad rocosa del castillo de naipes levantado sobre la titulización de hipotecas, propalada a los cuatro vientos por los voceros del sistema, de la crisis de las subprime de 2008. Lapavitsas destaca la ambivalencia de la punción de riqueza social extraída por las finanzas: “La ganancia financiera contiene elementos de plusvalía pero es, por construcción, una categoría más amplia de ganancia que incluye también otras formas de incrementos monetarios. Estrictamente, en términos de su contenido analítico, esta ganancia puede dividirse entre, primero, el interés obtenido de los préstamos hechos entre los capitalistas y, segundo, el interés obtenido de los préstamos de los capitalistas a los trabajadores (o incluso a una ≪tercera≫ clase). El primero representa habitualmente una proporción de la plusvalía, aunque podría contener también aspectos de expropiación financiera. El segundo incluye una proporción de la renta personal y es un resultado característico de la expropiación financiera”. El interés “natural” percibido del crédito productivo difiere pues radicalmente del interés expropiador extraído del crédito personal-hipotecario. Pero ambos manan de la misma fuente: la riqueza producida por el trabajo humano. Existe, por tanto, una diferencia crucial entre los dos tipos de rentas. La relación empresario-banquero resulta potencialmente simbiótica, ya que la extracción del interés se compensa –teóricamente- con el aumento de la ganancia y la plusvalía que el crédito produce. Lo contrario de lo que ocurre en el crédito personal. A la ‘porción de plusvalía’, capaz de retornar el crédito y los intereses, bocado tradicional del financista al capitalista productivo a cambio del adelanto del capital, se une, en la financiarización basada en el crédito personal-hipotecario, una proporción creciente de expropiación financiera del salario puro. El precio para sostener la rentabilidad global del capital es pues la brutal sobrecarga de la extracción de riqueza de las rentas laborales, la exacerbación del poder sobre aquellos cuyo único acceso al dinero es su salario. Actualmente, el 97% del dinero circulante es dinero-deuda productor de intereses creado por la banca privada. No sería pues demasiado aventurado afirmar que, solapándose con la distinción clásica entre explotadores y explotados, la sociedad se divide actualmente entre los rentistas, que reciben los flujos de pagos financieros, y aquellos cuya renta depende únicamente de su trabajo, que los sufragan con el sudor de su frente. Ni que decir tiene que esa fractura “rentista” es un extraordinario factor propulsor, hasta niveles escandalosos, de la aguda desigualdad de rentas y riqueza característica de la configuración social del capitalismo neoliberal. En el tercer volumen de El capital, Marx también argumentó que el crédito a los trabajadores representa una ≪explotación secundaria≫, que incluye los procesos de expropiación que se dan en la circulación. Fahd Boundi destaca la profunda imbricación entre los menguantes hilillos de plusvalía y el incremento de la máquina de succión de las rentas laborales: “En vista de esto, los bancos, al otorgar créditos a los capitalistas, dependerán de que estos últimos logren de la explotación de la fuerza de trabajo la suficiente masa o magnitud de plusvalor que consienta la devolución íntegra de los préstamos y el pago de los intereses correspondientes”. He aquí, una vez más, la íntima conexión entre la sobreexplotación laboral y el crédito a muerte, característica de la fase neoliberal. Como resalta –contra los reformistas ingenuos que quieren extirpar el ‘parásito’ financiero para regenerar la economía real, liberada de su cepo especulativo- Husson: “En este esquema, la finanza no es predatoria sino funcional”. Sin embargo, el intento de estirar los ciclos alcistas a través de la hipertrofia del capital ficticio no hace sino aplazar y acrecentar el inevitable desplome. El economista marxista Michael Roberts resalta el carácter de parche de la hipertrofia financiera: “Este enorme crecimiento de la deuda en sus diferentes formas es el sustrato de la burbuja especulativa y de las crisis financieras, incluida la próxima. Así que esta contratendencia puede compensar la tendencia general sólo temporalmente. El crecimiento de la tasa de ganancia debido a las ganancias ficticias alcanza su propio límite: las crisis financieras recurrentes, y las crisis se catalizan en los sectores productivos”. Así pues, la ‘nueva determinación’ del dinero como capital, surgida en los albores del nuevo modo de producción, se convierte, tras el proceso que culmina el desarrollo de todas sus potencialidades, en el propio límite objetivo de la reproducción del sistema de la mercancía. Esta configuración social, crecientemente parasitaria, que resulta de la estrecha imbricación entre la hipertrofiada fábrica de dinero-deuda, característica de la financiarización neoliberal, y las agudas dificultades de sostenimiento de la posibilidad de reproducción ad eternum del depredador capitalismo senil, es la expresión más palmaria de la condición degenerativa del modelo social vigente. En el paroxismo de las entelequias financieras y de los castillos de naipes de las colosales burbujas de activos, que muestran palmariamente el agudo marasmo y el caos social al que nos aboca la metástasis imparable del capital, se manifiesta la acuciante necesidad de acabar con ‘el poder social sobre otros’ que representa el dinero-capital como expresión última de la contradicción esencial en la sociedad de clases.

*Agradezco efusivamente al compañero Salva Torres, de la asociación 500×20, su revisión crítica y sus atinados consejos

Blog del autor y enlace a la primera parte de este texto: https://trampantojosyembelecos.wordpress.com/2018/11/04/sobre-el-dinero-i/

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