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11/09/2022 :: Mundo, Mundo

Anatomía de la segunda ola en América Latina

x Alfredo Serrano
Si uno de estos procesos se tambalea, no viene el fin de ciclo progresista

Generalizar siempre es un arma de doble filo; por un lado, resulta útil porque ordena y simplifica pero, por otro lado, es arriesgado debido a que se pierden la complejidad y los matices.

El término segunda ola progresista nace, precisamente, como consecuencia del anhelo de encontrar una única categoría que permita explicar como un todo el conjunto de procesos políticos que se vienen sucediendo en América Latina en el último lustro (2017-22).

Las victorias de AMLO en México; Alberto Fernández en Argentina; Luis Arce en Bolivia después del golpe de Estado; Pedro Castillo en Perú; Gabriel Boric en Chile; Xiomara Castro en Honduras, y Gustavo Petro en Colombia constituyen, indudablemente, un nuevo fenómeno geopolítico. Estos gobiernos tienen como factor común el intento de freno al neoliberalismo vigente en cada uno de sus países y, además, que se desarrollan en un tiempo histórico distinto al de la llamada primera ola progresista que, a su vez, los diferencia de sus antecesores.

Sin embargo, a pesar de ciertos rasgos característicos en común, sería erróneo asumirlos como bloque monolítico y ­homogéneo.

Cada episteme específico es muy diferente entre sí. La historia política chilena no es comparable con la mexicana, ni la colombiana con la boliviana. Cada proceso tiene sus tensiones, tanto internas como externas. Ni siquiera el neoliberalismo se comporta de idéntica manera en cada país.

Hasta la forma de ganar los comicios son disímiles. No es lo mismo obtener una victoria en segunda vuelta por la mínima habiendo alcanzado un escaso 10 % o 12 % del padrón electoral en primera vuelta (como en los casos de Castillo en Perú y Boric en Chile), que ganarla en la primera ronda de modo aplastante (por ejemplo, Luis Arce obtuvo 46 % y AMLO 33 % del padrón).

Tampoco podemos asemejar tan superficialmente el tipo de frente, que constituye la base electoral y política para cada caso. El grado de heterogeneidad es muy variopinto. Poco tiene que ver el Pacto Histórico en Colombia con el Acuerdo chileno; o Morena con la compleja fragmentación peruana; o el Frente de Todos argentino con el MAS boliviano.

Y, por último, no debemos descuidar las diferencias en cuanto a los propios liderazgos. Con biografías desiguales, incluso por un asunto estrictamente etario. Unos estuvieron en la cárcel y otros en luchas universitarias; alguno viene del ámbito rural y otros de la gran ciudad; los hay con experiencia previa en la gestión pública y aquellos que nunca habían gobernado.

Todo este combo de matices debe ser tenido en cuenta a la hora de radiografiar este segundo momento histórico en América Latina, porque seguramente nos ayudará a explicar las potenciales divergencias que puedan surgir en los próximos meses y años. Dicho de otro modo: si uno de estos procesos se tambalea, como ha sido el caso de Chile con la derrota en el plebiscito constitucional, no deberíamos aceptar en absoluto esa idea de que inmediatamente después viene el fin de ciclo progresista en la región.

Sería tan injusto como inexacto, porque mi hipótesis de partida es que estamos ante un ciclo más fragmentado, menos compacto que el anterior, y que seguramente estos gobiernos tendrán recorridos muy divergentes entre sí. Hasta ahora han demostrado grandes contrastes en política exterior, en los temas económicos, en la forma de comunicar, en los horizontes de lo posible, en la forma de relacionarse con el adversario y con sus propias bases sociales, en la manera de ganar autoridad, en el ritmo en la toma de decisiones y, por qué no decirlo, también en el grado de moderación de sus acciones.

Como ocurre con la fluidinámica, hay que estudiar cada ola a fondo y conocer sus propiedades y composición: su amplitud, la pendiente, su periodicidad, su cresta, su valle, su depresión y su tipología de onda. Porque ni toda ola es igual a la anterior, ni siquiera toda ola es uniforme.

Celag

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