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02/06/2019 :: Brasil, Brasil

Brasil a las calles, de nuevo

x Eric Nepomuceno
La tenebrosa capacidad de Bolsonaro y compañía para destrozar el país a velocidad vertiginosa

A la una de la tarde del domingo 26 de mayo, día de actos favorables al gobierno ultraderechista de Jair Bolsonaro y de críticas contundentes y agresivas al Congreso y al Supremo Tribunal Federal, había manifestaciones en 52 municipios de 12 provincias brasileñas, además de Brasilia, la capital federal.

Lo que los bolsonaristas habían llamado “protesta a favor” fue convocado en un primer momento por el capitán-presidente, con el pleno uso del ejército de robots digitales esparcidos por varios países del mundo bajo el comando de su hijo Carlos, que recibió del padre el muy cariñoso apodo de “mi pitbull”. Cálculos equilibrados indican que en todo el país unas 350 mil personas salieron a la calle.

A la una de la tarde del jueves 30 de mayo, día de protesta contra el recorte del presupuesto a la educación impuesto por el gobierno, había manifestaciones en 55 municipios de 18 provincias brasileñas, además de Brasilia.

Todo indicaba que la jornada convocada por la Unión Nacional de Estudiantes y agrupaciones estudiantiles, con adhesión de gremios de maestros de instituciones públicas y privadas, terminaría con un resultado muy cercano a un empate frente a lo que se vio el domingo anterior. Sería un punto positivo para el gobierno. 

Pura ilusión: al caer de la noche, el número de manifestantes reunidos para protestar, pese a ser inferior a la millonaria marcha de protesta del pasado 15 de mayo, ya había superado ampliamente lo que se vio el domingo.

Hay, en esas tres manifestaciones –dos duramente contra el gobierno, y una duramente contraria a instituciones como la Corte Suprema y el Congreso–, algo que merece atención, más allá del volumen de manifestantes, ampliamente favorable a los que protestan efectivamente, y no los que protestaron “a favor”.

Los partidos de izquierda y centroizquierda todavía se encuentran atónitos, y no por la derrota sufrida en las pasadas elecciones presidenciales, sino por la tenebrosa capacidad de Bolsonaro y compañía para destrozar el país a velocidad vertiginosa. 

No hay prácticamente ni un solo aspecto que no haya sido blanco de una furia enloquecida, desde la educación a la cultura, desde el medioambiente a los derechos de las minorías asegurados por la Constitución, desde el desmonte del Estado a políticas sociales exitosas implantadas a lo largo de los últimos veinte años, primero por Fernando Henrique Cardoso y luego muy potenciadas por Lula da Silva.

Con eso, el apoyo y la participación institucional de la izquierda en las iniciativas de estudiantes y docentes tuvo peso significativo pero no esencial, tanto el miércoles 15 como ayer. 

Los sindicatos y centrales, a su vez, optaron por un respaldo también paralelo, para resaltar el lado espontáneo de la convocatoria lanzada por alumnos y maestros.

Si con la marcha convocada para el domingo pasado Bolsonaro y su ejército de fanáticos pretendieron dar muestras de pleno control de las calles, y de que el bolsonarismo puede competir con el lulismo en las manifestaciones populares, el resultado debería servir para fulminar sus delirios de grandeza. 

Cualquier chispa de lucidez advertiría que el cuadro es otro, y que el radical deterioro económico y social del país podrá impulsar nuevas presiones de la calle.

Bueno, está más que probado que lucidez es algo incompatible tanto con el presidente como con su ensandecido clan familiar. 

Su ministro de Educación, Abraham Weintraub, capaz de confundir Franz Kakfa con kafta, el tradicional plato de la culinaria árabe, mientras comete errores básicos de ortografía, ya dejó claro que sus brotes crónicos de prepotencia ahogaron cualquier posibilidad de lucidez. 

Queda entonces por saber quién, dentro del gobierno, tendrá la lucidez –y fuerza– para imponer al presidente iracundo que hay que cambiar de rumbo. 

Que mantenerse como en un mitin de campaña basada exclusivamente en ataques furiosos a los adversarios no ayuda –al contrario– a gobernar un país que se hunde a cada minuto de cada hora de cada día.

Y dejar en claro que, al contrario de lo que dicen sus delirios, no es dueño de las calles, que su respaldo popular se desinfla como un globo pinchado, y que los movimientos populares tienen mucha más fuerza de lo que las apariencias parecían indicar.

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